A Venezuela hay que escribirla con el cuerpo

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OPINION

A Venezuela hay que escribirla con el cuerpo

12 Enero 2026

¿Soy infeliz porque no soy libre, o no soy libre porque soy infeliz?

Jean Luc Godard

El 3 de enero fue un día aciago para nuestra Abya Yala, para Nuestra América martiana, para Latinoamérica; ayer, luego de mucho tiempo, Estados Unidos, que no tenía injerencia directa en otro país del continente, volvió a las andadas imperialistas. El 3 de enero Estados Unidos Bombardeo a Venezuela. Sus blancos fueron La Guaira, Caracas, Tiuna y el Cuartel de la Montaña, entre otros. Este último, tras ese nombre contradictoriamente hermoso para una guarnición militar, constituye el panteón de América, el lugar del responso eterno del comandante Chávez, un continuador superlativo de la procura bolivariana de Independencia, la que abreva en el congreso anfictiónico de Panamá del que se cumplen 200 años este 2026. Ese lugar especial, ese lugar sagrado para muchas personas, ha sido mancillado con los vómitos de tecnología bélica del imperio norteamericano, por el roosevelteanismo reloaded; por los mismos que violaron la soberanía venezolana, de todo el continente y la del mismísimo Maduro al someterlo a una filmación deshonrosa en el que al hacerlo atravesar una máquina de scanner de aeropuerto como si fuese una valija, lo que estaban haciendo era bajarle los pantalones y vejarlo ante el mundo. A Maduro lo violaron en el aeropuerto de Nueva York, como a Zelenski y Ramophosa -aunque con distinto tono y objetivo- los basurearon en la Casa Blanca. El maltrato constituido en un estilo; la violencia material devenida de la violencia discursiva.

Además, la avanzada en la reconfiguración mundial nos demuestra que Venezuela es uno de los escenarios de lucha que elige el imperio para reconfigurar su posición alicaída. Otros escenarios como el denominado Cuerno de África; la frontera de Tailandia y Birmania; el intento de revolución azuzada por occidente en Irán; el sempiterno genocidio israelí en Gaza; la guerra de Ucrania, y decenas de microconflictos, una suerte de foquismo del imperio desparramado por todo el mundo, han sumido el orbe en lo que Francisco caracterizaba la Tercera Guerra Mundial, con la diferencia que esta guerra es de quinta generación y no la tradicional. Lo único tradicional en este nuevo orden es el dolor de las familias destrozadas y la sangre de los muertos que, en su mayoría, pertenecen a los pueblos humildes y oprimidos.

Ese 3 de enero terrible, también, fue el de la reacción inusitada, masiva, extensiva y vociferante de una infinidad de comunicados, declaraciones, repudios, actos, misivas, arengas, desgarramientos viscerales, llantos de encierro, angustias inrivotrizables, consolidación de un tiempo de velocidad que mientras pensábamos que podrían invadir Venezuela y secuestrar al presidente y a su esposa, mientras pensábamos las mil variables tácticas y estratégicas, ellos ya habían entrado con una docena de helicópteros, grupos comando por tierra y tras el asesinato de más de 80 personas, concluían en unas tres horas un golpe de estado en un país soberano.

La velocidad es total y es una de las claves del avance del nuevo orden mundial. El deterioro y el desvanecimiento que acaba de tener in situ un organismo internacional como la OEA o al ONU, no ha tenido parangón en la historia. Es la hipervelocidad: nos quieren hacer correr 100 metros llanos en tacos altos acordonados, pero con los cordones desatados; nos obligan a tropezarnos y a caernos, y si no nos adaptamos, la culpa es nuestra e, inscritos en un neodarwinismo, la propuesta eugenésica ya está rondando hace años -recordemos a Lagarde diciendo que el problema es que vivimos muchos años-. Estamos en el primer cuarto del S. XXI, pero el adagio marxista nos devuelve una imagen especular como tragedia farsesca, obscena y no como tragedia fin de siecle. Pero a pesar de ello, la cantidad de mociones a favor de la no injerencia externa, la apelación al derecho internacional, las críticas a los organismos multilaterales, las consideraciones y pronósticos que escuchamos en los atrapamoscas digitales son innúmeras. La pregunta es. ¿Estará muy preocupado Trump con la infinidad de notas y repudios que circularon en el no lugar, en la falacia comunicativa por excelencia? 

