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Opinión //// 27.03.2020
Estado del sistema económico y… ¿cómo seguimos?

Federico Bayot, delegado del Sindicato de Televisión (SATSAID), y miembro de la agrupación “Pariendo una nueva sociedad”, realiza una reflexión sobre el contexto económico mundial y sus vínculos con el Coronavirus. 

Por Federico Bayot*

¿Crisis estructural del capitalismo?

El salto cualitativo que se está dando en la tecnología, lo que muchos llaman revolución 4.0 (robotización, automatización, inteligencia artificial, conectividad 5G), es, dentro de la producción de mercancías, un factor determinante. La incorporación de estas nuevas tecnologías al sistema productivo, determina una aceleración en los tiempos de producción. Producción que se dá con poca mano de obra y, por ende, el valor económico obtenido por cada mercancía tiende a ser cada vez menor.

Vale aclara que, en el sistema capitalista, el trabajador cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un salario. Después de unas cuantas horas de trabajo, el trabajador ya ha producido la cantidad de valor económico que necesita para vivir, pero, según el contrato de trabajo, aún debe trabajar unas cuantas horas más para completar su jornada laboral. El valor producido en este “tiempo extra” es lo que llamamos plus valor o plusvalía, y es éste valor el que el capitalista se apropia para sí. Valor que es fruto del trabajo ajeno.

Como primera conclusión podríamos decir que: Hay menos salarios y una mayor cantidad de productos. En el sistema capitalista, para que haya crecimiento económico y rentabilidad, debe haber más demanda que oferta. Hoy está pasando lo contrario, por ende hay “sobreproducción”. Existe una enorme oferta de mercancías que no pueden ser consumidas, por lo tanto caen sus precios. Tanto de productos terminados como de commodities (como la soja y el petróleo).  El proceso de incorporación de “nuevas tecnologías” al sistema productivo es cada vez mayor y más rápido. A diferencia de otros momentos históricos del sistema capitalista, el capital invertido se ha volcado hacia estas tecnologías, acelerando el proceso.  Todo lo que parecía “seguro” en términos de inversión hace unos años se “desvanece”. De ahí que las bolsas del mundo caen en picada como no se había visto desde la “gran depresión” de 1930.

Por otro lado los capitales, que no encuentran “lugar” en este proceso,  se vuelcan al mercado financiero, en busca de ganancias, aumentando las burbujas económicas ya existentes o creando nuevas burbujas financieras, que no encuentran respaldo en la economía real. Las deudas de los países y corporaciones a nivel global ya superan el 300% del PBI mundial. Es decir, que se necesitan más de 3 mundos con actividad normal, sin consumir nada ni reponer nada y  sin que haya ganancia para nadie, para poder pagar esas deudas (deudas que están aumentando constantemente). A esta altura no se vislumbra que se pueda encontrar la forma para que sean sustentables.

Es en este escenario donde irrumpe la pandemia del Coronavirus. Por un lado, la crisis estructural del sistema capitalista que ha provocado que los Estados-Nación no inviertan en salud, o hayan privatizado parte o la totalidad de la misma, (una lógica donde los capitales ponen en función de sus intereses la salud de todos y todas). Sin sistemas de salud acordes a la necesidad que surge es lógico, pues, el impacto de este virus.

Los sectores productivos y económicos que organizan las sociedades nos han llevado a este punto. Y no saben cómo resolverlo. Durante muchas décadas el sistema nos volcó en la competencia como forma de desarrollo, sin una planificación acorde a las necesidades de todos y todas, y sin respeto al medio ambiente. La anarquía de esta forma de producción deriva en el individualismo como representación de las relaciones sociales que establecemos. Esta pandemia profundiza, aún más, la crisis del modelo económico, paralizando bruscamente el circuito de producción, comercio y consumo. Es un efecto de ella y no la causa. Está ligada en lo más íntimo al sistema especulativo y el robo que hacen las grandes corporaciones financieras a los pueblos.

¿Qué debemos hacer entonces? Ante la urgencia, hagamos hincapié en aquel que tengo cerca. Averigüemos si hay alguna persona mayor que necesite algún “mandado” o charlar un rato (siempre que se pueda y tomemos las precauciones correctas). Organicemos las compras entre varios o saquemos la basura solamente cuando pase el recolector. Esas son pautas que, con pocos mensajes y por medio de las redes no son tan difíciles de realizar.

 Y a largo plazo, debemos preguntarnos cosas como: ¿Cuáles son las necesidades de mi barrio, de mi edificio, del lugar donde yo vivo? ¿Cómo puedo conectarme con las personas que viven cerca de mí para pensar y organizarme? Pensar y aprender cómo se resuelve el problema de la salud, la educación, la economía, la ecología, etc., para que estas situaciones, cuando todo esto pase, nos encuentren “mejor parados”, es parte de la solución. También podemos realizar trabajo voluntario. Solo hay que averiguar cómo y desde donde se puede ayudar. Es cuestión de averiguar cómo y dónde, o proponerlo.  Hay muchos lugares donde se están fabricando barbijos, otros donde se pide a los que tengan impresoras 3D que construyan artefactos o insumos. En síntesis, pensar como ayudo, desde mi lugar, a la sociedad y como la sociedad me puede ayudar a mí.

Estas son solo algunas ideas. Pero hay algo cierto. Después del coronavirus ya nada va a ser igual. Debemos reaprender, inclusive, como nos relacionamos entre todos. Y pensar cómo y para qué nos vamos organizando en el medio de ésta situación. Tomar nota y sacar conclusiones, porque hay una cosa que es segura, la clase trabajadora tiene un rol fundamental que cumplir en estos momentos, y tendrá un rol aún más fundamental en el futuro. Este debate tiene que romper con esas estructuras que nos metieron el individualismo y promueven el “sálvese quien pueda”. El desafío planteado por este momento histórico es bien difícil, pero de esta situación salimos todos juntos.

*Miembro agrupación Pariendo una nueva sociedad y delegado SATSAID.