fbpx Alrededor del fuego: a 30 años del asesinato policial de Walter Bulacio | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Violencia Institucional //// 19.04.2021
Alrededor del fuego: a 30 años del asesinato policial de Walter Bulacio

"El primer recital de esa tanda fue un viernes. El otro, el sábado. 19 y 20 de abril. Pocos días después nos enteramos de una noticia. Parece que mataron a un pibe. La policía. Obviamente. No se sabe mucho más. Sólo que murió en el recital. O después. Hay que despejar los rumores. Dicen que se llamaba Walter". Por Mariano Molina.

  • A 30 años del asesinato policial de Walter Bulacio

Por Mariano Molina

Es domingo de noche. Es tiempo de pandemias. Ahora es el mes de septiembre. Domingo de noche. La nostalgia del domingo cuando cae el sol. Hay una decisión. Hay que empezar a escribir sobre Walter. Es una necesidad poder hablar. Balbucear. Escribir. Walter. Esa joven humanidad perdida hace casi treinta años. Y es una obligación volver sobre el tema. Por él. Por sus amigas y amigos. Por su familia. Por nosotros y nosotras. Lxs que fuimos. Lxs que somos. Los que un día crecimos y, a fin de cuenta, estamos y no pedimos nada.

El paso del tiempo. La vida. La excusa de los años redondos. Redondos, sí, vaya paradoja. Esas fechas que terminan en cero o cinco siempre ayudan a nuevas formas del recuerdo. La exactitud decimal que criticaba Borges.

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Es viernes de abril. Está fresco. Polera fina de algodón. Encima remera obligada para la ocasión. El bondi que llega desde las orillas de la ciudad. La policía no permite esperar a los amigos en la esquina prevista. Obligación de circular. Como en la dictadura. Como le hicieron a las Madres. Y empezaron las rondas. Voy y vengo por la misma vereda. Dos cuadras de ida. Dos cuadras de regreso. ¡Circulen! Así gritan los poli a cada rato. Son ellos los dueños de la calle. Nosotros tenemos que cuidarnos. Llegan mis amigos. O mi amigo. Esta espesa la mano. Se siente en el ambiente. Decidimos entrar.

Hay un colectivo en la puerta. ¿Línea 59? ¿Línea 64? ¿Línea 60? ¿Línea 152? Los recuerdos se nublan un poco. Un bondi en la puerta está listo. Habrá razzia. Obviamente. Empezará en breve. Una vez que arranque el recital.

Siempre quedará en la memoria ese comienzo tan simbólico. Nuestro amo juega al esclavo. Y el Indio le da un mensaje de cariño a un pibe de la banda de Aldo Bonzi. Alguien que no está pasando por un buen momento. No era por Walter. Pero era por él. La historia proyecta caminos que se van a unir.

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La distancia que marcan los años. Los rastros de la vida. Los tiempos que pasaron. Esos encuentros interminables con gente muy querida. Nadie imaginaba el futuro. Difícil imaginar que la vida abriría surcos tan diversos. Rostros que dejás de ver. Caracteres que mutan hacia lo desconocido. Humanidades que se separan y adquieren nuevos rumbos. Nombres tan familiares que van a ser olvidados.

Los años del secundario son recuerdos para la vida toda. Ahí se gestan encuentros que marcarán para siempre el futuro. ¿Cómo saberlo? Ahí hay amistades. Amores. Promesas y compromisos. Algo de todo eso va a mutar. Algo de todo eso no se diluye jamás.

Esos tiempos de conciertos Redondos también generan vínculos para el resto de la vida. Una forma paralela del secundario. O del barrio. Ir a ver a la banda era encontrarse con gente amiga. Amistades surgidas de esos ámbitos. O amigos y amigas que sólo empezabas a ver ahí. En ese mundo compartimos infinitas conversaciones a destiempo. Y un poco más también...

Quién se ha robado el mes de abril

El primer recital de esa tanda fue un viernes. El otro, el sábado. 19 y 20 de abril. Pocos días después nos enteramos de una noticia. Parece que mataron a un pibe. La policía. Obviamente. No se sabe mucho más. Sólo que murió en el recital. O después. Hay que despejar los rumores. Dicen que se llamaba Walter. Era de Aldo Bonzi. Iba a la escuela secundaria. Como vos. Como yo. Como todos.