Basta de textos sesudos. Todos leímos todas las reflexiones y análisis. Es hora de salir, de ponerse a disposición. Tomemos un avión, lleguemos en barcos o por tierra, pero salgamos de la cacofonía insoportable de las cómodas opiniones y vayamos a Venezuela sin armas. No es con armas que se golpea al matón del barrio, sino con masividad y cambio discursivo; con una posición neoghandiana, humanista, justicialista, franciscana, moral, ética y espiritual. El juego político que se desarrolle en la obsoleta ONU/OEA o las tramas diplomáticas que logren generar un bloque de resistencia armada a nivel internacional, tal vez solo sirva para echarle nafta al fuego, pero en todo caso, serán estrategias que definirán los representantes legítimos del ejecutivo venezolano, el propio Maduro desde su prisión o Delcy Rodríguez desde la residencia en Miraflores. Lejos de las decisiones palaciegas, lo que nos queda a las masas comprometidas con el proceso chavista y latinoamericanista comenzado en 1998 con la llegada de Chávez al gobierno, lo que debemos hacer aquellos que supimos bancar el No al ALCA con algarabía en un momento de buenos vientos, es salir a poner el cuerpo, a reeditar las brigadas internacionales. Ser escudo humano es la posibilidad de meter a un millón de latinoamericanos, bajo la responsabilidad de sus países, para mantener la paz. Algún riesgo hay que estar dispuesto a asumir. Yo estoy yendo.

Vamos a suponer que me tengo que enfrentar a Mike Tyson, suponiendo que estuviese, tanto él como yo, en nuestras mejores épocas. No cabe dudas que no tendría chances contra el poder de fuego de las trompadas de Ironman. Lo mismo ocurre, a no ser que intervengan otras potencias y esto deflagre en algo incontenible, a la reacción en cadena por antonomasia, desplegada en un lugar del planeta, con el enfrentamiento tradicional con el ejército más poderoso del mundo. Solo tengo dos maneras de ganarle a Tyson; una es esperar a que se de vuelta e ir en puntitas de pie, y darle con un martillo en el medio del cráneo, con lo horrible que puede ser eso -aunque habría que hacerlo-, o, en su efecto superador, convencerlo con argumentos y voluntades masivas de que no es lo correcto; mil personas te hacen un Tyson, un millón de movilizados te hacen un Theodore Roosevelt. Hay que invertir la carga de prueba e intentar algo diferente, y el interior del propio imperio también es un buen escenario de disputa.

Justamente uno de los teóricos que más aportó al chavismo desde el plano de la economía, fue el húngaro István Mészáros. El marxista de Budapest, entre mil cosas que afirmaba en al menos dos títulos -Más allá del capital y Socialismo o barbarie-, decía que la única manera de derrocar al imperio era generando una masa crítica al interior del mismo; la teoría de la decadencia interna al estilo romano es la que priorizaba para poder ganar la batalla; algo de lo que se sirvió siempre el imperialismo para imponer su agenda en todo el continente: servirse sea del cipayismo interno, sea de las contradicciones entre facciones locales; quien les dice, un musulmán socialista como alcalde de New York sea un buen principio.

Ese mismo accionar podría ser el que obliterase la estrella del Paco Donald, un multimillonario trasnochado que acusa a los narcos, pero banca a los narcos: genial -acaba de indultar a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado por un tribunal norteamericano y extraditado conforme al derecho internacional. Bombardea lanchas de pescadores acusadas de narcos sin mayores pruebas, pero indulta a un narco condenado. ¿Ya lo vieron en otros lados?

Estas probablemente sean las últimas palabras que escriba antes de tomar decisiones; me gustaría ser un mero escriba, pero el espacio intermedio de la conflagración, si me es vedado, me humilla, me aleja, me fosiliza como un intelectual organicista. Todas las reflexiones y conjeturas han sido hechas, seguirán haciéndose y todos los análisis estarán sobre la mesa, con mayor o menor información: el tema es qué acciones concretas se toman con toda esa info.

A veces, me da la sensación de que, incluso manteniendo mi identidad sancristobaleña, porteña, Argentina, Rioplatense, Sudamericana, Nuestramericana, me licúo en un ideal anfictiónico que me contiene como un ideograma de la ponderación de la política del denominado eje Sur-Sur; una idea hecha camino. Mi casa, está llena de vínculos a Venezuela a través de varias cosas, objetos de diferente orden e importancia. Algunas de esas cosas son materiales: una colección de videos de Creadores visuales de Venezuela en un pack; Remeras de diferentes colores y formas, gorras, pines, imanes, bebidas acabadas con fruición, muñecos de Chávez, pipas, la colección de la Fundación Ayacucho en un 70% de su totalidad. Hasta allí, parte de lo material. Pero mi casa, mi alma, mi corazón, también está habitado por personas venezolanas de carne y hueso, por afectos, por amigos, por familia. Una de las personas que más quiero en la vida es venezolana. Su familia vive en Caracas y no todos piensan igual. Pero las bombas cayeron cerca de esas almas y eso me destrozó. No paro de enojarme y de llorar. Una de las personas que más quiero en la vida, sabe que la ciudad en la que viven sus familiares, su madre, estuvo bajo bombardeo para secuestrar a su presidente (más bueno, más malo, ya no importa). Secuestrado. No debería poner ningún énfasis en el participio: Secuestrado. ¿Les parece poco? Entonces, se me ocurre una idea fenomenal: saquemos un comunicado. Y claro. Entiendo. Hay que vivir, hay que existir, hay que sobrevivir: o la velocidad o la estrategia. Vaya a saber cuál es el motor, pero en todos los casos, creo que hay que apostar, porque, además, perdido por perdido, la tibieza es un lujo.