El proyecto de la unidad latinoamericana (III): del antiimperialismo al nuevo ABC

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UNIDAD LATINOAMERICANA

El proyecto de la unidad latinoamericana (III): del antiimperialismo al nuevo ABC

10 Abril 2026

A dos siglos del Congreso Anfictiónico de Panamá, el ideal de la unidad latinoamericana sigue siendo una clave central para pensar la historia y los desafíos de la región. Lejos de una aspiración retórica, este proyecto ha resurgido en distintos contextos. En esta entrega recorremos el periodo desde fines del siglo XIX, cuando el avance de Estados Unidos y las luchas en el Caribe impulsaron una renovada conciencia antiimperialista y continental, hasta la iniciativa del nuevo ABC. Se ponen de manifiesto las continuidades y rupturas de una tradición política, así como la progresiva ampliación de sus dimensiones: desde la diplomacia y la geopolítica hasta la cultura, la universidad, el movimiento estudiantil y las experiencias político-sociales de la región.

Antiimperialismo y configuración de Nuestra América

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el ideal de la unidad latinoamericana reapareció con fuerza en un nuevo contexto histórico, marcado tanto por la expansión de Estados Unidos como por las luchas de independencia de las últimas colonias españolas en América: Cuba y Puerto Rico. La primera tentativa independentista en ambas islas comenzó en 1868 —prolongándose en Cuba hasta 1878 con la Guerra de los Diez Años—, pero esos esfuerzos iniciales fueron finalmente frustrados. En ese escenario comenzó a manifestarse una creciente solidaridad continental con las luchas del Caribe. Cuando el conflicto se reanudó hacia fines de siglo, fue tomando forma un pensamiento antiimperialista que resignificó la herencia de Simón Bolívar y José de San Martín.

Desde esta perspectiva, se afirmaba que la independencia política solo podría sostenerse a través de una liberación económica y cultural articulada frente a las nuevas formas de dominación, cada vez más asociadas al ascenso de Estados Unidos como potencia hemisférica. El impulso expansivo norteamericano de fines de siglo se expresó a través del proyecto panamericanista, orientado a institucionalizar vínculos políticos, diplomáticos y comerciales con los países del hemisferio, garantizando su influencia sobre los mismos. Este proyecto se materializó en la Primera Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington, D.C., entre 1889 y 1890, convocada por el secretario de Estado James G. Blaine. Bajo el discurso de la cooperación y la “unión continental”, la iniciativa proponía mecanismos de arbitraje entre Estados, la intensificación del comercio interamericano y la creación de instancias permanentes de coordinación diplomática.

Sin embargo, desde diversos sectores de América Latina el panamericanismo fue observado con cautela, ya que se consideraba que, detrás de su retórica integradora, podía afirmarse un nuevo liderazgo hemisférico de Estados Unidos y una creciente subordinación económica y política de las repúblicas latinoamericanas y del Caribe. En este sentido, fue leído tempranamente como una reformulación de la doctrina proclamada en 1823 por el presidente estadounidense James Monroe; la cual, en su origen, buscaba evitar la recolonización por parte de las antiguas metrópolis al establecer que cualquier intervención europea en el continente americano sería considerada un acto de agresión hacia Estados Unidos. No obstante, bajo el lema “América para los americanos”, terminó convirtiéndose de hecho en una base ideológica del intervencionismo estadounidense en América Latina.

El cubano José Martí, quien participó como observador y cronista en la Primera Conferencia Internacional Americana, se convirtió en una de las voces más lúcidas en el análisis crítico del panamericanismo. Desde sus crónicas sobre la Conferencia —atentas a los gestos, intereses y lenguajes en juego— advirtió tempranamente que la propuesta de “unión continental” impulsada por Estados Unidos podía encubrir una estrategia de hegemonía económica y política sobre el resto de América.

Esta intuición alcanzó su formulación más acabada en Nuestra América (1891), donde no solo denunció los riesgos del expansionismo estadounidense, sino que también elaboró un programa intelectual y político de signo emancipador. Allí sostuvo la necesidad de que los pueblos latinoamericanos se conocieran a sí mismos —en su historia, su composición social y cultural— y construyeran formas de gobierno propias, en lugar de imitar modelos ajenos. Frente a la “América del Norte”, Martí afirmó la existencia de “Nuestra América” con identidad propia, capaz de articularse desde su diversidad y de resistir toda forma de subordinación. Su planteo, a la vez crítico y propositivo, tuvo profundas resonancias en el pensamiento latinoamericanista posterior.

