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Cultura //// 22.11.2020
Poema que vuelve: Jonio González

Para nuestra columna habitual invitamos al escritor argentino residente en Barcelona, quien tuvo la generosidad de compartir tres poemas que serán publicados en un próximo libro.

Por Miguel Martínez Naón | Ilustración: Gato Nieva

Nacido en Buenos Aires en 1954, Jonio González reside en Barcelona desde 1983. Sin embargo el vínculo con su ciudad natal siempre está presente.

Siendo muy joven formó parte del grupo Onofrio, junto a Miguel Gaya y Javier Cófreces. Aquel grupo de “poesía descarnada” supo desafiar los horrorosos años de la dictadura haciendo lecturas poéticas en espacios públicos. Cabe destacar que la obra de este grupo fue publicada por Ediciones en Danza en el año 2008, bajo el título “Grupo Onofrio. Poesía Descarnada”

En 1981 fundó, junto con Cófreces, la revista de poesía La Danza del Ratón, y siendo ésta una de sus grandes pasiones ha manifestado, en más de una ocasión, que una revista literaria es “un acto de amor. O una obcecación absurda, lo que en determinadas circunstancias viene a ser lo mismo” sosteniendo que la poesía, y por extensión una revista de poesía es “una de las formas más profundamente humana de resistencia, de preservar el sentido último de la palabra”.

Como amante del jazz ha sido miembro del consejo de redacción de la revista Cuadernos de Jazz, y como poeta ha publicado los libros El oro de la república (Buenos Aires, 1982); Muro de máscaras (Buenos Aires, 1987); Cecil (Buenos Aires, 1991); Últimos poemas de Eunice Cohen (Barcelona, 1999); El puente (Vic, 2001; Buenos Aires, 2003); Ganar el desierto (Buenos Aires, 2009); La invención de los venenos (Buenos Aires, 2015) e Historia del visitante (Buenos Aires, 2020).

En el portal El infinito viajar compartió con los lectores algunas reflexiones muy valiosas acerca de su proceso de escritura y su forma de indagar a la poesía a través de imágenes y versos, expresando que “esa imagen o verso suele asociarse, ahora de forma menos espontánea, a veces incluso inducida, a algún recuerdo, vivencial o sensorial (de ahí el motivo, creo, por el que la primera versión de un poema suelo escribirla a mano), y esos recuerdos a paisajes o situaciones de infancia o juventud. Todo ello produce en mí una suerte de estado de ensoñación”.

Ha sido incluido en diversas antologías, entre ellas Una antología de la poesía argentina (Santiago de Chile, 2008); Doscientos años de poesía argentina (Buenos Aires, 2010); Antología de la poesía argentina de hoy (Barcelona, 2010); Poésie récente d'Argentine: Une anthologie possible (París, 2013) y La doble sombra: Poesía argentina contemporánea (Madrid, 2014).

Como traductor, ha publicado recientemente la antología en dos volúmenes Poetas norteamericanos en dos siglos (Buenos Aires, 2020).

Nuestro espacio, Poema que vuelve, se enorgullece en presentar tres poemas inéditos de su autoría. Con ustedes, Jonio González.

Tras leer un poema de Miroslav Holub

mi voz ya era ceniza

me recordaban los primeros viernes

en la capilla de la escuela

 

cerca de la tumba de kafka

en olsany

crecen sicomoros

leo en el poema

 

¿cómo estar seguros

de que verdadero y falso

representan las probabilidades

de cuanto vivimos?

 

me enteré con el tiempo

de lo que llaman metáfora:

mi voz no era ceniza

el sicomoro

no interroga a kafka

en su tumba

 

pero ¿qué sabía de metáforas

el niño que yo era?

hay verdades que duran un tiempo

y pasan

las hay que permanecen

sin que nadie las compruebe:

 

me pregunto de qué hablaría con kafka

el sicomoro

cómo respondería kafka

con la voz arrasada por el fuego

 

Lección de gramática

¿no tengo tampoco
o tampoco tengo?

no tienes

en cualquier caso
 

la gramática a menudo

es cuestión de estilo

la verdad también puede encontrarse

en la forma incorrecta:

por las tardes se oía una voz

los niños salían corriendo

de sus casas

doblaban una esquina

luego otra

en su busca

tras hallarlo volvían entre risas

sus sombras se tendían

sobre los adoquines
 

una de ellas

será la tuya

 

Urdimbre

la forma pura es la certeza

de la inmortalidad soñada

sostienen algunos,

pero el contacto con lo definitivo

ridiculiza cualquier pretensión o estupor:

la servidumbre del obstáculo

nos persuade de que depende de nosotros

cuándo salvarnos del fuego y el destierro

que somos nosotros

quienes damos forma al mundo

olvidando que por delante

sólo tenemos creencias

que hacemos pasar por pruebas

argumentos tan endebles como el pregonar

—susurrando o a gritos

mediante el sacrificio o el miedo—

cuál será el pago que merecemos

por el pretendido incumplimiento