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Fractura //// 17.11.2018
El tiempo se atarda cuando cruza silencios

Estas líneas de Fractura, suplemento literario de APU, se esfuerzan por lograr un doble rescate: traerles la mirada sutil de un Arlt lector de poesía y los versos criticados en cuestión, que no son otros que los del primer libro del tucumano Sixto Pondal Ríos.

Por Norman Petrich

Entre los libros de poesía que aún conservan su lugar en los estantes de mi biblioteca figura la edición de los poemas completos de Sixto Pondal Ríos que realizara la Fundación Odol, tras su muerte.

Siempre me llamó la atención la simple belleza de su primer libro, Balada para el nieto de Molly, y la imposibilidad del autor de alcanzar dicho clima en los que le siguieron (Esto último es subjetivo, por supuesto).

Sixto Pondal Ríos es un escritor nacido en San Miguel de Tucumán y que vivió desde joven en Buenos Aires. Su obra poética: Balada para el nieto de Molly (1928), Amanecer en las ruinas (1933), y Los rostros transparentes (1959), recopilados los tres más algunos poemas inéditos en la publicación póstuma que lleva el título de Obra Poética (1970). Ejerció el periodismo en Crítica y después en Noticias Gráficas. Su quehacer literario no termina en lo poético sino que, siempre junto a Carlos Olivari, realizó una extensa cantidad de obras para cine y teatro (setenta y seis).

Pero no era esto a lo que quería referirme: en ciertas ocasiones (pocas, debería agregar), un escritor consagrado recibe en sus manos un buen primer libro. Sabiendo del peso de su palabra, siente la necesidad de dar a conocer su existencia al público masivo brindándole su apoyo a través de una nota o similar (cosa que sucede todavía en menos ocasiones). Algunos envidiosos podrán decir que desde ese momento el elogiado corre con "el caballo del comisario", pero ese es tema para otro trabajo.

Lo importante aquí es que ante un buen libro hay alguien que deja de lado ese egoísmo de bolsillo de todo escritor y lo difunde sin segundas intenciones. Y en el caso en que me refiero en particular, ese alguien fue nada más y nada menos que Roberto Arlt, quien desde su columna del diario El Mundo (sus famosas Aguafuertes) comentó y elogió el libro de Pondal Ríos.

Y lo hizo desde una posición sencilla: marcando cuáles eran las razones por las cuales, usted lector, debería leerlo. Nada de extensos ensayos que digan “miren que bien entiendo lo que dice el transcurrir de la poética de este escritor”, ni cruzamientos de corrientes, vanguardias y gustos estéticos para marcar de dónde viene y a dónde va.  Lo hizo desde una simple y aguda mirada de lo cotidiano.

El objetivo de esta nota es realizar un doble rescate: la sutileza de Arlt como lector y crítico de literatura y los versos del tucumano.

Hasta aquí los acompaño. Por más, pasen y lean.                                                          

Un buen libro

Es el libro de un muchacho de 23 años y se titula Balada para el nieto de Molly. Lo escribió Pondal Ríos. Salvo una que otra revista literaria, nadie se ha ocupado de él, y eso es todo. Por lo general ocurre así con los libros buenos. El vacío se hace entre los mismos compañeros de armas, quiero decir, de pluma; y el autor, que tiene conciencia de haber hecho algo bueno, se roe las uñas esperando justicia. Y es que un libro bueno es como un insulto hecho al amor propio de los demás. Sólo se comenta, y con regocijo, con una especie de alegría taciturna, el fracaso de los autores. Entonces sí que las lenguas se menean y las almas resplandecen. Un competidor menos, una esperanza más al bombo. El país es magnífico y todos somos amigos. Menos mal.

El libro es todo un poema en prosa que consta de veinte cantos arbitrarios, teñidos de color a veces; como un tapiz monótono y triste otras o aferrándose a la desesperación de un amor ¿Es ésta la frase? Quizás si, quizás no. Yo consideraría englobada la esencia del libro en estas palabras de su mismo autor: “Vivir es la tristeza de ir haciendo recuerdos”.

