Sobre "Futuro Berg", el libro raro de Fabián Soberón
Cuando lo conocí, en Corrientes, hará cosa de tres meses, Fabián Soberón estaba afónico. Habíamos ido como invitados a homenajear a José Gabriel Ceballos, gran escritor correntino, casi un prócer de la literatura argentina y, pese al dolor de garganta, Fabián Soberón participó del homenaje y del después, entusiasta, charlatán hasta donde se lo permitió la afonía. Recuerdo la cena última, previa a la despedida, su desesperación, sus ganas de opinar de lo que sea, de poesía, de cine, de recetas de comida. Y el gesto de renuncia con que se resignó a convertirse en oyente, puro oyente. Estaba preocupado, además, porque en pocos días iniciaría en Tucumán el rodaje de una película. Cómo iba a hacer para dirigir una película si le fallaba, precisamente, la voz de mando. Un director de cine puede ser ciego, que incluso así sacará su película adelante; pero si es mudo, si está afónico, puede provocar un desastre.
Después de leer Futuro Berg y Naranjo esquina, el libro inmediatamente anterior del autor, sentí que la afonía de Fabián Soberón derivaba esencialmente de sus modos de narrar. De su manía y empeño por narrar. Del soberano esfuerzo que supone aglutinar voces, recrearlas, ponerlas en funcionamiento, hacer que suenen estridentes, diáfanas, más o menos nítidas, más o menos difusas.
Si en Naranjo esquina Fabián Soberón recreaba y multiplicaba las voces de los habitantes de un pueblo posible, en Futuro Berg, tengo para mí, hace un ejercicio aún más complejo: presta su propia voz de narrador a los personajes que se desplazan a través de un tiempo sin tiempo definido; o a través de los mil tiempos que vivimos, en los que todo el mundo habla, habla y habla.
Qué libro extraño y sofisticado escribió Fabián Soberón. ¿De qué se trata el futuro que propone Futuro Berg? Leemos, en realidad, con la intuición de que no existen pasado, presente ni futuro. El tiempo es más bien un manto expandido —o un manto que, como el universo, no deja de expandirse— y en el que se multiplican, estallan todos los tiempos posibles. Lo que no se altera, en todo caso, es el problema: el poder, y las maneras que encontramos sino de enfrentarlo, al menos de eludirlo, o de escabullirnos de él. Las historias que componen este libro dan cuenta de ambas opciones.
Confieso que fui y vine a través de sus páginas; del rastreo de la ficción (dónde está la ficción en este libro), al rastreo de aquello que, por falta de imaginación, llamamos realidad. Y confieso que, al fin y al cabo, el libro me respondió con más incertidumbre. Una respuesta que cubre, si es que acaso no desborda, lo que buscamos al leer. Quién es Edgardo Berg. A veces protagonista de estos relatos, a veces, mero testigo; por momentos, personaje necesario que funciona como un satélite que le sirve al autor —a Fabián Soberón— para dar cuenta de las peripecias con que construye su artefacto (no me gusta la expresión artefacto, que de tanto usarse en crítica literaria ya perdió sentido; sin embargo, en el caso de este libro, sentí que el sentido de la expresión renacía, que este futuro se ofrece como una máquina, como un aparato: insisto, qué libro raro armó Fabián Soberón, a la manera en que se arma un artefacto).
Edgardo Berg, filósofo, ensayista, docente, es el eje sobre el que se desarrollan estas historias. Como insinué, aunque existe la ilusión de una linealidad, es una linealidad caprichosa, ondulante; transcurren años, a veces décadas entre una historia y la siguiente. Puede que el relato, como en “El bramido”, siga una conversación de amigos —amigos cultos, trascendentales—, entregados al placer de la charla peregrina, que por su propia naturaleza los conduce a una forma de abismo existencial, dulce y melancólico, pero también político. Edgardo, Fabián y Jorge, los tres amigos, arrobados por el paisaje tucumano, sorprendidos por un sismo, sostienen sin embargo la conversación.
