Teatro: “Hamlet, continúe” o qué hacemos con la verdad

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Teatro: “Hamlet, continúe” o qué hacemos con la verdad

28 Junio 2026

¿Qué pasaría si a una de las obras de teatro más emblemáticas se le cambiara el final? ¿O qué pasaría si Shakespeare hubiese inventado "Elige tu propia aventura"? Roger Bernat, el director de Hamlet, continúe decidió hacer un paréntesis y detenerse en una de las páginas, abrir un apartado o inventar un nuevo plan junto al espectador y extender una rama del enorme árbol de posibilidades que la obra de William Shakespeare nos ha brindado durante más de cuatro siglos. 

El teatro como Institución tiene más de 2500 años; en la Antigua Grecia cumplió un rol social central en la constitución de la nueva democracia. Bernat recupera este sentido originario para desplazar la atención hacia el público como actor político, transformando la sala en un espacio de toma de conciencia donde la práctica teatral recupera su dimensión pública y colectiva. Lejos de ser un mero entretenimiento dominical o una evasión de la realidad, la escena se proyecta aquí desde su raíz histórica: como un hecho social y democrático para preguntarse por la naturaleza de la verdad. 

Hamlet fue escrita entre 1599 y 1601. Cuando Hamlet mata accidentalmente a Polonio creyendo que era el rey Claudio, el monarca utiliza esto como pretexto para exiliarlo a Inglaterra. En realidad, Claudio envía a Hamlet con dos amigos traidores y una carta secreta que ordena al rey inglés ejecutar al príncipe apenas pise tierra. El exilio no fue para salvar a Hamlet de las leyes locales, sino el pretexto perfecto para matarlo en secreto. Claudio necesitaba una ejecución fuera de sus fronteras y a manos de un monarca extranjero para evitar las consecuencias políticas en Dinamarca y mantener sus manos limpias ante los ojos de su esposa (madre de Hamlet) y de su pueblo. 

Roger Bernat marca justo un asterisco ahí, una pausa, un paréntesis. Tal vez se haya preguntado más de una vez cómo juzgaría la sociedad contemporánea al personaje más famoso de la historia del teatro. Es ahí donde la realidad y la ficción dejan de ser territorios separados. La obra construye un juicio y entrega su desenlace a quienes están sentados en la sala. El final depende exclusivamente del público. Sin embargo, la pregunta central no es si Hamlet mató a Polonio. Eso ya lo sabemos. Hamlet nunca se declara inocente, asume su responsabilidad. Lo que se pone en discusión es otra cosa: qué hacemos nosotros con lo que sabemos que en los hechos es cierto. 

¿Cuán punitivistas somos? ¿Cuánto estamos dispuestos a escuchar antes de condenar? ¿Qué lugar ocupan las circunstancias, el contexto, la intención o el arrepentimiento cuando una persona comete un delito? Son preguntas que atraviesan permanentemente a nuestras sociedades y que suelen aparecer simplificadas en titulares, redes sociales o debates televisivos. Bernat toma esas preguntas y las convierte en experiencia teatral.

El punitivismo, entendido como esa pulsión social desbocada que exige castigo penal como única solución mágica a los problemas estructurales, se devora cualquier intento de análisis profundo. Nos enfrenta a un dilema ético fundamental: a la hora de juzgar a un individuo, ¿se deben tener en cuenta las variables sociopolíticas, la clase social y el contexto de vulnerabilidad, o el tribunal debe regirse fríamente por las leyes escritas tal como lo establece la Constitución Nacional? En este caso en particular, la reformulación del clásico nos corre de los privilegios de la realeza: Hamlet ya no es el intocable príncipe de Dinamarca, sino un pibe de un barrio de clase baja. Esta transposición cambia radicalmente las reglas del juego. Si la ley se aplica de manera ciega e igualitaria en una sociedad que es profundamente desigual, la aparente "neutralidad" de la norma se transforma en una herramienta de opresión clasista, donde las cárceles terminan poblándose únicamente con los eslabones más débiles de la cadena social, mientras que el poder real goza de una eterna impunidad.
 

¿Cuán punitivistas somos? ¿Cuánto estamos dispuestos a escuchar antes de condenar? ¿Qué lugar ocupan las circunstancias, el contexto, la intención o el arrepentimiento cuando una persona comete un delito?

