"La nación de los sueños diurnos", de Juan Mattio: imágenes de la posguerra euclidiana

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    Juan Mattio
    Foto: Julieta Bugacoff

"La nación de los sueños diurnos", de Juan Mattio: imágenes de la posguerra euclidiana

14 Junio 2026

“Si quieren ver solo lo que pueden entender, en vez de ir al teatro deberían ir al baño”.
Indio Solari citando a Bertolt Bretch.

En una popular entrevista que dio para la televisión, Roberto Bolaño dijo que la mejor poesía del siglo XX estaba escrita en prosa (mencionó especialmente a Faulkner, Joyce y algunos pocos más). La conclusión vale para La nación de los sueños diurnos, de Juan Mattio, recientemente editada por Caja Negra. 

Solo resta leer el capítulo que lleva por nombre: “El Matadero”, para confirmarlo. Pero la poética de la obra es apenas la baya de un postre sofisticado. Una de las razones por las que más se disfruta al saborear, página tras página, el estilo del autor, pero solo una de muchas otras.

El libro abre varias líneas de discusión en simultáneo. La primera que cabe explicitar es:

¿New Weird es escribir sobre zonas de exclusión, geometrías no euclidianas, bestias atávicas con tentáculos prensiles con reminiscencias borgeanas y casas poseídas o también es lanzar una pregunta sobre los métodos de extrañamiento y rarefacción que pueden comunicarse desde las estructuras narrativas en nuestra época?

La nación de los sueños diurnos, tiene una respuesta clara al respecto. La novela dialoga simultáneamente, con la filosofía contemporánea, con la literatura de su tiempo y con algunas de las grandes obras fragmentarias de las últimas décadas. No se trata de una elección meramente estética. Estas estructuras dislocadas parecen expresar algo profundo sobre nuestra experiencia del presente y sobre las formas en que la tecnología está reconfigurando nuestro sistema cognitivo. Si todavía es posible leer las obras de arte como síntomas de una época, entonces, permítannos afirmar que novelas como ésta ofrecen una vía privilegiada para pensar la forma que adopta hoy el inconsciente contemporáneo.

Si el siglo XX encontró en el monólogo interior de Joyce y en las derivaciones de esa técnica en Faulkner algunas de las formas más sofisticadas de representar el inconsciente moderno, buena parte de la literatura contemporánea parece estar intentando (incluso sin saberlo) representar otra cosa: una subjetividad disociada, arborescente y permanentemente atravesada por flujos de información agresiva. Acaso el inconsciente a cielo abierto, del que habla Bifo Berardi.

Tal vez la experiencia cotidiana del ciberespacio proporcione la imagen más sencilla para comprender este desplazamiento. Abrimos una ventana que conduce a otra ventana, que conduce a otra más, en una proliferación potencialmente infinita de conexiones. Algunas conservan vínculos visibles entre sí; otras parecen completamente desconectadas. Sin embargo, todas forman parte de una misma ecología de la atención. Muchos de los procedimientos narrativos contemporáneos parecen surgir precisamente de esa experiencia. No como imitación superficial del entorno digital, sino como exploración formal de una nueva sensibilidad cognitiva e histórica.

Por eso cada capítulo adopta una estructura distinta: entrevistas, informes clínicos, expedientes judiciales, correos electrónicos, boletines oficiales, transcripciones legislativas, foros digitales o denuncias policiales. La diversidad de formatos no funciona como exhibición de virtuosismo técnico. Todos esos materiales convergen para reconstruir un mismo acontecimiento: la aparición de una extraña enfermedad que se propaga sobre una comunidad y desencadena una transformación radical de la realidad compartida.

Lo que la novela narra, en última instancia, no es solamente una pandemia. Narra la experiencia de un mundo que deja de poder explicarse a sí mismo. Una realidad vieja que se derrumba mientras otra nueva emerge con una velocidad imposible de procesar. El saldo es la sensación de que las categorías heredadas ya no alcanzan para comprender lo que ocurre. Tal vez allí resida una de las formas más precisas del horror contemporáneo: descubrir que el mundo ha cambiado antes de que hayamos desarrollado el lenguaje necesario para describirlo o asimilarlo.

Lo que la novela narra, en última instancia, no es solamente una pandemia. Narra la experiencia de un mundo que deja de poder explicarse a sí mismo.

No es casual que algunas de las apuestas más arriesgadas de la literatura reciente —pienso, por ejemplo, El atlas de ceniza de Blake Butler— recurran a procedimientos similares. La fragmentación, la discontinuidad y la proliferación de registros ya no aparecen como simples recursos formales de vanguardia, sino como intentos de representar una realidad cuya complejidad excede cada vez más las estructuras narrativas heredadas.

