La estatua viviente: Lumumba, Fanón y la descolonización

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La estatua viviente: Lumumba, Fanón y la descolonización

27 Junio 2026

El hincha que es un monumento

En el estadio de Guadalajara, una hora antes de que la selección de la República Democrática del Congo saltara a la cancha frente a Colombia, un hombre ocupó su lugar detrás del banquillo congoleño y no se movió más. Saco y corbata roja, camisa amarilla, pantalón azul, los colores de la bandera del Congo, brazo derecho en alto con firmeza sepulcral, inmóvil durante todo el partido, mirada al horizonte, a su patria. Se llama Michel Kuka Mboladinga, pero en redes y en las tribunas se lo conoce como Lumumba Vea. Solo rompe la quietud para hacer un gesto preciso, repetido en cada partido: se tapa la boca con una mano y se lleva dos dedos de la otra a la sien, imitando una pistola, África transita por su espíritu. Es la reconstrucción corporal de un asesinato: el de Patrice Lumumba, primer ministro congoleño ejecutado en enero de 1961, apenas siete meses después de haber proclamado la independencia de su país frente al propio rey de Bélgica.

La FIFA, que había estado dándole cámara como curiosidad folclórica del Mundial, dejó de transmitir su imagen justo cuando hizo ese gesto. No es un detalle menor: lo que el cuerpo de Mboladinga pone en escena no es solo un homenaje a un héroe lejano, sino una protesta deliberada, dirigida también al silencio internacional sobre el conflicto que hoy sigue desangrando el este del Congo, un conflicto que desde los años noventa acumula más de seis millones de muertos sin que el mundo le preste demasiada atención. Es decir, como todo conflicto en África es auto infligido por el imperio.

¿Por qué, más de sesenta años después, alguien elige encarnar a Lumumba en una tribuna durante el mundial, lejos de Kinshasa y lejos también de cualquier conmemoración oficial? La pregunta no es anecdótica. Que esa figura y ese gesto sigan circulando como símbolo de lo popular dice algo sobre lo que ese asesinato dejó pendiente, y sobre lo históricamente irresuelto que sigue estando casi setenta años después. Para entenderlo hace falta retroceder, alejarse del Congo por un momento, y mirar el proceso más amplio del que ese país y ese hombre fueron una pieza extrema.

La descolonización como proceso

Entre 1945 y 1975, decenas de territorios coloniales en Asia y África dejaron de serlo, al menos desde lo formal. El año 1960 concentró una cifra particularmente alta: diecisiete países africanos alcanzaron la independencia, tantos que se lo recuerda como el "año de África". Las banderas cambiaron, los himnos se escribieron, las embajadas se abrieron, aparecieron nuevos nombres, la cartografía se había modificado. Pero la pregunta que atravesaba el pensamiento anticolonial de la época y que aún sigue viva era si ese cambio de bandera y de autoridades significaba efectivamente una liberación real.

Franz Fanón, psiquiatra martiniqués nacionalizado argelino por elección política, fue quien formuló esa pregunta con mayor crudeza. Para Fanón, el colonialismo no era solamente un sistema administrativo o jurídico que se pudiera desmontar firmando un tratado. Era, antes que nada, una estructura que producía sujetos: el colonizado interiorizaba una imagen degradada de sí mismo, una "zona del no-ser" desde la cual debía reconstruirse. Por eso, en sus textos, la descolonización aparece como un proceso necesariamente violento, no solo en el sentido físico de la guerra, sino en el sentido de una ruptura subjetiva radical, y nunca como un mero traspaso de funcionarios. Fanón producto de su bagaje de la psiquiatría analizaba la dependencia descarnadamente, como el imperialismo más directo podía moldear la subjetividad más allá de su presencia. 

Fanón advirtió, además, sobre un riesgo específico que atravesaría a cualquier proceso de emancipación y que la historia africana confirmaría una y otra vez: el surgimiento de una burguesía nacional poscolonial incapaz de transformar las estructuras heredadas del colonialismo y con escasa vocación nacional, su misión fue simplemente ocupar formalmente el antiguo lugar de los antiguos administradores extranjeros, claro que con la condición de mantener intactos los circuitos de extracción de riqueza y las jerarquías sociales heredadas de la colonia. La independencia política, sin una transformación económica corría el riesgo de convertirse en una sustitución de nombres sobre un mismo edificio.

