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Cultura //// 23.08.2020
Poema que vuelve: Juan Gelman

En esta nueva entrega compartimos un poema de Juan Gelman que no está incluido en ninguno de sus libros ni en su Poesía reunida y conocemos la vida de Alberto Burnichon, quien edita esos versos.

Por Jorge Boccanera | Ilustración: Silvia Lucero

En esta nueva entrega de "Poema que vuelve" les presentamos un texto de Juan Gelman que sólo fue editado originalmente por Alberto Burnichon en una de las publicaciones de su sello y que luego fue recogido por revista Sudestada en su edición de papel nº 126, en marzo de 2014.

Un poema perdido de Juan Gelman y un editor asesinado: Alberto Burnichon 

I. Un poco de historia

Circunstancias diversas en el tiempo acercan al poeta Juan Gelman y al editor Alberto Burnichon: la celebración de la vida, la apuesta por la imaginación, el debate de las ideas. Con ambos se ensañaría la dictadura militar entronizada en el poder en 1976. El editor fue arrancado de su domicilio el mismo día del golpe, un 24 de marzo, y asesinado. El poeta sufrió persecución y exilio. Su hijo y María Claudia, su nuera embarazada, fueron secuestrados en agosto de ese año y asesinados. La nieta, Macarena, entregada a un matrimonio uruguayo, sería recuperada por Gelman en Montevideo en 2000, tras una extensa búsqueda empedrada de pistas falsas.

En 2013 dos hechos culturales convocaron sus nombres: a fines de agosto Gelman hizo un viaje a Buenos Aires (desoyendo aún la voz de sus médicos), para presentar en la Biblioteca Nacional su libro último titulado Hoy. Mientras que a inicios de setiembre se presentó en Córdoba Alberto Burnichon. El delito de editar, un libro entre el testimonio y el ensayo.

Lo azaroso hizo que por esos días yo estuviese comprometido a participar en ambos actos (al segundo no pude asistir por el fallecimiento de mi padre); por un lado Gelman entregaba un nuevo libro tras la publicación en 2012 de sus voluminosa Poesía reunida. El poeta inagotable, siempre renovado, había virado a pequeños poemas en prosa. La intensidad estaba a cargo de una condensación de sentido por medio de núcleos internos que se desplazan, conectan y resignifican. Un simbolismo reconcentrado se abría a múltiples visiones en temas que le son recurrentes: la infancia de las cosas, el amor, la revolución, la espesura del vacío, la memoria, el exilio, la indagación del sí mismo.

Respecto a Burnichon, se intentaba sacar del olvido el caso del editor silenciado, ignorado, que contrasta con su amplio despliegue en diversos planos de la cultura coronado con una labor editorial que se extendió desde 1975 a su muerte, poniendo en circulación tanto el pensamiento y la ficción de enormes escritores, como también la voz de los desconocidos y postergados. En un párrafo breve del libro La Perla, editado en 2012, una sobreviviente hace referencia a un “editor de libros” sin nombre, al que sus captores trataban de “judío sionista”, que “había aparecido muerto en un aljibe en Mendiolaza”. Un anexo del libro lo rescata con su identidad al incluirlo en la lista de secuestrados y ejecutados en Córdoba. Pero hay que decir que en general su caso ha sido ignorado en la bibliografía que se ocupa del tema de las víctimas del terrorismo de Estado.

El testimonio de su esposa María Saleme, reproducido en El delito de editar, echa claridad al asunto: “El 24 de marzo de 1976, a las 0.3, nuestra casa de Villa Rivera Indarte, en Córdoba, fue allanada por varios hombres en uniforme cargando rifles que destruyeron la vivienda". Agrega que el matrimonio y su hijo David fueron secuestrados, que luego ella y su hijo fueron liberados y concluye: “El cuerpo de mi esposo fue encontrado después con siete heridas de bala en la garganta”.

Si bien desde 1996 –a 20 años del hecho- se realizaron muestras de homenaje y un año después se instituyó un premio con su nombre al mejor libro editado en Córdoba en el marco de la Feria del Libro de esa provincia, no cabe duda de que junto a sus familiares, fue Aldo Parfeniuk quien bregó por sacar el tema del olvido con dos títulos - Libro de Homenaje a Alberto Burnichon (2006) y Alberto Burnichon: el delito de editar (2013)- en los que resume el análisis de la labor del editor, como también los homenajes y testimonios de artistas y escritores que fueran sus amigos.