Asesinaron a un pibe. Murió días después. Pero se lo llevaron ese día. El viernes. En la puerta de Obras. Le dieron palos. Como era obvio. Y previsible. Siempre pasó lo mismo. Siempre pasa lo mismo. Se les fue la mano. O no. Siempre son iguales. Ya lo sabemos. No hay sorpresa. Pero sí. Es uno de los nuestros. Walter. Podrías haber sido vos. O él. O ella. O él. O vos. O yo. O vos. O él. O ella. Nosotros. Walter. Uno de los nuestros.

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La vida va marcando la dimensión de los hechos. El paso del tiempo los reubica. Hay diversos rincones en nuestra travesía. Nos permiten observar desde distintos ángulos. Mirar en profundidad la inmensidad del derecho a vivir. Cuando pasaron los veintipico de años, comprendí cosas de otro modo. Por ejemplo, las crueldades de la dictadura con las jóvenes vidas desaparecidas. Militando con las Madres dimensionamos diferente esa crueldad y desprecio. Con el nacimiento de nuestras hijas e hijos sucedió lo mismo. Puntos de inflexión para (re) comprender la historia. Esquinas desde donde mirar las tragedias. Nuestras tragedias.

El paso del tiempo dimensiona de diversas formas la muerte de Walter. El asesinato. La maldad de la policía. El sistema represor que sobrevive gobiernos y luchas por los derechos humanos. Hace poco desaparecieron a Facundo Castro. Lo mataron. Lo ahogaron. La policía también. Como con tantos y tantas.

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Las noticias van y vienen. No hay mucha claridad. Pero se sabe. Lo de siempre. No hay dudas. Conocemos a los de azul. Se confirman datos. Walter Bulacio. De Aldo Bonzi. Iba al Nacional Rivadavia. En avenida San Juan. Seguro tomaba el 91. La familia convoca a una marcha del silencio. Como las de María Soledad. Tiempos en que las luchas contra la impunidad son con marchas de silencio.

Los recursos informativos a mano permiten ir ordenando datos de a poco. Los medios de comunicación no son propensos a denunciar las arbitrariedades policiales. Periodistas en algunas radios y diarios van contando algo. La primera marcha es con una abrumadora presencia de estudiantes secundarios. Un sector muy movilizado para la época. También gente que va a los recitales. No se utiliza la palabra fan, ni ricotero o ricotera.

Se camina por avenida San Juan. Luego doblamos a la derecha, por Entre Ríos, rumbo al Congreso. Es una movilización desordenada. Como muchas de esa época. La familia adelante. Los amigos. Las amigas. El pedido insistente de silencio. Alguna gente más grande. No hay banderas. Siempre el intento de un partido de izquierda por meter algún cartel. Hay una persona calva. Llama a cantar y gritar porque no se puede estar en silencio. La gente lo mira y le pide que se calle. Se enoja. Hay que respetar los pedidos de la familia. Putea en voz baja. No acepta las decisiones colectivas. Va a ser líder de una banda de rock.

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La sensación tan cercana de la muerte primero da miedo. Todo se paraliza. Luego, instantáneamente, bronca. Y salís a putear. Salís a acompañar. Y estás con esa bronca infinita que no tiene límite. Cuando pasa el tiempo te enfurece aún más. La bronca será, definitivamente, interminable. Como el odio. Como las lágrimas. Que se repiten una y otra vez a lo largo de tantos años. Walter no era nuestro amigo. No era nuestro familiar. No era nuestro compañero de escuela. Tampoco nuestro vecino. Pero era todo eso. Y un compañero de andanzas musicales en el nacimiento de la noche neoliberal. Walter era uno de nosotros. Siempre será uno de nosotros. Sólo decir su nombre y todes sabemos de qué estamos hablando.

Volver a los 17...

En abril de 1991 tenía diecisiete años. Varixs de mis amigas y amigos del secundario también. Algunas y algunos, incluso menos. Íbamos a los recitales. Participamos de marchas. El descontento empezaba a ser una norma. Veníamos de hiperinflaciones. Había indultos a los genocidas. Días antes, Domingo Cavallo había inaugurado la convertibilidad. El uno a uno. No teníamos ni idea a dónde iba a llegar eso. La condena última a la dolarización de la economía nacional. La ilusión del dólar barato. El señuelo del consumo como proyecto de vida. Tiempos difíciles para la adolescencia. Faltaba justicia. Faltaba proyecto colectivo. Las referencias eran pocas. Una generación que iba a practicar mucho el voto impugnado. O en blanco. Una generación que, básicamente, iba a descreer de la posibilidad de una mejor democracia.