En paralelo a la iniciativa panamericanista impulsada por Estados Unidos, se sucedieron en el Caribe una serie de acontecimientos que contribuyeron a forjar una imagen cada vez más negativa de ese país en la región y a despertar un sentimiento abiertamente antiimperialista. El contexto era el de las luchas por la independencia de Cuba y Puerto Rico respecto de España, iniciadas a mediados del siglo XIX, con figuras destacadas como Eugenio María de Hostos y Antonio Maceo. Hacia fines de siglo, el conflicto adquirió un carácter abiertamente bélico: de conspiraciones y levantamientos aislados se pasó a una guerra organizada por la independencia. Fue en ese escenario donde José Martí encontró la muerte en 1895, al inicio de la Guerra de Independencia de Cuba.

La solidaridad con esa lucha se extendió por toda América Latina y encontró expresión en la pluma de intelectuales y escritores como el nicaragüense Rubén Darío, el uruguayo Juan Zorrilla de San Martín y el colombiano José María Vargas Vila. Y cuando el triunfo parecía al alcance de los independentistas antillanos, la advertencia martiana se materializó: Estados Unidos intervino en 1898 durante la Guerra Hispano-Estadounidense, ocupando Puerto Rico y estableciendo una tutela sobre Cuba, además de apoderarse de antiguas colonias españolas como Filipinas y Guam. En América Latina, esta intervención fue interpretada como una confirmación del expansionismo estadounidense y de su creciente proyección imperial.

Al igual que la colonización española había contribuido a unificar una vasta zona del continente, el injerencismo estadounidense terminó por fomentar, de manera paradojal, una mayor conciencia de unidad entre el Caribe y el resto de América Latina, regiones que durante gran parte del siglo XIX no solían pensarse como un mismo espacio. Esta ampliación del imaginario latinoamericano hacia el Caribe fue acompañada por otra expansión igualmente significativa.

Desde mediados del siglo XIX pueden registrarse algunos acercamientos diplomáticos entre países hispanoamericanos y el Imperio del Brasil, en los que se contemplaba su eventual participación en iniciativas de cooperación regional. Sin embargo, fue recién con el fin de la monarquía y la proclamación de la república en 1889 cuando Brasil comenzó a incorporarse más plenamente al imaginario latinoamericano, al atenuarse las distancias políticas y simbólicas que lo separaban del resto de las repúblicas del continente.

A comienzos del siglo XX, figuras como el argentino Manuel Ugarte y el uruguayo José Enrique Rodó incluían explícitamente a Brasil en su noción de unidad continental. Al mismo tiempo, en la ex colonia portuguesa comenzaba a gestarse un pensamiento orientado a reflexionar sobre su pertenencia a América Latina. Entre sus representantes se destacó Manoel Bomfim, quien en su obra A América Latina: males de origem (1903) consideraba a su país como parte integrante de esa región. En otras palabras, Brasil dejó progresivamente de ser percibido como un referente de alteridad dentro del continente y comenzó a ser incorporado a la reflexión sobre la unidad latinoamericana. El espacio esbozado por José Martí como “Nuestra América” adquiere así su fisonomía definitiva.

Estética, valores y crítica social

En simultáneo con el despertar de una conciencia latinoamericana asociada al antiimperialismo, emergió también la búsqueda de una voz poética propia. En ese contexto nació el modernismo literario, encarnado paradigmáticamente en la obra de Rubén Darío. Surgido hacia fines del siglo XIX, el modernismo constituyó la primera corriente literaria de alcance verdaderamente continental nacida en América Latina y proyectada luego hacia el mundo hispánico. Frente a los modelos estéticos heredados de España y a las convenciones del realismo dominante, los modernistas buscaron renovar profundamente el lenguaje poético, explorando nuevas formas métricas, una mayor musicalidad del verso y un universo simbólico más amplio.

