Lo simbólico del sable

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    Debate sobre el sable
    Debate sobre el sable

Lo simbólico del sable

02 Febrero 2026

La realidad social argentina se debería dividir en tres sectores: los creyentes del inefable relato libertario, sus detractores y los agnósticos. Estos últimos son los peores, porque relativizan el peso de lo simbólico, de lo gestual que enarbola de forma permanente este gobierno circunscribiéndolo al orden de la desidia o de la simple hijaputez.

Lo cierto es que, cuando aún no termina el primer mes del corriente año, podríamos enumerar las acciones premeditadas e intencionales casi como lo que hace un infante que pretende transgredir las reglas esperando que alguien le ponga límites. Desde los incendios desatendidos hasta la zona liberada en el sur fueguino para la injerencia yanqui hasta las acciones que entran estrictamente dentro de lo simbólico: la ausencia de la bandera argentina flameando en la Plaza de Mayo y en Casa Rosada, así como también el abandono de la guardia en la Catedral donde descansan los restos del Libertador Gral. San Martin pretenden poner a prueba cuanto de esa identidad nacional permanece vigente o simplemente pereció como elementos indispensables de nuestro ser.

Nada es azaroso. Tampoco lo es el abandono de la retórica nacional en el ámbito educativo que se viene profundizando desde la recuperación de la democracia. Un pensador clave en torno a la búsqueda de nuestra esencia, Juan José Hernández Arregui, decía que la dominación cultural produce un sentimiento generalizado de falta de seguridad en lo propio; la convicción de que la subordinación del país es una predestinación histórica; la sensación de la ineptitud congénita del pueblo en que se ha nacido y que solo puede ser redimido por medio de la intervención extranjera. Resulta una sensación de inferioridad que se impone en situaciones críticas: cuando estallaba el país allá por 2001, la sociedad buscó respuestas en la Historia. Ante la ausencia de compromiso por parte de los “profesionales” (muchos cómplices de la desidia cultural cuando decidieron alejar la disciplina de la cuestión política y social) desembarcaban los divulgadores mediáticos que se convertirían en auténticos best sellers: del historiador Felipe Pigna hasta Jorge Lanata coincidían en el diagnóstico: la Argentina era la historia de una tragedia. Lejos de aquel revisionismo histórico popular en los sesenta y setenta que propugnaba un proyecto político, los relatos de aquellos divulgadores sostenían lo que advertía Hernández Arregui y Don Arturo Jauretche. El triunfo de la colonización pedagógica dentro de lo simbólico y cultural hacía carne en los argentinos.

El modelo argentino

Cuando Perón regresaba al país luego de un largo exilio, afirmaba llegar como prenda de paz. De ahí la reformulación de las misivas cuando diría por entonces “No hay nada mejor para un argentino que otro argentino”. El General ya había asumido durante su interrumpido segundo mandato que la revolución justicialista había culminado, ergo, luego de 18 años de resistencia, era el momento propicio para el consenso y la unión de los argentinos. Su testamento político conocido como El modelo argentino tenía esa misión, de la que quedaría en la memoria colectiva aquella consigna que decía “El 2000 nos encontrará unidos o dominados”. Veintiséis años después de su proclama, seguimos en el conflicto y más que dominados. Mutilados culturalmente.

El actual modelo de entrega se hizo fuerte luego del sinfín de errores de los últimos gobiernos, muchos de ellos que se hacían llamar populares y en realidad solo se encargaron de reproducir consignas vacías de sentido identitario y, no solo eso, lejos de aquella premisa del ultimo Perón abogaron por la agudización del conflicto. Esta larga agonía es heredera de esa idea egoísta y troska que tanto mal le hizo a nuestra Patria de “cuanto peor, mejor”.

El sable

Hace veinte años atrás, Pacho O Donnell estrenaba una extraordinaria obra teatral llamada El sable, protagonizada por Rodolfo Bebán haciendo el papel de Juan Manuel de Rosas. El inolvidable actor ya había interpretado el papel del Restaurador de Leyes en una película dirigida por Manuel Antín y con guion del historiador José Maria Rosa. Bebán no solamente reunía las condiciones estéticas y el porte para representar al prócer, sino que también le acompañaba la edad: en “El Sable”, el actor tenía 67 años por lo que era adecuado para representar a aquel Rosas que permanecía en el exilio rodeado de fantasmas y viejas glorias. En dicha obra aparecía en el centro el sable corvo del Libertador que había sido legado por Rosas. San Martín que pasaba sus años de vejez en Francia miraba con admiración la labor de Rosas al frente de la Confederación. Y será así que decidiría legarle su sable libertador:

El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban humillarla.”

El legado del sable alimenta simbólicamente una memoria en disputa: ya no se trata solamente del arma que liberó el sur de nuestra América sino también el reconocimiento hacia el defensor de nuestra soberanía ante la amenaza de las principales potencias de entonces: Gran Bretaña y Francia.