Y el contenido de los cantos se desliza entre esta realidad prolongada a través de las páginas: “Yo te veré desde este rincón donde se amontonan las horas que van cayendo de mi vida”.

De ahí que este libro se deslice ante los ojos del lector como una visión de paisaje tras de la ventanilla del tren en un día de neblina. La Vida y la Muerte se pierden a lo lejos “en el país de donde viene el tiempo”.

Lo curioso es que se trata de un libro movido por la angustia del vivir. La angustia  de todo lo que pasa, la angustia de saber que lo que hoy deseamos no nos interesa mañana; la pena de saber que “los hombres amaran otros cantos” y que “las músicas que ella amó ya estarán muertas”.

Y lo curioso es que todo este pesimismo lo englobe un muchacho a la edad en que la mayoría de los hombres sólo amontonan frases; y que lo englobe tan sinceramente sin que en todo el libro encontremos una frase falsa, algo que suene a tambor.

He aquí la eterna queja de los amantes a través de todos los tiempos, expresada con más flamante desesperación:

“Ella no me quiere porque nunca ha mirado al mundo desde atrás de mis ojos. Porque no puedo mostrarle mi vida como se muestra un niño”.

“Ella me querría si me conociera como Dios o como el silencio de mi cuarto. Si yo pudiera destruir mi rostro, hasta que se viera mi pensamiento. Si ella pudiera llegar hasta acá, donde estoy, dentro de mis manos y detrás de mi frente”.

Y el patético tono de amor se eleva tanto que en un momento se le escapan estas magníficas palabras: “La quiero tanto que a veces la recuerdo encontrándome a su lado”. Y esta otra: “Viajar. Yo fui desde sus ojos hasta su alma. Ningún país queda tan lejos”.

Y esto, esto que es tan sincero, tan verdad: “Y pienso en los hombres que hasta poseen la admiración, la felicidad o la vida de los otros. Pienso en los violinistas célebres, en los capitanes famosos, y en los industriales soberbios. Pienso en ellos al entrar en su casa. Yo quisiera llevarle en homenaje algo que le hubiera quitado a los demás”.

Pondal Ríos ha encontrado el modo de expresar su ingenuo amor. Él sabe que todo lo que ha sentido lo sintieron todos los que le precedieron y ya no son, pero ello no le importa, y entonces se aferra a su angustia con la alegría que nace de su deliciosa juventud. Y dice entusiasmado: “Escucho sus palabras como viajeros que llegarán de un país querido”. Y a medida que va revisando la angustia de los amantes, encuentra que la felicidad está en sufrir y entonces dice: “Le pido que hablemos más despacio. Que no hablemos. Porque el tiempo se atarda cuando cruza silencios”.

Leyendo este libro recuerda uno el tono de Ricardo Güiraldes en Jamaica y los Poemas Solitarios. Pero no por imitación, no; sino por la nobleza de la construcción, que es algo muy distinto. Este joven escritor se parece al desaparecido por la íntima grandeza en sentir las cosas; así como Güiraldes recuerda a Saint-Leger, a quien él estimaba y tradujo.

¿En qué consiste este tono? En una actitud del hombre frente a la vida. Esta actitud es psicológica y se compone de acatamiento frente a lo inevitable, entremezclado de recuerdos; pero de recuerdos que también conservan una solidez sentimental, de manera que el conjunto aparece reanimado de una violencia reprimida. El lector tiene perfecta conciencia de que el autor pudo haber escrito muchas palabras más; pero que no lo quiso hacer por pudor, confiando en que la temperatura del tono revelaría lo que le animaba la vida.

El libro tiene sus defectos, no vamos a callarlos, porque si no el autor se va a creer un genio y eso es malo; pero los defectos son pocos, de estilo, es decir, de excesiva condensación, mas estas jorobas que se las trate el autor. Del futuro no hablemos, si producirá libros mejores o peores sólo el tiempo lo dirá. En tanto cabe garantizar que éste es bueno, más bien muy bueno, y ello valer mucho. Nada más.

