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Relámpagos //// 07.02.2017
La mano viene MORENA: una expresión nacional-popular mexicana

Por Adrian Dubinsky l "Más allá de ofrecer como muchos partidos o coaliciones electorales un candidato a la presidencia, MORENA ofrece una dinámica partidaria en la que si bien no se perfila otro cuadro presidenciable a priori como Andrés Manuel López Obrador, sí tercian muchísimos cuadros de calidad ministeriable y encaminados a interpretar fehacientemente las necesidades de un pueblo del que son parte constitutiva".

 
Génesis de un Movimiento hijo del desencanto
La razón de ser de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), acaso su génesis, obedece, primero, a una necesidad real de los mexicanos de tener un gobierno representativo, no corrupto y cuyas políticas velen por los que más precisan sin necesidad de inmiscuirse en la rosca lodosa que suele aportar -hipócritamente- a una solución falaz que coadyuva a lo que pregona detener: una concentración de la riqueza que excede los paradigmas originarios de distribución tanto del México antiguo como del Post-México nimbado por la imagen de la Virgen de Guadalupe. Un paradigma que según vociferan, llegará a derramar, mediante sus preceptos ontoeconómicos neoliberales, sus beneficios sobre el conjunto de la población.
Su nacimiento -el de MORENA- se inscribe en un fenómeno que se ha dado en diversos puntos del continente americano en los últimos 15 años: el surgimiento de Movimientos Nacionales y Populares, latinoamericanistas y decoloniales que en algunos casos llegaron a la presidencia de sus respectivos países en una suerte de oleada progresista, pero que en el caso de México nunca llegó a alcanzar ni una masa crítica comicial -indispensable para ganar elecciones-, ni la conformación de una partido devenido del stablishment político que pudiese juntar votos a tontas y a locas; y cuando parecía perfilarse un partido de tales características (el PRD), rápidamente fue corrompido y desarticulado como interpretador social provocando el alejamiento del sector López-Obrerista.
En ese contexto, hace tan solo 5 años, en julio de 2012, AMLO (así llamaremos a Andrés Manuel López Obrador), rompe con el PRD (Partido de la Revolución Democrática) -podrido en sus entrañas y cooptado por el poder económico-, y crea el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), cuyo objetivo es constituir una nueva fuerza política que oblitere las tendencias corruptas enquistadas en el quehacer político y revalorice las acciones comunitarias al punto de esperanzarse con detener los mayores flagelos que azotan al país con planes concretos y no solo declamaciones de tribuna.
Saliendo a la superficie
Todos los movimientos nacionales y populares de Nuestra América tienen un reservorio ideológico que contiene, al menos, dos vertientes que culminan en sendos faros ideológicos: la nacional, propiamente dicha, y aquella que se inscribe en un ideario latinoamericanista de corte bolivariano-martiano.
En el caso de MORENA, sus adherentes reivindican una línea histórica de larga data que arranca con la lucha de Cuitláhuac, líder de la resistencia de los mexicas luego del apedreo mortal a Moctezuma y muerto él mismo al poco tiempo a causa de la viruela; continúa con Cuauhtémoc y su martirio, que devino en la caída definitiva de Tenochtitlán. Luego hay un hiato de casi trescientos años, hasta llegar al Fondeadero de la historia [1] en el que nos esperan Hidalgo y Morelos, ambos sacerdotes liberales, si cabe el oxímoron, que dieron su vida por la primera independencia. Para que los militantes-voluntarios (como si hiciera falta aclarar que una cualidad constitutiva del militante es su carácter voluntario) vuelvan a rescatar un nombre vindicatorio tenemos que esperar casi medio siglo, hasta llegar al período de Reforma y a la llegada a la presidencia de Benito Juárez, un líder político zapoteca que hasta los nueve años no habló castellano. Los nuevos nombres que se agregan al panteón morenista ya son más cercanos en el tiempo –aunque haya transcurrido un siglo- y son los apelativos de los líderes de la revolución mexicana: en primer lugar Madero, sobre todo por su carácter democrático y republicano; luego los dos líderes que a pesar de haber liderado la facción derrotada dentro de la revolución han logrado imponer a través del tiempo su acción programática: Pancho Villa y Emiliano Zapata. Finalmente, la línea histórica lleva a los Morenistas a rescatar para la historia la figura de Lázaro Cárdenas, líder indiscutido a la altura de un Getulio Vargas o un Perón [2].