Diecisiete años. La decisión de querer vivir la vida. La infancia ahí atrás. Muy cerquita. La inmensidad de ese momento. Las miles de preguntas sin respuestas. Las necesidades comunes. Las necesidades de la familia. Walter vivía en el conurbano. Estudiaba en la capital. Trabajaba. Esos laburos necesarios para familias trabajadoras. Aldo Bonzi. La Matanza. Autopista Riccheri pasando el Mercado Central y las vías. Ir y venir del barrio. Los bondis. El 91. El 97. Los largos recorridos por barriadas de Provincia y Capital. Atravesar la ciudad. Conocer distintas geografías. El privilegio de aquellos que siempre tienen la condena de una o dos horas de transporte público.

Adolescencia. Amigos. Amigas. Los primeros amores intensos. A veces, los únicos. ¿Cuántos amores habrá tenido Walter? ¿Qué iría soñando en ese bondi hasta llegar a Obras? ¿Habrá pensado en algo? O quizás sólo iba conversando con los amigos. Pensar en nada. Pensar en todo. Imposible no hacer preguntas. Imposible no hacerse preguntas. ¿Qué habrá pensado la madre en el instante del último saludo? ¿Y la abuela?

Ya lo dijo la poeta. Volver a los diecisiete después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver a ser de repente tan frágil como un segundo, volver a sentir profundo como un niño frente a Dios, eso es lo que siento yo en este instante fecundo...

¿A dónde van?

Si la adversidad triunfa, dolerá porque fui feliz. Así canta el Indio Solari 27 años más tarde. Cuidamos rincones de felicidad, aún en épocas sin respuestas. Tiempo antes de abril de 1991, Silvio Rodríguez se preguntaba ¿A dónde van las palabras que no se quedaron? ¿A dónde van las miradas que un día partieron? Hay preguntas sin respuestas que nos atraviesan el alma. Y nos acompañan la vida. Las ponemos en el lugar que podemos. Pero ahí están. Siempre regresan de distintos modos.

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Todavía faltaba algo de información. El núcleo de lo que había sucedido ya se sabía. Creo que el nombre Espósito, comisario asesino de la Policía Federal, ya estaba en boca de muchas y muchos. Espósito. Miguel Ángel. Asesino de Walter Bulacio.

Se realizaron sucesivas marchas pidiendo justicia por Walter. Y recitales. En el viejo anfiteatro de Parque Centenario se realizó uno. Batato Berea mostró sus tetas en el escenario a los gritos. No teníamos ni idea quién era. Sólo habíamos escuchado su nombre alguna vez. Nos resultó simpático. No comprendimos el acto de rebeldía. No entendíamos mucho de otras sexualidades. Pero las respetábamos. Me parece que ese día Fito anduvo por ahí. El 19 de abril todavía estaba cercano. Cerró una banda que pintaba bien. Se llamaban Los Piojos. Entre sus invitados estuvo Ricardo Mollo.

La justicia era lo único que podía remediar el dolor. O algo. Una parte de esa angustia, bronca y tristeza. Era un anhelo que no se iba a alcanzar. En esos días no podíamos pensar en eso. No creíamos que la justicia era imposible. Aunque la impunidad era la norma posdictadura.

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¿Cómo se habla del dolor tanto tiempo después? ¿Existen palabras que den en la medida justa?

Tardamos mucho tiempo en entender el pedido de cuidado. Cuidarse. Cuidarnos. Intentar sostener el estado de ánimo. No regalarse. No ser presa fácil. Mirar a los costados. Desconfiar. Caminar despacio. Agudizar sensibilidades. Oír. Observar. Oler. Sentir. Dejar la ingenuidad.

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Las marchas continuaron. También algunas asambleas en universidades. Lugares que vamos a habitar en el futuro cercano. Algunos grupos políticos intentan manejar. No registran que el dolor y la bronca no se pueden aparatear.

La primera marcha tuvo dos etapas. La primera finalizó en el Congreso. En silencio. Con un pedido de la familia. Luego el espíritu libertario. Las ganas de gritar. Las necesidades colectivas. Y se siguió torpemente desde el Congreso a Plaza de Mayo vía calle Corrientes y el Obelisco. Una marea de adolescentes entonando canciones de los Redondos. Un hecho inédito. Casi sin registros. La gente que atravesaba avenida Corrientes miraba. Miraban sin comprender nada. Adultos. Adultas. Hay cosas que la gente grande nunca registró.