II. Identidades

Entrevisté a Parfeniuk para reseñar el citado libro; mantuvimos hacia finales del año pasado un diálogo sobre distintos aspectos del caso. Y fue allí que se cruzó un dato: en el catálogo del sello “Burnichon” figuraba el cuadernillo Identidades con siete dibujos de Hermengildo Sabat y un poema de Juan Gelman editado en 1973. La sorpresa fue mayor cuando, luego de llegar al dato de esa plaqueta de manera casual, Parfeniuk me mandó por email el texto de Gelman y, meses después generosamente el nieto del editor Iván Burnichon me hizo llegar por correo aquel ejemplar. Era un poema no recogido en libro. Un texto que impacta porque a modo de poética su autor sintetiza una dialéctica que define sus búsquedas, una lucha de opuestos que tensionan las imágenes y que además expresan las vicisitudes de quien intenta plasmarlo en el papel. En un mensaje llegué a comentarle a Gelman la aparición la plaqueta y la fuerza de sus imágenes. Le escribí: “es redondo en el tema que nos obsesiona”.

Con Gelman estuvimos conectados hasta sus últimos momentos, y aunque nunca bajó los brazos –no dejó de escribir poemas y notas periodísticas, tampoco de alentar a sus amigos con una tenacidad y vitalidad ejemplares- su salud quebrantada fue relegando algunos temas. Entre éstos, el poema que alcancé a enviarle y que leyó, y que, no sería raro, fuera un texto traspapelado en los 70 en el tránsito de un militante perseguido, clandestino, desterrado. El punto es que en el marco de una obra profusa publicada entre 1956 y 2013, el texto no integra ninguno de sus libros, ni está recogido en alguna de sus muchas antologías, tampoco en los dos tomos de la Obra reunida.

A partir de allí, se sucedieron una serie de certezas y conjeturas: Identidades aparece como denominación general en portada, ¿se trata de un poema sin título?, ¿el título lo puso Sabat al conjunto de sus dibujos?, ¿fue un nombre elegido por el editor para designar ambos trabajos? ¿lo puso Gelman y quedó como título de la plaqueta? El mismo Sabat, en un diálogo reciente, aclara esta duda al señalar que fue Gelman quien organizó el material a partir de su texto, y llamó así a la plaqueta: Identidades.

Dicho poema corrobora el carácter de mucha de la poesía de los ‘70 (autores como Mario Trejo, Miguel Ángel Bustos, Juan Antonio Vasco, Roberto Santoro, Tino Winner, Francisco Urondo) que hicieron coexistir la búsqueda formal con una conciencia crítica; vale decir, produjeron por fuera de esquemas simplistas y dilemáticos de aquellos que por sobre la complejidad creativa encontraron apenas una escritura de denuncia, de mensaje. 

Gelman, quien como pocos hizo coexistir la experimentación con la coyuntura; escribió entre 1971 y 1973 los textos de un libro que iban a conformar uno de los picos de su obra: Relaciones. Su gran libertad expresiva ponía en un primer plano la conflictividad de la época: la tortura, la lucha de clases, Trelew, pero también el amor, las seis enfermeras locas de Packapoon y el creador que aún frente a los reveses “se sienta a la mesa y escribe”. Pero si estos poemas se sumergen en aguas de la elaborada oralidad que caracterizó a mucha de la obra de Gelman, el tono de Identidades escrito en la misma época, se ubica más cercano a libros últimos -Valer la pena (2000) y País que fue será (2004)- con textos en el que la imagen despojada del gesto conversacional se repliega sobre sí, se compacta con un aire de reflexión. Se mueve en esa cuerda que revela al poeta que ni por un instante quita del renglón su dedo entintado de vida: la indagación por la palabra resumiendo la singularidad de un lenguaje que es ya una marca indeleble en la piel de la poesía hispanoamericana; un estilo armado entre el fulgor de las imágenes y la dialéctica de contrarios; entre la representación de las sensaciones (como lo expresaba Pessoa) y el trasiego entre lo que arde y lo que se marchita. En fin, ese estupor (“extraño caso”) de quien deja sus palabras en la corriente del agua (“consciente del río que huye”) anudado a un hacer (“atado al trabajo”), y potenciado por una tenacidad rubricada en numerosos pasajes de su obra; eso que se revela como “incesante” a cargo del “emperrado corazón”; mejor dicho: el empecinamiento del porfiado en su bregar “de atrásalante” en su utopía.

Identidades surgió en 1973, aquel año parteaguas en la historia del país, sumamente intenso para Gelman: publica Relaciones, ocupa la dirección del suplemento cultural del diario La Opinión y la secretaría de redacción de la revista Crisis, y dentro de la órbita de la militancia política se integra junto a sus compañeros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) a la organización Montoneros.

