La nación con botines: cómo el fútbol se hizo cargo de la soberanía argentina
La definición de la nación ha transitado un largo camino de disputas teóricas que van desde el "principio espiritual" decimonónico hasta el desmantelamiento globalizador de los años noventa, donde el fútbol —y figuras como Diego Maradona— pasó a ocupar el vacío pedagógico dejado por el Estado mediante un "nacionalismo banal" de arraigo popular.
Sin embargo, la potencia mística de este cruce entre la pelota, la soberanía y el sentimiento anti-británico no nació tras la guerra de 1982, sino que encuentra su matriz fundamental en una constelación de hitos entrelazados en el crucial año de 1966. Frente a las miradas historiográficas fragmentarias que aíslan los procesos, este artículo propone que el año 1966 funcionó como un verdadero catalizador de la "Causa Malvinas" a través de tres acontecimientos interconectados: la batalla editorial y el dictamen liberal contra el gaucho Antonio Rivero en la obra de Muñoz Azpiri, la audaz réplica revisionista de los jóvenes del Operativo Cóndor en las islas, y el mítico desacato del capitán Antonio Rattín sobre el césped de Wembley en el Mundial de Inglaterra. Es en este específico barro histórico de 1966 donde el fútbol y la política se funden de manera definitiva, demostrando que el deporte no es un mero entretenimiento de masas, sino el espejo sagrado donde la comunidad nacional proyecta, resiste y dirime sus batallas identitarias más profundas frente al sometimiento extranjero.
Breve historia del concepto nación
En una célebre conferencia dictada en París en 1882, Ernest Renan señalaba que la nación es un “principio espiritual”, “una solidaridad en gran escala” que se sustenta en dos elementos: uno referido al pasado y otro relacionado con el futuro; esto es, la posesión de un legado histórico y el deseo de vivir juntos. Un poco más atrás en el tiempo, y atravesado por el romanticismo de la época que contribuyó a moldear lo que aún entendemos como “nación”, el filósofo Johann Gottlieb Fichte definía dicho concepto bajo un carácter esencialista, cultural y lingüístico. Para él, la nación preexistía a los Estados, ya que estos eran, en definitiva, un artificio moderno.
Volviendo a nuestros terruños, resulta indispensable recuperar el discurso de Juan Manuel de Rosas ante el cuerpo diplomático reunido en el Fuerte el 25 de mayo de 1836, donde se evidencia a las claras que ya por entonces existía una identidad nacional:
“¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año 1810! (…) realza sobremanera la gloria del pueblo argentino… perseveramos siete años en aquella noble resolución, hasta que… nos pusimos en manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”.
Ese lazo que justifica la pervivencia de una comunidad (y no meramente de una sociedad) promovió necesariamente la sacralización de la política, una acción significativa que delineó a los modernos Estados nacionales que dieron forma a los países actuales.
Sin embargo, el cambio de paradigma económico, ideológico y epistemológico durante los años setenta comenzó a cuestionar el esencialismo que explicaba a las identidades nacionales. No es casualidad que, a principios de los ochenta, Benedict Anderson sugiriera en su libro Comunidades imaginadas que la particularidad de la constitución histórica de cada comunidad nacional responde al estilo con el que la misma ha sido imaginada. Desde el ala del marxismo británico, Eric Hobsbawm sostenía en Naciones y nacionalismo desde 1780 que las naciones no son entidades naturales ni eternas, sino construcciones históricas e ideológicas recientes, creadas por el surgimiento del Estado moderno y el capitalismo.
Ambos autores se convertirían en los faros de la mentada renovación historiográfica que se instaló en nuestro país bajo el proyecto socialdemócrata. Aquella historia fragmentaria —que asumía que la disciplina no era más que un relato ficcional con ambiciones de transmitir verosimilitud— calzaba de perillas con las necesidades del establishment cultural que se asentaba luego de la última dictadura militar (y sobre todo tras el desenlace de la guerra de Malvinas), ya que entre sus propósitos principales figuraba el de consolidar una perspectiva antinacional.
