fbpx Los pibes chorros no existen, por Rodríguez Alzueta | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Violencia Institucional //// 19.07.2017
Los pibes chorros no existen, por Rodríguez Alzueta

“No existen los pibes chorros, existen jóvenes que son objeto del hostigamiento policial que los va empujando para que vinculen su tiempo a una economía ilegal o empiecen a patear con ellos”.

Por Esteban Rodríguez Alzueta*

El domingo pasado, en el programa Periodismo Para Todos que conduce Jorge Lanata, se presentó un informe sobre los “niños en conflicto con la ley”. El telón de fondo de este informe es el tratamiento de la baja de la edad de punibilidad. Parece que Lanata está reclutando adhesiones que acompañen a los legisladores en el debate parlamentario para que se sancione la ley. El informa se encarga de demonizar a estos niños. No sólo descontextualiza la conflictividad, sino que lo que cuenta no guarda proporción alguna con lo que, según las propias estadísticas oficiales, sucede en la realidad.  

Dije alguna vez que los pibes chorros no existen. Lo que sí existen son jóvenes que crecieron y viven en la pobreza y la marginalidad. No existen los pibes chorros, existen jóvenes que experimentan a la pobreza como algo injusto, es decir, jóvenes que en contextos sociales abruptos, en una sociedad verticalizada, polarizada socialmente y con fuerte brecha espacial, viven a la pobreza con indignación. No existen los pibes chorros, existen jóvenes que son interpelados por el mercado para que asocien sus estilos de vida a las pautas y valores del mercado. Recordemos, si Nike es la cultura, Nike es mi cultura hoy. Y si mamá y papá no me las pueden comprar empezá a correr porque voy a ir por las tuyas, porque yo también quiero existir. No existen los pibes chorros, existen jóvenes que son objeto del hostigamiento policial que los va empujando para que vinculen su tiempo a una economía ilegal o empiecen a patear con ellos. Ya sabemos, la policía es una gran bolsa de trabajo que recluta a los pibes para los negocios que ellos mismos regulan. No existen los pibes chorros, existen jóvenes encarcelados, es decir, jóvenes que fueron seleccionados por el sistema punitivo para pasar una temporada en el infierno. Jóvenes sobreestigmatizados, agregados a redes criminales o que saldrán con un certificado de mala conducta que los excluirá para siempre del mercado laboral formal. No existen los pibes chorros, existen jóvenes que son objeto del olfato social de la vecinocracia, jóvenes que fueron etiquetados como problema, fuente de riesgo. No existen los pibes chorros, existen jóvenes que referencian a la expansión de las economías informales e ilegales como la oportunidad de resolver problemas materiales e identitarios concretos. No existen los pibes chorros, existen jóvenes precarizados, que pendulan entre trabajo precarios y delito amateur, jóvenes a los que no les alcanza la plata para resolver sus problemas materiales concretos; o jóvenes que referencian al delito como estrategia de pertenencia, la oportunidad de ganar respeto, adquirir prestigio frente al grupo de pares, que ven en el delito la oportunidad de motorizar la grupalidad.

Repito: los pibes chorros no existen, son una proyección de nuestros fantasmas, una creación imaginaria a la altura de nuestros prejuicios; los pibes chorros son un reflejo deformado de nuestros miedos, pero también son la expresión de los vacíos que existen en la sociedad. 

El pibe chorro, entonces, es una categoría del sentido común que, antes que buscar comprender la realidad de los actores que está nombrando, se apresura a abrir un juicio negativo y despectivo sobre ellos. Una categoría moral que, cuando clasifica la sociedad para reproducir las desigualdades, quiere subalternizar a los actores que cosifica. No es una categoría analítica, sino un prejuicio que fue madurando en las habladurías y forma parte del fabulario argentino para invisibilizar a los jóvenes, demonizarlos, transformarlos en otros absolutos.  

Ahora bien, lo que sí existe es el pibe chorro hiper-real. Pibes que hablan como dicen que hablan los pibes chorros, que se mueven, visten y dicen que hacen las cosas que hacen los pibes chorros. Pero en verdad esos pibes son más buenos que Heydi. Y eso no significa que dos por tres no se manden alguna. El pibe chorro hiper-real es más real que la realidad. En la época de la posverdad, el piberío copia la mentira. Jóvenes que empiezan a obrar, hablar y sentir como la vecinocracia dice que obra, hablan y sienten. 
No estoy diciendo nada nuevo, Norbert Elias decía: dale a una persona un nombre malo y esa persona tenderá a vivir según él. Lo mismo dijo Sartre en el libro que dedica a Jean Genet: “Yo era ladrón, seré el ladrón.” “Robaba porque era ladrón; en adelante roba para ser ladrón.” El verbo pasa a la categoría de realidad; la palabra deja de ser un indicador y se convierte en un ser: “Lo importante no es lo que hacen de nosotros, sino lo que nosotros mismos hacemos de lo que han hecho de nosotros.” Ser pibe chorro era una coacción y los jóvenes la convirtieron en una misión, un valor, un imperativo moral. Más aún, en algunos casos la convirtieron en violencia expresiva. 

La estigmatización genera estrategias de contraestigmatización. Por eso, la palabra del pibe chorro es un boomeran social. Ya lo dijo Howard Becker: “Tratar a un individuo como si fuese un desviado en general, y no una persona con una desviación específica, tiene el efecto de producir una profecía autocumplida. Pone en marcha una serie de mecanismos que conspiran para dar forma a la persona a imagen de lo que los demás ven en ella.”  
En definitiva, cuando la realidad se parece a la mentira, cuando el periodismo con sus coberturas truculentas y sensacionalistas empuja a la verdad más allá de la realidad, cuando los casos extraordinarios se generalizan súbitamente hasta borrar las escalas, banalizando la realidad; el piberío empieza sobrefabular arriba de las fábulas que repetimos como loros para nombrar e inpensar a los jóvenes de los barrio pobres. 

*Docente e investigador de la UNQ. Autor de Temor y Control y La máquina de la inseguridad. Coautor de Hacer bardo: provocaciones, resistencias, derivas de jóvenes urbanos. Integrante del CIAJ (Colectivo de Investigación y Acción Jurídica). Director del LESyC (Laboratorio de Estudios Sociales y Culturales sobre violencias urbanas).