III. Recuerdos de “Menchi” SABAT

Hermenegildo Sábat recuerda hoy a Burnichon como “un gran tipo, muy generoso. Lo conocí en La Opinión, ya que él llegaba a ver gente y vender sus libros; nos quedábamos charlando”. En un breve diálogo el artista uruguayo da unos datos que aclaran el tema del título: “No recuerdo bien cómo llegó Burnichon a plantearnos lo de la plaqueta, pero fue Juan quien la armó y le puso Identidades”. El plástico uruguayo tiene muy presente aquella publicación y sus trabajos: “Son dibujos a tinta hechos especialmente, personajes de frente y de perfil como en un manyamiento policial”, una especie de identikit; seres duplicados husmeándose en silencio; se observan de reojo en un espejo ausente como si vieran a un extraño. Los dibujos llevan algunas de las marcas que iban a caracterizar su trabajo: las alitas, los dedos haciendo “cuernitos”, el sombreado del rostro. Sigue Sábat: “La muerte de Burnichon fue un golpe muy duro para todos los que lo conocíamos”, y concluye con un comentario sobre la integridad del editor quien, señala, enfrentó a sus captores en sus últimos momentos: “murió de manera muy valiente”.

La amistad entre Gelman y Sábat data de ese 1973 en la redacción del La Opinión: “Teníamos una buena onda, compartimos dos años en el diario; él dirigía el suplemento cultural y yo lo ilustraba. A pesar de que era un hombre reservado me llevaba muy bien con Juan, admiraba su capacidad de selección de material. Lo que él transmitía en el suplemento era verdaderamente una postura, más que ideológica, ante la vida Mi condición para trabajar allí fue que mis dibujos carecieran por completo de palabras; no siempre las ideas se expresan con palabras”.

Imposible resumir la amistad de décadas en un párrafo. Sábat, quien a su maestría en el dibujo y la pintura sumó la música (toca el clarinete y es un gran conocedor del jazz y el tango) y la poesía (es autor de los libros Pabellón de héroes y Poetastros) recuerda los encuentros en un café y una visita de Gelman a su taller, aunque lo habitual era cruzarse en las oficinas de La Opinión. Es seguro que en esas charlas rondaban fervores comunes: de Angelito Vargas a Fernando Pessoa, de Juan Carlos Onetti a Anibal Troilo, de Ezra Pound a Django Reinhardt, “el mejor guitarrista en la historia del jazz”, según Sábat. Y descarto que el uruguayo debe haberle mencionado a Gelman su parentesco con uno de los más importantes poetas del Uruguay: Carlos Sabat Ercasty, aquel que Neruda reconociera como uno de sus maestros: “Era mi tío abuelo, tuve la suerte de tratarlo; una cosa verdaderamente notable, cuando murió tenia 94 años y se sabia todo el Romancero español de memoria”.

Llegado a Buenos Aires a mediados de los ’60 desde Montevideo, donde ya había colaborado en el semanario Marcha, “Menchi” Sábat participó de una época destacada del periodismo argentino colaborando, entre otros medios, en páginas de Primera Plana y Crisis. Seguramente en la oficina de esta última también se veía con Gelman, quien ocupaba la secretaría de redacción. No es raro imaginar a Burnichon llegar allí con su bagaje de libros y proyectos. Un testimonio de Eduardo Galeano -entonces director de Crisis- para el libro El delito de editar parecería corroborar esta hipótesis: “Hizo lo que hizo, sin pedir a cambio ningún aplauso. Pero él simboliza, aunque no lo haya querido, aunque no lo quisiera, a lo más entrañable del país que la dictadura intentó exterminar: el país profundo, hecho de tierras y gentes fecundas en fraternidades y hermosuras. Por delito de amor a ese país profundo que el Berni conoció como nadie y que tanto ayudó a revelar, fue asesinado”.

Concluye recordando Sábat que su amistad con Gelman se extendió en el tiempo: “Cuando le dieron el premio Cervantes en 2008 gestionó mi presencia al Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Y cuando la Biblioteca Nacional de Madrid solicitó un retrato suyo, como es costumbre con los premiados, él me recomendó. Yo hice ese trabajo”. La última vez en que se verían sería en 2011, en ocasión de una visita de Gelman a Buenos Aires para presentar el espectáculo “Del amor”, en el que recitaba sus poemas alternando con el bandoneonista Rodolfo Mederos en el bordado de la trama musical.

IV. El editor chasqui

Según María Saleme, mujer de Burnichon y destacada pedagoga, su compañero fue “un excelente buceador y un amigo que ofreció su amistad sin reclamar el vuelto”; agregando que le quedaba “la imagen de un hombre que amó más la palabra del otro antes que la propia”.