En ese sentido, si el siglo XX encontró en El ruido y la furia de Faulkner y en Ulises de Joyce algunas de las formas más sofisticadas de cuestionar la linealidad narrativa, una extensa tradición posterior profundizó esa ruptura. Desde El almuerzo desnudo y la trilogía Nova de Burroughs hasta El arco iris de gravedad de Pynchon, Las voces del tiempo de Ballard, Neuromante de Gibson, el Foster Wallace de La niña del pelo raro y La broma infinita, la Cyclonopedia de Negarestani o La casa de hojas de Danielewski, puede rastrearse una genealogía de obras que intentan narrar aquello que se resiste a las formas tradicionales de representación. Novelas con impulso lovecraftiano, en el sentido de que comienzan por presentar algo indescriptible y, automáticamente después, proceden a describirlo.

La nación de los sueños diurnos puede leerse desde esa tradición. No como una pieza derivativa, sino como una nueva inflexión dentro de una larga historia de experimentos narrativos que buscan representar un mundo cada vez más extraño en sí y para sí mismo.

La lectura es exigente. No es condescendiente, pero tampoco la obra deviene ininteligible. El sentido puede extraerse de manera directa en la medida en que se desentrañan los conflictos que organizan la trama. La rareza aquí no opera como una barrera, sino como una invitación. Y es precisamente la estética pulp la que viene en auxilio de los elementos más experimentalmente neo-modernistas que la novela pone en juego, equilibrando complejidad formal y potencia narrativa.

La rareza no implica simplemente no entender, aunque no entender se presenta aquí como un desafío seductor. El texto convoca permanentemente a querer saber más, a seguir los múltiples caminos que propone y a explorar la ramificación de sentidos que despliega. No estamos únicamente ante una novela coral donde distintas voces se superponen o prolongan un mismo hilo narrativo. Mattio está contando una historia. Está narrando la aparición de una extraña enfermedad que se propaga sobre una comunidad, y que pasa por alto a una única persona. Está narrando el advenimiento de una pandemia.

En La tierra hundida ya vuelve a levantarse, M. John Harrison hace decir a uno de sus personajes que los acontecimientos extraños que irrumpen en la novela resultan tan difíciles de comprender para su generación como lo fue el Brexit para buena parte de la sociedad británica. La observación es particularmente iluminadora porque no remite solamente a un episodio político, sino a una experiencia cognitiva. La experiencia de enfrentarse a una realidad emergente utilizando herramientas conceptuales construidas para un mundo que ya no existe.

La nación de los sueños diurnos trabaja sobre una intuición similar. Sus personajes se encuentran constantemente asediados por acontecimientos cuya lógica no consiguen reconstruir por completo (trabajo que es análogo al que se le presenta al lector). Una realidad muerta se resiste a desaparecer mientras otra nueva emerge sin ofrecer explicaciones. El problema ya no es solamente político, tecnológico o cultural. Comporta una mutación cognitiva. Quizás esa sea también una de las herencias más inquietantes que nos dejaron la pandemia, las plataformas digitales y la inteligencia artificial.

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La nación de los sueños diurnos

 

La hipótesis de postrealismo: de Piglia a una posible repuesta a Lethem 

Como lo dijimos más arriba, las ficciones de Mattio dialogan con algunas de las discusiones filosóficas más relevantes del siglo XXI: desde el correlacionismo y el realismo especulativo hasta la ontología orientada a objetos, con una presencia particularmente visible de la obra de Eugene Thacker y su trilogía sobre el horror filosófico. Sin embargo, estas referencias no aparecen como simple decoración conceptual, sino integradas a una maquinaria narrativa que intenta pensar un mundo donde lo humano ha dejado de ocupar el centro de la escena, la “gota weird” de la que habla el escritor Ramiro Sanchiz, lentamente pasa de ser una simple mancha a dar paso a una “nueva realidad” por narrar.

La vieja realidad embarra a la nueva y la nueva desfigura a la anterior. Los vectores de información apócrifa, las hipersticiones —ficciones capaces de producir las condiciones de su propia realización— y la aceleración de los acontecimientos configuran un mundo donde los personajes se enfrentan constantemente a fenómenos para los cuales ya no existen categorías adecuadas. La velocidad del evento y la lentitud de los lenguajes heredados están destinadas al desencuentro.

Es en ese punto donde Mattio realiza una apropiación singular de Borges. Tanto Tlön como la célebre paradoja del mapa y el territorio dejan de funcionar como problemas metafísicos o literarios para convertirse en problemas políticos de la representación. La cuestión ya no consiste solamente en cómo describimos el mundo, sino en cómo las descripciones comienzan a producir aquello que pretenden representar.

Utilizando a Borges, desde la perspectiva de Mattio, podemos inferir que los recortes necesarios para que el mapa de China no sea idéntico al territorio chino no sólo condicionan la forma en que veremos China: comienzan, además, a fabricar una neo-China. La representación deja de ser un reflejo para convertirse en una fuerza productiva. El mapa modifica el territorio.

En ese sentido, la novela funciona como una puesta en acto de la hipótesis sobre el realismo que atraviesa toda la obra. El simulacro, pensado a través de Baudrillard —otro lector fascinado por los problemas abiertos por Borges—, deja de ser una copia degradada de lo real para transformarse en uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales lo real se produce, se reorganiza y adquiere nuevas formas.

