fbpx Juan Sebastián Ronchetti: “Contar mis historias es, además de un hecho estético, un hecho político” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Fractura //// 27.06.2020
Juan Sebastián Ronchetti: “Contar mis historias es, además de un hecho estético, un hecho político”

El escritor Juan Sebastián Ronchetti conversó con Fractura, suplemento literario de APU, sobre su primer libro de cuentos publicado recientemente por la editorial Hormigas Negras.

Por Santiago Asorey

“Festejo la salida de este libro y festejo que desde dicha salida ustedes sepan lo que yo sé desde el día que vino con más ilusión que páginas escritas a mi taller literario: que Juan Sebastián Ronchetti es un escritor de primera línea y es un escritor necesario”, sostiene Pablo Ramos en la contratapa del primer libro de cuentos de Sebastián, El primer campeón del mundo, recientemente editado por Hormigas Negras. En diálogo con Agencia Paco Urondo, el autor ofrece su mirada sobre la escritura, las influencias literarias que lo marcaron, el trabajo de taller literario, la importancia de su maestro en su vida, el conurbano, el peronismo y muchas cosas más.

Agencia Paco Urondo: El cuento "El Primer campeón del mundo" funciona como un cuento de iniciación. Pero el pasaje de la infancia a la adolescencia surge en varios de los cuentos ¿Qué implicó para vos escribir este libro?

Juan Sebastían Ronchetti: Si, muchos de los cuentos son cuentos de iniciación y este libro, claramente, implicó para mí una iniciación. La iniciación en la escritura. Para eso fue fundamental el taller de narrativa de Pablo Ramos y mis compañeros y compañeras de taller. El libro da sentido a muchas cosas, si bien desde muy chico sentí una ligazón muy fuerte con la literatura, recién de grande empecé a escribir y llegué con tantas lecturas como dolores a ese momento. Recuerdo que Pablo repetía una frase que creo es de Sartre: el escritor dinamita su vida para construir con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura. Y creo que eso entrañó para mí este libro. Dinamitar para construir, no sé si mi literatura, me suena muy jactancioso, pero sí estas historias donde los personajes están, muchas veces, llenos de dolor, o viven situaciones difíciles, pero nunca dejan de albergar la esperanza. Y en eso me siento muy implicado, “no puedo seguir, voy a seguir” la frase final de El innombrable de Beckett, siempre la tuve presente, en mi vida y ahora en mis cuentos.

 

APU:¿Cuanto tiempo tardaste en escribirlos?

J.S.R.: El libro me llevó un poco más de cuatro años de escritura entre 2012 y 2017, que lo presenté al concurso Adolfo Bioy Casares, donde fue premiado. Luego seguí corrigiendo hasta la edición que hicimos con Andrea Álvarez Mujica e incorporé dos cuentos que no escribí en el taller, pero el periodo principal fue ese. Realmente me llevó mucho trabajo y lo corregí hasta el cansancio, quería entender qué estaba escribiendo verdaderamente, descubrirlo. Y aparecieron muchas cosas, por eso creo que la corrección es fundamental. "No se corrigen textos, se corrigen personas", decía siempre Pablo y creo que llegué a entender esa frase al final de todo el recorrido. 

 

APU:¿Qué escritores clasicos te han influenciado?

J.S.R.: Principalmente la literatura norteamericana: Hemingway, Cheever, Carver, Fante, William Goyen, Carson McCullers y Flannery O’Connor. También mucha literatura argentina y latinoamericana: Arlt, Walsh, Castillo, Ramos, Heker, Sara Gallardo, Clarice Lispector, Dal Masetto, Enrique Wernicke. Y toda la formación de la carrera y los clásicos de la literatura universal, he leído mucho, no sé exactamente cómo influyen esas lecturas, pero están.

 

APU: ¿Qué escritores latinoamericanos contemporáneos leés?

J.S.R.: Leo mucho y muy variado, me gusta leer todo lo que se está escribiendo ahora y hay libros que me encantaron, sobre todo escritores y escritoras de Argentina. Entre los consagrados, digamos, Pablo Ramos, Liliana Heker, Ángela Pradelli, Horacio Convertini, Perla Suez, Esther Cross, Marcelo Figueras, también los libros de Irene Kleiner, Paula Tomassoni, Miguel Semán, Salvador Marinaro, Sergio Gaiteri, Luciana Sousa. De Chile, por ejemplo, Diego Zuñiga, o Mariana Torres, de Brasil. Hay muchos y me debo estar olvidando de libros extraordinarios. 