Esta renovación estética no fue únicamente formal. En muchos de sus autores se articuló con la inquietud por definir una identidad cultural propia para América Latina en un momento marcado por el avance político, económico y cultural de Estados Unidos y por la crisis del viejo orden colonial español. En la obra de Darío —especialmente en libros como Azul…, de 1888, o Cantos de vida y esperanza, de 1905— conviven la experimentación estética con una creciente reflexión sobre el destino histórico de los pueblos latinoamericanos. Así, el modernismo literario se convirtió no sólo en una revolución poética, sino también en una de las primeras expresiones culturales de una conciencia continental que buscaba afirmar su singularidad frente a las nuevas formas de dominación y dependencia.

Esta renovación estética estuvo acompañada por una reflexión más amplia sobre los valores y la identidad cultural de la región. José Enrique Rodó, desde una perspectiva humanista, reivindicó en 1900 en su Ariel los valores espirituales y culturales de América Latina frente al utilitarismo que atribuía al mundo anglosajón. En su pensamiento, influido en parte por el Krausismo, el espiritualismo se afirmaba como un rasgo distintivo de la cultura latinoamericana, en contraposición al positivismo predominante entre amplios sectores de las élites liberal-oligárquicas de la época.

La inquietud por afirmar una identidad cultural propia también atravesó a otros intelectuales de la generación finisecular latinoamericana. El peruano Manuel González Prada denunció con dureza la herencia colonial, el poder de las oligarquías y el atraso social de las repúblicas latinoamericanas, proponiendo una profunda renovación intelectual y política de la región tras la crisis provocada por la Guerra del Pacífico. Desde una perspectiva distinta, pero igualmente crítica del orden establecido, el venezolano Rufino Blanco Fombona impulsó una literatura de fuerte contenido americanista, orientada a reivindicar la historia y la personalidad cultural de los pueblos latinoamericanos frente a la influencia europea y norteamericana. De este modo, la renovación estética del modernismo se entrelazó con una más amplia reflexión sobre el destino histórico de América Latina y la urgencia de construir un proyecto cultural y político propio.

Entre esta generación fuertemente orientada por una dimensión cultural destacó Manuel Ugarte. Entre los años 1911 y 1913 recorrió numerosos países de América Latina, dictando conferencias y estableciendo vínculos con intelectuales y movimientos políticos comprometidos con la causa de la integración continental. En sus ensayos y discursos denunció el avance político y económico de Estados Unidos en la región y defendió la necesidad de construir una conciencia latinoamericana capaz de enfrentar esa nueva forma de dominación. En obras como El porvenir de la América Latina (1911) difundió la idea de la Patria Grande, entendida como el destino histórico compartido de las naciones hispanoamericanas y como la única vía para preservar su independencia política y cultural en el mundo contemporáneo. Su prédica, que combinaba nacionalismo, latinoamericanismo y una preclara sensibilidad antiimperialista, contribuyó a difundir en amplios sectores intelectuales y políticos la convicción de que la unidad regional no era sólo un ideal heredado de los libertadores, sino también una necesidad estratégica frente a los desafíos del nuevo siglo. En ese sentido, el retorno del ideal de unidad se presentó, para esta generación, como una respuesta política, cultural y moral a las transformaciones del orden internacional.

Por último, en paralelo a la difusión del modernismo literario y del espiritualismo filosófico, se desarrolló una vertiente artística de crítica social, fuertemente influida por el anarquismo y el socialismo que se expandían al calor de la masiva inmigración de entresiglos. En este marco, escritores como Rafael Barrett en Paraguay o el brasilero Lima Barreto, y pintores como el argentino Ernesto de la Cárcova —autor de la emblemática Sin pan y sin trabajo (1894)—, dieron forma a una producción cultural centrada en la denuncia de las injusticias sociales y las condiciones de vida de los sectores populares. Alejados de los refinamientos formales propios del modernismo, estos creadores privilegiaron una estética más directa y comprometida, orientada a interpelar la realidad. Desde esa perspectiva, también contribuyeron —aunque no siempre de manera explícita— a la conformación de una sensibilidad latinoamericanista, al inscribir sus denuncias en problemáticas comunes al conjunto de la región.