(Diario El Mundo, 19 enero de 1929)

 

 

Poemas

Y tú no sabrás nada de mí.

No conocerás mi voz. Ni en el rincón más obscuro y silencioso quedará un pedazo de esta voz con que le hablo.

Porque entonces ya habré muerto, y ese día, de tan buenas y humildes, todas mis palabras se habrán ido al cielo.

 

No conocerás mi rostro. Me habré ido de todos los espejos. Hasta me habré ido de mis manos y de detrás de mis ojos.

Morimos demasiado. Es inútil detenerse frente a un muro para dejar la última sombra y el eco de las últimas palabras.

 

No sabrás de mí. Nadie te dirá mi nombre. Por eso yo te grito desde aquí, desde este día, para que sepas que yo estuve en el mundo.

 

4

Y tú no sabrás de ella.

No conocerás el brillo que tenían sus ojos y su nombre.

La que es hoy ya se habrá ido, como esta luz y este momento. Será tan lejana para ti como para los hombres que la ignoren dentro de mil años.

La que es hoy, para ti, estará tan lejana y perdida como el día vivido ayer para nosotros.

Acariciarás el mismo rostro que yo veo, pero su juventud y su belleza habrán muerto en la atmósfera, como el ademán concluido de un brazo que descansa.

Enredada entre sus dedos dormirá la alegría de sus manos.

Y ya nadie, al llamarla, sentirá en la boca el sabor de fruta que tenía su nombre.

Pensaba cosas tan felices que sus palabras tenían colores más alegres que los vidrios de sus collares.

El mundo se ponía contento cuando ella lo miraba. Era tan buena que nunca tuvo necesidad de llorar.

 

7

Todos los días que he cruzado han sido yendo hacia ella.

Hacia el lugar de mi vida donde me esperaba.

 

(A veces pienso que pudo vivir sin conocerme,

Cuando yo para ella, era menos que un muerto.

¡Ah, si pudiese morir hasta el momento en que la vieron mis ojos!

Debió nacer cuando yo dije su nombre por primera vez)

 

La quiero tanto

Que a veces la recuerdo hallándome a su lado.

La miro, de espaldas al mundo y a mi vida.

 

¿Cómo estará mi vida cuando retorne a ella

El día triste en que me vaya de su afecto?

 

Quiero estar a su lado. Ya no pienso en otros cielos y otras tierras.

Mis viejas esperanzas apenas son recuerdos.

¿Viajar? Yo fui desde sus ojos hasta su alma.

Ningún país queda tan lejos.

 

Llevo su imagen quieta en mis pupilas.

Por eso mis paisajes son alegres.

Aún escucho su voz cuando pienso en mis últimos días.

Su nombre llega hasta mi muerte.

 

10

Se que nunca me amará, por más que le haga versos.

Que mis brazos se extiendan hacia ella, implorantes como miradas,

Y que la recuerde cada vez que me veo en un espejo.

 

Ella no me quiere porque nunca ha mirado el mundo desde atrás de mis ojos.

Porque no puedo mostrarle mi vida, como se muestra un niño.

 

Ella me querría si me conociera como Dios, o como el silencio de mi cuarto.

Si pudiera destruir mi rostro, hasta que se viera mi pensamiento.

Si ella pudiese llegar hasta acá, donde estoy, dentro de mis manos y detrás de mi frente.

 

14

En medio de la tarde

Somos dos corazones

Latiendo la tristeza del paisaje.

 

Todos los caminos están regresando.

 

Le pido que hablemos más despacio,

Que no hablemos,

Porque el tiempo se atarda cuando cruza silencios.

 

Otra tarde.

Otra jornada hacia el final del tiempo.

Ya hemos hecho otra legua irremediable.

 

Para construir este momento

Ella me dio toda su pena.

Vivir es la tristeza de ir haciendo recuerdos.

 

Sentimos cómo crece en nuestros pechos una muerte pequeña.