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Entretenimiento //// 07.05.2022
Matar a la bestia: una exploración crítica y multifacética

El primer largometraje de Agustina San Martín propone un viaje de autodescubrimiento que atraviesa distintas fronteras y estilos, destacando en particular la construcción de tonos y climas. Agencia Paco Urondo dialogó con la directora y guionista de Matar a la bestia.

Por Diego Moneta

Si realizar una obra cinematográfica es llevar a cabo algún tipo de exploración Matar a la bestia cumple con las condiciones de la definición. Tras haber recorrido numerosos festivales, el primer largometraje de Agustina San Martín llegó a las salas de nuestro país el 5 de mayo. En diálogo con Agencia Paco Urondo, la directora y guionista cuenta que la idea nació de querer ver una "película sobre el deseo sexual femenino"— sin definirlo como tal— atravesado por los "tintes del terror y la incertidumbre de la oscuridad y el misterio".

Luego de haber estrenado reconocidos títulos de corta duración como No hay bestias, La prima sueca y Monstruo Dios, esta obra “gótica tropical” nos propone análogamente la búsqueda de su personaje principal y de la propia San Martín. La autora afirma que el salto al largometraje era su "sueño absoluto" desde el inicio. Si bien comprendía la necesidad del cortometraje para mostrar su perspectiva, comenzó a utilizar el recurso para recaudar fondos. El guión de Matar a la bestia lo escribió hace diez años.

Emilia Otero (Tamara Rocca) viaja desde Buenos Aires a un pueblo en medio de la selva misionera, en el límite entre Argentina y Brasil. Tras la muerte de su madre, va en búsqueda de su hermano Mateo, al que no ve hace tiempo y desconoce su paradero exacto. No hay señal de celular, se habla una mezcla particular de idiomas y pesa el evangelismo. La protagonista se instala en la posada de su tía Inés (Ana Brun), que alquila habitaciones a turistas y viajeros y que no se lleva de la mejor forma con el resto de la familia.

En ese espacio fronterizo, tanto de los países como de lo fantástico y de lo real, hay una particularidad: se dice que una bestia— el espíritu de un hombre malvado—, que toma la forma de diferentes animales, acecha el pueblo y se ensaña con las mujeres, conformando una nueva delimitación. Todo es pasible de ser una fuente de temor. Sin embargo, a sus 17 años, a Emilia le depara un viaje de autodescubrimiento, a partir de la irrupción de Julieth (Julieth Micolta), en el que deberá enfrentarse a traumas del pasado.

San Martín construye en el guion el recorrido desde los miedos iniciales hasta cierta curiosidad y liberación en una atmósfera híbrida, signada por lo onírico, pero que genera tonos y climas distintos con facilidad. La directora siempre consideró ese tipo de herramientas "muy elevadas y excitantes" ya que permiten un "campo de juego" más grande para la narración. En esa instancia, son claves el diseño del sonido y la fotografía y el uso de la elipsis— contrario al habitual— para apelar a una poética del tiempo. A lo largo de poco más de una hora, y a pesar del riesgo usual de resultar tedioso, el film confía en la inteligencia del espectador para la interpretación de giros que materializan una determinada percepción sobre los mitos que apelan al control de la libertad de las mujeres. 

Matar a la bestia coquetea con el realismo, pero se mueve más en un espectro lyncheano. A aspectos que pueden remitirse a la forma de concebir el cine de Lucrecia Martel, como la construcción de atmósferas y el erotismo, San Martín le agrega su impronta personal arriesgada. Reconoce la influencia de Pedro Costa, y de obras como Luz silenciosa, de Carlos Reygadas, y Once upon a time in Anatolia, además del cine de terror— en especial ochentoso—, que se evidencian en el nombre de la película y en cierta ambientación.

La trama permite el abordaje de un abanico de tópicos con críticas más o menos implícitas al machismo y a la sociedad patriarcal, dada la posición de las figuras masculinas en los mitos de América Latina como aleccionadores de mujeres desobedientes. A su vez, San Martín destaca que una de sus referencias favoritas es Nazareno Cruz y el lobo, por la "apertura de puertas que significó" y que quiso honrar con esta obra en particular.

Más allá de ambigüedades narrativas, contrarrestadas por la potencia de lo sensorial, Matar a la bestia se confirma como un film lleno de riesgos, búsquedas y hallazgos, tanto a nivel ficción como profesional. Una crítica que propone que, así como Emilia decide enfrentarse a su bestia, la audiencia también lo haga con las propias. San Martín ya se encuentra trabajando en otros guiones para algunas plataformas y busca poder dirigirlas.