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Debates //// 12.06.2020
Apuntes sobre "La Comunidad Organizada" de Perón

"Vemos en el Peronismo, en su experiencia histórica concreta y en sus escritos doctrinales, una forma movimientista y un deseo de revolución". Por Gonzalo Rodríguez

Por Gonzalo Rodríguez / Ilustración: Silvia Lucero

Escribimos sobre lo que insistentemente queremos pensar, y al hacerlo, vacilamos sobre eso que escapa y persiste, al mismo tiempo, de modo obstinado al pensar. En un mundo que rumorea obsesivamente imágenes fugaces, son solo un puñado de ellas las que nos invitan a pensar. La comunidad, reluciente sombra que acecha al pensamiento, es esa extraña imagen que insiste en pensar lo nacional. Comuneros, carbonarios, comunistas, piqueteros y luuditas. Mineros, campesinos, hacheros, hilanderas y tejedoras. Obreros, proletarios, cabecitas y descamisados. La Idea del comunismo, los procedimientos genéricos y la autonomía de fábricas. La comunidad inconfesable, la comunidad por venir, el estado plurinacional y la comunidad desobrada. La comunidad organizada. Peronistas.

Un corpus doctrinal, en su aparente homogeneidad se debilita, no sin traiciones, desconocimientos ni fintas en su nombre, pero a la vez muestra su fortaleza en un conjunto siempre variable de posibilidades de reactualización e intentos de completarla, y que, de modo inequívoco, su potencia yace en creaciones, nuevas imágenes vivificantes, acciones y programas que en su novedosa fidelidad la actualizan. Es posible que sea lo novedoso de la actualización lo que revitaliza la doctrina, y no, la inmutabilidad de sus ideas que dejan impávidos a quienes la reverencian. 

La comunidad organizada, texto del presidente Perón, que en su lectura inaugura las jornadas del congreso filosofía en la provincia de Mendoza en el año 1949, es ya un documento de cultura. No es preciso decir que todo documento de la cultura, es, a la vez uno de barbarie. La cosa ocurre, como nosotros, y detrás vienen los hermeneutas predispuestos a la interpretación, generando otros hechos de cultura. Lo paradójico como modo recurrente de la historia, pensando en la historia más como un magma paradojal que una cantera inerte pasible de interpretaciones, nos pone frente al deseo de un porvenir y la posibilidad de que eso que deseamos falle en su consumación. No es arbitrario decir que si deseamos hacer comunidad, encontraremos de manera irreductible, el drama de la historia. Las figuras de este drama, declaradas como veredicto inaugural de la literatura política Argentina, visten los trajes representados de la civilización y la barbarie. Esta creación, digo, las figuras de civilización y barbarie, son tal cual como fue creada la historia Argentina. Algo así se dijo de la obra de Williams Shakespeare, respecto a lo humano sobre que “nos creó tal cual somos”. Tenemos momentos, en nuestra historia nacional, donde el traje impuesto como divina diligencia se trastoca en su mismísimo contrario. Los civilizados cometiendo inimaginables barbaridades y, a su vez, los barbaros construyendo artefactos de cultura que perviven, y dan consistencia, al pensamiento nacional.  Desde libros, que ignoran el derrotero posterior dentro del cual será teoría esencial de la doctrina, hasta libros que emergen como puño en alto de campaña electoral. Es posible pensar a la historia nacional como una maquinaria que imanta libros y barbarie, o si me permiten una digresión, ver la historia Argentina con ojos de la ilustración plebeya. Secuencias raras de nuestra historia nacional. 
La comunidad organizada, Apuntes de historia militar, Manual de conducción política, Los vendepatria, Filosofía peronista, Política y Estrategia, entre una treintena de libros escritos por Perón, sin olvidar el discurso del 44 titulado Significado de la defensa nacional, más todo lo producido posteriormente al derrocamiento del año 1955, conforman el corpus de doctrina peronista. No hay derrocamiento, que no sea un hecho de barbarie en la cultura. También las bombas, arrojadas sobre la población civil, son elementos, como los libros, del proceso de civilización. 

