fbpx Esta mierda me supera: ¿por qué amamos las series retro? | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Entretenimiento //// 06.03.2020
Esta mierda me supera: ¿por qué amamos las series retro?

Adolescentes vestidos con ropa vintage que viven en pueblos que parecen haber quedado suspendidos en los ochenta, en una convivencia armónica con smartphones, tocadiscos y objetos analógicos. Si trazamos un línea entre las nuevas series de Netflix, vamos a encontrar muchas similitudes estéticas entre Stranger Things, The End of the F***ing World, Sex Education y I Am Not Okay with This, el último estreno de la plataforma. 
 

Por Nicolás Adet Larcher

I Am Not Okay with This (Esta mierda me supera) es una serie coming of age basada en un comic de Charles Forsman que parece una fusión entre Stranger Things, The End of the F***ing World (que también pertenece al mismo autor) y Carrie, el clásico de Stephen King. Una chica adolescente llamada Syd descubre que tiene poderes mentales que se disparan cada vez que siente bronca con el mundo que la rodea. Es una serie que se puede devorar en dos horas, y que deja la puerta abierta para una segunda temporada con toda la carne al asador. 

Syd no solamente tiene que lidiar con sus poderes, también tiene que lidiar con su madre, el suicidio de su padre, su depresión y sus inquietudes sexuales. Syd y sus amigxs se comportan como adolescentes del siglo XXI, pero se visten y consumen productos culturales de otra época, en una ciudad con autos y comercios con una estética atemporal.

¿Pero eso pasa solamente con Netflix? El punto es que la plataforma apenas reproduce algo que lo excede: un mundo que no sabe qué década quiere ser. Las grupos indies se visten como si fueran pibes de los noventa, las películas de Wes Anderson traen escenarios y personajes lookeados en otra década que parece del treinta, las bandas aparecen en Spotify pero también en vinilo y cassette. 

¿Por qué? ¿En qué momento nos hicimos adictos al mundo retro? ¿Por qué la cultura del presente vive prendida del pasado? Eso se preguntaba el crítico Simon Reynolds en 2011 en su libro Retromanía: la adicción del pop a su propio pasado. El libro es interesante porque analiza cómo desde principios del 2000 empezamos a transitar años de remakes, revivals, reediciones y todo el reciclaje de otras décadas. Nunca hubo tantos “re” como ahora. El nuevo siglo nos sumergió en la reproducción de décadas anteriores, aunque aclara Reynolds que, en realidad, todo lo que hacemos desde la década del 50 es reciclar lo que vivió el mundo en esos 10 años. Parece mucho.

Internet facilitó esa exploración. Nunca el pasado estuvo tan a mano como en estos tiempos y nunca fue tanto el volumen de música, películas, libros y series a los que pudimos acceder sin movernos de nuestra casa. Hubo muchas remakes malas, lo sabemos. Pero también sirvieron para que las nuevas generaciones tuvieran disparadores para conocer grandes clásicos. Ya lo naturalizamos, pero todavía sorprende que cualquiera pueda leer - por ejemplo - sobre la vida de George Méliès en Wikipedia o algún libro de papel, y pegar un vistazo a sus películas en YouTube sin hacer mucho esfuerzo. ¿Que tenían que hacer nuestros padres en años anteriores si querían acceder a todo ese material?

Vivir en ese pasado idealizado y nostálgico nos ayuda a transitar un presente acelerado, que va mucho más rápido de lo que podemos procesar. Todo es más salvaje, precarizado, digitalizado y monetizado que antes. Aferrarnos a objetos que puedan tocarse y olerse nos ayuda a evitar la incertidumbre de la suspensión digital. Volver a lo conocido por generaciones anteriores nos da seguridad. Queremos lo funcional con la estética de antes. Sacamos miles de fotos con el teléfono celular, pero cuando se nos llena la memoria no damos muchas vueltas para sacrificarlas. Todavía no encontramos algo que nos genere la misma sensación de preservación de nuestra memoria que una fotografía impresa en nuestras manos. 

Elizabeth Guffey, autora de otro libro sobre la cultura retro (Retro: The culture of revival) decía al diario El País: "Yo diría que el pasado nos ayuda a dar sentido a cosas que van demasiado deprisa. El futurismo que ha dominado gran parte de la cultura popular del siglo XX ha muerto. Si pensamos en cómo será el mundo de aquí a cien años, la mayoría de nosotros nos quedamos en blanco. Pero si se lo preguntabas a nuestros abuelos, te hablaban sin dudar de coches voladores, vacaciones en la Luna...".

Series como Black Mirror y Years and Years en otro momento podrían haber sido un buen ejercicio de futurismo, pero eso no queda tan lejos cuando escuchamos lo que dice Edward Snowden sobre lo que saben de nosotros, o vemos a Jair Bolsonaro y Donald Trump llegando al poder. 

Las decisiones estéticas de atemporalidad en el mundo audiovisual - y en el real - probablemente se deban a que no sabemos qué versión del pasado queremos ser; y tampoco sabemos cuál es el golpe que nos espera en la esquina del futuro. Somos un resumen de décadas emparchadas que tratan de aguantar un presente a las apuradas. Saboreamos nostalgias ajenas porque crecimos en un mundo que se preocupa más por sentir que por entender, y a veces parece que con eso nos alcanza.