La obra funciona como un experimento social. No porque busque respuestas definitivas, sino porque expone los mecanismos con los que construimos nuestros juicios. Tal como plantea la propia gacetilla, el teatro aparece aquí como un dispositivo democrático, un espacio donde una comunidad se reúne para pensar, imaginar y tomar decisiones colectivamente. El público deja de ser observador para convertirse en parte activa del acontecimiento. Ya no mira un juicio: participa de él. 

Hay algo profundamente sociológico en esta propuesta. La sala se transforma en un laboratorio donde aparecen tensiones entre moral, ética, castigo y verdad. Lo interesante es que nadie puede refugiarse completamente en la ficción. Cada voto, cada postura y cada argumento hablan tanto de Hamlet como de nosotros mismos. El escenario se vuelve un espejo incómodo que devuelve una imagen de nuestras propias convicciones. Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurriría si Hamlet fuera una mujer? La pregunta no es un mero ejercicio de imaginación. Diversos estudios sociológicos y judiciales muestran que las mujeres suelen ser juzgadas no sólo por sus actos sino también por cuánto se apartan de los roles sociales que se esperan de ellas. Una mujer acusada de homicidio rara vez es observada únicamente como una persona que cometió un delito. También es evaluada como hija, madre, esposa o cuidadora. Sobre ella recaen expectativas morales adicionales. ¿Sería juzgada con la misma indulgencia? ¿Despertaría la misma empatía? ¿El público buscaría comprender sus motivaciones o la condenaría con mayor rapidez? Hamlet, continúe no formula estas preguntas de manera explícita, pero las deja flotando en el aire. 

Y esa es una de sus mayores virtudes. El espectáculo entiende que el teatro no siempre debe ofrecer respuestas. A veces alcanza con construir las condiciones para que una comunidad se haga preguntas juntas. Alguien dijo alguna vez que si dos personas salen del teatro discutiendo sobre lo que acaban de ver, entonces probablemente hayan asistido a una buena obra. 

En tiempos donde las opiniones parecen llegar antes que las reflexiones, Hamlet, continúe consigue algo cada vez más infrecuente: convertir al teatro en una asamblea de dudas. Y probablemente ese sea uno de los mayores logros de esta obra. Porque la discusión no termina cuando baja el telón sino cuando comienza la conversación entre quienes compartieron la experiencia. 

La propuesta de Roger Bernat y Yan Duyvendak es tan simple como audaz. Sobre el escenario apenas tres actores sostienen la ficción. Sin embargo, quienes ocupan los roles de jueces, fiscales, abogados y peritos son profesionales reales de cada país donde la obra se presenta. No interpretan una profesión: la ejercen. El dispositivo judicial deja de ser una representación para convertirse en un acontecimiento vivo. Y el público deja de ser público para transformarse en jurado.

En el caso de la puesta local, un dato insoslayable de la realidad se coló con fuerza en el estrado: el abogado defensor de Hamlet fue Ricardo Gil Lavedra. El reconocido jurista real no actuó, sino que ejerció su profesión dentro del dispositivo escénico y se encargó de recordarle firmemente al jurado que, en este caso, Hamlet no es el intocable príncipe de Dinamarca, sino un pibe de un barrio de clase baja. A partir de allí, Gil Lavedra utilizó como uno de sus argumentos centrales una máxima que resuena en las entrañas del rock y la política argentina: "todo preso es político", el célebre mantra del Indio Solari. Al traer este concepto a la defensa de este joven despojado de privilegios reales, desnudó el trasfondo de la obra: no hay juicio libre de poder.

La justicia penal no opera en el vacío; está indisolublemente ligada a las tensiones socioeconómicas, a las razones de Estado y a quién detenta el monopolio de la fuerza y la palabra oficial.
La obra ya fue presentada en más de 200 ciudades alrededor del mundo y los resultados dicen tanto sobre Hamlet como sobre las sociedades que lo juzgan. En la enorme mayoría de las funciones, el veredicto fue culpable. En Hong Kong, incluso, el personaje recibió una condena de cadena perpetua. Lo fascinante no es el resultado en sí, sino lo que revela. Cada sentencia parece construir un retrato colectivo de la comunidad que la emite. El acusado es el mismo. Las pruebas son las mismas. Lo que cambia es la sociedad que decide. 

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La volatilidad de estos veredictos quedó en evidencia en las funciones de Buenos Aires de las que fui testigo: el día anterior a mi función, el tribunal popular condenó a Hamlet a dos años de prisión; sin embargo, la noche en que me tocó ocupar la butaca y participar del experimento, el mismo acusado, bajo las mismas circunstancias y con idéntico expediente, fue declarado no culpable y esto solo había sucedido 2 veces en la gira que lleva la obra. 

