fbpx Fernando Garriga: “En la lengua quedan huellas de la historia” | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Fractura //// 24.10.2020
Fernando Garriga: “En la lengua quedan huellas de la historia”

Fractura, suplemento literario de AGENCIA PACO URONDO, entrevistó al escritor Fernando Garriga sobre el libro Las invasiones ranqueles según mamá, la memoria y los discursos hegemónicos de la historia.

Por Inés Busquets

Fernando Garriga es escritor, músico y floricultor. Autor de Escuela para Ciegos (Malas palabras Buks, 2013), Continuidad de la Obra (Tercer premio Luis de Tejeda, 2015), Cumpleaños en la isla (Ed. Cienvolando, 2017) y Las invasiones ranqueles según mamá (Modesto Rimba, 2019). Algunos de sus cuentos fueron publicados en revistas especializadas como Colofón (revista literaria, Buenos Aires, Premio nuevas narrativas), El Coloquio de los perros (Madrid), Revista Desconocida (Buenos Aires).

La historia oficial refleja los lenguajes hegemónicos de la época. La impronta, los intereses, la cultura en general de una sociedad impregnada de injusticias y singularidades.
La deconstrucción de ese lenguaje único se va ejerciendo de hecho en distintos soportes y expresiones; el arte es uno de los canales que más allá del enunciado se encarga de mostrar las diversas realidades.
Las invasiones ranqueles según mamá es una muestra de ello. “Sin juzgar” como dice el autor y sin eufemismos comparte en un relato poético su experiencia de haber vivido dentro de un discurso en el que no encajaba, o que entendía, de alguna manera, como impropio. 

Una obra que impacta, que conmueve, que despierta sentimientos encontrados.
Una historia que parece personal, pero que sin embargo excede los cánones de un texto íntimo para introducirnos en la voz hegemónica de la época más dura de nuestro país.
En Las invasiones ranqueles según mamá se cristaliza un pensamiento, una forma de vida, una ideología descarnada en un contexto determinado.
El desafío de Fernando Garriga se da en la elaboración minuciosa de un yo poético que se vuelve testigo, revelador.
Como si una cámara lúcida hubiera captado el punctum exacto, la llaga de una herida, el perdón, los surcos de la memoria.

AGENCIA PACO URONDO: ¿Cómo nace el libro Las invasiones ranqueles según mamá?

Fernando Garriga: Las invasiones ranqueles según mamá nace a mediados de 2016 como respuesta a una profunda sensación de desasosiego. En nuestro país gobernaba Cambiemos y yo asistía azorado al desguace del ya maltrecho aparato productivo. Veía cómo se ensañaban con lo construido en los doce años de gobiernos precedentes. Me conmovía ver cómo se quedaban sin trabajo personas que habían desarrollado su actividad en Telam, por ejemplo o en el INTI. Veía cómo se solazaban aplicando esas políticas de persecución y destrucción. Cómo espiaban las redes sociales de la gente para saber si acaso eran kirchneristas para despedirlos sin miramientos, con métodos normalizados de la Gestapo o de alguna troika.  Querían meter presas a las personas que yo había votado para que me gobernaran. No reparaban en nada. Bastardeaban la democracia, colonizaban el Poder Judicial, ponían jueces payasos y destruían los mecanismos de autocontrol que tienen algunos organismos, nombraban a corruptos. Lo de siempre.

Y encima el presidente hablaba con un discurso zen de buda banal que era irritante. Porque en las calles, lo único que había era palo y represión. Algo en mí se sublevaba. El discurso hegemónico me parecía psicopático. Ellos me parecían psicópatas que venían no sólo a hacer el mal sino que se solazaban con ello. Como el violador que dice mirá cómo me ponés. O como en estos días en los que instan a romper con marchas la cuarentena y después se horrorizan y dicen “cómo puede ser que haya un millón de contagiados”. Ponen siempre la culpa en el otro. Viven del Estado y hablan de planeros. Bueno, en definitiva: podemos abundar en ejemplos pero Las Invasiones nace como un rebelarse a ese dolor, como un modo de decir basta de mentirme en la cara, como la búsqueda de una salida a tanta desazón, a tanto miedo. Porque lo que más me pasaba era que en ese discurso, me resonaban voces. Voces de los 70, voces de la dictadura. Fui niño y adolescente en la dictadura. Asistí de a una escuela gorila y parroquial. A partir de 2015 el tiempo pareció volverse atrás –lo mismo que dicen ellos– y escuché las mismas voces de la educación gorila y de clase tradicional a la que es sometido un chico en un colegio parroquial, que vive en Olivos, que juega al rugby.  Ellos los llaman “valores”.

