fbpx Marcelo Figueras: “Me pareció apropiado el género de terror para contar la historia argentina que va del 76 al 2001” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 07.11.2021
Marcelo Figueras: “Me pareció apropiado el género de terror para contar la historia argentina que va del 76 al 2001”

El escritor reflexionó con AGENCIA PACO URONDO sobre su reciente novela: Todos los demonios están aquí. Además, su mirada sobre la compleja situación actual que vive Argentina y el mundo. 

Por Camilo Carbonelli

AGENCIA PACO URONDO dialogó con Marcelo Figueras, escritor, periodista y actual director de Radio Provincia (Buenos Aires), sobre su última novela, Todos los demonios están aquí, que combina realidad y fantasía en el marco del estallido social de 2001, del cual se cumplen 20 años. Es el autor además de El muchacho peronista (1992) , Kamchatka (2003), El corazón del crimen (2017), Recuerdos que mienten un poco. Conversación con el Indio Solari (2019).

APU: ¿Por qué escribir una novela sobre el 2001?

Marcelo Figueras: El disparador de la historia fue la pregunta del mal en el mundo contemporáneo. En general, cuando uno piensa en términos del mal en el imaginario de la cultura occidental siempre es el infierno. La chispa que disparó la historia es un poco eso, preguntándome por el mal y jugando con la idea de que pueda existir, cosa que yo no creo de manera literal, como un sitio físico, como se presupone que pregona la Iglesia Católica o como se da en comedia de Dante. Me empecé a preguntar si ese lugar quedará desbordado de gente con el correr de los siglos. Empecé a pensar en la idea de que el infierno esta sobrepoblado, que hay demasiada gente derivada ahí y ya no tiene lugar donde ponerse. Empecé a jugar con la idea de sucursales del infierno por todo el planeta y a partir de ahí empecé a plantear qué sería el mal en el mundo de hoy, quienes serían los condenados, si hay un poder mayor entre nosotros que discrimina entre los que merecen salvarse y los que merecen ser condenados eternamente.

APU: ¿Por qué planteás que el mal es lo más parecido a la indiferencia?

MF: Por eso imaginé un instituto ubicado en una isla del Tigre, por muchas razones. Por un lado, lo aislado. Por otro, por la característica laberíntica del delta y por la resonancia que conserva este retiro que se llamaba “El Silencio”, durante la dictadura militar, que era un lugar que formaba parte de la Iglesia Católica y donde escondieron a cantidades de secuestrados durante un tiempo. Es un poco lo que le desconcierta a Pons, lo que lo dificulta al principio, asociar el lugar con la idea del infierno porque está lleno de gente normal. Pero lo que va persiguiendo es eso: gente que no percibe en esta circunstancia ni siquiera sabiendo que hay muertos, que no pueden irse por su propia voluntad, siguen pensando en si misma.

APU: ¿En qué te inspiraste para el personaje Pons? ¿Por qué un psiquiatra?

MF: Me pareció que un neuropsiquiatra era una cobertura que podía ser verosímil. A partir de la fachada del neurosiquiátrico pensé en alguién que pudiese trabajar ahí, de ahí salió la cuestión. Donde me parecía útil la figura de Pons desde el punto de identificación con el lector , porque él es nuestro ojos de lo que ve y piensa, como si fuese un argentino promedio de los tantos que sobrevivieron a la dictadura sin haber tenido que pagar un gran precio. Al mismo tiempo tiene esa sensación de culpa de haber sobrevivido, y en esa confusión entra buena parte de la sociedad argentina que por un lado quería olvidar lo que había pasado y por el otro lado no podía olvidar lo que pasó, porque era un peso grande que se había comprado con la frivolidad que el menemismo proponía y que había disfrutado del “uno a uno”. De alguna manera es un buen símbolo de la sociedad argentina de aquel momento. Era una Argentina donde uno verdaderamente podría ser maligno o poderosamente maligno y no te iba a pasar nada.

APU: Aparece el contexto social de la crisis 2001. ¿De qué modo influye a Pons a tomar decisiones?