Y ahí aparece una de las maravillas más incómodas: ¿qué tan punitivistas somos? El punitivismo no es solamente la voluntad de castigar a quien comete un delito. Es una forma de comprender la realidad. Una lógica que coloca a la pena como respuesta principal frente al conflicto. Es la necesidad de encontrar culpables, de exigir condenas ejemplares y de confiar en que el castigo resolverá aquello que nos incomoda. Hamlet reconoce haber matado a Polonio. No hay misterio. No hay búsqueda de inocencia. La pregunta entonces deja de ser si cometió el crimen y pasa a ser qué hacemos nosotros con alguien que admite su responsabilidad. La obra obliga a detenerse en aquello que muchas veces queda fuera de los debates públicos. El contexto. Las circunstancias. la clase social, la intención. El arrepentimiento. Las contradicciones humanas.

En una época atravesada por la velocidad de las redes sociales y los juicios instantáneos, Hamlet, continúe propone exactamente lo contrario: tomarse el tiempo de pensar. La propia gacetilla recupera una idea que atraviesa toda la trayectoria de Bernat. El teatro entendido como un acto social. Como un espacio donde una comunidad se reúne para construir sentidos. Desde la tragedia griega hasta nuestros días, la escena funcionó como un lugar para reflexionar sobre los problemas colectivos. No es casual que el director piense al teatro como una herramienta democrática. Aquí la ficción no es una evasión de la realidad sino una forma de observarla mejor. 

En términos sociológicos, la obra funciona como un laboratorio. Cada argumento pronunciado por la defensa o la acusación, cada intervención de los especialistas, cada voto emitido por el público, permite observar valores, prejuicios, miedos y convicciones. La justicia se convierte en un espejo. Y como ocurre con los espejos más sinceros, no siempre devuelve una imagen cómoda. Vista desde la Argentina, la experiencia adquiere una resonancia particular. En un país donde la justicia ocupa diariamente la discusión pública, donde las condenas, las absoluciones, las prisiones y las acusaciones cruzadas forman parte del debate político cotidiano, la pregunta sobre quién merece ser castigado y quién no deja de ser una cuestión exclusivamente teatral. El juicio a Hamlet dialoga inevitablemente con nuestras propias discusiones sobre la ley, el poder, la responsabilidad y la igualdad ante la justicia.

Este diálogo con la coyuntura local se vuelve explícito cuando calibramos el termómetro político actual. Vivimos en una Argentina donde el discurso punitivista es fogoneado diariamente desde las esferas oficiales. Las conferencias de prensa del vocero presidencial, Manuel Adorni, funcionaban como el puntapié de una narrativa gubernamental que valida el escarnio público, persigue la disidencia y festeja la criminalización de la protesta o el encierro de los opositores con total apoyo del aparato del Estado. En este clima de época, donde la tribuna tuitera y los funcionarios exigen ver a figuras de la oposición tras las rejas —con el constante reclamo de ver a Cristina Fernández de Kirchner presa como trofeo político máximo—, el experimento de Hamlet, continúe se vuelve peligrosamente real. 

La obra nos interroga directamente sobre cómo el poder moldea el deseo de castigo de una sociedad y cómo la justicia se utiliza, hoy igual que en la Dinamarca de Shakespeare, como una extensión de la guerra política por otros medios.

Lo extraordinario es que Shakespeare escribió Hamlet hace más de cuatrocientos años y, sin embargo, Roger Bernat consigue que el conflicto parezca escrito para nuestro tiempo. No porque actualice la historia, sino porque actualiza la pregunta. Después de todo, en el texto original de Shakespeare, a Hamlet jamás se lo somete a un tribunal; por eso, lo verdaderamente agudo de este cruce es ver cómo, tanto en la sociedad de hace cuatro siglos como en la nuestra, las estructuras de la corona y el poder económico funcionan como un escudo de impunidad. Lo verdaderamente terrible y descorazonador de este espejo es que, a diferencia de la realidad política que nos atraviesa, Hamlet es solo ficción. 

Esta experiencia asamblearia y colectiva no se da en el vacío, sino que cobró vida en la cartelera local a través de la gestión de Paraíso Club, un espacio alternativo de artes escénicas que propone un innovador formato de exhibición mensual donde la audiencia es protagonista y motor de las creaciones.