fbpx Oxígeno: un poco de aire puro entre tanto bodrio futurista | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Entretenimiento //// 05.06.2021
Oxígeno: un poco de aire puro entre tanto bodrio futurista

Una pequeña apuesta hecha íntegramente en francés demuestra que todavía es posible hacer una buena película sin la necesidad de ser pretenciosa. Llevar adelante una historia de la mejor manera, explotando las posibilidades narrativas y visuales, sigue siendo el camino a seguir. 

Por Norman Petrich

En tiempos en que las plataformas multiplican las producciones donde se definen los posibles futuros que la humanidad apenas si empieza a sospechar— o soñar— en los días que corren, y lo hacen a través de cantidades de efectos, puestas de escenas y trucos que lucen muy bien pero cuentan muy poco, una pequeña apuesta hecha íntegramente en francés viene a demostrar que todavía es posible hacer una buena película sin la necesidad de ser pretenciosa. Eso es Oxígeno

Elizabeth Hansen (Melanie Laurent) despierta rodeada de sonidos de alarma y luces rojas encendidas en un espacio que, tras la desesperada lucha inicial por liberar sus extremidades de distintas “ataduras” que la mantienen inmovilizada, rápidamente descubre que se trata de una cápsula criogénica. Al hecho de no recordar cómo llegó allí, ni siquiera cuál es su nombre, se le suma el descubrir un abrupto descenso del nivel de oxígeno, producido por una falla técnica, que le es comunicado por una inteligencia artificial, MILO, su Operador de Enlace de Interfaz Médica (Medical Interface Liaison Operator en inglés, en la voz de Mathiu Almaric). El único camino que tendrá Liz para evitar un final por asfixia será reconstruir lo sucedido buscando las respuestas en sus recuerdos sin la posibilidad de dejar el habitáculo. 

Oxígeno logra mantener la tensión en sus cien minutos de duración casi sin moverse del escenario principal. Una situación casi claustrofóbica que sólo es abandonada cuando la protagonista tiene algún flashback, donde aparece la figura de su esposo Léo Ferguson (Malik Zidi), o puede realizar llamadas al exterior a través de MILO a una especie de 911 y a las personas que, piensa, le pueden ayudar. Clichés dosificados y hasta necesarios que se contraponen con la angustiante realidad que está viviendo. Todo un logro para un Alexandre Aja que nos tenía acostumbrados a ataques de pirañas o seres mutantes

La forma en que los datos van surgiendo en pequeñas cantidades logra que el clímax sea llevadero y el espectador empiece a descartar posibles respuestas a preguntas como dónde está la cápsula en la que está encerrada Liz y por qué se encuentra en dicha situación. Pero otras contingencias empiezan a tallar en la trama ¿Hasta dónde es capaz de llegar la ciencia humana? ¿Hasta dónde puede coercionar para lograr sus objetivos? ¿Será capaz de controlar el cuerpo y, lo que suena aún más interesante, su memoria intacta más allá de él? ¿Cuánto aporta todo esto a la preparación de un terreno más propicio para la aparición de un agente externo que nos arrime a la extinción y cuán ética, además de probable, puede ser nuestra respuesta a una posible salida para ese escenario?

Lo cierto es que esta película minimalista se sostiene, en gran parte, por el guión de Cristhie Leblanc, que escapa a los facilismos, y a la consistente actuación de Laurent. Los pequeños y constantes giros en la trama, así como la frustración de Liz tras los fracasos en cada uno de sus intentos, van en aumento al mismo tiempo que el oxígeno se consume. La forma en que Leblanc logra introducir distintas obsesiones del género futurista distópico con otras que son más cercanas al drama y la manera en que la actriz hace creíble su desesperación, en contraste con la monótona aunque siempre calma y cálida voz de MILO, hacen que algo que transcurre en tiempo casi real y en un espacio reducido resulte verdaderamente atrapante. Punto a favor de un Aja que lleva hasta el límite el trabajo de las cámaras en una fórmula tan acotada que, por supuesto, tiene un muy buen aliado en el montaje.  

Oxígeno es una película pequeña, que corta con el aluvión de bodrios de producciones parafernalias o de reconocidos actores que se meten, también, a dirigirlas. Lo hace con el simple hecho de contar una buena historia y llevarla delante de la mejor manera, explotando al máximo las posibilidades narrativas y visuales, sin la necesidad de que transcurran largos minutos en los que, detrás de las luces de colores, verdaderamente no sucede nada. Y eso no es poco. Si se entienden estos límites, estamos ante una largometraje digno de ser visto y que no pasará desapercibido para aquellos que no se conforman con las trilladas sugerencias que les suelen arrojar los algoritmos de estas plataformas.