MF: A mí me interesaba ese contexto porque me parecía que ahí se generaba una retroalimentación interesante. Tenés de fondo un país que se está desintegrando. Un país convencido de haber salido de lo peor, se había salido de la dictadura, se había juzgado a los militares y después algunos salieron, vino la amnistía, llegó Menem, nos pensábamos en el primer mundo, viajábamos a lo loco, comprábamos aparatos importados. Era la época del “dame dos”, por las dudas comprabas dos para tener un repuesto, porque me sobra la plata, teníamos el mismo poder adquisitivo que los neoyorkinos.. Y toda esa circunstancia se empezaba a desintegrar, de pronto no se aguantaba más, crecían la desocupación y la pobreza y estaba la sensación de que el “uno a uno” no podía durar mucho más. Todo el mundo estaba endeudado, tenían las tarjetas de 36 cuotas de los aparatos, tenían endeudadas sus vidas por años. Había un país que había salido del infierno y había tolerado la injusticia, es decir “bueno, okay, borrón y cuenta nueva”, acá murió mucha gente pero no pasa nada, damos una ley para que cada uno siga su camino. Y, sin embargo, ahí estaba la crisis económica y después vino la crisis institucional, la caída del gobierno De la Rúa, después cinco presidentes. Por un lado era esa sensación de que habíamos conocido todo lo malo, el horror de la dictadura , después vino Alfonsín, que vino con la hiperinflación, después vino Carlos Saúl, que metió el uno a uno y después se fue antes de que se pudriera todo. El país era inviable. En este escenario, me parecía que era un telón de fondo perfecto para que a un tipo le pasaba de algún modo lo mismo, era hijo de un padre que había tenido algo que ver en cosas que habían pasado en la dictadura, que nunca había ido preso. Suma su propia desintegración a la desintegración del país. Además, trabaja en un hospital público, con un salario que no le alcanza, la mujer lo deja, no tiene a donde irse vivir, la madre no se puede cuidar sola. La situación de Pons era un buen espejo de la situación del país y viceversa. El país era una magnificación de los que le pasaba a Pons y en ese sentido me daba la sensación de que era una retroalimentación que tenía que funcionar dramáticamente.

APU: En la obra está muy presente la cuestión de la muerte.

MF: Es una presencia constante en la que Pons no puede escapar pero de algún modo también es una prolongación dramática de lo que nos pasaba en el entorno, después de lo que pasó durante la dictadura. En los años siguientes estaba presente, de forma tácita, flotaba en el aire, la pregunta sobre qué hacemos con todas estas muerte. Había una nube grandísima y una tormenta espantosa en las cabeza de todos. Básicamente, lo que se decidió hacer, fue ignorarlas, hacer de cuenta que no había pasado nada y es muy difícil seguir adelante como si no hubiera pasado nada, cuando tenés un karma político, institucional, histórico así. A partir del 2003 cuando aparece Néstor Kirchner y elimina las leyes de amnistía y pone en marcha los juicios, ahí hay un camino de saneamiento, es decir, nos hicimos cargo de las muertes y que los responsables paguen en la Justicia. Había un grado de negación a escala de un país, un proceso verdaderamente de neuropsiquiátrico de algún modo, porque era enloquecedor para una sociedad no poder resolver esa situación.

APU: En la novela también está muy presente la realidad política argentina. ¿Es una novela política o una novela de terror?

MF: Lo que yo quería escribir es una novela de terror, quería jugar al género que a mí me gusta mucho y que nunca había practicado abiertamente. A medida que escribía cada vez me daba más cuenta de que era el género más apropiado para contar la historia argentina contemporánea.

APU: ¿Por qué?

MF: Creo que en los últimos cincuenta años hemos tenido una experiencia verdaderamente terrorífica. Los siete años de la dictadura fueron siete años de terror, vividos en tiempo real, era como vivir en una casa llena de fantasmas, con mucho miedo cada vez que ponías un pie en la calle. Después viene Alfonsín, que son los meses de euforia, empiezan los juicios a la juta militares y con los juicios empiezan los testimonio de los sobrevivientes en los campos de concentración y ahí empezamos a escuchar todos los días, en todos los medios, unas historia terroríficas, intolerables. Entonces, fue revivir todo lo que habíamos vivido sin darnos cuenta. Estas cosas pasaban en la vereda del frente, mientas nosotros pretendíamos llevar una vida normal. Luego, empieza la hiperinflación y también es una experiencia de terror traumática que marca a las sociedades. La sociedad argentina de hoy es un espejo de esas crisis económicas, ese reflejo que todavía tenemos, de ir a comprar dólares cuando nos sobra un mango, porque nos parece que eso es lo más seguro. Estos son reflejos sociales de una sociedad que ha vivido en una situación de guerra, que sabe que tiene que tomar medidas desesperadas para protegerse, eso también es de terror. Después, cuando vino el menemismo, fue el terror de otra manera, era el terror del “acá no pasó nada”, está todo bárbaro, todos tomamos champagne, viajamos por el mundo, todos compramos cosas y al mismo tiempo decíamos “loco nos vamos a ir al carajo con todo esto”, porque no se podía sostener económicamente. Después viene De la Rua y se va en helicóptero mientras matan gente en la Plaza de Mayo. ¿Todo esto cómo lo contás? ¿En que género: de comedia, tragedia, cuál? Hemos vividos situaciones terroríficas.