Ese reservorio ideológico al que aludimos no tiene que ver con ceñirse a programas de larga data y, en algunos casos, perimidos, sino a mantener en alto algunos ideales y valores que han superado distintos clivajes en diferentes etapas de la historia y que son necesarios para reunir un conjunto popular reivindicable y reivindicador, una masa que tercie en la lucha por la refundación del Estado mexicano, por la cuarta independencia, entendiendo a las tres anteriores independencias a las acaecidas respectivamente en 1810, 1857 y 1910.
No obstante, si algo tiene el Movimiento de Regeneración Nacional, es que no se estanca en una mirada nostálgica y estática de la historia, en la que el devenir de la política queda congelado en un ideal del pasado, sino que por el contrario, se presenta como un Movimiento y partido político que si bien recoge determinadas banderas pretéritas, se enfoca en la renovación de la praxis política, en la reconstitución del quehacer del político (como hombre de la polis, entregado a los mandatos populares) y en la firma de un nuevo pacto [3] desde y con la ciudadanía para refundar el Estado Federal.
Los valores y principios más allá de los postulados políticos
Hace unos días, acaso uno de los más lúcidos filósofos de la actualidad, el Dr. Enrique Dussel, analizaba el resultado de unas cuantas elecciones de los últimos tiempos y manifestaba que el electorado se halla hastiado de los representantes del stablishment político, y que dicho electorado tendía a votar por aquellos representantes del signo contrario al que se encontraba en el poder, independientemente de su inclinación o sesgo político.
Si esa premisa tuviese un efectivo correlato con la realidad, sin duda las fuerzas sufragantes tenderían a elegir a aquel candidato que, independientemente de haber sido estigmatizado como un outsider de la política, se erige como el único con el reflejo suficiente como para dar respuestas heterogéneas a una realidad política internacional ultra condicionante (la nueva política internacional norteamericana), a una necesidad nacional que excede a los programas vacuos y contaminados de un sentido nacional dependiente de las roscas meramente electoralistas y a la necesidad comunal de encontrar en sus representantes más directos un par de sujetos que interpreten el sentir de la mayoría de los mexicanos y sepa nutrirse de los más avanzado del pensamiento político filosófico del continente como para no buscar salidas individualistas, violentas y colmadas de valores antimexicanos -y me refiero a valores que no condicen con la espiritualidad cristiana del mexicano medio que, más allá del compartimento estanco de la invalorización al que intenta ser conducido, se mantiene erguido y orgulloso de pertenecer a un linaje solidario, internacionalista pero con un conciso sentimiento de pertenencia regional y listo para dar batalla en el ámbito más propicio y en el que mejor preparado está: el terreno de lo cultural y el de los valores misturados entre una cosmovisión judeo-cristiana y el de la pertenencia a diferentes sociedades de amparo que constituyen parte de la idiosincrasia del/a sujeto/a Mexicana/o-.
La preponderancia del caudillismo en la figura de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) o la superación por izquierda del populismo bienentendido
Una de las críticas más severas que se le hacen a MORENA tiene que ver con su supuesta relación paternalista entre su líder -AMLO- y el resto de los dirigentes y militantes. La respuesta a ese supuesto condicionamiento tiene su raíz en el mismo planteo del inconveniente: según el canon republicano-democrático-liberal que impera en el mundo occidental, cualquier delegación de esperanzas personalistas en una persona, independientemente de la voluntad de quienes erigen a esa persona como líder y referente, es nociva en sí misma para la falacia conceptual que abreva en la republicana alternancia democrática. ¿Quién dijo que tal o cual líder tiene que tener fecha de caducidad? ¿Cómo se explica que el sentimiento del pueblo pueda ser constreñido a un periodo de afecto determinado? ¿Qué extraña sensación de superioridad supra-popular puede determinar con una fanfarronería colmada de sentido común, ideologizado y chabacano, que el amor y compromiso con un líder debe tener una durabilidad mensurable?
