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Patria Grande //// 05.11.2020
Panorama Latinoamericano: no hay victorias permanentes, ni derrotas definitivas

El autor Mariano Rodolfo Martín reflexiona sobre el escenario latinoamericano cambiante en el marco de avances populares en Bolivia y en Chile, a raíz del debate sobre la nueva constitución en el país trasandino.  

Por Mariano Rodolfo Martín*

Una sucesión de caídas de gobiernos populares reestableció la hegemonía neoliberal en el continente. Este proceso comenzó con el golpe a Manuel Zelaya en Honduras, y continuó con la destitución de Fernando Lugo en Paraguay, y Dilma Rousseff en Brasil; destitución que fue de la del encarcelamiento de Lula. El panorama se complementó luego con gobiernos neoliberales surgidos por el voto, tanto en Uruguay como Argentina, hasta finalmente sucumbir el gobierno de Evo Morales a través de un golpe militar clásico. Modalidades distintas, que pusieron fin al ciclo de gobiernos afines que llegaron a gestar acciones audaces, resolver conflictos de fronteras en la región a través de UNASUR, sin “auxilio” de la OEA o la “mediación” de EE.UU.

Chile, mientras tanto, continuaba con su modelo económico “exitoso”, excluyente para las mayorías, bajo la égida de la Constitución pinochetista; Perú, a su modo, en la misma dirección: desde hace décadas con gobiernos de orientación neoliberal, alternándose presidentes que eran enjuiciados o encarcelados, uno tras otro, por hechos de corrupción, en tanto Colombia seguía con la aplicación de recetas económicas del mismo signo que los países mencionados, con el agregado de sostener una burguesía criminal incólume. Ecuador, tras la “deserción” de Lenin (“Kerensky”) Moreno, retrotrayendo la política económica a fórmulas anteriores a los gobiernos de Rafael Correa. Completaba el panorama un Brasil que, con la emergencia de Bolsonaro –un ex militar sin agrupación política importante que lo respaldara e incluso desplazando en su carrera presidencial a la derecha tradicional-- introdujo una inflexión aún más reaccionaria y abiertamente de derecha.

Continuamente asediada, bloqueada y con sanciones económicas ejercidas por parte de EE.UU, la Venezuela Chavista permaneció de pie, con una oposición –en su casi mayoría golpista-- que no pudo lograr derrocar a Nicolás Maduro y continuó debatiéndose entre los intentos de golpes, y la búsqueda de apoyos internacionales para Juan Guadió. Sin lograr resolver sus disputas entre facciones, debatiéndose entre la disyuntiva de participar o no de las elecciones que se siguieron realizando. Cuba, como siempre, en su continuo bloqueo, más allá del inicio de diálogos y cierta distensión a la que había logrado arribar durante la gestión de Obama. Este panorama se completa con la Nicaragua aún gobernanda por el FSLN, bajo conducción de Daniel Ortega y México, donde el gobierno de Manuel López Obrador retomó banderas históricas que honran la mejor tradición del país respecto a su política exterior.

En ese contexto del Cono Sur, Argentina se encontraba hasta hace poco más de dos semanas atravesada por un aislamiento geopolítico regional absoluto, debiéndose ceñir a ese estrecho

callejón, tanto para orientar su política exterior como para tener en cuenta las relaciones de fuerzas respecto de las políticas domésticas. En el marco global de la pandemia del Covid-19, con una retracción inédita del comercio e intercambios de bienes y servicios a escala mundial, el panorama se mostraba desolador.

Marchas y contra-marchas

Los ciclos y contraciclos, de avance popular o de reflujo, encuentran características disímiles en el continente, respecto de aquello que, décadas atrás, se presentaba casi como invariable (el golpe militar clásico con gobiernos de facto de extensa duración). Con excepción de Bolivia, en donde se apeló al golpe militar clásico (coordinado abierta y públicamente con los medios de comunicación y la “familia” judicial), la derecha continental apeló a otras formas de las más conocidas, sea golpe institucional o enjuiciamientos de liderazgos que no podía derrotar en las urnas (Lula), sea sumarse a la disputa parlamentaria, dotada de representación política (tal vez el ejemplo más emblemático de tal novedad sea la el de Juntos por el Cambio, que sin los prejuicios que tenía en otros tiempos, se dispuso a disputar entre los sectores populares).