Inicié un procedimiento de reflexión a partir del lenguaje. Empecé a preguntarme cómo se manifestaban, en la lengua,  los sentidos ocultos de pertenencia a una clase. Cómo se trafican señales solapadas. En la lengua quedan huellas de la historia. Empecé a indagar en el léxico familiar y, por ende, en mi pasado. De alguna manera puede decirse que Las Invasiones ranqueles es también un libro de historia. 

APU: ¿Cómo se dio el extrañamiento de tu propia experiencia para convertirlo en una obra (como bien dice la contratapa) política?

F.G.: Me di de frente con que representaba mi familia. Con su discurso aspiracional. Recuerdo el desprecio hacia lo que llamaban “los nuevos ricos”. Mi padre era marino militar. Se había retirado en el 75. Es un buen tipo. Un tipo de alguna manera, libre dentro de su mentalidad. Pero a la vez él y sus ancestros no dejaban de ser representantes de una clase, de un discurso. Yo crecí  oyendo frases demenciales. Yo fui criado en un hogar antiperonista y conservador. El libro da cuenta de eso sin juzgar. Gente buena y gente mala hay en todas partes.  

APU: ¿Cómo juega la memoria en esta reconstrucción personal y colectiva?

F.G.: La materia con la que está construido Las invasiones ranqueles según mamá es la memoria. Es la manifestación de la memoria a través de los discursos. Es un repaso de nuestra historia a través de esos discursos. Y de esa resonancia del discurso del Proceso militar instaurado a partir del golpe del 76 fui a parar al discurso de la Conquista de eso que ellos llamaron desierto y que no era un desierto, era la tierra de los originarios. El libro analiza con cierta sencillez y candor, por ejemplo, el bombardeo a la Plaza de Mayo. Como si hubieran venido los aviones a tirar sus bombas a una plaza. A una plaza vacía. Y no. No es cierto. Estaba llena de gente. Había una manifestación de la CGT ese día. Una manifestación en defensa de, justamente, la democracia y contra el golpe que se venía gestando. Entonces fue un bombardeo a una muchedumbre. Dejó más muertos que Once y Cromañón juntos. Y lo llamamos bombardeo a la plaza. No decimos la masacre de la Plaza.  

APU: Hablás de eufemismos, del juego de palabras, de sus verdaderos significados, sin embargo utilizás palabras fuertes y directas, como si de alguna manera estuvieras rompiendo con ese esquema estructurado de la casa de la infancia: ¿sentís que recreás el lenguaje?

F.G.: Sí, recreo el lenguaje. Y al recrearlo sencillamente se exponen los resultados de esa indagación personal. De mi experiencia que, evidentemente, es la voz de un tipo que se cría en un hogar gorila y a su vez quiere mucho a su padre y a su madre a pesar del discurso que representan. Creo que el libro a su vez es amoroso. Perdona y pide perdón. Porque en algunos momentos yo también ejercí el discurso de esa clase.

Pero un dolor siempre me acompañó: el recuerdo de la desaparición del hermano de una compañera de colegio. Verla llorar y permanecer indiferente a ello fue algo tremendo que no me perdoné nunca. Me ha pasado, de grande, cuarenta años después, que tuve que detener el auto en la banquina porque recordando a mi compañera de colegio y a su hermano, me largué a llorar desconsoladamente. Siempre le quise pedir perdón. Creo que Las Invasiones fue un modo de pedir perdón.

APU: ¿Cómo fue el desdoblamiento o cuándo te diste cuenta que había otra mirada de los hechos?

F.G.: Siempre me di cuenta de que había otra mirada de los hechos. Siempre. Nunca comulgué con el discurso de la derecha. Es una cuestión de sensibilidad. Pasa que nuestra sensibilidad está algo adormecida. Los que nos dominan ejercen tan bien el control mental sobre nosotros que ni siquiera nos rebela el hecho de ver gente durmiendo en la calle. Nos parece natural y no mezquino el hecho de que haya ricos y haya pobres. Y más que pobres, indigentes.

APU: En tu obra se construye una interpelación a la lenguaje oficial, a la historia o a la sociedad civil indiferente, a las fuerzas armadas ¿Das cuenta de lo revelador de tu relato al deconstruir tu propia historia, compartirla y hasta acercar un lenguaje para algunos desconocido?

F.G.: Claro. En otras épocas alguna gente creyó conveniente, no sé, la lucha armada. Yo no tengo ni quiero tener armas. Mi arma fue mi libro. Un libro  que cuenta, poéticamente, mi historia y también la parte de la historia que me tocó vivir. Me pasó el proceso, Videla, Galtieri, la guerra de Malvinas, me pasó Alfonsín, la colimba,  Néstor y Cristina. Me pasaron los procesos neoliberales. Maradona y Messi. 

