Teatro: "Camal", la crisis de la salud mental en escena

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CARTELERA TEATRAL

Teatro: "Camal", la crisis de la salud mental en escena

13 Septiembre 2026

¿Se puede establecer un paralelismo entre lo femenino y un ganado? ¿Qué pueden tener en común un cuerpo animal conducido hacia el matadero y un cuerpo humano atravesado por las exigencias de su tiempo?

Camal nos sumerge, en principio, en una conversación sobre el vegetarianismo. Pero rápidamente ese debate se vuelve otra cosa. O, quizás, revela que siempre estuvo hablando de otra cosa más profunda: de cómo los cuerpos son consumidos, adiestrados, reprimidos, observados y obligados.

El ganado es criado, alimentado, marcado, encerrado y conducido hacia un destino previamente establecido. Algo que se transforma en profundamente inquietante cuando esa lógica comienza a parecernos familiar.

También existen cuerpos que aprenden desde muy temprano cómo deben comportarse. Cuánto ocupar. Qué mostrar. Qué esconder. Cómo vestirse. Cómo agradar. Cómo producir. Cómo ser deseables. Cómo mantenerse jóvenes. Cómo responder a cada nueva exigencia.

No nacemos sabiendo qué hacer con nuestro cuerpo. Hay que aprenderlo. Y ese aprendizaje puede parecerse demasiado a un adiestramiento.

Hay una diferencia entre que alguien nos diga qué hacer y conseguir que el cuerpo lo haga solo. El adiestramiento más eficaz es aquel que ya no necesita una orden. El cuerpo se corrige antes de ser corregido. Se vigila. Se compara. Se acomoda.

Las reglas ya están adentro. Ya no hace falta que alguien nos diga que estamos siendo observadas. Nos observamos. El cuerpo se convierte en su propio vigilante.
La mirada ajena termina volviéndose una mirada propia.

En 1984, Orwell lleva esta idea hasta el extremo. La Policía del Pensamiento vigila aquello que sucede incluso antes de que se convierta en una acción. Las telepantallas están ahí, observando, escuchando, registrando. “Tenía que vivir, y esto se había convertido en un hábito que se transformaba en instinto, con la seguridad de que cualquier sonido que hiciera sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados”. 

En Camal, esa vigilancia se ve en la escena. La forma más eficaz del adiestramiento: cuando ya no sabemos distinguir entre aquello que deseamos y aquello que aprendimos a desear.

Vivimos además en un estado de hiperconectividad que parece haber borrado la posibilidad de desconexión. Estamos disponibles todo el tiempo. Miramos, respondemos, producimos, consumimos, registramos. La quietud empieza a parecer una falla.

La hiperactividad también se vuelve una forma de doma. No hacer nada genera culpa. Detenerse parece perder tiempo. Descansar necesita una justificación. Y así, incluso cuando nadie nos está pidiendo nada, seguimos haciendo.

La hiperactividad también se vuelve una forma de doma. No hacer nada genera culpa. Detenerse parece perder tiempo. Descansar necesita una justificación.

¿Cuándo dejamos de habitar nuestro cuerpo? ¿Qué nos trae el costo de habitarlo apagando esas voces? Es un ir y venir constante.

La obra no apunta contra un individuo. No busca un culpable particular. Apunta directamente al sistema, a esa maquinaria que consigue instalar sus reglas hasta volverlas cotidianas. Un sistema que no necesita levantar la voz cuando ya consiguió que aprendamos a vigilarnos solos.

Hay algo de Rosario Castellanos en esa tensión entre aquello que somos y aquello que se espera que seamos. “Este cuerpo que ha sido mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba”. Una identidad que se construye bajo la mirada de los otros, entre mandatos que parecen naturales porque fueron repetidos tantas veces que dejamos de preguntarnos de dónde vienen.

Y también algo de Elena Garro en esa violencia que se vuelve paisaje. ”Hay que tener cuidado con las palabras, porque crean realidades que luego no podemos destruir”. Una violencia que no siempre necesita un golpe ni un grito porque puede instalarse en lo cotidiano hasta conseguir que el encierro parezca normal.
En un mundo donde la salud mental atraviesa una de sus mayores crisis, la comparación se convirtió en una forma permanente de medir cuánto nos falta para alcanzar un ideal que siempre vuelve a correrse.

Las redes sociales pueden convertirse entonces en otro tipo de matadero.

Allí también los cuerpos son exhibidos, comparados, clasificados y consumidos. El cuerpo deja de ser solamente un cuerpo para convertirse en imagen, número, aprobación, rendimiento.

La obra no separa la manera en que consumimos de la manera en que miramos.

¿Cuál es el precio de vivir permanentemente disponibles para ser vistos, evaluados, deseados y consumidos?