Entendemos como un “ente influenciador” al corpus de la doctrina peronista, precisamente porque persisten ideas rectoras universales que encuentran a almas dispuestas a entregarles su cuerpo, el cuerpo de hombres y mujeres que desean construir comunidad. Y al persistir de un modo difuso, borroneo, onírico diría, pero no por eso apagadas, menos latentes, es que nunca sabemos bien si las ideas prenden en un cuerpo o, de modo contrario, es el cuerpo el que va en busca de las Ideas. En esas oscilaciones nos debatimos en nuestras experiencias rituales. Actualizarlas significa revisitar al mito, que en su materia pretérita, emerge en nuestro presente como momento inesperado. 

Existen en el ideario peronista tres axiomas que siguen siendo los que invarían para las esperanzas revolucionarias de la acción política, repetidas en el credo sagrado de las conversaciones. Independencia económica, soberanía política y justicia social son invariantes, dentro de un amplio, sofisticado y complejo cuerpo doctrinal, que deben declararse como axiomas irreductibles para la construcción de una comunidad que componga valores para una vida que merezca ser vivida. El peronismo demostró que hubo momentos en el siglo veinte y en el veintiuno donde el pueblo vislumbraba un horizonte de comunidad. El tenaz enfrentamiento por la distribución, el antimperialismo y la cuestión nacional, y el trabajo concreto para demostrar la justicia social son momentos eternos grabados en el inconsciente de los pueblos, y comprendemos, que el inconsciente puede ser un gran fresco de la Verdad. Estos momentos de Verdad nos conectan hacia el pasado y hacia el futuro como momentos de eternidad. No los hombres y mujeres, sino sus infinitas posibilidades de creación. No son posibles estas actualizaciones sin consistentes alegorías, entendidas estas como la imposible sustracción de una retórica del pensamiento que teja, para la acción y el pensamiento, elementos de la rama real del proceso histórico pretérito y de lo imaginativo. Los momentos históricos del 45 al 55, y los múltiples intentos de reactualizar las invariantes peronistas en los años de la resistencia y la organización revolucionaria del movimiento en los años sesenta y setenta, fueron potentes intentos de enfrentar, para derrotar, a una oligarquía reaccionaria cuyo principal enemigo fue, y es el peronismo. No descartamos pensar en términos de la contradicción principal entre Pueblo y Oligarquía. Si los voceros rentados de la tilingueria superestructural de la cultura arrojaron al olvido estos términos, no es conveniente, sino necesario rescatarlos del olvido. Quizás sea acertada la reflexión de que ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo cuando este vence. 

El movimiento peronista, marcado con una profunda impronta humanista, osciló en el tiempo, entre una crisis civilizatoria del occidente de posguerra y el deseo de revolución de los años sesenta y setenta. Vemos en el Peronismo, en su experiencia histórica concreta y en sus escritos doctrinales, una forma movimientista y un deseo de revolución. En la comunidad organizada Perón advertía que la humanidad necesita fe y acción para construir una comunidad de hombres y mujeres felices. Existieron tradiciones del pensamiento político y religioso que recurrieron a la metáfora de la fe para marcar una dirección disciplinada de construcción política o religiosa. Escuchemos la voz de Perón, pausada y contundente: “…la humanidad necesita fe en sus destinos y acción…”. En esta expresión (resuena la voz del presidente en los oídos y la imagen sonriente de su rostro marcan la profundidad de esas imágenes en la conciencia popular. Perón adviene como imagen a la conciencia tanto como presidente, coronel, general, el viejo y el padre, cosa curiosa…) sobrevuela una idea de porvenir, no sin pinceladas de rebeldías meditadas y sin alardes, que muestra más, el gesto delicado del verdadero militante que agrupa voluntades, que aquel creyente motivado por la fe que se acomoda en el pulpito de los poderosos. Un ardiente pulpito de la fe que enuncia la nueva Verdad y una plaza victoriosa que se dispone a luchar sin pedir piedad.  Fe y mando quizás resuman las tensiones entre un líder, un conductor, un dirigente o un jefe y aquellos militantes creyentes en las ideas, en sus conductores y en sus propias convicciones. Los encuentros y desencuentros de estos íntimos sentimientos pueden darnos paisajes contradictorios. Del más maravilloso cielo abierto que fotografía las patas en la fuente, al oscuro y pavoroso sentimiento de orfandad creado por el tutor, antes imagen generadora de emociones, cantos, llantos y alegrías, que ahora propina exabruptos propios del que sabe que existe una fuerza que se escapa de su órbita de conducción, son momentos de nuestro drama nacional. De un lado el 17 de octubre de 1945, del otro, el 1 de mayo de 1974.

