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Cultura //// 01.11.2020
Territorio: "Okupas" a 20 años de su estreno

El conflicto por la vivienda y los modos de vivir urbanos de los jóvenes de finales de los 90, atravesados por la crisis de la representación, y que fueron originalmente expuestos en la serie de Bruno Stagnaro, hoy presenta rasgos de continuidad que vale la pena reflexionar.

Por Matías Cambiaggi

Se cumplen 20 años de Okupas, la serie que mejor contó los noventa, su clima de época, la ausencia de una revolución a la vista, pero también del mito del Estado de Bienestar o de mucho menos que eso también.

Okupas, por eso, es la historia de un nuevo principio, levantado desde la amistad, como el grado cero de la resistencia a todas las faltas que acumulamos a pulso, la de patria, estado y futuro y lo hizo desde el territorio como sus coordenadas principales.

Los Redonditos de Ricota, Caballeros de la Quema, Divididos, o Gardelitos, entre otros, de una u otra forma, durante aquellos años pusieron la banda de sonido a las tribus de sus calles que salían a patear la década, con el instinto de que algo importante se jugaba ahí mismo, donde los radares del sistema no llegaban o eran incapaces de intervenir. Algo que Iván Noble, supo decir de una forma insuperable: “los barrios pueden ser trincheras cuando la guerra viene en frasco chico” y de eso se trataba.

Guerra abierta, sin exagerar, a pesar de su envase breve que enfrentó cuerpo a cuerpo al monstruo de siempre, con las armas de la cultura y del encuentro.

Okupas, hija de la televisión pública, como los programas de Polo, fue el espejo de esos combates y el reflejo fiel de la generación que tuvo su bautismo de fuego político en diciembre de 2001, cuando la serie ya no estaba en el aire, pero sí había dejado al descubierto todas las pistas de la explosión que iba a ocurrir, y que sólo los cientistas sociales y los políticos tradicionales no supieron leer.

Okupas, fue por eso, el 2001 por otros medios, su alegoría perfecta, contada según las travesías cotidianas de cuatro jóvenes sin trabajo ni futuro, pero con distintas pertenencias sociales, a los que les había tocado un tiempo especial, sin pausas, al borde de romperse.

Los cuatro amigos, amalgama de los fragmentos astillados y heterogéneos del mundo del trabajo de fin de siglo, según contaba la historia, tomaban el control de un territorio -una casa en custodia- al que hacen suyo, sin perspectivas y en inferioridad de condiciones para cuestionar las cartas que les habían tocado, abiertos al presente y a su confrontación existencial y política de futuro punk.

Lo que seguía a partir de allí es la historia de la resistencia imposible, confrontación con otro que no es “el negro pablo”, otro marginado como ellos, sino el despojo colectivo, la indiferencia.

Okupas es la contradicción en sus propios términos de una road movie que cuenta la historia de una toma. La de nómades y escapistas por necesidad, antes que por elección personal. Sin embargo, la palabra clave en Okupas es siempre viaje. Viaje de descubrimiento personal y colectivo entre amigos para conquistar un nuevo principio. También enorme interrogante hacia adelante.

Para los cuatro protagonistas, su estadía en la casa que era de otros, será una victoria breve, tal vez módica, colgada de los hilos de una historia más grande que, mucho después de su último capítulo, continuará, pero por otros medios, escribiendo el kirchnerismo desde un Estado al que los protagonistas como representantes de toda una generación, se habían acostumbrado a mirar de reojo.

Si los protagonistas, amuchados por la crisis, pero con orígenes sociales distintos, insistieron juntos bajo las nuevas coordenadas inclusivas o si la letra chica del nuevo contrato social estipuló la reinstauración de la bifurcación vigente antes del desastre económico; es parte de una secuela posible a ser dilucidada o que tal vez nunca veamos. ¿Pero quién sabe?

Lo que sí es posible hilvanar, es el recorrido de sus principales protagonistas y todo lo que esto nos dice más allá de sus capacidades actorales. Rodrigo de la Serna, (Ricardo, el pibe de zona norte), asumió una amplia variedad de roles o personajes, mientras que Diego Alonso Gomez, (el “Pollo”), el más morocho y curtido de los cuatro Okupas, hasta el día de hoy y a pesar del proceso inclusivo, si bien se mantuvo activo y se destacó como guionista, frente a las cámaras actuó siempre en el rol de laburante o chorro.

Si en el plano material durante el kirchnerismo, algunos subieron por escalera y otros por ascensor, en el simbólico y aún a pesar de la prédica oficial, algunos nunca subieron, porque no todo lo sólido se desvanece en el aire, y no hay nada más concreto que los tics de la sociedad paqueta.

Tal vez por eso, Okupas, aún después de veinte años, vuelve, como también vuelven los pueblos, para decir que el futuro es colectivo o es un cuento.