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Fractura //// 23.02.2020
Cuéntalo otra vez, Ray

Fractura, suplemento literario de APU, recuerda a Ray Bradbury en el centenario de su nacimiento: “Poética de la galaxia, filosofía existencial para habitantes de planetas lejanos y pilotos de naves”.

Por Norman Petrich

 

Fractura, suplemento literario de APU, recuerda con este texto a Ray Bradbury en el centenario de su nacimiento:

Nos dijo. Nos advirtió que si se dormía le diéramos la espalda.

Pero esas historias eran tan hermosas. Imposible no mirar lo que ellas contaban, aunque lo que narraban pudiera provocar espanto.

Por nuestras retinas cruzaron bomberos que ya no apagaron incendios sino que quemaron libros, un peatón fue el último voyeur en un mundo donde es prohibición circular caminando por la calle, pero también algo que podía ser aplastado legalmente por un auto.

Un cuarto de juegos se convirtió en el escenario ideal para que alimente a los leones el parricida, un asesino, alguien que elimina en forma serial la vida tecnológica e increíblemente los hombres fuimos capaces de arrancarle un pequeño trozo de carne al dios Sol.

Pudimos ver cómo Poe, Bierce, Shakespeare y otros conspiraron en el exilio espacial contra una ciencia que prohibía los libros de terror y fantasía, una verdadera guerra contra el progreso; conocimos Ciudades que piensan, huelen, respiran, ven y palpan, mientras la raza negra pobló Marte.

Sobre todo eso: tocamos Marte.

Refugio de moribundos o de viejos, nuestro posible invasor, un lugar accesible sólo para ricos, el mismo sitio invernal que se hace verano con el calor de un cohete, el destino final para los que escapan de las guerras atómicas, el planeta que puede ser arrasado por la llegada del hombre. No sólo por su tecnología, sino por la devoradora cultura que lo acompaña, que se impone, que conquista lo que toca.

Y vimos cómo la colonizamos y luego la abandonamos, mientras allí siguieron trabajando los robots que dejamos atrás.

Poética de la galaxia, filosofía existencial para habitantes de planetas lejanos y pilotos de naves.

El destino (lleguemos a la convención de llamarlo así) quiso que te subieras al caballo por la izquierda y te bajaras por la derecha, pero eso no nos libera del hecho de saber que nos dijiste, nos advertiste, que si los tatuajes se movían no miráramos.

Como suele suceder en estos casos, ahora que estás dormido, no dejamos de hacerlo.

Vos eras el Hombre Ilustrado, las ilustraciones que se movían, tus cuentos.