Mal hechas: problematizar la relación entre género y salud

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Mal hechas: problematizar la relación entre género y salud

05 Diciembre 2021

Por Sofía Guggiari |​ Ilustración: Gabriela Canteros

Por decisión de la autora, el artículo contiene lenguaje inclusivo.

¡Intensas, agotadas, ansiosas, depresivas, bipolares, estamos mal hechas!

La patologización de los cuerpos feminizados y la feminización de lo patológico son dos procesos diferentes, pero que se retroalimentan, se condicionan y se reproducen uno con el otro. Una relación en tensión que atañe a los campos de la salud y el género, a lo político y lo personal. Y problematizar la relación entre género y salud implica volver a echar luz ahí donde se tiende a negar la producción histórica y política, en este caso de lo que es lo patológico y lo que es la feminidad.

Desde la época clásica, con el pensamiento hipocrático y luego con Galeno, las feminidades fueron definidas por sus temperamentos húmedos y fríos que las predisponían para los desórdenes o desequilibrios emocionales. Produciendo también los supuestos movimientos del útero, que repercutían en los cambios en el humor variados e inestables. Para la filosofía, con Platón o Aristóteles, igualadas a hacer defecto, falla o falta en relación al varón. O por ejemplo para la Frenología, pseudociencia que tuvo su auge en el siglo XIX, determinadas por la inferioridad en las capacidades intelectuales a causa de la morfología del cráneo y cerebro (un cerebro más pequeño que el del varón). Por falta, defecto o inferioridad intelectual la feminidad siempre quedó asociada a los desórdenes pasionales.

Todavía insisten en nuestros discursos e imaginarios lo que se ha interpretado por siglos como algo propio de la biología o naturaleza femenina, y por lo tanto como una característica psicológica de carácter inevitable: el miedo a la inminente locura, la sensación de inseguridad emocional, el reproche por cierta intensidad como una afectividad desborde. Inestabilidad, emotividad excesiva, inferioridad como algo intrínseco a los cuerpos feminizados: patologización de la feminidad.

Por otro lado se da el fenómeno de feminización de lo patológico, que implicaría cierta sobrecarga de malestares psíquicos producidos por los lugares de opresión.

En 2018 en Argentina se hizo el primer Estudio Epidemiológico Nacional de Salud Mental. Debo decir que contó lamentablemente con una variable de género insuficiente, que sólo distinguió entre sujetos femeninos y masculinos (sin especificar en cis, trans). En este sentido, las feminidades tuvimos un 85 por ciento más de probabilidades que los hombres de padecer trastornos de ansiedad (ansiedad generalizada, fobias, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos de pánico entre otros) y trastornos de estado de ánimo (trastornos depresivos, bipolaridad, distimia), siendo estos dos trastornos los más frecuentes en la población en general. Los trastornos por abuso de sustancias, quedando en tercer lugar, fueron más recurrentes en hombres. Datos similares fueron reflejados en muchas partes del mundo como en varios países de Latinoamérica, en Estados Unidos y en España por ejemplo. (Es importante destacar que la problemática de la depresión, es un asunto que atañe a la población en general, siendo para la Organización Mundial de la Salud (OMS) la principal causa de discapacidad a nivel mundial).

Si en los tiempo victorianos la histeria por la presencia del útero, hacía de la patología una cuestión propia de los cuerpos feminizados, es ahora, la psiquiatrización y medicalización de los estados de ánimo, (siempre desatinados, desequilibrados, desbordados, aplacados) la que configura que lo patológico es propio de nuestros cuerpos.

El problema con el que nos encontramos: la individualización y el aislamiento de estas problemáticas de los determinantes socioculturales, económicos y de género.

El malestar anuncia algo que es cuestión de oír

Shulamit Firestone, teórica feminista norteamericana de la segunda ola, hablaba de “boicot a la sonrisa” para nombrar aquel acto político de huir de esa sonrisa congraciadora con los otrxs para convertirla en algo que unx haría por sí mismx. 

¿No es esa emotividad defectuosa, desequilibrada y desatinada para la norma, una manera de responder, de huir, siempre un poco en falso, a los mandatos de cuidado, sostén y crianza que fueron tareas históricamente feminizadas? ¿No son sufrimientos singulares también de los cuerpos y vidas que no responden a los guiones de normativización? 

¿No habrá entonces una relación entre los masivos diagnósticos de depresión o ansiedad, y los modos de boicotear los nuevos imperativos de productividad y felicidad al que los nuevos tiempos nos empujan, siempre de maneras desigual? ¿Hasta dónde llega el límite de esta tensión entre la feminización de lo patológico y la patologización de la feminidad?

Lecturas esencialistas, a-históricas, reaccionarias, mantienen veladas esta relación política entre malestar y género. Una relación que implica un borramiento entre lo privado y lo público, entre lo que ocurre en la intimidad de una habitación y las experiencias sociales de politización de los cuerpos, entre la historia personal, los diagnósticos individuales y la producción de saber-poder. Un entendimiento menos sesgado y más múltiple de las experiencias de malestar como así también de las experiencias de insumisión, que muchas veces parecieran ser la misma cosa.