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La mano de Dios //// 25.03.2016
Jugar de Memoria: de Cruyff al Turko Salomón

La Historia insiste en cruzarse periódicamente consigo misma: el emblemático jugador holandés murió el cuadragésimo 24 de marzo, mientras Argentina se preparaba para jugar un incomprensible partido sin alusión al tema y en un estadio que alojó otras matanzas del Cóndor. La muerte de Cruyff actualizó otra de sus ausencias, la del Mundial 78. 

 

Por Diego Kenis

“El que no salta es un holandés/ el que no salta es un holandés”.

Corría el invierno argentino de 1978 y la genuina mística de las rimas futboleras por el desafío gaucho al mejor equipo del mundo en la década, Holanda, era fogoneada por el espíritu genocida de represores de uniforme y de traje, que acusaban a los neerlandeses de encabezar una campaña antiargentina. En las entrañas del cántico anidaba el horror.

Pienso que no es casualidad que Johan Cruyff se haya muerto el jueves, que fue 24 de marzo, y los calendarios del fútbol seleccionado no se detuvieron. Su muerte fue, acaso, una alegoría que recuerda su decisión de no venir a aquel Mundial, siendo el mejor jugador vigente y teniendo la espina clavada del 74 mecánico pero subcampeón.
Desde la dictadura, se escribieron dos explicaciones para su ausencia. Que yo sepa, él nunca avaló ninguna. La de los milicos de entonces y los Refutadores de Leyendas de después, era que se debía a una pelea contractual. La popular, que le había dado la espalda a Videla y Massera, para evitar ser utilizado como lo fue su compañero Ruud Krol, a quien un periodista servicial le inventó una apología de la dictadura, en forma de carta infantil, que él nunca escribió.

Pero acaso el mejor relato de la ausencia de Cruyff del Mundial aquel lo escribió su amigo Milonguita Heredia, el primer ídolo argentino de la afición catalana en la era moderna. Resulta que a los padres del Milonguita, es decir al Milonga y su señora, les reventaron la casa una madrugada cordobesa. Buscaban a otro Heredia, y tras unos golpes se fueron, pero luego el Milonga llamó al Milonguita, para contarle, todavía agitado. Y al lado del Milonguita estaba Cruyff, que lo había acompañado hasta al quirófano en una operación. Y parece que ahí fue cuando Cruyff dijo “no voy”.

Pienso en los caprichos que tiene la Historia de cruzarse consigo misma: el cuadragésimo 24 de marzo, este Mauricio tan seductor de Máximas, este Macri tan Zorreguieta, Cruyff y su negativa, Cruyff y su muerte, la desafortunada opción de hacer jugar el calendario de eliminatorias el Día de la Memoria argentino y en el más sangriento estadio chileno, y la ya histórica foto de mi amigo el Turko Luis Salomón: el nene que ve pasar la historia tan negra como el negro de las botas sin votos.

La foto, que ha sido tapa de libros e ilustración de decenas de notas referidas al autoritarismo militar o los crímenes de lesa humanidad, fue tomada en Bahía Blanca, en otro invierno, el de 1972, en el desfile que saludó la visita del dictador anterior, Alejando Lanusse. Faltaba algo más de un mes para la masacre de Trelew. Y menos de cuatro años para otra dictadura. Cuatro años: de un Mundial a otro. Por ejemplo: del 74, al 78. Del que Cruyff no pudo ganar al que no quiso jugar.

Ese nene perdido entre las botas y el frío, me cuenta el Turko que supo después, era holandés.

Por eso no saltaba.

 

(*) Nota: La primera de las imágenes que ilustran esta nota fue tomada por el fotógrafo Luis Ángel Salomón, en Bahía Blanca, el 9 de julio de 1972, durante la visita del dictador Alejandro Lanusse, y fue seleccionada como una de las fotos del año a nivel nacional. A ella alude el texto. En la segunda se puede ver a Johan Cruyff retirado del campo de juego por la fuerza por la policía franquista, en Málaga, en 1975.