Evidentemente, luego de ser dos veces consecutivas candidato a presidente por dos coaliciones diferentes (la Coalición por el Bien de Todos -2006- y el Movimiento Progresista -2012-); luego de haber sido presidente estatal del PRI en Tabasco; después de ser presidente nacional del PRD y Jefe de Gobierno del Distrito Federal, cabe preguntarse cuál es el lugar real de AMLO dentro de un Movimiento -de una matriz política que tiene como motor a un combustible esencial que se personaliza en el militante de base- como lo es MORENA. La respuesta es más sencilla de lo que parece. Luego de dos intentos para la presidencia (el primero perdió víctima de un fraude vergonzante a manos de Felipe Calderón, aquel que declaró la Guerra contra las Drogas (causante de una masacre en el país); y la segunda, en 2012, en una coyuntura electoral por lo menos espesa y poco clara (AMLO perdió a manos del candidato de Televisa, el actual presidente de México, Peña Nieto), el Peje [4] sigue erigiéndose como un candidato íntegro, responsable, carismático y, sobre todo, que ante el vacío de representatividad de una caterva de políticos corruptos y preocupados más por la subsistencia que por el bien del pueblo mexicano -que suele dar respuestas guillotinadas y, sobre todo, irrealizables-, se consolida como aquel que se sincera con su pueblo y solo proponer un programa político factible sin alharacas de fantasía.
Independientemente de que MORENA se preocupe -muy sanamente, por cierto- de generar cuadros políticos ultra formados (recordemos que los encargados del área de formación de MORENA, más allá de los títulos académicos, son aquellos que imparten las clases en la Escuela de Formación Política Carlos Ometchotzin, a saber: Enrique Dussel, Díaz Polanco y John Ackerman, entre otros), hoy por hoy la figura que puede interpretar el doble desafío del Movimiento de Regeneración Nacional -la formación política integral y la representatividad competitiva electoral- tiene su corolario en la persona de Andrés Manuel.
Pero claro que, más allá de ofrecer como muchos partidos o coaliciones electorales un candidato a la presidencia, MORENA ofrece una dinámica partidaria en la que si bien no se perfila otro cuadro -presidenciable a priori, como AMLO-, sí tercian muchísimos cuadros de calidad ministeriable y encaminados a interpretar fehacientemente las necesidades de un pueblo del que son parte constitutiva. El partido propone un pacto a la sociedad en el que la transparencia -eje de crítica al presidencialismo mundial y (someramente y con menos fuerza, por ahora) al sistema democrático y a las agrupaciones nacional-populares en general- tenga un rol central como horizonte máximo de la militancia mediante el mentado pacto social (ética militante): primero hacia adentro, con los llamados Comités de Ética Partidaria, dejando en claro que ninguna agachada -como decimos en Argentina y que equivale al acto de claudicar frente una cuestión que moralmente se encuentra en el rango de la transgresión del pacto con el elector (de mínima) y la corrupción (cuando se ejerce el poder ciegamente o se lo limita en detrimento de aquellos que nadie votó)- es disculpable; y segundo de cara a la sociedad, traccionando desde lo particular a lo general; es decir, poniendo en un primer plano la existencia barrial-comunal que colisiona con un mandato de pertenencia hegemónica, que a su vez excede los parámetros ortodoxos del quehacer político para instaurar un nuevo orden más ligado a devenires espirituales, filosóficos y políticos afines al pueblo vecinal por el solo hecho de estar cortado por la misma tijera pertenencial o, si se quiere, batidos dentro de la misma matriz de pensamiento.
Dentro de MORENA existe la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia. A partir de su fundación se han detectado algunos casos de legisladores o funcionarios ligados a MORENA, que lejos de ser protegidos por un sistema político-corrupto han sido puestos bajo investigación del partido incluso ante de que se mediatice el caso. la comisión interna de la que hablamos se dedica a investigar los hechos pasibles de ser instruidos como un presunto caso de corrupción interna, partiendo de la base de que las operaciones mediáticas acusatorias solo son eso: mayoritariamente operaciones comunicacionales. Saliendo por izquierda, aquellos casos en los que impere la mínima duda sobre algún integrante de MORENA en funciones, se podrá someter al funcionario inculpado a un proceso interno en el que le será sencillo demostrar su inocencia -si es que fuese probable- o deje de manifiesto su error inapelable -en caso de que quede comprobado el hecho que se le impute-.
