fbpx Comunidad organizada o “pueblo resiliente”: para una singularidad justicialista, por Julián Ferreyra | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Debates //// 22.11.2021
Comunidad organizada o “pueblo resiliente”: para una singularidad justicialista, por Julián Ferreyra

El militante peronista y psicoanalista reflexionó sobre los desafíos que enfrenta el Frente de Todos. "¡Menos espiritismo neuroliberal, menos astrología de la conducta, más peronismo freudiano!", pidió. 

  • Peronismo y Freud, por Matías De Brasi

Por Julián Ferreyra* | Ilustración: Matías de Brasi

Antes que reflexión, estas líneas constituyen un borrador que intenta articular un discurso abiertamente parcial, tan valioso, útil o equívoco como lo que cualquier militante —con su rasgo más propiamente insondable y su estatuto eminentemente relacional a otrxs militantes y a un movimiento— puede estar fallidamente descubriendo horas después del domingo; siendo “militante” y “fallido” dos hechos necesarios desde una ética justicialista, en tanto materialismo virtuosamente espiritual, demasiado humano por apostar antes que sacrificar. No hay hechos más malditos que los que provienen de la conjunción de estos dos, siendo el actuar peronista el oficio imposible de articularlos.

¡Menos espiritismo neuroliberal, menos astrología de la conducta, más peronismo freudiano!: “sujeto del inconciente” es también una tercera posición frente a los dualismos demoliberales, allí donde rebalsa las migajas propias de un mero insight ombliguista, rehuyendo al mismo tiempo del policiamiento salubrista apropiador de goce, para transmitir como regla fundamental un cuidado de sí que coloca al otro en el lugar de Patria. Sincretismo lúcido, sacralidad profana que cumple y dignifica antes que vigilar y castigar.

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La trampa discursiva de época es disuadirnos, desmovilizar, en que lo injusto equivalga a necesario, siendo la respuesta “adaptativa” y valorada cualquier forma de la llamada resiliencia**. Resiliente sería entonces quien se hubiera embromado con neurótica docilidad, inhibido de ante mano en la posibilidad de cualquier respuesta colectiva. La resiliencia como explicación y consuelo sociales es un analizador de cómo el aplicacionismo reduccionista de los saberes “psi” contribuye indefectiblemente al sostenimiento de lo indigno.

La apuesta ética freudiana no se estaciona cómodamente en la mera “aceptación” de lo injusto, sino en la posibilidad de quebrar cualquier forma del statu quo, transformándolo. Esto último, claro está, si y sólo si quien conduce un psicoanálisis dota a su práctica de una ética en este sentido, dado que también, lamentablemente, hay un uso posmoderno y cínico del análisis que podríamos bautizar como resianálisis.

Volviendo sobre una definición del presidente Alberto Fernández en la noche del domingo, diré que el pueblo argentino fue y es resiliente solamente cuando la dirigencia y la política no ha estado a la altura. En esos momentos se nos condena al destino resiliente, silente, más propio de la subjetivación política uruguaya tipo Frente Amplio que del legado simbólico más fecundo que tenemos: el pueblo peronista hecho comunidad organizada. Cuando esto último acontece hay reparación simbólica y conquistas efectivas, dando lugar a la urgencia y su necesidad de satisfacción y también a la grandeza de los grandes horizontes nacionales, a los grandes proyectos y sueños.

Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes” invita menos a la violencia que a la emergencia, consolidación e invención de nuevas referencias: liderazgos doctrinariamente originales. Se trata de inventar otras mediaciones y espacios de transacción entre la conducción y el pueblo, siendo la militancia esa subjetivación política toda entramada en los grandes temas de la vida cotidiana. Y no es precisamente desde una posición resiliente que se transforma la realidad, a no ser que por realidad circunscribamos solamente a la mitología individual de cada quien…el crimen “libertario” allí sería perfecto.

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Por más crítico que uno quiera tensar su apoyo, no hay elementos políticos ni tampoco lógicos o estratégicos para sostener que, por caso, la llegada de M. Bregman al Congreso va a contribuir a la concreción de mayores grados de justicia social, siendo que sus votos legislativos efectivamente no suelen acompañar la agenda de las mayorías construidas. Habría aquí un extravío de muchxs aliadxs —síntoma a su vez de nuestra propia construcción peronista y sus errores estético/doctrinarios— por omitir que la acción política puede provocar los mejores valores y reivindicaciones si y sólo si se monta, sustenta y edifica en una ficción organizativa, administrativa y sobre todo comunitaria contundente, mayoritaria, diversa pero antes que nada representativa y popular.