A pesar de ese reconocimiento, los restos de Juan Manuel de Rosas tuvieron que esperar hasta que en 1989 regresaron de su exilio en Southampton, Inglaterra. No así el sable del Libertador que había sido obtenido a fines del siglo XIX a instancias de Adolfo Carranza que convenció a la hija de Rosas, Manuela, a donar dicha reliquia poseedora de una enorme potencia simbólica.

Los Perduellis

En la Antigua Roma, se le llamaba “perduellis” al enemigo interno de la Patria. El periodista nacionalista José Luis Torres adoptaría dicha denominación para dar cuenta de los traidores que pululaban durante la Década Infame.

Cuando por un reciente decreto presidencial, el sable corvo del General San Martin que, por donación de la familia de Rosas, se exhibía en el Museo Histórico Nacional, retornaba al Regimiento de Granaderos (donde estaba desde los tiempos del dictador Onganía hasta el 2015) varios historiadores dieron su opinión.

La vieja tribuna mitrista, La Nación convocaba a Claudio Morales Gorleri, Beatriz Bragoni, Gabriel Di Meglio y a Manuel Belgrano para responder la significancia de esta nueva decisión gubernamental. ¿Cuál es la trascendencia de dicha decisión? Significa la captura de un símbolo Patrio que hasta ahora estaba a la vista de los ciudadanos, en el lugar donde había sido donado originariamente.

El expresidente del Instituto Nacional Sanmartiniano (Instituto que se encuentra acéfalo y sin actividad por expresa voluntad del actual gobierno), teniente coronel e historiador (ponele) Claudio Morales Gorleri. “Me alegró mucho la noticia -dice a LA NACION-. Como ya dije en 2025, el sable debe estar con ‘mis muchachos’, ya que del MHN los terroristas montoneros lo robaron en dos oportunidades”.

La desvergonzada afirmación de alguien que se hace llamar historiador, refiere a los robos del sable como un acto terrorista efectuado por Montoneros cuando en realidad, había sido llevado a cabo por la primera Juventud Peronista en 1963. Uno de los protagonistas de aquel acto contaba hace apenas unos años atrás:

Illia había ganado las elecciones y Perón estaba proscripto. El espíritu militante estaba totalmente quebrado y sentimos que debíamos hacer algo para levantarlo. Se nos ocurrieron tres cosas: recuperar la bandera de Obligado que había sido tomada por los franceses en 1845 como un trofeo de guerra, recuperar las Malvinas y tomar el sable de San Martín. Al final, los tres hechos, en diferentes momentos, se cumplieron: la bandera fue devuelta por Chirac en 1997; en 1966, un grupo de jóvenes del Movimiento Nueva Argentina secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas y aterrizó en las Islas Malvinas; y el sable de San Martín lo robamos nosotros. La idea original era llevárselo a Perón”

Luego del segundo secuestro, Onganía decidió ponerlo a resguardo dentro del Regimiento de Granaderos a Caballo. El mítico sable permanecería en cautiverio hasta que en 2015, bajo el gobierno de Cristina Fernandez Kirchner regresaba el mismo al Museo Histórico Nacional. El actual gobierno libertario asume que dicha acción responde a una línea histórica que resulta antagónica a ellos. Cuando desde la actual Secretaría de Cultura argumentan que se busca “devolverles a los suyos lo que es propio”, no solo asume una postura de carácter revanchista (continuadora de la Línea Mayo Caseros propugnada por la autodenominada Revolución Libertadora) sino que apela a respetar la decisión de la corporación militar tomada en un contexto de dictadura. El sable había sido secuestrado porque el Pueblo pedía por su líder y aquella reliquia simbolizaba la liberación. Volver a la decisión del Onganiato es coherente al relato libertario que añora los años del orden conservador, donde los derechos de las mayorías se encontraban mancilladas.

La opinión de los historiadores profesionales sigue conteniendo la tibieza argumentativa de los agnósticos, que suponen que la verdadera Historia debe mantenerse ajena de las disputas políticas, cuando cualquier acto humano es político. Argüir que el sable debería estar en el Museo porque allí se encuentran muchos objetos de San Martín es desconocer el valor simbólico del sable: no se lo puede comparar con un reloj o un lavatorio, como lo que afirma la historiadora Sara Peña de Bascary cuando se dedica a inventariar los objetos del Libertador que están en el Museo.

En definitiva, la decisión del gobierno es una acción deliberada para desmantelar la memoria histórica de nuestra Patria, que coinciden con las medidas políticas de carácter regresivas que buscan eliminar derechos sociales y laborales.

El legado del sable alimenta simbólicamente una memoria en disputa: ya no se trata solamente del arma que liberó el sur de nuestra América sino también el reconocimiento hacia el defensor de nuestra soberanía ante la amenaza de las principales potencias de entonces: Gran Bretaña y Francia.