Es una buena señal no juzgar por encima de la ley, pero mantener un Comité de Ética con la calidad de personalidades que lo integran y que son incuestionables con respecto a su imparcialidad y probidad [5], es un paso adelante en la conformación de un frente popular que sepa interpretar las necesidades de la mayoría de los mexicanos en un país en el que la mayoría de las personas guarda sospechas sobre el accionar de los políticos; un país en que los medios, fomentando en el ciudadano hastío social y un involuntario tedio de participación ocasionado por un neoliberalismo que no produce revolucionarios, sino deprimidos, quieren inventar – cual Dr. Frankenstein de las Ciencias Sociales- un sujeto político-nacional que lejos de comprometerse en una lucha en contra de stablishment que se burla en su rostro, trate de zafar como pueda, a cualquier costo y librándose de una posible acción colectiva. El objetivo de ese Comité, más allá de descubrir con inquina policial a aquel dirigente corrupto, es fomentar la posibilidad de participar y tener injerencia en las decisiones de una estructura que, a priori, pareciera tan grande y lejana que nada podría ofrecerle a un ciudadano de a pie; sin embargo…Con organizaciones de ese tipo y con los cursos de formación que exceden a la formación política ramplona de mero carácter histórico, enciclopédico y coyuntural, se intenta generar una cantidad de cuadros de base que puedan replicar en el territorio todo aquello que no solo encarna Andrés Manuel como líder, sino que interpreta y traduce a toda una generación que reniega de una acción habitualmente destructiva y beligerante por parte de sus dirigentes; una masa esperanzada que pueda confiar en una posibilidad en la que nada es posible si no se cree que el pueblo es lo suficientemente inteligente como para elegir lo que más le conviene. Cuando hablo de conveniencia me refiero a una conveniencia alejada del personalismo y mucho más cercana a cosmovisiones preexistentes que jamás han dejado de tener su impronta en 300 años de historia colonial, en 200 de historia independiente, en 100 de historia revolucionaria y en ciernes de una nueva historia que, sin duda, empujará al resto del continente hacia una revolución que, lejos de estar congelada -como manifiesta Mires- está dispuesta a entender la Revolución de una manera superadora y colmada de un bagaje de lucha de quince años de avanzada Latinoamericana-popular-democrática en el continente.
Luego de la denominada Restauración Conservadora (Correa dixit), viene la Nueva Oleada Revolucionaria (NOR). AMLO, y MORENA han realizado una simbiosis sabia en la que -por ahora- nadie existe sin el otro (sobre todo de cara a las elecciones), pero en la que el Peje entiende claramente que nadie es perfecto en su ontología política, que nadie es depositario a priori de voluntades ajenas, que si no se homogeniza, si no se adquiere un efecto consustancial con aquellas voluntades que emergen por encima de las candidaturas, el cambio por medios electorales solo ofrecerá un panorama frustrante y desmovilizador.
El rol del convencido como desinencia del desencanto
Como partido institucional, a pesar de presentarse como el único capaz de subvertir el orden de la política mexicana por canales institucionales y masivos, también presenta -en un plano superador e inapelable- en su página web, tres documentos que son el eje central ante el cual el propio López Obrador y cada militante de MORENA deberá rendir cuentas.
Los tres documentos oficiales dictan lo siguiente sin ambages: una declaración de principios, un estatuto y un programa. El hecho de presentar ante la sociedad documentos de compromiso constatables por la mayoría de los ciudadanos, pone a MORENA en una situación de deuda con su pueblo; incluso de una deuda que pone a sus acreedores -los sufragantes- en un lugar mucho más exigente como electores que el que guardaban cuando nadie les concedía nada -ni les concede aún- desde el acotado Parnaso del universo político.