Ficción peronista: hacer de la organización un mito para la unión y articulación de diversos sectores, que lejos de recostarse en los ideales del management empresarial funcione como marco de acción política, popular y formal, disputando poder con posiciones fragmentarias e individualizadas que suelen como mínimo quejarse de ese tipo de articulación nacional-popular oponiéndola a las necesidades "fácticas", "realistas", "empíricas"; o sea, una enunciación despolitizada, que termina alojando también, de rebote, a lo que aparenta residir en el otro extremo: sensibilidad empática ante lo injusto desde una posición superyoica progre que bienintencionadamente rehúye del conflicto inherente a los procesos populares.

Habría una suerte de Albertismo Bregman —es un sintagma, solamente condensa un chiste serio— que políticamente hablando ha sido “correcto” más no efectivo, y no me refiero a una dimensión pragmática sino estrictamente histórica; a dicho sector debemos volver a persuadir, esto es, a proponer grandes causas en las que terminar confluyendo antes que regalarnos cual copias inauténticas, miméticas. 

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Que la izquierda nos corra por izquierda, que los liberales nos pidan más coherencia. La militancia peronista habla desde otro lugar, y apunta hacia otro horizonte que es francamente superador a la resiliencia moderada y a la idealización puberal: el de una Patria justa, libre y soberana, es decir, el de un pueblo merecidamente feliz, centrado en el trabajo como motor de un deseo, en donde todas las singularidades pueden experimentar su aura en comunidad.

Menos libre pensadorxs, más intelectuales orgánicxs, críticamente honestos y a disposición del proyecto nacional y popular. La intelectualidad deviene burrocracia allí donde cree que existe un pensar extraterritorial.

Si hablamos como Manes en una charla TED y resolvemos el drama político y social en consignas a la vez aspiracionistas y conformistas, cesa nuestra capacidad de causar la movilización desde simplemente un decir, teniendo como efecto decires desmovilizantes o movilizaciones de quejas fragmentarias. Si seguimos identificándonos con la estética y la cosmovisión del enemigo vamos a hacia una implosión ontológica.

Mejor que decir-hacer es simplemente decir: por eso aún en la endeblez contextual las misivas de Cristina desentonaron en creatividad política, en prosa poépica. Recuperar esta potencia es tarea deseable y obligada en este segundo tramo de Gobierno, a los fines de ya no solamente cumplir la deuda de un contrato [electoral] sino más bien de volver a proponer un sueño que nos permita dormir digna y deseosamente.

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Nuestro pueblo quedó muy mal por la pandemia, y no se trata de normalizar ni mucho menos de victimizar nuestras fragilidades de siempre, acentuadas o en carne viva. La política pública debe ir en la línea de una cura que incluya en su dirección los resortes para afrontar las necesarias recaídas, los accidentes inevitables y hasta los atentados autoinfligidos. El pueblo se cura de espanto, cosa mucho más elevada que una burda sanación tecnoevangélica.

Con hambre no hay subterfugio rosquero alguno, ya que cualquier tecnología del yo-hambreado no es más que necropolítica bañada de lenguaje inclusivo. Demos como mínimo la caña, el pescado, los anzuelos y los mares para pescar durante vacaciones pagas, dignas, no sólo para el descanso sino también para la fiesta.

Es tan cierto que “el pueblo no se equivoca” como que dicha entidad no es maquínica, infalible o totalizante. “Pueblo argentino” no es homólogo a “pueblo peronista”, y éste no es fijo ni ahistórico, así como ambas categorías no se reducen en “masa”. Dicho de otro modo, “pueblo” es claramente equívoco, con sus lapsus, miserias, imprevisibilidades. No todo es la verdad de los focus group: allí se encuentra un dato de laboratorio, una muestra que debe ser leída y tenida en cuenta, pero que de ningún modo debe excluir esa otra verdad que es la producida como efecto del diálogo, militancia y conducción políticas, cara a cara y en la calle.

Escuchar e interpelar son actos que se efectúan junto a otrx en el lugar de semejante, y no de un elector-consumidor que es tan Amo como carente de contradicciones. Si la acción política no interroga y juega con las contradicciones, permitiéndose un discurso menos coherente que consecuentemente equívoco, siempre nos va a ganar el marketing y la Big Data. Recordemos que “¡coherencia por favor!” es una demanda siempre apolítica.