Oleada latinoamericanista

En ese horizonte histórico debe inscribirse el ímpetu integracionista que animó las primeras décadas del siglo XX. A inicios de la nueva centuria, destacó la formulación de Doctrina Drago, establecida por el canciller argentino Luis María Drago durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca. Este principio de derecho internacional surgió en el contexto del bloqueo naval impuesto a Venezuela en 1902 por Gran Bretaña, Alemania e Italia, con el objetivo de forzar el pago de su deuda externa. En ese marco, Drago afirmó que ninguna potencia extranjera debía utilizar la fuerza militar para cobrar deudas públicas a un Estado soberano. Su planteo tuvo proyección internacional e inspiró la llamada Convención Drago-Porter, adoptada en la Segunda Conferencia de la Paz de La Haya (1907), que estableció límites al uso de la fuerza para el cobro de deudas, incorporando además el recurso previo al arbitraje como mecanismo de resolución de controversias.

En la década siguiente, sobresalió la articulación diplomática entre Argentina, Brasil y Chile, que en 1914 mediaron en el conflicto entre México y Estados Unidos tras la invasión de este último al puerto de Veracruz. Aquella intervención, orientada a evitar una escalada bélica, se inscribió en el marco de una agresión imperial que impactó profundamente en la región, despertando y fortaleciendo las conciencias antiimperialistas en Nuestra América. Al mismo tiempo, puso en evidencia los límites de las naciones latinoamericanas actuando de forma aislada frente al poder estadounidense y la necesidad de una mayor coordinación regional.

El Pacto ABC tomó su denominación de las iniciales de Argentina, Brasil y Chile y estuvo orientado a promover la cooperación exterior, la no agresión y el arbitraje. Constituyó, además, un intento de equilibrar la influencia de Estados Unidos en la región mediante la creación de mecanismos de consulta entre los tres países. En la práctica, gran parte de la política exterior de estos tres Estados entre 1915 y 1930 se estructuró sobre esa base de coordinación. Su última intervención relevante tuvo lugar en 1942, cuando los países del ABC actuaron como garantes, junto con Estados Unidos, del Protocolo de Río de Janeiro, destinado a poner fin al conflicto fronterizo entre Ecuador y Perú.

El mismo espíritu de integración animó a la Reforma Universitaria de 1918. Nacida en Córdoba como una rebelión contra el orden oligárquico y clerical de la universidad, la Reforma desbordó rápidamente las fronteras nacionales y se proyectó como un movimiento continental, hermanando a estudiantes de Perú, Uruguay, Chile, Cuba y México en torno a banderas comunes: autonomía, cogobierno, extensión universitaria y compromiso social. Más que una simple transformación académica, expresó la voluntad de forjar una nueva generación latinoamericana consciente de su destino común, convencida de que la emancipación cultural era condición indispensable para la emancipación política y la unidad de Nuestra América.

El movimiento estudiantil reformista forjó una camada de líderes que llevarán adelante en su acción política las banderas de la unión latinoamericana. Un caso paradigmático fue el del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. En los años veinte impulsó la creación de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), uno de los primeros movimientos que pensó la política en clave continental. Propuso la unidad de Indoamérica, la nacionalización de los recursos y una estrategia común frente al imperialismo, influyendo decisivamente en el latinoamericanismo del siglo XX.

Otra figura que en su juventud fue movilizado por los ideales de la Reforma Universitaria fue el uruguayo Carlos Quijano. A través de su vasta labor editorial, con la revista Ariel en los años veinte y luego desde Marcha a partir de 1939 difundió el latinoamericanismo, profundizando en las bases materiales y económicas —además de las histórico-culturales— desde una perspectiva temprana de izquierda nacional.

Dentro de los sectores influidos por el APRA se encuentra la breve experiencia de la Alianza Continental en Argentina en la segunda mitad de los años veinte. Protagonizada por Arturo Orzábal Quintana, Alonso Baldrich y Enrique Mosconi, entre otros, expresó una concepción estratégica de la unidad latinoamericana fundada en la soberanía sobre los recursos naturales, especialmente el petróleo. La gira americana de 1927-1928 del entonces presidente de YPF de Argentina, general Mosconi, influyó en los debates sobre nacionalización y control estatal de los hidrocarburos en distintos países de la región, instalando la idea de que la cuestión petrolera no era solo económica, sino también geopolítica y emancipatoria. Entre otros, influyó en Lázaro Cárdenas, quien en 1938, durante su presidencia, llevó a cabo la decisiva nacionalización del petróleo en México.

