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Cultura //// 30.09.2018
Museos en Europa

"¿Por qué imaginamos todavía que visitar un museo es bueno, por qué nos alquilamos el aparatito que nos explica con minuciosidad decenas y decenas de cuadros, tantos que es imposible recordar alguno; y hasta le sacamos fotos a cosas cuyo valor radica precisamente en su irreproductibilidad?". Última entrega del viaje por Europa de Daniel Mundo.  

Por Daniel Mundo

 

Llegamos a la última nota que cerrará la serie de mis reflexiones sobre las ciudades europeas: Madrid, París, Ámsterdam y Venecia. No será una nota sobre una ciudad concreta sino sobre una institución que funciona como una vena que conecta toda Europa, y por la que circula sangre turística (Europa aquí es un proyecto político que trasciende sus límites geográficos; nuestra clase media tiene como horizonte el Proyecto europeo). Me refiero a esos monumentos majestuosos que llamamos museos, básicamente los museos de arte, y en particular los más famosos y mainstream: Louvre, Prado, MET, MOMA, Orsay, National Gallery, L’Orangerie, Rijksmuseum, Reina Sofía y un larguísimo, larguísimo etc.

No sé si lo vieron, pero no hay niños en los museos. ¿Qué haría un niño en un mall-museo, además? A lo sumo, aburrirse. Y quejarse.

¿Por qué cerrar las series de ensayos sobre las ciudades con una nota sobre los museos? No porque considere que las ciudades se estén volviendo museos (aunque a algunas les está ocurriendo esto) sino porque no entiendo cómo todavía los consideramos lugares sagrados a los que vale la pena someterse: si vas a Europa y no visitás ningún museo sos medio raro. ¿Pretendo denunciar, acaso, el rol histórico-político que tuvieron los museos? No, aunque esta denuncia me parezca pertinente. Todo el Proyecto Europa está cimentado sobre este olvido, esta negación del papel que ella tuvo en el destino nefasto que llevó a la civilización occidental a ser lo que es: explotación, miserabilidad, deseo compulsivo de confort, desertización de la tierra, imperativo de gozar, extinción de especies animales, industrialización de la naturaleza, etc. ¿Estoy tratando de resucitar el espíritu de las vanguardias históricas que las llevó a chocar de frente con lo que el museo encarnaba, gusto kitsch de la clase media y asesinato de la experiencia artística? Tampoco. Las vanguardias artísticas son las culpables de todo. Es algo más simple lo que me gustaría comprender: ¿por qué peregrinamos al museo? ¿Qué extraemos de él, si es que buscamos algo cuando lo visitamos? ¿Estamos capacitados para encontrar algo en un museo? No lo sé.

No voy a definir académicamente qué es un museo, hay bibliotecas enteras dedicadas al tema. Como otras tantas instituciones típicamente modernas, el museo está en crisis desde hace ya muchos años. Sin embargo, la afluencia de carne turística es cada vez mayor —siempre y cuando lo oferten las guías de turismo. Lo que tengo son impresiones de un turista que, digamos, puede trazar con brocha gorda los períodos del arte moderno, y que también se compra una de esas postales que venden en el shop del museo, aunque éste le parezca un acto comparable a ir a comer un Big Mac enfrente del Pompidou. Lo que me pregunto es por qué imaginamos todavía que visitar un museo es bueno, por qué nos alquilamos el aparatito que nos explica con minuciosidad decenas y decenas de cuadros, tantos que es imposible recordar alguno; y hasta le sacamos fotos a cosas cuyo valor radica precisamente en su irreproductibilidad. No lo entiendo.

No hay duda de que la institución Museo perdió el combate (junto con otros medios de transmisión y producción de información como el libro, por ejemplo) por la hegemonía cultural. Lo ganó el multimedio que llevamos en el bolsillo y con el que nos hacemos una selfie al lado del autorretrato de Van Gogh: el Smartphone. Hasta hace unos años era fácil detectar al que iba a desobedecer la orden: ¡nou photo! y se lo atajaba más o menos a tiempo. Hoy es imposible hacerlo. ¿Qué hizo el museo? En esto, París sigue siendo una vanguardia, aunque sea difícil de imitar (es difícil de copiar no porque París cuente con un equipo de expertos o una tecnología que en otras partes del mundo no se consiguen sino porque atenta contra valores trascendentales de la experiencia museística). En los museos de París las obras fueron “cubiertas” con un vidrio hipertransparente y refractario que las protege de los flashes indiscretos que lanzamos los que vamos al museo a mirar obras auténticas. El otro lado de esta “protección” o mediación tiene a su vez dos consecuencias, una buena, la otra no: ya no nos enfrentamos a LA obra, ya no podemos ver la masa pictórica a la que recurrió el artista para plasmar lo que sea que quería plasmar, ya no vemos la tela cuarteada o rajada; la obra que vemos en el museo termina pareciéndose a la lámina satinada que colgaremos en el living de nuestra casa. ¡Es genial! Pero ¿se entiende la magnitud del drama? El museo decidió que aquello por lo único que valía la pena visitarlo, ver la obra original en vivo y en directo, sin mediaciones ni interferencias, debe ser sacrificado, incluso con el objetivo de salvar a la obra de su consumo voraz.