 

APU: En el libro se cruzan historias sobre la guerra de Malvinas, la represión de la dictadura, el trasfondo de crisis económica de los 80, pero contadas en la perspectiva de un niño. Todos los personajes parecen convivir en este universo narrativo en una ciudad peronista (Avellaneda) del conurbano. ¿Cómo te juega la identidad política en la escritura?

J.S.R.: La política en general y mi identidad política en particular juegan un papel fundamental en la escritura, sencillamente porque me resulta imposible escindir los dos mundos. Desde chico me interesó mucho la política, el barrio en el que crecí (el escenario principal de muchos cuentos es un barrio de monoblocks de Avellaneda, Barrio Obrero Mariano Moreno) fue construido durante el gobierno de Cámpora y la intendencia de Herminio Iglesias. Crecí bajo la dictadura y la vuelta a la democracia, en mi casa se hablaba de política, se discutía, había libros y discos prohibidos y yo lo sabía. Soy afiliado al peronismo y milito de todas las formas que puedo, aunque me gustaría hacerlo más. En los cuentos esto aparece, por supuesto, desde una perspectiva literaria, no son panfletarios, ni hacen una bajada de línea, pero algunos de los personajes principales están atravesados y se posicionan de un lado de la historia y creo que la idea de la esperanza y del “no nos han vencido” recorre esos cuentos. Por otro lado, soy un escritor del conurbano y eso me traspasa y me define. Hay una cuestión de clase muy presente en los cuentos y en mi propia vida. Cuando estudiaba Letras lo sentía muy vívidamente, era el pibe que venía de los monoblocks con la 5ta de Crónica bajo el brazo para ver los resultados del ascenso y, además, tenía la creencia inconsciente de que, como diría Gonzalez Fraga, no estaba autorizado a contar mis historias, que a lo sumo podía hablar de los grandes escritores y por eso estudiaba letras, ese era el lugar que podía tener en la literatura y que ya era todo un desafío. Porque además era el único de los pibes de mi infancia que había llegado a la facultad, en un momento me sentía inadecuado tanto en el barrio como en la facultad.

Hasta que leí El origen de la tristeza, de Pablo Ramos, (supongo que en 2004) y fue una revelación. Un escritor que era de mi barrio, que había ido a mi escuela, que contaba esas historias, que tenía en la tapa a un pibe colgado de un vagón del Roca y que además era un grandísimo escritor. Pablo fue fundamental en mi vida, incluso antes de conocerlo. Después vino todo lo demás, el taller, que fuera mi maestro, la amistad, la banda y una vida compartida hace muchos años ya. Si bien, El origen fue un golpe que tardé un poco en asimilar, entendí finalmente que podía contar mis historias, y que hacerlo era además de un hecho estético, un hecho político. Y ahora cuando me llegan los mensajes emocionados por el libro desde los monoblocks me siento la persona más feliz y agradecida del mundo.

 

APU: En la contratapa de libro, Ángela Pradelli describe como un acierto de tu literatura que los personajes no saben lo que pasa en el momento que le pasa. ¿Que pensás de esa idea que describe tus cuentos?

J.S.R.: Me gusta mucho esa idea, no lo había pensado así antes, pero es verdad que los personajes son bastante inconscientes de lo que les está pasando, no saben leer bien la situación, me parece que un cuento representativo de esa lectura que hace Ángela es "Llenos de felicidad", donde el personaje, ya adulto, cree que todo está bien y todo es un desastre. Creo que nadie se pregunta por qué pasan las cosas, creo que sólo en "Lo que queda por vivir" el personaje se pregunta por lo que vendrá, pero no cuestiona lo que pasó. Y en los cuentos de infancia hay algo del orden de lo que no se puede comprender creo, si, las cosas suceden. ¿Acaso entendemos las cosas cuando nos pasan o es después que tratamos de ponerles palabras y darle sentido?

Quizás si entendiéramos no existiría el arte.