La pregunta se vuelve todavía más compleja. cuando se presenta el personaje, Merlina Galván, una joven fotógrafa, que presenta su proceso psíquico. Para sobrevivir, aquello que sucede dentro de ella no permanece encerrado. Se materializa en el espacio escénico.

Su cabeza está fuera de su cabeza. Sus pensamientos aparecen físicamente, se multiplican, insisten, regresan. Los trastornos de ansiedad, las obsesiones, las exigencias y las contradicciones toman materialidad. No se detienen. Y cuando lo hacen, el descanso dura apenas lo suficiente para que todo vuelva a empezar.

La mente de Merlina también está acorralada. 

Le duele profundamente el mundo. No puede hacer compartimentos con el dolor. El sufrimiento de un animal, un cuerpo que enferma, una persona que se rompe, una vida que no alcanza a sostenerse: todo parece formar parte de una misma herida.

Merlina ve. Ve demasiado. 

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Quizás por eso la salud mental también sea para ella una pregunta que excede lo individual. ¿Cómo permanecer sensible sin quedar atrapados en aquello que nos rompe? ¿Cómo mirar sin quedar sometidos a la mirada? ¿Cómo se convive con ese dolor y la vigilancia? el escenario termina convirtiéndose entonces en ese lugar donde podemos verla a ella y a sus voces en pugna.

Las luces y sombras, la sonoridad y los audiovisuales cumplen un papel fundamental en la construcción de ese encierro. El ganado que es acorralado antes de ser llevado al matadero encuentra su correspondencia en una psiquis que tampoco parece encontrar una salida.

Lo tremendo no es todo lo que ya nos muestran los personajes, sino el sombrío secreto que se esconde justo debajo: el corral ya no necesita tener barrotes.

Cuando las reglas están suficientemente incorporadas, aprendemos a construir nuestro propio encierro.

La obra no convierte a la mujer en animal. Observa qué ocurre cuando una sociedad empieza a tratar los cuerpos como materia disponible. Disponible para mirar. Disponible para juzgar. Disponible para producir. Disponible para desear. Disponible para consumir. Y quizás también disponible para consumirse a sí mismo.

En un país donde la palabra libertad parece cada vez más desgastada, arrebatada, aniquilada, donde su significante parece cada vez más alejado, incluso enfrentado, a la realidad que nombra, la escena habla también de aquello que perdemos mientras intentamos cumplir con todo. 

Estamos endeudadas con nuestro tiempo, con nuestra apariencia, con nuestro trabajo, con nuestro rendimiento, con nuestra juventud, con nuestra felicidad. Una deuda social que parece no terminar nunca porque, apenas alcanzamos una exigencia, aparece otra. Y eso, para nosotras, se traduce en plata. El endeudamiento siempre es económico para una mujer.

Una experiencia sensorial y estética. La obra es un dispositivo de Arte Total que fusiona Artes Escénicas, Performance, Instalación Audiovisual y Fotografía. No solamente narra la crisis de la salud mental: la pone en el espacio, la vuelve osamenta, imagen, sonido y movimiento.

Merlina no nos cuenta simplemente lo que le sucede. Nos obliga a mirar cómo sucede. Y entonces el matadero deja de ser solamente un lugar físico.

Puede ser una lógica. Una forma de producir. Una forma de mirar. Una forma de consumir. Una forma de vivir.

Una obra que parece decirlo todo. Y quizás por eso, en algunos momentos, no deja demasiado espacio para que el espectador complete aquello que está viendo. Y hay algo valioso en esa decisión: Camal parece querer asegurarse de que miremos. Y de que no osemos a apartar la vista.

La obra se presenta los domingos a las 20 h hasta el 28 de septiembre en Aquelarre en Movimiento, Malabia 852, CABA. 

https://panel.alternativateatral.com/obra96894-camal 

Ficha técnico artística

Creador/Creadores: Catalina Basilio y Emiliano Sebastián Larea (director).

Idea Original: Catalina Basilio
Coautor: Catalina Basilio, Emiliano Larea
Actúan: Natalina Basilio, Lucrecia Benavente Álvarez, Constanza Newell, Tamara Rocca
Montaje: Emiliano Larea, Tomás Rodríguez
Pelucas: Agustín López, López Peluquería
Maquillaje: Adam Efron
Diseño de vestuario: Catalina Basilio, Margarita Romera
VJ: Paula Monetta
Fotografía: Nacho Lunadei (Iron Studio)
Diseño gráfico: Catalina Basilio
Asistencia de dirección: Johanna Franciga
Producción Audiovisual: Paula Monetta
Producción ejecutiva: Catalina Basilio
Producción Escenográfica: Johanna Franciga
Dirección: Emiliano Larea