APU: Martín Caparrós dice, metafóricamente, que Argentina vive como una calesita que siempre da vueltas y donde se cree que se avanza cuando en realidad se da vueltas y siempre se discute lo mismo. ¿Es así?

MF: Yo no creo que sea una calesita, yo entiendo que hay una sensación de eterno retorno de ciertas cosas. Pero no es un eterno retorno, estamos metidos en medio de una lucha política feroz de clases, que puede sonar antiguo o algo superado, pero lo que estamos viviendo día a día son escenas de esa lucha de clases.

APU: ¿Cómo pensas el futuro social o cultural de la Argentina?

MF: Con preocupación. Si no estuviese preocupado estaría viendo otro canal. Pero al mismo tiempo estoy ocupado, como millones de argentinos, haciendo lo que sentimos que tenemos que hacer para llegar a tener un país con un mínimo indispensable de justicia en todo sentido, desde justicia distributiva, hasta justicia penal , de que haya un código al que todos los argentinos nos suscribimos, que nos abarque a todos, no que haya justicia para los pobres y los ricos se cagan de risa, porque hacen lo que quieren, que es un poco de lo que estamos viviendo ahora. Creo que la situación está muy difícil y sinceramente espero que nos demos cuenta de cuán difícil está, antes de que la realidad nos pase por encima, porque ya a esta altura del partido es muy ingenuo pensar solo en términos de tu país, estamos viviendo una situación a escala mundial que es verdaderamente angustiante. En ese sentido me parece que pensar al mal como la indiferencia ante el otro es algo necesario, porque si hay un momento en la historia de la humanidad en que quedó claro que no te podés salvar solo, es ahora. Si este planeta implosiona no se salva nadie, no se salva ni los que están haciendo planes con los cohetes y los viajes espaciales, porque todavía no está desarrollada la tecnología para permitir que alguién se salve de este planeta si todo esto se pudre. Si no entendemos que tenemos que cuidar el espacio de todos, para que todos nos salvemos, estamos fritos, porque aquellos que siguen insistiendo en la salvación individual van a sucumbir como el más pobre de la cuadra.

APU: ¿Y cómo ves la grieta política actual, que también es una grieta en la cultura?

MF: Para que este país se vuelva un sitio vivible hay que llegar a un acuerdo de fuerzas políticas mayoritarias, como el que se ha llegado en otros países. Lugares donde hay partidos de izquierda o de centro derecha, pero nadie discute el curso por el cual el país tiene que seguir. Nosotros estamos tan verdes institucionalmente que todavía tenemos esta cuestión. Tenemos un gobierno que hace un esfuerzo redistributivo como para que la gente alcance a gozar de derechos elementales, que pueda comer, tenga un techo, educación o salud digna. Pero después puede venir un gobierno que rompe todo, como ya pasó en otros momentos de la historia. Tenés procesos que te levantan un poco y de pronto viene otro y borra todo. Para eso, necesitamos llegar a tener en algún momento una oposición de centro derecha que no sea destructiva, que acepte la existencia del peronismo. No se puede empezar cada vez de nuevo. Es imposible vivir así, no hay un país contemporáneo que viva cosas como éstas. Eso no va a ocurrir hasta que no tengamos una oposición de centro-derecha que sea democrática, poque ésta no lo es, aunque juega el juego democrático.

APU: ¿Cómo la literatura puede incidir en nuestras vida?

MF: El arte te puede ayudar a pensar. Es como un laboratorio de ideas que tenemos para pensar lo que nos pasa, lo que nos pasó y lo que queremos que nos pase. Es una suerte de laboratorio dónde podés jugar con determinadas cuestiones, de tal manera de propiner: qué pasaría si hacemos esto o lo otro, si ignoramos esto y si tomamos este camino. Es absolutamente esencial, creo que si no hubiese arte nos volveríamos locos directamente. Es una especie de arenero dónde podemos jugar, un espacio que hemos creado como especie para metabolizar los traumas de algún modo. Creo que es una de las mejores manera de pensar básicamente porque después está la manera de pensar cartesiana, que es puramente racional, pero si no le permitiésemos al alma recrear cosas, nos volveríamos locos. Es un terreno evolutivo de la especie humana.