La Revolución Rusa incidió también fuertemente en los años veinte y treinta. Figuras como Julio Antonio Mella en Cuba, Farabundo Martí en El Salvador y Cesar Augusto Sandino en Nicaragua representan una articulación entre marxismo, antiimperialismo y latinoamericanismo. Estas experiencias políticas vinculadas a la Internacional Comunista con sede en Moscú tuvieron su articulación desde mediados de los años veinte en la Liga Antiimperialista de las Américas. Funcionó como un espacio de convergencia para militantes, intelectuales y organizaciones que promovían la lucha contra el imperialismo y favorecían la circulación de ideas, estrategias y solidaridades entre distintos países de la región. Fue un entramado que contribuyó a consolidar una primera síntesis entre internacionalismo marxista y latinoamericanismo, que sería retomada y reformulada por diversas corrientes políticas en las décadas posteriores.

Entre los intelectuales marxistas tempranos sobresalió el peruano José Carlos Mariátegui. Su profundo latinoamericanismo dio lugar a una interpretación original, en tensión con la línea oficial soviética en la región. Pensador heterodoxo, incorporó en su lectura del Perú el papel del indígena en la construcción de un socialismo americano. Otra figura destacada fue Sergio Bagú, quien cuestionó en los años cincuenta la aplicación etapista y dogmática del marxismo, y contribuyó de manera decisiva a forjar un enfoque latinoamericano, que en la década siguiente encontraría una formulación más sistemática en la Teoría de la Dependencia.

También desde el marxismo resultó influyente la formulación de los “Estados Unidos Soviéticos de Sud y Centro América” en 1934 (y reiterada en 1940), elaborada por León Trotsky durante su exilio en México. Esta matriz latinoamericanista permeó el trotskismo de las décadas posteriores y fue desarrollada en Argentina por autores como Liborio Justo, alias “Quebracho”, así como por el grupo Frente Obrero, constituido en los años cuarenta como uno de los gérmenes de la izquierda nacional en el país.

Desde lo cultural, también puede observarse el latinoamericanismo de la época. En Brasil, encontramos el Manifiesto Antropofágico de 1928 de Oswald de Andrade y la pintura del mismo año, “Abaporu”, de Tarsila do Amaral. Ambas obras plantean la idea modernista de “devorar” culturalmente a Europa para crear una identidad americana propia. En Perú, el indigenismo de los años treinta en algunos autores se articuló explícitamente a la cuestión latinoamericana. Si bien surgió como una corriente intelectual, política y cultural que buscaba revalorizar a los pueblos indígenas y denunciar su explotación histórica desde la colonia y la república oligárquica, varios autores llegaron a la conclusión de que el problema indígena no era sólo peruano, sino parte de una problemática más amplia que atravesaba a América Latina, donde la colonización, el latifundio y la dependencia habían producido estructuras sociales similares.

Por otro lado, en los años treinta comenzó a hacerse sentir con mayor claridad la proyección continental de la Revolución Mexicana. Este proceso político iniciado en 1910 no fue, en su origen, un movimiento explícitamente latinoamericanista, pero terminó ejerciendo una fuerte influencia en el plano cultural y político del continente, alimentando corrientes de pensamiento y acción latinoamericanistas en las décadas posteriores. Tras la promulgación de la Constitución mexicana de 1917 y, especialmente, a partir de las décadas de 1920 y 1930, México se convirtió en un importante centro de irradiación cultural y política para América Latina. En ese contexto destacó el ensayo La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, quien había sido ministro de Educación y posteriormente candidato a la presidencia de la república.

El nuevo Estado surgido de la Revolución Mexicana adoptó posiciones de defensa de la soberanía regional frente a Estados Unidos y promovió políticas que inspiraron a diversos movimientos latinoamericanos, particularmente durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934–1940). Poco antes, en 1930, la cancillería mexicana realizó un aporte decisivo con la formulación de la Doctrina Estrada en política exterior, según la cual los Estados no deben juzgar ni reconocer formalmente a los gobiernos de otros países, ya que hacerlo implica una forma de intervención en sus asuntos internos. Se establecía así un principio que México ha sostenido en el tiempo en favor del derecho internacional, la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. En el plano artístico, especialmente a través del muralismo de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, se proyectó desde el país una estética de fuerte impronta continental, popular y antioligárquica. En las décadas posteriores, México se convirtió además en refugio y base de operaciones para exiliados y perseguidos de toda América Latina.