Así las cosas, la llegada de los noventa, con su proceso de desmantelamiento de las políticas sociales, privatizaciones y una impronta globalizadora que desdeñaba los estandartes locales, explica el nuevo fenómeno que el psicólogo social Michael Billig supo denominar como “nacionalismo banal”. Este concepto se refiere al conjunto de hábitos, símbolos y discursos cotidianos que reproducen y “recuerdan” la existencia de las naciones de manera continua. En nuestro caso particular, ante un Estado que ya no consideraba trascendente hacerse cargo de transmitir una pedagogía nacional, los sectores populares recuperaron de manera tribal la identidad, representándose en consumos culturales como la música (el rock chabón, principalmente) y el fútbol. Nuestro máximo ídolo, Diego Maradona, se desempeñó precisamente durante este proceso de desnacionalización estatal. Donde antes la representatividad nacional se depositaba en una plataforma política o en un estadista, ahora lo que unía a la nación era un deportista.
La mística del Futbol para los argentinos
En la mayor parte de los países de nuestra región, el fútbol masculino mayor ha jugado un papel doble respecto a la construcción de la nación: mientras el fútbol de clubes se ha configurado frecuentemente como un escenario para expresar y reproducir diferencias sociales internas, el fútbol de selecciones se ha constituido en uno de los más destacados fragmentos que componen el “espejo estrellado” en el que la comunidad nacional proyecta sus ansias, pasiones y temores ontológicos.
A diferencia de los enfrentamientos entre rivales europeos (donde también se suele recurrir a cuestiones históricas), en el caso de los partidos entre Argentina e Inglaterra, la relación de sometimiento, usurpación y dominio cultural se despierta de una manera notoria, transformándolo en un evento de vital importancia.
“El fútbol es una ensalada de muchas cosas. Intervienen en él un montón de factores. Tiene muchos aspectos acoplados. Es un juego, pero también es una lucha y un hecho social; asimismo es azar y, entre esas muchas cosas, es además un hecho espiritual”. Aquella sentencia del exfutbolista Carlos Peucelle empieza a tomar mayor sentido en los tiempos actuales si consideramos el aspecto místico de un evento deportivo. Que la AFA solicite usar la camiseta alternativa para el partido de este miércoles porque las veces que ganamos no fue usando precisamente la celeste y blanca, o que el seleccionado busque eludir la retórica nacionalista para no “mufar” el partido determinante para acceder a la final, son cuestiones que explican el plus que adquiere el adversario por tratarse de Inglaterra.
Esta tensión, inclusive, no se inauguró con los dos goles inolvidables de Maradona en el Mundial de 1986, ni tampoco es una mera respuesta ante la derrota en el conflicto bélico de 1982 donde, en definitiva, fuimos superados por la estructura de la OTAN. La partida a la eternidad de Antonio Rattín nos recuerda lo acontecido en 1966, un año profundamente vinculado con la “Causa Malvinas” y el sentimiento anti-británico.
A 220 de la primera invasión. A 60 años de la primera reacción futbolera y popular
Este año se cumplieron 220 años de aquella primera invasión inglesa al Río de la Plata, cuando una fuerza militar del Imperio británico desembarcaba en las costas de Quilmes y capturó la ciudad de Buenos Aires aprovechando la precariedad de nuestras defensas. Como siempre sucedería en nuestra Historia, ante la ausencia de una clase dirigente con conciencia nacional, el Pueblo se sintió representado por líderes aclamados como Santiago de Liniers, el Gaucho Antonio Rivero y Juan Manuel de Rosas. Dentro de los justicieros en nuestro futbol: Antonio Rattín y Diego Maradona.
En su clásico trabajo ¿Por qué Malvinas?(2001), Rosana Guber buscaba rastrear la procedencia de Malvinas como causa popular sagrada, tomando algunos hechos significativos considerados por ella como claves para explicar el apoyo masivo a la guerra de 1982. Sin embargo, su perspectiva descuida la complejidad del fenómeno al proponer una mirada fragmentaria del mismo. En 1966, por ejemplo, podemos destacar tres hitos entrelazados, donde uno de ellos fue protagonizado justamente por nuestra selección de fútbol.
Por un lado, el autor revisionista José Luis Muñoz Azpiri publicaba a través de la Editorial Oriente su Historia completa de las Malvinas. Aquel compendio fundamental incluía el dictamen de la Academia Nacional de la Historia del 19 de abril de 1966 en torno a la figura del gaucho Rivero. Allí, los académicos dictaminaban que aquella figura que resistió la usurpación británica en 1833 no había sido un patriota, sino un delincuente común. Aquella postura liberal frenaría el proyecto del Congreso para reconocerlo como héroe. Sin embargo, más allá de la demonización oficial (así como la historia mitrista había hecho lo propio con Rosas), Rivero fue reivindicado ese mismo año por el Operativo Cóndor. Nos referimos a la acción armada y simbólica llevada a cabo por un grupo de 18 jóvenes nacionalistas y peronistas liderados por Dardo Cabo. La gesta propuesta consistió en desviar un avión de Aerolíneas Argentinas para aterrizar de forma forzosa en las islas, izar siete banderas argentinas y bautizar como "Puerto Rivero" al lugar denominado por los usurpadores como Puerto Stanley.
