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Fractura //// 17.03.2019
Jacobo Regen: una resonancia en la memoria

El poeta que se consideraba “el único coya judío del mundo” perteneció a la llamada Generación de los 60, logra trascender a su muerte con su obra que comienza a ser conocida en el resto del país gracias a una serie de publicaciones y homenajes.

Por Alejo González Prandi*
Foto: Silvia Katz

A los nueve días de haber comenzado este año, falleció el poeta salteño que en los versos inaugurales de su primer libro escribió: “Serenamente, digo: ‘Soy un ángel’./ Y me debes creer”. Le creímos y todavía le creemos. Pero no fue un ángel solícito ni hermanado a la postal religiosa. Él fue por otros andamios del ser. Pesó cada palabra extraída de la piedra existencial de su propia poesía. Jacobo Regen fue una de las voces de mayor lucidez lírica de nuestro tiempo.

Quienes más lo trataron y conocieron dan cuenta de su trabajo incansable –obsesión dicen otros- con cada elemento que compone un texto. “Yo soy, no más, un corrector de pruebas”, afirma en uno de sus poemas. Esa meticulosidad con la palabra se expresa claramente en su obra. Nada queda librado al azar. Todo es medido. El tiempo, la densidad y el ritmo encuentran en cada verso la morada precisa.

La expresión del poeta funda una visión donde la pérdida, el desencanto, lo elegíaco, la sordidez de la condición humana y la soledad tienen una presencia que no descansa. Todos sus libros son atravesados por esos estados: Canción del ángel (1964), Umbroso mundo (1971), El Vendedor de Tierra (1981), más los textos incluidos en Poemas reunidos (1992). Hay que destacar también el volumen editado en 2013 por la Secretaría de Cultura de de la Provincia de Salta –Umbroso mundo-, que compila su obra, diseñada por la artista Silvia Katz.

En 1995, junto a Andrés Haedo y Celedonio Torres Ávalos, creamos la revista El Vendedor de Tierra, en homenaje a Regen. Publicamos siete números en papel. Hoy, continúo con ese proyecto en www.elvendedordetierra.com. Por otra parte, y con el mismo nombre, en agosto de 2018 lanzamos con Luján Ochoa –y la colaboración de Luciana Ravazzani-, los dos primeros títulos de una editorial artesanal.

Francisco Madariaga solía decir que cuando una persona moría, había sido “encantada”. Desde ese encantamiento de Jacobo a los 84 años, en su provincia natal, se dieron noticia de nuevos homenajes. Ediciones del Dock, a través de su director Carlos Pereiro, anunció que durante la segunda mitad de este año publicará 37 poemas, una antología de la obra de Regen, a cargo de Santiago Sylvester.

Durante la presentación de ese libro, es probable que se proyecte el documental Alas, de Fabián Soberón, que tiene como eje central al poeta. A su vez, en el sitio web de El Vendedor de Tierra ya se pueden leer las opiniones de algunos escritores sobre Regen y su magnífica poesía. Al respecto, durante los próximos meses se sumarán nuevos contenidos.

La figura y la palabra de Jacobo merecen la mayor distinción de nuestro recuerdo para que siempre sea presente.

*AGP es poeta, editor y periodista

 

Poemas de Jacobo Regen

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1

 

Serenamente, digo: “Soy un ángel”.

Y me debes creer.

Ningún platillo de la balanza sube,

o baja,

bajo mi peso.

 

Incorpóreo,

ligero,

desnudo,

como la luz…

Y sin embargo, toda

mi trayectoria es una sombra,

mi corazón es una sombra,

una moneda oscura,

destruida

por el tiempo,

sin tiempo y sin memoria.

 

(De Canción del ángel, 1964)

 

 

El Vendedor de Tierra

 

Vuelve del horizonte

cargando tierra negra en sus espaldas.

Cuando llega lo aplauden los jardines

y se emociona el agua.

Y yo le compro tierra, y algún día

me tendrá que vender toda la carga.

 

(De El Vendedor de Tierra, 1981)

 

 

Canción

 

Este pino, Deolinda

(ciprés, si más te gusta),

me da su áspera mano,

me saluda.

 

Cuando en la noche se abre

la intemperie profunda

sus hojas se enternecen

la niebla de mis uñas.

 

(El Vendedor de Tierra, 1981)

 

 

Palabras

 

Sólo te pido que recuerdes

la luz de aquel amanecer

que hemos amado tanto.

He derrochado contigo

tantas palabras que creíste ciertas,

que palpitaban,

que vivían.

Y amé en ti mis palabras.

Cuando dejé de amarlas te perdí.

 

(de Umbroso mundo,  1971)