Finalmente, en la Argentina de los años treinta se da una reivindicación nacionalista conservadora de raigambre hispánica. En ese enfoque era secundaria la unidad latinoamericana. Pero, en diálogo con esa postura, surgió la de un grupo de jóvenes intelectuales nucleados en FORJA, los cuales recogiendo la crítica del revisionismo histórico nacionalista, fueron más allá con un planteo nacional, popular y latinoamericano. Para autores como Manuel Ortiz Pereyra, Arturo Jauretche, Gabriel del Mazo o Raúl Scalabrini Ortiz la fragmentación política de América Latina era uno de los resultados históricos de la dominación imperial y de la acción de élites locales que actuaban como intermediarias de intereses externos. Desde esta perspectiva, la recuperación de la soberanía nacional en cada país debía ir acompañada de una conciencia de pertenencia a una misma comunidad histórica latinoamericana.

En simultáneo, hay que destacar el Pacto Antibélico impulsado por el ministro de Relaciones Exteriores argentino, Carlos Saavedra Lamas, en el contexto de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y Paraguay. En ese marco, en 1933 promovió —inicialmente entre los países latinoamericanos— la firma de un tratado que condenaba las guerras de agresión, propugnaba el arreglo pacífico de las controversias internacionales de cualquier índole y establecía el no reconocimiento de adquisiciones territoriales obtenidas por la fuerza. Este aporte y su mediación en la Guerra del Chaco le valió el Premio Nobel de la Paz, convirtiéndose en el primer latinoamericano en recibir este reconocimiento.

Integracionismo desde la ciencia y la universidad

Además de las iniciativas mencionadas, pueden destacarse —como parte de esa oleada latinoamericanista— las propuestas de integración surgidas en el ámbito de la ciencia y la universidad. Este constituye el marco imprescindible para comprender la Reforma Universitaria de 1918. La vocación latinoamericana expresada en su Manifiesto Liminar era, en efecto, deudora de un proceso previo de acercamiento académico que puede rastrearse hasta fines del siglo XIX.

En ese contexto, el Primer Congreso Científico Latinoamericano, celebrado en Buenos Aires entre el 10 y el 20 de abril de 1898, representó un hito en la articulación de una comunidad científica regional. Organizado por la Sociedad Científica Argentina y bajo el patrocinio del gobierno nacional, reunió a representantes de países como Argentina, Ecuador, México, Paraguay, Perú y Venezuela. Este encuentro no sólo promovió el intercambio de conocimientos en diversas áreas —desde las ciencias exactas hasta las sociales—, sino que también impulsó iniciativas concretas de cooperación científica y técnica entre las naciones latinoamericanas.

El Segundo Congreso Científico Latinoamericano, realizado en Montevideo entre el 20 y el 30 de marzo de 1901, dio continuidad a ese proceso de integración intelectual. En él participaron delegaciones de numerosos países de la región y se profundizó una agenda común que articulaba ciencia, educación y política. Tanto en este congreso como en el de 1898 se aprobaron declaraciones en defensa de la solidaridad iberoamericana. En particular, en 1901 se destacó una moción que proponía que los conflictos entre las naciones de la región debían resolverse mediante el arbitraje, contribuyendo a consolidar un clima intelectual favorable a soluciones diplomáticas —como las que posteriormente acercaron a Argentina y Chile— y a desalentar la carrera armamentista.

El Tercer Congreso Científico Latinoamericano, celebrado en Río de Janeiro en 1905, consolidó este ciclo de encuentros iniciado a fines del siglo XIX, reafirmando la idea de una comunidad científica latinoamericana con intereses y problemáticas compartidas. A partir del cuarto congreso, realizado en Santiago de Chile en 1908-1909, estos encuentros ampliaron su escala y pasaron a denominarse Congresos Científicos Panamericanos, lo que marcó un cambio en la orientación de la cooperación científica en el continente.