En medio de estas acciones políticas y editoriales se desarrollaría, en julio, el Mundial de Inglaterra de 1966. El testimonio del capitán Antonio Ubaldo Rattín sobre los hechos del 23 de julio en Wembley expone una fuerte carga de arbitrariedad, desprecio cultural y desamparo diplomático. A través de sus declaraciones brindadas en entrevistas a lo largo de los años, el exnúmero 5 de Boca Juniors y de la Selección Argentina reconstruyó minuciosamente los minutos más escandalosos de la historia de los Mundiales.
Rattín siempre sostuvo que su intención no era insultar al árbitro alemán Rudolf Kreitlein, sino exigir explicaciones por la evidente parcialidad con la que amonestaba a los jugadores argentinos (como Perfumo y Ferreiro) ante faltas menores:
"Le pedía un intérprete, un traductor. Yo tenía el brazalete de capitán y el reglamento me amparaba para hablar con el árbitro. Le señalaba mi brazalete y le decía: 'Interprent, interprent' (sic), mezclando castellano e inglés. Él me miraba con cara de pocos amigos y no me decía nada".
El juez alemán, alegando posteriormente que Rattín lo "miraba de mala manera" (la FIFA llegó a argumentar en los informes "violencia de mirada"), decidió la expulsión de forma imprevista:
"De repente, se da vuelta y me señala la calle. Yo no entendía nada. Me decía: 'Out, out'. Le volví a pedir el intérprete y me quedé plantado en la cancha. No me iba a ir porque sí. El partido estuvo parado como diez minutos. Entró el vicepresidente de la FIFA, el inglés Harry Cavan, a echarme. Los dirigentes nuestros miraban desde el palco y no bajaba nadie a defendernos".
Al verse obligado a dejar el campo de juego ante el ingreso de la policía británica, Rattín protagonizó los dos gestos desafiantes que agigantaron el mito y desataron la furia del estadio:
"Cuando por fin encaré hacia el túnel, vi que al lado del banco de suplentes estaba la alfombra roja real, esa por la que iba a caminar la Reina Isabel II. Tenía una bronca tremenda, así que fui, me senté arriba de la alfombra y me puse a mirar el partido desde ahí. Los ingleses se volvieron locos, me tiraban chocolates, latas de cerveza, de todo".
"Después me levanté para irme al vestuario y pasé cerca del banderín del córner. Tenía los colores del Reino Unido, la bandera británica. Estaba tan indignado por el robo que estiré la mano, agarré la bandera con fuerza y la retorcí toda con la mano mientras caminaba. Ahí el estadio directamente se quería venir abajo".
El clima hostil continuó camino a las duchas, marcando el resentimiento que los jugadores argentinos sintieron por parte del entorno británico:
"Cuando me metí en el túnel, que en el viejo Wembley era larguísimo, los hinchas que estaban arriba me escupían y me tiraban de todo. Un utilero nuestro me tuvo que tapar con una campera. Después nos enteramos de que el técnico de ellos, Alf Ramsey, no dejó a sus jugadores cambiar camisetas con nosotros y nos trató de 'animals'. Los animales eran ellos por cómo nos trataron y cómo nos robaron el partido".
El testimonio de Rattín demuestra cómo el partido dejó de ser un evento puramente deportivo. En la memoria del capitán, la expulsión fue una emboscada geopolítica planeada entre ingleses y alemanes para dejar afuera a los equipos sudamericanos (mismo destino que sufrió Uruguay ante Alemania Federal el mismo día), transformando su desobediencia en un acto de dignidad nacional.
La acción inolvidable del capitán argentino en 1966; la “mano de Dios” (o catedra de “cómo robarle a un ladrón”) y el mejor gol de la historia de Diego Maradona en 1986 y la acción suspicaz de Sebastián Verón en 2002 fueron acciones en donde la identidad nacional entra en pugna con ambiciones redentoras de nuestro pueblo que van más allá de un evento deportivo. Sin lugar a dudas, el próximo cruce a realizarse en las semifinales de este mundial va a constituirse en un hito más en esta relación asimétrica.