Esta distinción entre independencia formal y liberación real es el puente que permite pasar de lo general a lo particular. Porque si hay un caso en el que esa distinción se jugó de manera trágica y veloz, fue el del Congo.

El Congo: el tipo de ideal de un país colonial

Pocas colonias condensaron tanta violencia como el Congo Belga. Bajo el régimen personal del rey Leopoldo II, a fines del siglo XIX, el territorio fue sometido a un sistema de explotación del caucho que causó la muerte de millones de personas, por trabajo forzado, mutilaciones punitivas y hambrunas inducidas. Esa brutalidad fundacional no desapareció con la administración estatal belga posterior: se transformó, se volvió más burocrática el control se perfeccionó. Pero lo que continuaba fue un patrón de extracción de recursos (caucho primero, minerales estratégicos después) como el centro de la relación colonial.

Esa riqueza mineral fue, precisamente, lo que convirtió al Congo en un tablero caliente durante la Guerra Fría sobre todo al momento de su independencia. El cobalto y otros minerales estratégicos del Congo eran codiciados tanto por las potencias occidentales como por la Unión Soviética, y ningún actor internacional estaba dispuesto a observar con indiferencia quién controlaría esos recursos una vez que Bélgica se retirara.

En ese contexto se proclamó la independencia, el 30 de junio de 1960. Patrice Lumumba, primer ministro del nuevo Estado, pronunció un discurso que todavía resuena: frente al rey Balduino, que había elogiado la "obra civilizadora" belga, Lumumba describió sin eufemismos las vejaciones del período colonial como el trabajo forzado, la segregación cotidiana, los castigos por una mirada o una palabra fuera de lugar. Fue un gesto de ruptura simbólica inmediata, y también una sentencia: a partir de ese discurso, Lumumba quedó marcado como una amenaza para quienes esperaban una transición ordenada, es decir, que no tocara los intereses coloniales.

Lo que siguió fue extraordinariamente rápido. En cuestión de semanas, el ejército se amotinó, la provincia minera de Katanga proclamó su secesión con apoyo belga, y Lumumba se vio obligado a recorrer capitales del mundo buscando apoyo internacional para sostener la unidad y la soberanía de su país, incluyendo un pedido de ayuda a la Unión Soviética que terminó de sellar su suerte ante Washington. A mediados de septiembre de 1960, apenas dos meses y medio después de asumir, fue destituido en un golpe orquestado por Joseph Kasavubu con el respaldo militar de Joseph-Désiré Mobutu, hasta entonces uno de sus colaboradores de mayor confianza. Lumumba fue arrestado, trasladado a la hostil provincia de Katanga, torturado y finalmente asesinado el 17 de enero de 1961, junto con dos de sus compañeros. 

Décadas de investigación, incluida una comisión parlamentaria belga que en 2001 reconoció la "responsabilidad moral" de Bélgica en el crimen, confirmaron la participación de oficiales belgas y la implicación directa de la CIA, que había recibido la orden de eliminarlo del propio presidente estadounidense Dwight Eisenhower.

Pero detengámonos en Bélgica, país de íntima relación histórica con Inglaterra, a la cual empujo en su proceso de balcanización de Holanda, y hablando de fenómenos balcanizadores los ingleses durante el siglo XIX habían bautizado a Uruguay el Bélgica de América del Sur


Fanón y Lumumba y la praxis teórico-política

Lo que vuelve este caso especialmente fértil para pensar junto a Fanón no es solo la coincidencia temática. Fanón y Lumumba se conocieron y conversaron en persona, no en el Congo sino en Accra, Ghana, durante la Conferencia Panafricana de diciembre de 1958: el mismo encuentro en el que Lumumba, había viajado representando al recién fundado Movimiento Nacional Congolés, tomó contacto con figuras decisivas del movimiento anticolonial continental, entre ellas Kwame Nkrumah, Tom M'boya y el propio Fanón, en su rol de embajador itinerante del gobierno provisional argelino en el exilio, encargado de tejer alianzas internacionalistas entre los movimientos de liberación africanos. En esa Fanón advirtió a Lumumba sobre los riesgos de confiar en una transición pacífica e institucional frente a un entramado de intereses coloniales, neocoloniales y locales los cuales no estaba dispuesto a aceptar una independencia real.