Nacido en 1918 en Buenos Aires, afincado en Córdoba y viajero constante por las distintas provincias, el editor era un generador de proyectos que tenían como centro lo humano y la invención. Titiritero en su juventud, estudiante de astronomía, teatrista (organizó en Tucumán el teatro de la Universidad), e integrante del grupo cultural “La Carpa”, cruzaba constantemente el país en una vieja citroneta para distribuir sus libros y, sobre todo, llegar donde sus amigos siempre con un paquete de quesos, vino y un portafolios “grande como un acordeón” donde se apiñaban borradores de escritores desconocidos, a los que alentaba y editaba. Había optado por un camino que para la cultura del autoritarismo equivalía a subversión; un “agitador cultural” que tenían en la mira. ¿Qué otra cosa que sospechas podía despertar en la susceptibilidad fascista sus recorridos por el país, de proyecto en proyecto, de idea en idea, de poema en poema, llevando en sus alforjas el espíritu fraternal y solidario de los años ’70? Burnichon formaba parte de “una alternativa cultural” (son palabras de Parfeniuk) en una época donde el entramado entre músicos, poetas, pintores, teatristas, ensayistas, narradores, historiadores y periodistas, adquiría un espesor intolerable a los ojos del terrorismo de Estado.

En El delito de editar agrega Parfeniuk que Burnichon fue “un hombre libro”, un “editor-chasqui y golondrina” que sirvió de puente entre escritores y artistas de todo el país. El sello con su nombre se inició en 1957 editando libros de Ezequiel Martínez Estrada y Manuel J. Castilla; siguieron títulos de Enrique Wernicke, Luis Luchi, Raúl Galán y Alfredo Veiravé, entre muchos otros. En este marco aparece Identidades. Son años de búsquedas por fuera de la regla, de producciones alternativas, independientes, entre las que proliferaban afiches, postales, desplegables, fascículos, cuadernos (como los de la revista Crisis), libros de formato pequeño vendidos en quioscos (entre ellos los del Centro Editor de América Latina). En este marco se ubica, además del catálogo de libros con el sello Burnichon, sus colecciones de poesía y dibujos: más de cuarenta títulos entre 1957 y 1975. Crist, Fontanarrosa, Scafatti, Jacobo Ragen, Juan José Hernández, Raúl Aráoz Anzoátegui, Mario Romero, Armando Tejada Gómez, destacan entre los dibujantes y poetas convocados en un tiempo de fuertes vínculos fraternos. Seguramente eran muchos los amigos comunes entre Gelman y Burnichon (Daniel Moyano, Carlos Alonso y seguramente otros nombres que integran la lista anterior) y otros como Juan L. Ortiz, a quien Gelman solía visitar en Entre Ríos y que viajó a Córdoba en esos años en una visita propiciada por el editor. 

En 2013 se cumplieron cuatro décadas de la publicación de Identidades, que en diciembre de 1973 apareció “fuera de comercio” y con una tirada edición de 500 ejemplares. 1973: un año crucial en una Argentina convulsionada, con la asunción de Héctor Cámpora como presidente por 49 días, amnistía a presos políticos, matanza de Ezeiza, arribo del general Perón quien gana las elecciones con casi un 62 por ciento de los sufragios, declaración de guerra del Consejo Superior del Partido Peronista a “terroristas subversivos marxistas”, aparición de la organización Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).

En ese año de señas personales borradas, suprimidas a caballo de consignas cuya ambigüedad estaba en función de propagar el terror (la identidad del opositor aparecía cuestionada y confrontada con el “ser nacional”, y asociada a un lenguaje impugnador de las “ideologías foráneas” y el “enemigo interno”), apareció esa pequeña plaqueta. Un cuadernillo que simboliza los sueños de humanidad de un editor asesinado, cuyo nombre se va desempolvando en las distintas voces que reclaman verdad y justicia; palabras que justamente fueron (y son) el mascarón de proa de la lucha de Gelman por la memoria y el castigo a los culpables. El poema Identidades, indeleble, se inscribe en la obra original, reveladora y cuestionadora de un hombre que vivió de cara al anhelo y la solidaridad, confiando en ese dedo que frente a los reveses se alarga para tiznar el aire fugitivo con una idea de belleza y futuro.

 

     IDENTIDADES

 

extraño caso el de quien moja o intenta

mojar su dedo en la belleza para escribir

en las paredes del sueño/consciente

del río que huye (si pasa alguna vez)/sentado

 

o llevado por la muda repetida pasión o vuelo

que ningún animal hace/atado al trabajo

de la noche sobre su espalda feroz o pared

donde el tiempo escribe incesante/extraño

 

río seco dedo que va

de la ilusión a la muerte sin pasaporte ni viaje

o ciego lerdo en la niebla

ni piedrita ni sol