Frente a este escenario, resaltaron durante el segundo semestre del año pasado la rebelión indígena-campesina que se produjo en Ecuador (que logró poner un freno a las aspiraciones de ajuste que el FMI solicitaba) y la movilización de la sociedad chilena, que masivamente ocupó las calles y plazas, día tras día, sin descanso. A pesar de los asesinatos, heridos y cegamientos de ojos de las fuerzas represivas, comenzaba a ponerse en marcha el fin de un ciclo; proceso que ni la pandemia pudo detener. El modelo económico “exitoso” del pinochetismo, gobernara quien gobernara, fue inalterable bajo el paraguas jurídico de la Constitución sancionada por el tirano en 1980. El conjunto de logros económicos que exhibía impúdicamente la derecha –modelo para la región-- estallaba por los aires, con una dirigencia política impugnada en su totalidad en las calles, donde una generación de jóvenes mostraba que había perdido el miedo, prohijado durante décadas. Si bien el gobierno de Piñera intentó ganar tiempo e ilusionarse con qué se diluyeran los reclamos, esta maniobra no tuvo éxito: se mantuvo la presión y movilización desde las calles, aunque lógicamente en menor medida por las restricciones impuestas por la cuarentena. La convocatoria a un Plebiscito para reformar la Constitución fue realizada para el 25 de octubre de este año, y culminó con un aplastante porcentaje: casi 80% de los ciudadanos/as chilenos votó por una nueva Constitución, que tendrá sucesivos pasos de legitimación en votos durante todo el año que viene, a los fines de redactar una nueva Carta Magna, donde no estarán ausentes los pilares del “modelo exitoso: jubilaciones y pensiones privadas, educación y salud privadas.

Una semana antes (el domingo 18 de octubre), se realizaron elecciones en Bolivia, establecidas finalmente por la dictadura encabezada por Añez, si bien tras intentos de aplazarlas (en dos ocasiones de hecho fue así, hasta que las Centrales Obreras y los Movimientos Sociales paralizaron el país con cortes totales de rutas y caminos, obligando al gobierno de facto a efectivizar los comicios). El candidato del MAS, Luis Arce, alcanzó un apabullante 55% de los votos. El golpe militar clásico, acompañado en la singularidad de la sociedad boliviana con expresiones y actos racistas condenables, duró apenas un año. Las movilizaciones en diferentes etapas de tal período, así como la representación intacta del MAS (sumado a las inconsistencias del golpismo) determinaron el retorno de la democracia al país hermano y la restitución de la vía electoral, legitimando aún más al gobierno que había sido derrocado por las armas y la derecha racista de Santa Cruz de la Sierra. Cabe destacar, de todo ese proceso interno que se vivió en Bolivia, las acciones de coordinación establecidas entre México y Argentina para salvar la vida a Evo Morales, así como para desconocer a la usurpadora Añez. El hecho de que Evo Morales se instalara en Argentina facilitó –por cercanía-- la comunicación entre las bases en el territorio y su Conducción política, así como también mismo el armado electoral y la elección del candidato.

El pago chico

Nuestro país, gobernado por Alberto Fernández a partir de diciembre de 2019 –tras cuatro años de destrucción macrista-- debió enfrentar una pandemia a meses de asumir, aislada geopolíticamente como se encontraba, sin gobiernos afines o cercanos en la región. Parecía, que la ola neoliberal regional había llegado para instalarse por largo tiempo. Nuestro ahora segundo socio comercial -desplazado hace poco por China como primero- y vecino Brasil, siendo gobernado por Bolsonaro, hasta impide encuentros y visitas presidenciales mutuas.

Sin embargo, el triunfo del MAS en Bolivia y el Plebiscito que habilita la modificación de la Constitución pinochetista en Chile, modifican en parte el contexto regional más cercano. Ahora podemos decir: “Ya no estamos tan solos”.

Otros pueblos de la región continúan movilizándose, como es el caso de Colombia. Ecuador elige presidente en febrero de 2021, habiendo habilitado la Justicia Electoral al agrupamiento político liderado por Rafael Correa.

El corsé obligatorio que impone la pandemia, en algún momento del año próximo se flexibilizará y permitirá expresiones más masivas y callejeras de los Movimientos Populares y Nacionales en cada país, sea para defender/consolidar lo conquistado, sea para potenciar lo inhibido o para protestar por situaciones provocadas por las políticas neoliberales que se llevan adelante en los distintos países.

¿Quién hubiera imaginado, el año pasado, multitudinarias movilizaciones de millones de personas, sepultando el sueño eterno de la derecha chilena y el modelo económico “exitoso” del pinochetismo? ¿Quién hubiera imaginado, el año pasado, el retorno del MAS al gobierno en Bolivia?

Ambos procesos nos recuerdan algo importante a los pueblos del mundo algo fundamental: así como no hay victorias permanentes, tampoco hay derrotas definitivas.

* Miembro de Instituto Generosa Frattasi: https://institutofrattasi.com.ar