La coyuntura de la actualidad y dos tipos de respuestas
Son dos los casos interrelacionados que alancean a la pasividad del pueblo mexicano: el curso neoliberal imperante -con mayor o menor injerencia local- en todo el continente y su correlato en el denominado gasolinazo (aumento del 20% del combustible y su impacto en todas las áreas de la economía mexicana), y el condicionante no escogido: la nefasta elección de un racista antimexicano en EEUU.
En el caso de la actualidad política mexicana, y podríamos decir del mundo, se dan determinadas circunstancias que exceden a cualquier lógica previa con respecto a las relaciones internacionales. Pero vamos a circunscribirnos al caso mexicano solamente, ya que una selección más amplia de Estados conllevaría una atomización ad infinitum de los casos por describir. Trump, evidentemente, además de asestar un golpe a la economía mexicana -vía aumento del dólar a partir de sus declaraciones, por ejemplo- no hace otra cosa que generar mexicanidad al sur del río Bravo y latinoamericanidad al sur del Usumacinta.
La obligatoriedad de una nueva sustitución de importaciones y la consolidación de determinados símbolos -tanto ideológicos como lingüísticos-, nos corre como sociedad hacia una obligada primavera nacionalista. Nada más sencillo de definir que cuando te expulsan de determinado movimiento. Ante la exclusión, la militancia por izquierda -que esperemos que no se zarpe y que tal o cual la reivindicación agitada sea plausible- tiene la responsabilidad de incluir a las masas en un programa político que tenga en cuenta a cada damnificado por la situación política vernácula e internacional, y más teniendo como vecino a la mismísima mutación aún más monstruosa del Leviatán.
Las bravuconadas del gato Wasp [6]
Al contrario de la actitud genuflexa y la lectura política errónea que demuestra Peña Nieto (si creyésemos en su honestidad presidencial), quien invitó a México a Trump cuando era un candidato impune que no se privó de espetarle en la cara de toda/os la/os mexicana/os su desprecio anglosajón, neodarwinista, positivista y, en definitiva, desbordado de racismo explícito, AMLO, rápido de reflejos, presentó -mucho antes de que Peña Nieto tratase de evitar un bochorno de desprecio y cancelase su visita a EE. UU.- un decálogo que interpreta no solo el sentir del mexicano, sino del emigrante que vive en EE. UU., teniendo como ejes centrales a las siguientes medidas: en primer lugar, no es que desiste de visitar al coloso del norte sino que propone efectuar una gira para visitar mexicanos, para visitar compatriotas. En el mismo sentido de amparo al mexicano, independientemente de su lugar en el mundo, propone transformar los consulados mexicanos en Estados Unidos en Procuradurías de atención al Migrante [10].
Y si bien esta es la medida más rimbombante que propone AMLO -y nadie podría dudar de su posible efectividad, ya que acompañaría la medida si la tomase el presidente de Televisa-, hay otras propuestas que evidentemente han sido consensuadas en equipos de orden nacional, ya que trasuntan una gran capacidad de análisis vernáculo y una inmensa y saludable heterodoxia e inventiva para resolver conflictos que suelen estar colmados de una trascendencia percibida solo por el militante comprometido pero lejana del mexicano medio que se desarrolla en el día a día.
No tembló AMLO al manifestar un sinceramiento de su lectura de determinada correlación de fuerzas: no apuesta a la romántica y épica recreación del mito de David Y Goliat. Él y su usina de laburo -desisto de decir “equipo de trabajo”- declaran que no van a esperar a que se manifieste el avasallante vecino, sino que invita a elaborar una agenda de unidad que evite emular leyendas del tipo de un Julio César Chávez, extemporáneo y anacrónico en tiempo y peso, que se suicide en un combate franco con Tyson.
Por el contrario, AMLO llama a mantener una agenda nacional sin depender de quien lo desprecia. Cualquier mandatario mexicano, Peña Nieto primero, está dispuesto a sojuzgarse y constituirse como un ciudadano de menor categoría internacional antes que soliviantarse, emulando a cantidad de líderes mendicantes y lamebotas que no solo se agacharon ante los poderosos, sino que parecieron colaborar para expulsar a la clase social de la cual el mexicano peñanietista reniega y del cual cree que puede prescindir al furgón de cola de la vergüenza; todo esto sin darse cuenta -o comprendiéndolo, lo cual es más revulsivo- que está generando el camino para evaluar la prescindencia de sus connacionales.
