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Opinión //// 13.04.2022
Debate sobre Walsh: la réplica de Ceferino Reato

Diego Sztulwark cuestionó el libro de Ceferino Reato "Masacre en el comedor", a partir de un artículo que Reato publicó en el diario La Nación.  A su vez, Reato leyó el texto y escribió la siguiente respuesta.

Por Ceferino Reato

“Hay que tener confianza en los hechos, que siempre superan las expectativas”.

La frase es una guía para el buen periodismo; la decía Rodolfo Walsh, según recuerda Horacio Verbitsky en la página 268 del libro Vida de Perro, producto de sus “conversaciones con Diego Sztulwark”, según se informa en la tapa.

Recordé esas palabras magistrales de Walsh al leer el artículo de Sztulwark en la Agencia Paco Urondo, donde critica un extracto de mi libro Masacre en el comedor publicado por La Nación.

Lo que más me gustó de la nota del tertuliano de Verbitsky fue el título: Atacan a Walsh. Bien militante. El autor se ve en la obligación de salir a defender ese trofeo, ese símbolo, al que ha quedado reducido un hombre fuera de lo común, ciertamente extraordinario, al que le han rebanado un pedazo importante de su vida.

El texto no está a la altura del título porque su autor no logra superar el déficit original de criticar un libro habiendo leído solo un extracto. Por ejemplo, sus preguntas sobre mis fuentes las podría contestar perfectamente —si realmente le interesaran— leyendo el libro o, al menos, el capítulo Fuentes.

El Walsh que Sztulwark debe defender —a desgano porque “nos topamos, sin buscarlo”, con la nota en La Nación— es un Walsh despojado de sus años montoneros; toda esa época en la que dejó atrás su etapa de mero “intelectual comprometido” con la revolución socialista y se convirtió en un combatiente convencido, como tantos, de que por esa utopía valía la pena perder la vida y también quitársela a otros.

Era otro contexto y creo, como hago en todos mis libros, que hay que explicar ese contexto para entender a Walsh y a todos los protagonistas, sin por ello justificar sus acciones.

Según su hija Patricia, Esteban —usaba este nombre de guerra en honor a su papá, Miguel Esteban— “estaba orgulloso de haber podido llegar a ser un combatiente. Y precisamente a él, que se ocupó tanto de sostener una versión de rigor con la verdad, mal podemos pretender arreglarle la biografía. ¿Cómo vamos a querer cambiarle la biografía?”.

Es una pena también desde un punto de vista histórico porque Walsh cumplió una tarea brillante en el Servicio de Inteligencia e Informaciones de Montoneros, en estrecha relación con la cúpula de ese grupo guerrillero, como corresponde a cualquier grupo armado que lucha por el poder.

Por ejemplo, la voladura con una bomba vietnamita del comedor de la Superintendencia de Seguridad Federal el 2 de julio de 1976 —murieron veintitrés personas y hubo ciento diez heridos— fue una obra maestra del aparato de Inteligencia de Montoneros.

El autor material fue José María Salgado, Pepe, un joven montonero de veintiún años que era agente de policía. Pertenecía al Servicio de Inteligencia e Informaciones, donde su “responsable” o jefe era, precisamente, Walsh.

Había infiltrados de Montoneros también en el Ejército, la Marina, la Aeronáutica y la policía de la provincia de Buenos Aires. Y, a su vez, la Policía Federal, el Ejército y la Aeronáutica tenían sus espías dentro de la guerrilla de origen peronista.

No me digan que esta porosidad entre Montoneros y sus enemigos no es un tema interesante. En mi libro, me ocupo de ese tema, y sostengo, en base a las fuentes que pude consultar, que Walsh no era el jefe del aparato de Inteligencia, sino su hombre clave.

El periodista Jorge Lewinger, Josecito, fue en un momento jefe o “responsable” de Walsh y no supo quién era Esteban o Neurus —en alusión al profesor de la tira de Hijitus por su aspecto a veces enajenado— hasta que “un día, leyendo un libro de él, vi su foto en la solapa. Nunca había tenido una palabra o un gesto de superioridad, ni de ostentación de conocimientos que lo delataran. Me sorprendía su capacidad de síntesis. En sus informes nunca había una palabra de más”.

“Walsh nunca fue el jefe de Inteligencia, pero era ‘el’ tipo de Inteligencia”, dijo Lewinger, que provenía de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), más marxistas, desconfiados de Perón y el peronismo.

No era el jefe porque, por un lado, ingresó tarde a Montoneros, en abril de 1973, aunque llegaba con mucha experiencia en las tareas de Inteligencia. Por el otro, necesitaba tiempo y libertad de movimientos ya que concurría a muchísimas reuniones, en distintos lugares, para recoger información de primera mano.

Hay que tener en cuenta que Walsh era una persona muy conocida, con una trayectoria política que había ido de la derecha nacionalista a la izquierda revolucionaria, pasando por distintas organizaciones, y del antiperonismo al peronismo. En todos esos años, había construido una amplia red de informantes, cuya identidad mantenía en un riguroso secreto; compartimentada o “tabicada”.

Se movía en los círculos más diversos, desde la Iglesia Católica, los militares, la policía, la política y el sindicalismo a los diplomáticos, periodistas, escritores, actores y artistas plásticos. Eran contactos de alto nivel. En la Policía Federal, por ejemplo, el comisario general Ricardo Vittani, uno de sus viejos amigos, fue el subjefe durante el retorno del peronismo al poder hasta el 28 de enero de 1974, cuando el presidente Juan Perón lo sustituyó por el comisario Alberto Villar.

Una de sus fuentes era, seguramente sin saberlo, el prestigioso actor y director Emilio Alfaro, quien le dio información de primera mano sobre la reacción inmediata de los altos mandos de la Policía Federal luego de la masacre en el comedor.

En mi libro, describo cómo funcionaba el aparato de Inteligencia de Montoneros, con la presencia protagónica de Walsh, que cumplía varios roles. En mi opinión, fue la mente más lúcida no solo de Montoneros, sino de toda la guerrilla argentina ya que, además, brindó un rico legado a sus compañeros que les abrió el horizonte a “la bandera fundamental de los los Derechos Humanos”.

Verbitsky también dice que “nosotros no elaborábamos información operativa sino información política, estructural” (página 118) de sus “conversaciones con Sztulwark”. Pero, como se ve, eso no era así. Por otro lado, ¿qué clase de Servicio de Inteligencia e Informaciones habría sido si no hubiera asistido a la cúpula montonera en sus operaciones más relevante, en sus secuestros y atentados, por ejemplo?

Es como si la gente del ámbito de Finanzas de Montoneros dijera ahora: “Nosotros nunca tocamos un peso o un dólar de los rescates por secuestros”, secuestros que para ellos no eran sino un método para “recuperar” dinero para la causa nacional y popular.

Claro que todo eso no se comprende si creemos que Walsh fue un gran periodista y escritor, pero apenas un militante idealista que fue muerto a causa de la valiente carta sobre la dictadura, que terminó de escribir la noche anterior al tiroteo fatal que derivó en la desaparición de sus restos, el 25 de marzo de 1977.

Menos aún se comprende si pensamos que Walsh defendía la democracia tal como la conocemos ahora —en su matriz liberal—, las libertades civiles, el pacifismo y los derechos humanos. No: era un combatiente dispuesto a morir y también a matar por la revolución socialista.

Ese Walsh de juguete que han inventado es un disfraz que no lo favorece —a él que era un maestro en el arte de la mimetización—, pero le queda muy bien a los vivos que les conviene la ficción a los hechos.