Vicente Luy: hombre lúgubre y sensible
Por Yael Crivisqui y Florencia Gordillo
El estigma de todo escritor es la habitual reformulación de la pregunta ¿cuál es tu trabajo?, a la que uno responde con entusiasmo y con el pecho inflado: - escribo. ¡Y ahí viene el re-truco! Escribir -para algunos- no es un trabajo, porque vuelven a insistir con la pregunta, esperando que se les confiese que en realidad el escritor se rompe el culo en un comercio.
Aunque eso no es lo peor: en la vereda del frente, los intelectuales dibujan en tonos rosas la lírica de la poesía, los mismos que acostumbran al resto de los “mortales” a suponer que “poesía es banalidad”. ¡Pero no estamos perdidos! Vicente Luy supo dar, quizá, la más exacta de las respuestas sobre qué es la poesía: “en teoría, es la única ciencia que se ocupa del problema”.
Resulta difícil referirse a un colega sin resaltar típicas virtudes cuando hay admiración de por medio, pero Vicente tenia cualidades distintas. Sus prosas nos sitúan en la selva citadina, donde, con bestialidad, supo poner palabras al lado oscuro del hombre que nadie elige ver.
Luy no conocía de límites, los transgredió al nombrar al sexo sádico con la misma naturalidad que al amor más inocente. Desnudó la virilidad del hombre al asumir livianamente la ubicación de su punto G. Amó sin pudor el juego del coqueteo femenino y esos detalles que no todos saben ver:
“Labio superior/Labio inferior/Capuchón/Mi novia se afeitó la conchita/ Llegó con su vestido verde manzana, los labios rojos y florcitas en el pelo/Compré una Heineken y salimos al patio/Hablamos de la vida."
Sus libros simulan una carnicería donde los trozos de la calle cuelgan como carne de una realidad que se cotiza en pedazos. Mientras la estupidez la difunden los grandes medios, él, cual prédica fuera, pidió con mayúsculas por los pulmones de la sociedad.
Con una audacia casi desesperante, enfrentó la verdad de la naturaleza animal del hombre: la convergencia de lo lúgubre y lo sensible.
Para Vicente la muerte no fue una pose, era como el dios del que cada uno se aferra. Quizá la autosuficiencia que transmitía le valió como arma para resistir mientras pudo el sufrimiento, pese a estar acompañado de buenos amigos. Y a los 50 años, un 23 de Febrero del 2012 puso fin a su vida saltando desde un séptimo piso en la ciudad de Salta.
Ni el suicidio pudo matarlo. Poetas como él jamás son condenados al olvido, puesto que en cierta medida son el fiel reflejo de cada uno de nosotros.
Llueve, y alguien está diciendo "llueve". Si me equivoco
contradíganme con amor, porque con amor digo.
Si erro pónganme maestros, que luego yo les enseño,
porque con amor hago.
O ustedes, ¿por qué creen que llueve; porque hace falta?
¿creen que llueve porque sí? ¿Por qué carajo creen que
llueve?
Llueve; y no sólo eso; la verdad es que hay un montón
de gente diciendo "llueve".
De a uno empiezan a notarlo, y no lo pueden evitar,
simplemente dicen "llueve".
Porque llueve.
Si me equivoco contradíganme con amor, porque
con amor digo.-
De “No le pidan peras a Cúper”