Esta certeza histórica, el peronismo entendido como entidad bifronte en su organización de movimiento con perspectivas de revolución, en el fulgurante presente donde ocurre lo real se manifiesta de modo incierto.

El modo conjetural del pensamiento nos acerca a lo que queremos pensar con una vacilación precaria, no determinante, pero sin la incongruencia de “tener razón” cuando planteamos una discusión o una argumentación, como decía Adorno, en referencia a los postsocráticos. Conviene abordar de este modo (incierto?) las pasiones peronistas en la relación del conductor con el movimiento. Creemos vislumbrar, en el rasgueo de estas líneas, que existe en el peronismo una Virtud, que hace que no se extingan sus pasiones, y qué, cuando emerge su momento en el convite de la historia, sean muchos los que se acercan a compartir la experiencia viva del mito que regresa del pasado de un modo renovado. Virtud esta, también, compartida entre sus dirigentes y el movimiento, no carentes de experiencias en la historia nacional.

Platón en su inconmensurable escrito titulado Menón, pone en escena una apasionante conversación entre Sócrates y Menón para averiguar qué es la Virtud. Desterrando la “razón argumental” y ejercitando el argumento como pensamiento en la experiencia, se llega a la conclusión de que la Virtud no es natural, ni puede aprenderse. Carentes de maestros de la virtud y, por lo tanto inexistentes los alumnos, cristaliza la idea de que la Virtud es un don divino. Don divino que no es conocido ni inteligible para los afortunados de ese don. El hombre o la mujer virtuosa, precisa y fundamentalmente lo son porque ignoran que lo son.  Se es algo, se tiene algo y se está en algo que, paradojas del Menón, no se sabe qué se es, qué se tiene y dónde se está.

Algo nos recuerda este diálogo al evocar la comunidad organizada de Perón. La comunidad organizada pensada por Perón, y sus ramificaciones en el movimiento peronista como identidad, inteligibilidad y como momentos de acción, poseen algo de la experiencia, desconocida y a la vez insurgente. Hay una Verdad de la experiencia en el peronismo que hace que sea innombrable eso que hace que ocurra. Sospechamos que eso se descubre cuando en la comunidad se manifiesta una familiaridad, una cercanía impensada. Conducción para que haya comunidad, a falta de mejor expresión, como composibilidad de los axiomas doctrinales podría ser la actualización de un tiempo, un ahora de ese tiempo pretérito, donde podamos ver las realizaciones de la soberanía política, independencia económica y justicia social. Todo recomienzo también, es un nuevo porvenir. Decimos composibilidad remitiendo a la composición de toda política y a la instancia material de las ideas rectoras. Si en el pasado esos axiomas crearon una identidad persistente, real y consistente de un movimiento revolucionario como el peronismo, existe una huella de fidelidad para su realización. No ignoramos que en su nombre otras prácticas, incluso las que contarían la doctrina, han sido forjadas al calor de una renuncia. Contra las opiniones producidas en serie de la Oligarquía, que atribuye los males de la Argentina al peronismo, nosotros decimos que ésta fatal injusticia que reina en la Argentina se debe a la falta de la Idea de comunidad que construyó el peronismo. La actualidad de los axiomas peronistas atraviesa la expectante vida de un movimiento revolucionario que no ha concluido. Tenemos en el pensamiento Argentino, y su filosofía, junto a la doctrina peronista, una constelación de imágenes que debemos hacer comprensibles, diferenciando las realidades pretéritas donde el mito emergió con fuerza, y hacer derivar, de esas diferencias, una nueva intensidad del mito.