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Entretenimiento //// 19.06.2021
Disomnia: la pandemia puso fin al género postapocalíptico

Si las distopías, imaginar el fin del mundo y el género postapocalíptico ya eran cuestiones difíciles de abordar innovando, la pandemia provocó que todas estas temáticas nos parezcan más agotadas aún. En esa clave se inscribe Disomnia, en la que el sueño que escasea en la trama lo tenemos como espectadores.

Por Diego Moneta

La temática postapocalíptica, que en algún momento presentaba una oferta de grandes clásicos, hoy está convertida en un lugar común. De la misma manera, con la llegada del coronavirus Netflix colmó su catálogo con producciones del género, con ejemplos que van desde #Vivo hasta la reciente Oxígeno. Si aún quedaba algo que explotar, la pandemia terminó de agotarlo y provocó que el espectador se canse de verlo.

Entre tanta abundancia de epidemias, invasiones y catástrofes, y más allá de cualquier otro componente narrativo, el punto de partida debe ser la originalidad para plantear un nuevo riesgo para la supervivencia de la humanidad. En esa clave, Disomnia, la carta de Netflix estrenada la semana pasada, empieza mucho mejor de lo que termina. El término hace referencia a trastornos cuantitativos del sueño, que el film lleva al extremo de su imposibilidad. Nadie puede dormir. Ese eje lo acerca a otros largometrajes como El maquinista o Insomnia, protagonizada por Al Pacino

La apuesta está dirigida por Mark Raso, luego de haber estrenado en la plataforma Kodachrome, quien además escribió el guion junto a su hermano Joseph. La protagonista del relato es Jill (Gina Rodríguez), veterana del ejército, viuda y adicta en recuperación, que trabaja de noche como guardia de seguridad en el laboratorio de una universidad en Estados Unidos. Sus dos hijos, Noah (Lucius Hoyos) y Matilda (Ariana Greenblatt), están bajo la tutela legal de la abuela materna, Doris (Frances Fisher). 

Lo primero que nos enteramos es que ha habido un apagón global, con caída de satélites incluida, cuyo origen se desconoce. Sin embargo, también provoca que nadie pueda volver a dormir, lo que tal vez sea el único acierto de Disomnia. Ese escenario permite avanzar de manera rápida al colapso y habilita escenas con cierta irrealidad que no hacen perder la verosimilitud, ya que se supone que la falta de sueño degrada al organismo humano en muy  poco tiempo. Se plantea un cuadro generalizado en tres instancias: desorientación, delirio e histeria, desembocando en la muerte.  

Por eso es tan urgente encontrar una cura, que puede estar en Matilda, una de las dos únicas personas que no vieron afectada su capacidad para dormir. Su madre accede a llevarla al centro científico dirigido por la Doctora Murphy (Jennifer Jason Leigh), una vieja conocida de Jill, pero en el camino deberán lidiar con una sociedad que se descompone, en donde los recursos narrativos ya comienzan a parecer poco llamativos. De esta manera, tendremos una hora y media de un ritmo sostenido entre la acción y los riesgos.  

Disomnia es un thriller apocalíptico pero también psicológico, al igual que La mujer en la ventana, estrenada el mes pasado. Al mismo tiempo que se esfuerza por sostener la coherencia de la trama, abre aristas que quedan a mitad de camino y sólo le aportan confusión, como si la falta de lógica pudiera explicarse siempre a partir de una premisa que lleva a la locura. No alcanza con que la cámara se vuelva nerviosa y, en paralelo, es un exceso que alguien aclare la cantidad de días que lleva sin dormir para justificarse. 

De alguna manera cercana a producciones como A quiet place o Bird box, no se interesa por mostrar cómo se relaciona la humanidad en el contexto de crisis, a diferencia de otras producciones que podrían contribuir a nuestro escenario actual. En este punto destaca el rol desaprovechado de Barry Pepper, quien encarna al pastor de la iglesia a la que asiste Doris. No está mal correr el eje de la causa principal de la catástrofe, pero sí dejar sin explicación, por ejemplo,  por qué algunos automóviles funcionan cuando el resto no. Además, no pierde oportunidad para achacarle responsabilidad a China, en un comentario que suena muy forzado. 

No hay nada novedoso en Disomnia, y hasta la emoción más primaria, que funciona como motor argumental, termina resultando genérica. Ni siquiera ayuda la musicalización del brasilero Antonio Pinto, el mismo del último documental de Diego Armando Maradona. El ritmo acelerado y la decisión de dejar sin explicar cuestiones para aumentar el desconcierto no mantienen el interés, lo que lleva a que un final insatisfactorio, enredado en simbolismos,  sea considerado hasta coherente con el resto del film.  

Disomnia podría haber sido un gran thriller pero, a pesar de lo singular de su propuesta, no cumple con el objetivo principal: captar la atención del espectador a lo largo de toda su duración. No se aleja demasiado de lo ya conocido en el género y hasta podría ser bastante similar a Children of men, de Alfonso Cuarón. La pandemia agotó el escenario postapocalíptico y nos dejó cansados como para decidir ver algo y que parezca que no cambiamos de canal ni que dimos el salto hacia las plataformas.