La historia, en este caso, no le dio la razón a la esperanza sino a la advertencia. Lumumba apostó por los canales disponibles: la ONU, las gestiones diplomáticas, el llamado a la legalidad constitucional frente al golpe. Pecó de ingenuo y fue exactamente ese terreno el de la institucionalidad poscolonial, todavía débil y todavía permeable a la injerencia imperial él que no lo iba a proteger.

Fanón, además, dejó una caracterización de Lumumba que vale la pena rescatar porque desmonta el modo en que la propaganda de la Guerra Fría leyó su figura. Lo describió como un hombre "vendido a África", una fórmula que invierte deliberadamente la acusación de "agente comunista" que la prensa occidental y los servicios de inteligencia le atribuyeron para justificar su eliminación. Para Fanón, el compromiso de Lumumba no era con un bloque geopolítico sino con la soberanía africana en sí misma: su corazón, en los términos del propio Fanón, estaba con el pueblo africano, no con Moscú ni con ninguna potencia extranjera. Lumumba era la expresión del tercer mundismo del latir africano. Esa distinción es crucial: a Lumumba no lo asesinaron por soviético sino por ser un nacionalista genuinamente decidido a defender la riqueza congoleña. Es decir, por encarnar exactamente el tipo de descolonización real, no meramente formal, que Fanón reclamaba como condición de cualquier independencia verdadera.

El propio destino de Mobutu, que terminó gobernando el país durante más de tres décadas con un régimen corrupto y alineado con Occidente, confirma el diagnóstico fanoniano sobre la "burguesía nacional" poscolonial: el hombre que ayudó a derrocar y eliminar a Lumumba se convirtió, con el tiempo, en el ejemplo más nítido de esa élite local que sustituye al colonizador en el control del país sin alterar las relaciones de fondo. Con el tiempo el propio Mobutu declaró a Lumumba héroe nacional en 1966 y con esto buscaba neutralizar la amenaza de su legado, convirtiéndolo en un mito inofensivo.

Lo que queda en pie

Pero volvamos a Guadalajara. Michel Kuka Mboladinga no necesita un discurso académico para saber que algo de ese asesinato sigue abierto. Su gesto el tapar la boca, simular la pistola en la sien, no es un simple recuerdo histórico congelado en 1961: es, explícitamente, una protesta sobre el presente, sobre un conflicto en el este del Congo que ya lleva más de seis millones de muertos desde los años noventa y que rara vez ocupa portadas, mucho menos transmisiones de la FIFA. 
La descolonización que Fanón describía como proceso de reconstrucción subjetiva nunca se completó. En el Congo las fronteras, las élites y los circuitos de extracción de recursos heredados del período colonial demostraron una persistencia notable bajo nuevas administraciones formalmente soberanas, hasta llegar a la violencia que hoy desplaza a millares de personas.

Por eso ese cuerpo inmóvil, vestido con los colores de la bandera congoleña, no es solamente un homenaje nostálgico. Es una forma de memoria que se rehúsa a dejar el caso cerrado en los archivos de una comisión parlamentaria belga o en la bibliografía especializada y que a la actualidad incomoda a la propia FIFA tan amiga del imperialismo y por eso dejó de visualizarlo. En esa línea alguna vez Maradona dijo: “si tengo que pertenecer a la familia de la FIFA... prefiero ser huérfano. 
Mientras la advertencia de Fanón, que la independencia sin transformación real es una promesa incumplida, siga teniendo vigencia en cualquier rincón del mundo poscolonial, seguiremos esperando la llegada de los Lumumba de la vida, y seguirá teniendo sentido que alguien, en medio de una tribuna, elija ponerse de pie, inmóvil, y encarnar con el cuerpo lo que el Congo todavía le debe a Lumumba, y lo que el mundo todavía le debe al Congo.