Los integrantes de MORENA, por el contrario, están dispuestos a esgrimir argumentos que le permitan mantener no solo la Soberanía Política, la Independencia Económica y la Justicia Social, sino aprovecharse de quien hasta hace poco tenía al país de los mexicas como una factoría lejana, como el auténtico patio trasero, para erigir una verdadera autonomía, costosa pero factible. El decálogo, por supuesto, incluye diez propuestas para una respetuosa independencia [11], y solo hay que leerlos para sentirse parte constitutiva de su difusión. Pero lo más importante no es la satisfactoria respuesta del líder de un Movimiento Nacional con grandes chances de alcanzar la presidencia, sino la posibilidad en ciernes de descongelar una revolución (la primera importante en el Siglo XX, previa a la rusa), y ahí sí derogar un concepto netamente liberal, aquel que habla del derrame de la copa llena en un terreno ideal económico-positivista y moldeado por la modernidad. Es necesaria una recreación conceptual que no parta del máximo postulado del neoliberalismo deshumanizado, sino que vocifere con pasión popular las posibilidades de transformación posible a partir de un nuevo paradigma del quehacer político, aquel que interprete la acción política como un servicio para honrar la vida de la totalidad de la población y que entienda a las instituciones como entidades pasibles de ser maleadas con una impronta realista y coyuntural, solo realizable si es que dialogan con las necesidades de determinado pueblo que eligió, por el momento, delegarles a los gobernantes unos famélicos retazos de su poder.
1 - Azcuy Ameghino, Eduardo. Artigas y la revolución rioplatense: indagaciones, argumentos y polémicas al calor del siglo XXI. En Ansaldi, Waldo (Coord.): Calidoscopio latinoamericano. Imágenes históricas para un debate vigente. Ed. Ariel. Pág. 62.2 - Si uno compara los programas políticos de los tres, encontrará similitudes formidables. Por supuesto, amerita un trabajo ad hoc.3 - El 5 de febrero se rubricó el Pacto de Unidad en el estadio Neza, en un acto con la presencia de la profesora Delfina Gómez - Maestra de profesión, hace cuatros años dejó las aulas para incorporarse a la política de la mano de Morena cuando aún no obtenía el registro como partido- y más de 50.000 militantes convencidos de que el cambio verdadero está cada día más cercano.4 - El sobrenombre de Peje, le viene por una asociación directa entre su capacidad escurridiza de moverse en la política, su dificultad para ser emboscado, su persistencia de supervivencia y su ferocidad al defenderse, y una analogía directa con el pejelagarto, un pez de su tierra natal -Tabasco- que sorprende por su peculiaridad adaptativa y su éxito a lo largo de los siglos.5 - A partir del 8 de febrero de 2016 los integrantes de dicha comisión son los siguientes: Gabriela Rodríguez: reconocida luchadora social, feminista de izquierda y compenetrada con nuestra causa. Es articulista de La Jornada; Patricia Ortiz Couturier: una joven militante de Morena. Ocupó la Secretaría de Jóvenes del Comité Ejecutivo Nacional de nuestra organización. Ha coordinado nuestros Cursos de Formación Política para Jóvenes. Fue candidata de Morena a la Delegación Magdalena Contreras; Adrián Arroyo Legaspi: Ingeniero. Fue coordinador del Gobierno Legítimo en la delegación Miguel Hidalgo. Fundador de Morena, miembro del Consejo Nacional y nuestro candidato a diputado en el 10º distrito de la delegación Miguel Hidalgo; Víctor Suárez Carrera. Militante de Morena y reconocido luchador social, particularmente en defensa de los productos del campo. Es Director Ejecutivo de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC). En 2012, fue propuesto para integrar nuestro gabinete como Secretario de Agricultura; Héctor Díaz-Polanco: Antropólogo, sociólogo y abogado. Participante en nuestro movimiento desde sus inicios. Es profesor del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) y miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt.6 - White, anglosaxon and Protestant; la elite patricia norteamericana.
RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).