O puede que la narración rebote hacia el pasado, sin perder en el rebote la voz o al menos algún testimonio de Edgardo Berg, sobre quien cae, a la manera de una posesión, la experiencia de algún antepasado que propone, a su vez, una historia marginal, subterránea sobre el armado de una nación, quizás esta. Fabián Soberón se asienta en ese margen, toma historias sorprendentes, detalles asombrosos, y los desliza como al pasar, frenético, como si quisiera pasar a otra cosa, porque hay mucho que contar y el tiempo apremia.
Incluso desde la ilusión de calma chicha que ofrece aquel capítulo —o cuento, si prefieren decirlo así— en el que los tres amigos divagan a un punto exquisito, hasta las andanzas de amistades, parentela, meros conocidos, tarambanas entrañables, locos lúcidos, amantes y odiadores extremos…, el gesto narrativo de Fabián Soberón tiende a señalarnos que sea el tiempo que sea, el clima, la atmósfera que nos acompañan son el clima y la atmósfera de un mundo en permanente estado de alerta. El mundo siempre está en peligro, es su estado natural. Vivimos a la espera de que todo se termine. Ansiosos porque al fin el fin suceda, arriesgamos los motivos, proponemos variantes, y nos lanzamos a narrar esa oscuridad. Y en esa empresa encontramos siempre un poder, a veces más, a veces menos evidente, que nos manipula, que juega con nosotros, que establece nuestros modos de mirar y de narrarnos las cosas de alrededor, de contarnos las historias. Nuestra resistencia, entonces, nuestra esperanza, estará puesta en las voces que seamos capaces de convocar y que nos permitan establecer algún conjuro, un contrapoder posible.
O en las conexiones que nos permitamos imaginar: a la manera en que lo hace el Edgardo Berg de Fabián Soberón cuando menta las andanzas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca (“un homosexual reprimido que no había podido contar sus relaciones sexuales con el negro Estebanico y con los indios por miedo a ser quemado en la hoguera”). Álvar Núñez era un aventurero coqueto, refinado, amante de la pintura, alguien que cultivó la escritura como nadie. Él hubiese querido escribir de sus escarceos, de sus placeres y encantos. Pienso en el meme tan recurrente y efectivo: “Pero Álvar, no podemos publicar eso”. Y me imagino, entonces, a Cabeza de Vaca derivando el refinamiento en salvajismo refinado. Una pedagogía del arte de marear al poder.
"Futuro Berg", como buen manto estallado, despliega la distopía en todas direcciones. La distopía está en el pasado, la vivimos ahora mismo, será distópico lo que vendrá. ¿Qué haremos para evitarla, si es que nuestro deseo es evitarla?
Sin ser concluyentes —lo que nadie pide ni reclama—, bien podemos asumir las derivas de este Futuro Berg, de sus personajes, como fisuras posibles. Pequeños resquicios a través de los cuales se filtra una máquina de narrar descontrolada. Es inevitable —un poco porque aparece mencionado en algún capítulo, o cuento de Futuro Berg— es inevitable pensar en la máquina de narrar de Ricardo Piglia. En La ciudad ausente. Aquella ciudad, aquella Buenos Aires de la cual Piglia recuperaba —o imaginaba— sus relatos clandestinos, tenía el carácter melancólico y huidizo de las ciudades que recorren Fabián Soberón y sus personajes.
La distopía, como el futuro, llegó hace rato, podría haber cantado el Indio Solari. Instalamos la distopía en el futuro quizás de puro negadores, la disponemos como una especie de horizonte ominoso hacia el cual nos conducirán el poder y la desidia con que dejamos que el poder nos narre, que hable por nosotros. El Futuro Berg, sin embargo, como buen manto estallado, despliega la distopía en todas direcciones. La distopía está en el pasado, la vivimos ahora mismo, será distópico lo que vendrá. ¿Qué haremos para evitarla, si es que nuestro deseo es evitarla? ¿Qué haremos para liberarnos de la distopía, de su sombra, de su amenaza, de su inminente carácter realista? En la narración, pero sobre todo, en la narración afónica que practica Fabián Soberón, apenas perceptible, tenemos una alternativa. O al menos un buen punto de fuga hacia una utopía posible.