La manifestación debía tener dos o tres cuadras. Pibes y pibas de entre quince y veinte años. Sin carteles. Sin banderas. Entonando canciones. Gritos de guerra contra la policía. Y el gobierno. Y defendiendo a Maradona. Diego había estado preso unos días antes. Tenencia de drogas. Hay quienes dicen que era para tapar. Siempre las operaciones son eso. Ensayo general para la farsa actual.

Perder la inocencia

Tengo la costumbre de escribir siempre recordando esta fecha. Un día marcado para el resto de la vida. A veces pienso que la muerte de Walter nos metió de lleno en otro mundo. Nos obligó a perder la inocencia. Su asesinato nos adentró de lleno en un mundo que veíamos un poco de lejos. Walter es una marca generacional. Ya se dijo. Basta decir su nombre y ya se sabe de qué hablamos. Qué recordamos. Qué conmemoramos. Qué queremos decir.

Tengo en mi memoria los rostros de mis compañeras y compañeros del Centro de Estudiantes. Compañeros y compañeras de otros secundarios. Amigos y amigas que fuimos conociendo en el mundo de los recitales. Veo algunas fotos de la época. Tiempos difíciles. Corazones bondadosos. Espíritus amables que sólo buscaban alegrías en medio de la desazón generalizada. El Poder se expresa en lo macro. Y en lo micro. Indulta a los genocidas. Y también indulta a los asesinos de tus amigos. Te impide las mínimas celebraciones. Y más si son jóvenes. Hay que marcarlos a fuego. Para que entiendan cómo se ordena el mundo. Para que no jodan. Para que sepan. Para que aprendan a callarse. Para que en el silencio acompañen el orden. Hay un nosotros y nosotras que vivimos nuestra propia Nueva Roma. Cruzar la adolescencia con miedo. Con cuidados. Con temores. Y odios. ¿Es posible no odiar en este contexto? ¿Es posible no seguir odiando?

Walter es el nombre de nuestra última inocencia...

En el nombre de mi abuela está escrita una canción

Anteojos grandes. Marcos negros bien gruesos. Pelo canoso. Un poco ondulado. Mirada fija. Muchas veces en silencio. Manos arrugadas que sostienen una foto. O un cartel con palabras. O un palo de escoba con un cartel hecho artesanalmente. Saber decirle asesino al asesino. Con la sabiduría de las abuelas. Esas que llaman a las cosas por su nombre. Sin miedos. Como catorce años antes hicieron las Madres. Y las Abuelas. Un rostro que habla. Hay una historia. Una vida. Un nieto que ya no está. Que lo mataron.

Doña María. Mary. Ella se puso de pie. A dar la pelea. Supimos que el padre murió al poco tiempo. Triste. Quizás deprimido. A la madre no le era fácil. La vida. Las angustias. Los infinitos recovecos por donde transcurren innumerables experiencias. Las inmensas dificultades que provoca un dolor existencial. Para siempre. Por el resto de los interminables días, meses y años. Mary agarró la posta que estaba en el aire. Tomó el mando. Tuvo la fuerza. Pudo. Asumió la batalla. Fue al frente. 23 años años. Casi un cuarto de siglo de lucha. 281 meses. 8569 días. Tenía sesenta y dos años cuando asesinaron a Walter. Pasó más tiempo pidiendo justicia que los años que tuvo Walter de vida. Encabezando marchas. Estando en los recitales. Reclamando en interminables mostradores del podrido aparato judicial del país. Logró que la causa cruzara fronteras. Y el Estado argentino fue condenado en el exterior.

En el nombre de mi abuela está escrita una canción. Lo escribió el uruguayo Eduardo Mateo. Resuena hace meses en mi cabeza. Va y viene. Doña Mary. La abuela de Walter. Un poco la abuela de todos y todas. Desde Aldo Bonzi encabezó un camino. Ahí seguimos. En los lugares que estamos. Por donde la vida nos lleva. En las miles de vidas diferentes que se abrieron al mundo. Una consigna. Una remera. Una bandera. Un recuerdo en redes. Donde sea. Como sea. Como cada una y cada uno pueda. Un nombre. Walter. Treinta años. Te traigo los abrazos que precises, mis últimas y pobres barricadas, el mundo entero por cambiar y el corazón en esta retirada...