APU: Es muy interesante tu manera de abordar desde la analogía de la Excursión a los indios ranqueles con una época y con la mirada de un sector hacia “el otro” distinto…

F.G.: Por eso es que se conecta con Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V Mansilla. También, con disidencias, hay una lectura amorosa sobre ese libro. No deja de señalarse la pertenencia a una oligarquía pero también, no deja de apreciarse la buena literatura ni la extrema sensibilidad del autor. Mansilla construye una crónica, una historia, que nos pinta, desde un sesgo, un cuadro de cómo eran los ranqueles y sobre todo Mariano Rosas, el gran cacique, hijo de Painé quién fue un político extremadamente hábil. Mantuvo indemne a la Nación ranquel durante décadas. Hasta que murió y entonces, Mitre y el teniente Racedo arrasaron Leubucó, donde vivían. Se robaron sus tierras y también sus huesos. Expusieron su cráneo en el Museo de Ciencias Naturales, como si fuera una cosa. Tendrían que haberle hecho una estatua: Mariano Rosas fue mejor político, creo, que todos. O que casi todos. Nunca supimos apreciar el modo de vivir de los ranqueles, ni de las comunidades originarias. Invadimos su ambiente y arrasamos. Y así estamos. Nada va a funcionar honestamente si no revisamos el modo que tuvimos de insertarnos a la madre tierra. Producir es un concepto que nos está llevando a la destrucción. Y encima, la renta de esa producción está injustamente repartida. Nada que hacer. Es muy difícil mirarse al espejo sin cuestionar nuestra inteligencia.

APU: ¿Estás trabajando en un próximo libro?

F.G.: Sí. Estoy escribiendo otros libros. Me costó un poco salir de la tónica de Las invasiones. Fue un libro muy fuerte que marcó un antes y un después en mi vida como escritor. También porque circula mucho. Ese libro y Cumpleaños en la Isla de Ediciones Cienvolando, fueron libros de los que constantementetengo devoluciones y variadas opiniones. También fue un libro que, sin ser de poesía, me habilitó como poeta, algo que me daba mucha timidez.

Actualmente trabajo en una novela que tiene como protagonistas a unos japoneses. Se inicia en la Segunda Guerra Mundial, en Yokohama y narra cómo vienen escapando de la pobreza de posguerra a instalarse en Florencio Varela para iniciar un cultivo primero de huerta y luego de plantas ornamentales. Acompaña a varias generaciones. Comienza en 1943 y termina en 2011 con los bisnietos. Son dos tomos. Se llama: Una novela casi japonesa. El título se lo debo a mi maestro, Hugo Correa Luna.

Estoy escribiendo también un libro de cuentos. Los cuentos son lo que escribo cuando descanso de las novelas. Tal vez salga el año que viene. Se llama La Continuidad. Otro libro en el que trabajo, también de cuentos, se llama la Desmesura. Está relacionado con la magia de los jardines.  Como verás, a pesar de todo, no he parado de escribir.  

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Fractura comparte un fragmento de Las invasiones ranqueles según mamá

El nombre de la caca

“A una hermana de mamá, de chica, parece que le dieron electroshock.

Mamá decía que había que limpiarle la cama toda cagada. Lo decía con otras palabras. Decía limpiar la cama, nada más. La cama completamente.

Con las convulsiones causadas por la aplicación de la electricidad sobre su cuerpo, la chica se cagaba. Tendría quince. La solución a sus angustias fue darle electroshock. Oh, doradas épocas de la psiquiatría.

En casa de mis papás no se podían decir palabras malas. No se podía decir limpiar la mierda de mi tía. Se buscaban otras palabras, se les cambiaba el contenido, el significado: eufemismos. Son expertos en eso: dicen juntos, pero están diciendo separados. Dicen ahora podés emprender, pero es que te quedaste sin trabajo. Cuando te dicen te estoy ayudando, te están dando electricidad. Nada como alguien fuera de escuadra, encasillado de loco como para subvertir el orden establecido en una familia, célula básica de la sociedad, carajo, viva la patria. Lo que no se puede es decir todas las palabras que uno quiera; palabras que existen, que están disponibles, que podemos elegir para arrojar como piedras, como puñales para cortar mejillas. Ellos dicen qué palabras son correctas y cuáles son las que están prohibidas. Palabras que no se pueden decir: caca, por ejemplo. Electroshock sí se puede”.