Entonces, la escritura de Mattio se sitúa en una zona de cruce singular. Conviven allí el maximalismo norteamericano y el llamado mamotreto posmoderno, la nueva ola de la ciencia ficción y la nueva ficción extraña, pero también ciertas tradiciones específicamente argentinas: los ecos de El Matadero, La Refalosa y La Cautiva, el diálogo crítico con Borges, la herencia de Piglia (Walsh, Saer y Puig), una apropiación muy personal de Bolaño y una discusión abierta con el minimalismo autobiográfico que dominó buena parte de la literatura reciente en Argentina. A esto se suma la influencia de Mark Fisher, Nick Land y el universo teórico del CCRU, cuyos problemas reaparecen transformados en materia narrativa.

Si hubiera que trazar un mapa comparativo para pensar a La nación de los sueños diurnos, podrían mencionarse La niña del pelo raro, El rey pálido y Entrevistas breves con hombres repulsivos de David Foster Wallace, Casa de hojas de Mark Z. Danielewski, Espacio negativo de B. R. Yeager, Cyclonopedia de Reza Negarestani, Rant de Chuck Palahniuk o Crash de J. G. Ballard. 

Si lo tuviéramos que pensar en serie comparada en Latinoamérica, Barragán Castro, Sanchiz, Barrientos o Romero podrían ser algunos nombres que se aproximan a algunos de sus universos temáticos. Hay operaciones similares que permiten agruparlos, desde luego.

Sin embargo, la comparación tiene un límite evidente: ninguna de estas obras coincide plenamente con lo que Mattio está intentando hacer. Tampoco resulta suficiente clasificar sus novelas como ciencia ficción o nueva ficción extraña. Aquí parece estar ocurriendo otra cosa. Es en ese punto donde la noción de posrealismo (empujada por el propio Mattio) comienza a volverse productiva.

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Ante el progresivo agotamiento de la nueva ficción extraña y el evidente cansancio del realismo existencial argentino —cuya versión más empobrecida encuentra expresión en la llamada “poesía del enter”—, la obra de Mattio aparece como una de las experiencias más interesantes para pensar el futuro de las literaturas no miméticas. Tanto Materiales para una pesadilla como La nación de los sueños diurnos profundizan algunas búsquedas de la ficción extraña latinoamericana, pero al mismo tiempo parecen señalar otra dirección: la posibilidad de un posrealismo periférico capaz de narrar las formas contemporáneas de la experiencia, la tecnología, el horror y la historia desde el sur en el siglo XXI.

A finales de los años noventa, el escritor Jonhatan Lethem escribió un texto con una pregunta clave: ¿Qué hubiera pasado si El arcoiris de gravedad de Thomas Pynhcon ganaba el Premio Nébula? La tesis de Lethem se desarrolla a partir de entender que hubiera ayudado a redefinir y revitalizar el rumbo de la ciencia ficción, elevándola al estatuto de la literatura considerada seria, y ampliando sus temáticas tanto como sus alcances y sus riesgos. Entendemos que la literatura de Mattio se comporta como si Pynchon hubiera ganado ese premio y avanza, haciendo del “sueño” de Lethem una realidad narrativa, jugando con aquello que Juan Mendoza supo llamar “escrituras sampler”.

¿Cómo se produjo esto? Según Mattio, la hipótesis de lectura propuesta por Piglia permite comprender buena parte de la literatura argentina y occidental hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, esa cartografía se detiene precisamente en el momento en que irrumpen el movimiento beat y la nueva ola de la ciencia ficción, junto con las transformaciones que producirían más tarde autores como J. G. Ballard, William S. Burroughs, Thomas Pynchon, William Gibson, M. John Harrison o David Foster Wallace. Allí donde Piglia interrumpe el recorrido, Mattio parece recoger el guante.

Lo que le interesa de la ciencia ficción no es su capacidad para anticipar inventos o predecir el futuro, sino su potencia como dispositivo cognitivo: una forma de narrar la realidad mediante procedimientos que el realismo tradicional no puede ofrecer. En ese sentido, recupera el riesgo formal del modernismo y lo combina con tradiciones frecuentemente consideradas menores, como la literatura pulp, la ciencia ficción y sus múltiples derivaciones.

La pregunta que emerge entonces es inevitable: ¿sigue siendo posible distinguir con claridad entre realismo y ciencia ficción? La distancia que separaba al escritor de la tecnología en tiempos de Julio Verne —e incluso en los de William Gibson— se ha reducido drásticamente. Vivimos inmersos en procesos tecnológicos que modifican la experiencia cotidiana a una velocidad superior a la de cualquier ejercicio de anticipación literaria.

Por eso la ciencia ficción ya no puede sostenerse únicamente como un arte de la predicción. Si su valor dependiera de acertar futuros posibles, el género habría quedado rápidamente obsoleto. Mattio elige otro camino: toma los procedimientos modernistas y pulp desarrollados por la nueva ola para integrarlos en una forma narrativa distinta, algo que ya no parece ser estrictamente ciencia ficción, pero tampoco nueva ficción extraña. Es en esa zona híbrida donde comienza a delinearse lo que podría llamarse “posrealismo especulativo”.

1.https://www.revistaotraparte.com/op/narrativa/las-escrituras-sampler/