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Opinión //// 10.12.2015
El privilegio de haber estado en la plaza

Cristina se despidió de su gobierno con una multitudinaria plaza. Una emotiva reflexión de Jorge Giordano. 

 

 

Por Jorge Giordano

Entre las combinaciones de la Línea A del subterráneo porteño hay una pieza artística. Sobre una de sus paredes están retratados varios personajes en distintas escenas de la vida urbana. Siempre me llamó la atención una. Un hombre con una bandera enrollada, cargada al hombro: una postal repetida en los momentos post marcha. Este muchacho, evidentemente frustrado, ventila su pensamiento a viva voz, ni siquiera como pregunta: "¡Cuándo vendremos a festejar algo, negro!"

Desconozco la fecha de realización de ese mural. Durante tres décadas ese mismo sentimiento de frustración se repitió en las mentes y cuerpos de los compañeros que marchaban. Contra el ajuste de Rodrigo, contra López Rega, contra la dictadura, contra los levantamientos carapintadas, contra el ajuste menemista, contra el ajuste delarruísta.

Quizás el último recuerdo feliz había sido el 25 de mayo de 1973, en la asunción de Héctor Cámpora, o el regreso de Perón al poder ese mismo año.

La Plaza de Mayo tiene la particularidad de ser el escenario principal de las movilizaciones populares en nuestro país, frente a Casa Rosada, en el centro neurálgico de la Argentina conformada de acuerdo al unitarismo. Algo así como si Nueva York y Washington se encontraran superpuestas y se manifestara continuamente frente a la Casa Blanca.

Todos los que nos reconocimos como compañeros durante estos últimos doce años podemos hablar de otras plazas. Plazas del 24 de marzo. Plazas del 25 de mayo. La plaza del 27 de octubre de 2011. Las plazas del 10 de diciembre. Esta última plaza de despedida. Algunas ni siquiera fueron Plazas de Mayo: el Bicentenario en la 9 de Julio, las aperturas de sesiones en Plaza del Congreso.

En esos momentos se veía todo lo que varios prejuicios amplificados por los grandes medios nunca quisieron mostrar. Sin rastros de presuntos micro sobornos en forma de alimento popular ni organizaciones perversas se veían madres, padres, hijos, hijas, abuelos, abuelas, bebés, todos felices. Muchos - cada vez más - organizados en agrupaciones y partidos diversos. Otros muchos - también, cada vez más - sueltos, con una nenita en hombros, con un cartelito hecho en casa.

Las plazas que se vienen serán seguramente distintas. La primera prueba - al menos planificada - para la organización popular será el 24 de marzo. El tono de las próximas marchas estará signado seguramente por la resistencia ante avances sobre lo conquistado.

Pero a los cientos de miles que circulamos durante todos estos años nos quedarán imágenes puntuales de lo vivido. En mi caso son tres. La postal repetida de los niños jugando en las fuentes de la plaza, reactualizando el simbolismo peronista del 17 de octubre. El 27 de octubre de 2011, una señora muy mayor llevando en silla de ruedas a otro anciano, su pareja quizás, por Avenida de Mayo. Y la última, en Plaza Congreso, bien reciente: el momento en el que la Presidenta anuncia la reestatización de los ferrocarriles. A mí (y a los que tenía cerca) nos dolían las manos de tanto aplaudir. Somos privilegiados por haber vivido momentos que desafiaron más de treinta años de frustraciones. "¿Cuándo vendremos a festejar algo, negro?" Y, la verdad que hubo para elegir.

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