Cuando visité por primera vez uno de estos megamuseos, iba con datos sueltos y precarios; había visto reproducciones de Klimt o Kokoshka, y entendía el valor de ver un original, pero no mucho más que esto. Hoy, con la digitalización de la información, el visitante llega sobreinformado al museo, ir al museo significa verificar o chequear toda la info que se posee de antes. ¿Quién no vio en Netflix algún robo espectacular del Louvre?

Nunca tuve una cámara de fotos, no me gusta “sacar” fotos y soy muy malo haciéndolo; las cámaras que tuve eran de mis parejas y se fueron con ellas, salvo una que encontré en el Belvedere, en Viena, en esos banquitos en los que se derrumba el turista fatigado, hace como treinta años. Era una Leica. Pensé que el destino había decidido cambiar mis gustos y me puse a fotografiar fenómenos originales como si así pudiera capturar su aquí y ahora, su unicidad o genialidad. Hoy ni los negativos de esas fotos conservo, aunque si los conservara casi ni podría “revelarlos”. Liberaron la máquina de registrar. Pasamos de un mundo en el que la información era escasa y valiosa a otro en el que hay un excedente de información.

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Para decirlo con claridad: la codificación digital neutraliza o anula cualquier diferencia ente el original y la copia. Multiplica exponencialmente nuestra capacidad de producir información, que es siempre original y una copia al mismo tiempo. Pero ojo, digo que ya no hay diferencia entre lo auténtico y lo inauténtico, entre lo único, la obra, y su reproducción; no que habría una diferencia y que la negamos o estamos incapacitados para percibirla y entenderla. No hay diferencia, y ya. Los museos lo entendieron, aunque nosotros nos resistamos a admitirlo. Aceptarlo implicaría que todo un orden de existencia se derrumbe: ya no habría amor verdadero, ya no habría un gusto plebeyo y refinado, ya no habría diferencia entre mi Picasso y un Picasso. El museo como emblema de nuestro proyecto cultural optó por borrar la diferencia entre original y copia para salvar así a la obra de su desgaste, y para no importunar a cada rato al pobre turista que pagó 14 euros para conseguir la selfie con su ídolo. Ya no teme esos gritos destemplados: ¡nou photo! ¡nou photo! Lo gracioso es que esto provoca que los cuidadores de las salas vean restringidas sus funciones: antes uno no les preguntaba nada porque representaban la autoridad que vigilaba y prohibía, daban miedo; hoy, que se pueden sacar todas las fotos que se desee, uno los consulta por una obra famosa que sabe que está en algún lugar del museo pero no la encuentra, y los tipos y tipas no tienen ni idea de lo que les estás hablando: son tipos y tipas cuyo trabajo consiste en estar sentados sin hacer nada, porque nadie va a descolgar un cuadro y llevárselo debajo del brazo. Ya no deben ordenar: nou photo. No dan más miedo, no tienen autoridad. En cambio, tampoco tienen algo que hacer. Es tal cual, lo juro, la última vez me pasó en el Orsay. Quería ver El origen del mundo, el controvertido cuadro de Coubert, cuya postal me trajo hace unos años mi amigo el Dr. Greco (a mi hija más pequeña la perturba la imagen y da vuelta la postal cada vez que la ve en el estante de mi biblioteca). Ninguno de estos guardias uniformados supo informarme dónde quedaba la sala, ni siquiera si estaba expuesto el cuadro.

Una de las pocas cosas que nos quedaron pendientes fue visitar el museo Van Gogh, en Ámsterdam. Siempre pensé que uno no tiene ni idea de lo que significa Van Gogh, aunque haya visto algún cuadro acá o allá, y conozca de memoria ciertas reproducciones, y sepa que vendió solo un cuadro en su vida, etc. (me pasa exactamente lo mismo con Nietzsche). El tipo inventó un gusto. Inventó una manera de mirar. Uno puede decir que todos los pintores lo hicieron, y es cierto. Pero Van Gogh es el más famoso. Y el que lo hizo más solo que todos, sin escuela ni compinches. Su compañía era un infierno. Quería compartir con mi hija la experiencia de ver varios Van Gogh juntos, y además conocer, palpar, su evolución —e ir al Shop. No pude. Las entradas se agotan con tres días de anticipación. La entrada no sólo asigna un día para la visita, también impone un horario. En cualquier momento especificará cuántos minutos podés quedarte frente a cada cuadro, y a qué hora debés abandonar el local. Una nueva función para los cuidadores de salas: sacar a los empujones a los que no se quieren ir.

Estoy en el museo, miro a mi alrededor y digo: Bueno, no estás tan mal. Estás mirando alrededor. Pero sé que es una excusa muy pobre ésta. Me digo: ¡mirá con los ojos de un niño! Frente a cada cuadro me repito la consigna: con los ojos de un niño. Y casi me pongo a llorar.