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Entretenimiento //// 20.03.2021
El padre: una guía sobre cómo afrontar la pérdida

La ópera prima de Florian Zeller es la puesta en escena de un corazón tomado por la memoria, donde Anthony Hopkins se transforma en su principal voz argumental. A su alrededor, se construye un ecosistema revuelto y confuso. Nominada a seis Premios Oscar, es la pérdida hecha memoria, es la película que hacía falta contar.

Por Manuela Bares Peralta

Hace unos años me prestaron un libro y me dijeron que abra una página cualquiera. Se suponía que ese fragmento me iba a ayudar a terminar un texto sobre el que estaba trabajando. Abrí y leí: “Pero este año, mamá le anticipó a tu hermana que no habría ni arbolito ni pesebre. Tu hermana se puso a llorar. Buscaste consolarla, explicarle que estas fiestas no iban a ser como otras. Pero, cuando la abuela muriera, las fiestas iban a recobrar la alegría. Tenía que ser paciente, esperar. La abuela se estaba muriendo, le dijiste. Los que nos estamos muriendo somos nosotros, te devolvió”. En esas oraciones que escribió Guillermo Saccomano en El buen dolor se resume la pérdida. Las enfermedades degenerativas tienen eso, saquean al enfermo pero también a todos los que lo rodean. Nos convertimos en espectadores del deterioro y la pérdida lenta, organizamos un funeral eterno.

A ese mismo lugar nos traslada El padre, una obra pensada para el teatro, pero exitosamente adaptada al cine por su mismo creador. Aunque, a diferencia de otras, su originalidad radica en cómo decide contar la historia. El guión que compusieron Florian Zeller y Christopher Hampton (Expiación, Deseo y Pecado) escenifica el proceso de la pérdida en primera persona, en lo que le pasa a nuestro propio cuerpo y cabeza cuando nos olvidan, en cómo nos acostumbramos a morir.

La vida transcurre adentro, en un laberinto de pasillos, cuartos y puertas. Los recuerdos se dinamitan, los personajes desaparecen, los diálogos se discontinúan. Todo tiene un ritmo frenético. Ese es el acto fundacional de la obra de Florian Zeller, el de la enfermedad que avanza.

Anthony ya no recuerda, no como antes. Su hija Anne se encarga de cuidarlo, aunque nunca es suficiente. La demencia fue poblando partes de la casa y construyó nuevas obsesiones, como el reloj que pierde y encuentra casi de forma mecánica. Los días se extienden, ya no empiezan ni terminan. Estamos atrapados en la rutina de esa casa, en los olvidos y confusiones del padre que marcan su tiempo narrativo.

 

Un ex esposo que cambia de rostro, un viaje a París que amenaza con posponerse, la casa que deja de ser propia para transformarse en prestada. La puerta del cuarto que se cierra, la cena de pollo que se repite y los muebles que pierden su lugar en la casa. La ausencia de Lucy, su hija menor, pesa más que la presencia de Anne, su cuidadora. En las pequeñas acciones deliberadas en las que Anthony maltrata a su enfermera Laura y menosprecia a su hija mayor se esconde el último dejo de voluntad. Todo a su alrededor cambia, el presente, por momentos, no tiene sentido. La enfermedad se transforma en el acto fundacional de la obra, pero también de su vida; su otra vida, la de antes, ya no importa, es muy poco lo que sabemos de ella. Ahora en la acción sólo hay pérdida. Ahora, a medida que avanzamos, sólo vemos resistencia al dolor que se nos manifiesta.

La casa esconde en su interior otros escenarios, pero, sin dudas, es el panteón que eligió Florian Zeller para evocar la enfermedad de su abuela. El padre es la película que decidió contar para narrarnos su propia historia.