Este entramado de intercambios intelectuales no quedó restringido al plano académico, sino que encontró en el estudiantado un canal privilegiado de organización y proyección política a escala continental. El movimiento estudiantil latinoamericano comenzó a desarrollar sus propios espacios de articulación. El Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos, celebrado en Montevideo en 1908, estuvo fuertemente influido por el ideario arielista y por la prédica de José Enrique Rodó, que promovía una afirmación cultural latinoamericana frente a la “nordomanía”. Le siguieron el Segundo Congreso, realizado en Buenos Aires en 1910, y el Tercer Congreso, celebrado en Lima en 1912, consolidando una red de intercambio entre las juventudes universitarias del continente.

Estos congresos estudiantiles, al igual que los científicos, reconocen como antecedente la Sociedad Latinoamericana Científica y Literaria, creada por estudiantes latinoamericanos en París entre 1868 y 1869, en vísperas de la Guerra Franco-Prusiana y de la Comuna de París, procesos en los que algunos de esos jóvenes participaron activamente. Asimismo, puede mencionarse el Congreso Internacional de Americanistas, orientado al estudio histórico y científico de América, cuya primera edición se celebró en Francia en 1875. Si bien este congreso no constituyó un ámbito específicamente latinoamericano ni de orientación latinoamericanista, sus reuniones funcionaron como espacios de intercambio y debate para intelectuales de la región. Durante sus primeras diez ediciones, la sede permaneció en Europa; recién en 1895, Ciudad de México se convirtió en la primera sede americana. A partir de entonces, el congreso ha rotado entre ciudades de Europa y de las Américas y, desde 1952, alterna sistemáticamente entre ambos continentes.

Tras la interrupción provocada por la Primera Guerra Mundial, los congresos estudiantiles se reanudaron en el período de posguerra. En un primer momento adoptaron un carácter más amplio o “mundial”, para luego recuperar progresivamente una impronta específicamente latinoamericana que, con diversas transformaciones, se proyecta hasta el presente. Con el tiempo, estos espacios cristalizaron en instancias más estables de coordinación regional. En ese sentido, hay que destacar que no fue un proceso continuo, sino atravesado por interrupciones y reconfiguraciones, especialmente a partir de los conflictos bélicos internacionales

Un momento crucial fue el congreso estudiantil realizado en Bogotá en 1948, en paralelo a la IX Conferencia Panamericana que daría origen a la Organización de los Estados Americanos (OEA). Este encuentro reunió a jóvenes de distintos países de América Latina con una fuerte impronta antiimperialista y latinoamericanista, y con el objetivo de crear una entidad estudiantil a escala continental. Sin embargo, ese proyecto no llegó a concretarse debido al estallido del Bogotazo, la insurrección popular desencadenada tras el asesinato del líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Entre los asistentes se encontraba un joven delegado cubano, Fidel Castro, quien años más tarde encabezaría la Revolución Cubana.

Recién en 1955 se retomó de manera orgánica este proceso con la realización del Primer Congreso Latinoamericano de Estudiantes (CLAE) en Montevideo, que inauguró una nueva etapa de organización del movimiento estudiantil en la región. Le siguieron el II CLAE, celebrado en La Plata en 1957, y el III CLAE, realizado en Caracas en 1959. El momento decisivo fue el IV CLAE, reunido en La Habana en 1966 bajo la consigna “Por la unidad antiimperialista del estudiantado latinoamericano”. En ese marco quedó formalmente constituida la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes, a la que posteriormente se incorporó la dimensión caribeña (OCLAE), consolidándose hasta la actualidad como el principal organismo de articulación del movimiento estudiantil de la región.

El impulso justicialista

A mediados del siglo XX, entre los años cuarenta y cincuenta, la discusión sobre la unidad latinoamericana se profundizó y adquirió nuevas dimensiones políticas, estratégicas y doctrinarias en Argentina. Ya no se trataba sólo de una aspiración histórica o cultural, sino de un proyecto concreto en un mundo dividido en bloques de poder. Desde las iniciativas de mediados del siglo XIX no se habían registrado avances político-institucionales significativos en pos de la unión regional. Si bien a nivel intelectual y artístico, incluso en algunas experiencias políticas como la del APRA, el internacionalismo marxista o el gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala, aparece un claro latinoamericanismo, estas no llegaron a concretar iniciativas de unidad regional entre gobiernos más allá de lo diplomático.