Esto se fundamenta, y viceversa, en aquel aforismo de Juan Perón: “para conducir un pueblo la primera condición es que uno haya salido del pueblo, que sienta y piense como el pueblo”. La escisión pueblo//militancia//dirigencia es el gran obstáculo epistemológico de nuestro obrar político cotidiano.

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Tan inconveniente entonces la soberbia vanguardista que salva su angustia indilgando ignorancia ajena —costumbre siniestra de propios y extraños— como la idealización nostálgica y naif que romantiza e infantiliza lo popular.

¿Cómo ceñir entonces ese pueblo que no se equivoca aun en sus equívocos, que elije enojadamente lúcido, que sigue bancando aún sin llegar a fin de mes? ¿Cómo alojar y organizar, si se me permite, dichos equívocos, cómo tornarlos utilizables más allá de cualquier tecnoutilitarismo? Este borrador es analogía del borrador de una propuesta: intentar ceñir la singularidad justicialista allí mismo, en y desde dichos lapsus. Por ello “peronismo freudiano” en su trabazón con el psicoanálisis argentino y su potencia de salud colectiva, son solo algunas pistas para vérnosla con dicha singularidad, objeto harto complejo y en resistencia a sus categorizaciones apresuradamente clásicas. Recordemos que toda singularidad, incluidas las de la física cuántica, se aborda desde construcciones conjeturales, situadas, abiertas a la contradicción y desde colectivos de pensamiento-acción.

Las grandes gestas, movilizaciones y triunfos nunca fueron efecto performático de think tanks de pensamiento crítico, ni orquestados como decisión administrativa desde una teleconferencia: el pueblo peronista se mueve, elige y conquista desde lapsus singulares que provocan comunidad organizada. Y en esto último no hay metafísica alguna: está a la vista en la Plaza.

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Al FMI se le va a pagar si y sólo cuando el pueblo organizado lo considere, es decir, si existe viabilidad política y social antes que técnico-financiera. Y en torno a esto es que nos jugamos nuestro capital político actual, mítico e histórico. Así, es cierto que “negociar no es obedecer” (A.F. dixit), pero a condición de potenciar la resistencia popular en una trabajosa y merecida soberanía económica. Resistir no debe degradarse en resiliar, sino la obediencia será destino.

Lo nuestro es un contrahumanismo, es decir, un más allá del individualismo que lo supera por no ser meramente restrictivo, sino popularmente garantizable ello irrepetible de cada quien. Tan sencillo como que nada ni nadie puede realizarse en una comunidad que no se realiza.

La oligarquía existe y es eso que nos sigue pegando abajo desde todos los ángulos, retóricas y colores de pañuelos habidos y por haber. Si no los empezamos a combatir en serio vamos a pasar de derrota digna a derrota, y esa pérdida no es admisible desde la ética justicialista, es decir, desde nuestra revolución criolla inconclusa más no por ello indigna.

Si solamente administramos el quilombo no alcanza, ya que nos convertimos en meros expendedores de tranquilizantes legales e ilegales; y si sobreactuamos sin concluir nos desgastamos temeraria y toscamente. Gobernar es crear trabajo: causar política para garantizar dignidad. Esa libertad es la que nos salva de nosotros mismos, no sin antes protegernos de los Ellos, los del Eternauta, esos que más que nunca existen.

*Autor de #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos (La Docta Ignorancia, 2020).

** Jorge Alemán se ha referido al respecto de la siguiente manera: “Así como el nefasto término ‘autoestima’ revela de un modo privilegiado las exigencias superyoicas del modo de producción de subjetividad neoliberal, la expresión ‘resiliencia’ la completa. El famoso término en absoluto es un elogio del coraje implicado en el deseo; más bien demanda una sumisión despolitizada al siguiente mandato: ‘hagan lo que hagan contigo vamos a premiar que lo soportes y haremos de esto una cualidad que te designa’. Es un término hecho a la medida exacta del nuevo capitalismo que reclama que por abstracta y opaca que sea la fuerza que siempre te pide más, la virtud reside en quien se somete a ella. El par autoestima-resiliencia juegan al unísono y sirven a la voracidad superyoica del neoliberalismo. Lo que evoca y vuelve indispensable la precisa indicación de Gramsci llamando a no confundir nunca optimismo con entusiasmo” (del muro de su Facebook personal, 3 de junio de 2018).