En paralelo, durante la primera mitad del siglo XX se consolidó el panamericanismo impulsado por Estados Unidos. Tras la reunión pionera de 1889-1890, se creó la Unión Internacional de las Repúblicas Americanas, que en 1910 pasó a denominarse Unión Panamericana. A lo largo de ese período se celebraron, además, una decena de Conferencias Panamericanas o Interamericanas. Como culminación de este proceso, en el contexto de la posguerra, se realizó en 1945 la Conferencia de Chapultepec en México, que derivó en la firma del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947 y en la creación de la OEA en 1948, la cual ha funcionado desde entonces como un instrumento central de la política estadounidense en la región.

En ese marco, Juan Domingo Perón desde la presidencia argentina impulsó la política de un nuevo ABC —la articulación entre Argentina, Brasil y Chile— como núcleo inicial de un proceso de integración sudamericana orientado a fortalecer la soberanía regional y equilibrar las presiones de las grandes potencias. El proyecto contó con el apoyo del presidente brasileño Getúlio Vargas y del presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo. Asimismo, era seguido con atención por gobernantes de países limítrofes, como el presidente uruguayo Luis Batlle Berres, el paraguayo Federico Chaves y el boliviano Víctor Paz Estenssoro.

La propuesta se enmarcó en la búsqueda de una estrategia que permitiera superar las dificultades económicas propias de la posguerra y un marco geopolítico independiente de los bloques en pugna. La ampliación del mercado de consumo, el aumento del comercio intrarregional y la cooperación económica fueron algunos de los objetivos buscados. El nuevo ABC, además, permitía el acceso a los dos océanos, un elemento de importancia geopolítica y comercial muy importante. Fue concebido también como una alianza estratégica en el plano de la defensa militar. Lamentablemente, diversas circunstancias llevaron al fracaso de esta iniciativa, tales como la inestabilidad interna, las presiones externas y la divergencia de las estrategias de inserción internacional en el contexto de la Guerra Fría.

La vocación latinoamericanista del gobierno argentino se expresó también en su política hacia los países limítrofes. Por un lado, mediante gestos de reparación hacia Paraguay, como el pedido de disculpas y la devolución de trofeos de la Guerra de la Triple Alianza. Por otro lado, a través del entendimiento con Uruguay sobre el uso del Río de la Plata, orientado a ordenar un espacio compartido de importancia estratégica para ambas naciones. Por último, con Chile, con quien en 1948 se avanzó en el reconocimiento recíproco de las pretensiones antárticas y en una visión geopolítica convergente en torno a la idea de una Antártida sudamericana.

Asimismo, en el plano deportivo se realizaron esfuerzos por unir a América Latina. Un hito en ese sentido fue el Gran Premio de la América del Sur, una histórica carrera automovilística que unió Caracas y Buenos Aires en 1948, recorriendo más de 9.000 kilómetros y atravesando varios países de la región. Más que una simple competencia, esta prueba simbolizó la posibilidad de integración continental a través del deporte y la infraestructura, convirtiéndose en uno de los eventos más emblemáticos del latinoamericanismo deportivo.

Finalmente, cabe destacar el impulso a la unidad regional del movimiento de trabajadores a través de la iniciativa de la Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS). Se trató de una propuesta en el plano sindical que promovía la integración a partir de la creación de una central obrera latinoamericana. Impulsada en 1952, buscaba constituirse en una tercera posición equidistante de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), promovida por Estados Unidos, y de la Federación Sindical Mundial (FSM), influida por el bloque socialista.

A pesar de que algunas de las iniciativas impulsadas por el justicialismo no lograron concretarse plenamente o se diluyeron tras su caída en 1955, expresaron un impulso concreto hacia la unión regional desde el gobierno de Perón. Cabe señalar que, durante el siglo XIX, el país estuvo ausente de la mayoría de los tratados y congresos americanistas promovidos por naciones como México, Chile, Perú o Colombia. No obstante, es preciso reconocer los valiosos antecedentes de la cancillería argentina mencionados anteriormente, que forman parte de la historia —aún inconclusa— del proyecto de unidad latinoamericana: la Doctrina Drago de 1902, la política del Pacto ABC de 1914 y el Pacto Antibélico de 1933.

A mediados del siglo XX, entre los años cuarenta y cincuenta, la discusión sobre la unidad latinoamericana se profundizó y adquirió nuevas dimensiones políticas, estratégicas y doctrinarias en Argentina.