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Cultura //// 06.09.2020
Revolución o muerte: la interpretación de los medios por William Burroughs

William Burroughs es el único autor que conocemos que hizo una teoría de los medios teniendo en cuenta sus efectos semióticos en los telespectadores y usuarios. En esta nota, un análisis de su libro La revolución electrónica.

Por Daniel Mundo |​ Ilustración: Brenda Greco

La ilusión es un arma revolucionaria

W. Burroughs

Para pensar los medios de comunicación de masas tenemos que retrotraernos a la prehistoria de la humanidad y corroborar allí, arqueológica y realistamente, su origen. Si no hiciéramos esto, cualquier discusión profunda sobre la propiedad y la influencia letal de los medios, o sobre sus efectos semióticos en los telespectadores y usuarios, no solo está incompleta: está condenada a desaparecer con la próxima novedad mediática que irrumpa. El único autor que conocemos que hizo una teoría de los medios de semejante altura se llama William Burroughs. La revolución electrónica, para bien y para mal, no perdió actualidad.

No sabemos si Jacques Derrida leyó a Burroughs, pero la teoría que despliega en De la gramatalogía coincide en su punto central a la elaborada por éste: para que haya habla, primero tiene que haber registro o escritura. “Mi teoría fundamental —escribe Burroughs— es que la palabra escrita fue literalmente un virus que hizo posible la palabra hablada” (2013: 26).

No sabemos si Burroughs leyó a Walter Benjamin, pero éste en su ensayo “Del lenguaje en general y del lenguaje entre los seres humanos”, ya había adelantado lo que unos cuarenta años más tarde descubriría el norteamericano: los animales hablan. Lo que no hacen los animales es escribir, registrar su habla de alguna manera, detenerla, transmitirla, enseñársela a las generaciones futuras, de hecho, “tener” futuro: “la misma idea de articular el tiempo no puede ocurrir sin la palabra escrita” (2013: 26. La cursiva del autor). Un poco antes Burroughs había escrito: “Los animales hablan y transmiten información. Pero no escriben” (2013: 25). Es una pena que algunos autores de ciencia ficción sigan siendo encerrados en el armario del entretenimiento.

El animal se metamorfoseó o mediamorfoseó en ser humano no porque le haya brotado una razón sino porque fue capaz de registrar por escrito la palabra hablada (probablemente para ello se haya valido de algún tipo de inscripción jeroglífica o mamarracho) En esta hipótesis, la palabra no sólo sería la condición de posibilidad de la irrupción del ser humano, el posibilitador de su evolución, digamos, sino que además esta palabra tuvo que ser escrita, es decir, debió recurrir a algún tipo de técnica o medio de registro. No basta con hablar. No basta con que la lengua preceda apriorísticamente a la naturaleza humana, es necesario una técnica que colabore en el registro.

¿Dónde estamos? Estamos en el sendero que nos conduce directamente a los planteos de Martin Heidegger, que resumiríamos de este modo: existe una relación de copertenencia, de cooriginalidad, de implicación mutua, entre la irrupción del ser humano y la puesta a punto de la máquina virósica Lengua-Técnica (medio). O dicho en otras palabras: no hay cultura que no tenga algún tipo de lengua y algún tipo de técnica.

¿Esto qué significa? Significa que los medios o la técnica prolongan al cuerpo humano hasta tal punto que no sería un humano si no fuera prolongado, ampliado y registrado por algún tipo de técnica o medio, escritura o registro.

Es cierto que esta teoría invierte los prejuicios del sentido común, que suponen que se parte del balbuceo, la articulación verbal de las palabras y más tarde se llega a la escritura (que tantos pesares trae, y que nunca se termina de aprender). Lo que sucede, sostiene Burroughs, es que la palabra no fue un don divino sino que nació por algo mucho más rupestre pero fundamental: un virus. Un virus que afectó “la estructura interna” de la garganta de algunos simios, de tal modo que les permitió articular unos sonidos que otros simios no pudieron imitar porque la constitución material de su garganta no había sido afectada por el virus.

¿Qué efectos produjo el virus? Según la hipótesis de Burroughs, el virus excitaba sexualmente a los machos y los hacía tener un sexo frenético. Al mismo tiempo que los excitaba les comprimía la garganta y junto con la eyaculación morían asfixiados. De la simiente que depositaban en las hembras nacían individuos mejorados por esta modificación en las cuerdas vocales. La especie evolucionaba. El “adelanto” biológico se comenzó a reproducir de modo automático, genéticamente.

Si esto es tan simple como lo plantea Burroughs, ¿por qué nunca se había investigado antes? Burroughs cita como antecedente al Dr. Kurt Unruh von Steinplatz (uno de los pocos científicos en la historia de la humanidad que no se encuentra en Wikipedia), para el cual este virus tan singular pertenece a las familias de los “virus de mutación biológica” (2013: 28). Son virus que se in-corporan y reproducen genéticamente, y que también alteran la “estructura del huésped” de tal manera que alcanzan, a veces, como ocurrió en este caso, una relación simbiótica estable con éste. Llegado a cierto grado de evolución, el huésped empieza a reconocer el virus exógeno como un órgano mediático (un artefacto técnico) que forma parte de sí mismo: “una parte muy útil” además, afirma Burroughs. Esta mediamorfosis o incorporación lo hizo y aún lo hace pasar desapercibido. Solo otra mutación de este calibre podría ponerlo en evidencia. Para Burroughs, es la mutación biológica que está viviendo la humanidad en este momento. ¿Qué desencadenó este paso en la evolución de la especie? Lo que estamos viviendo es una "revolución electrónica".

A esos simios evolucionados o infectados por el virus, Burroughs los llama “Grabadores”. Parece un chiste, pero si se lo piensa un poco tiene mucho sentido. Son seres que graban, registran y transmiten lo que registran. Él analiza el ejemplo bíblico de la creación del ser humano: Adán (Grabador 1) es el huésped del virus cuya evolución venimos reconstruyendo. El Grabador 2 (Eva) es el medio por el que el virus consigue su reproducción y su incorporación en el huésped. “El Grabador 3 —afirma Burroughs— es Dios” (2013: 30). El grabador 3 es el que concentra todo el poder. En el ejemplo del simio excitado, al Grabador 3 lo llama La Muerte. Un poco más adelante escribirá que el Grabador 3 es “el efecto producido en el huésped por el virus”, “la realidad objetiva” de lo que sucede en el cuerpo del huésped: fiebre, convulsión, asfixia.

Acá están ya desplegados todos los materiales para la teoría revolucionaria de los medios que propone Burroughs. Lo gracioso, “lo siniestro”, es que esa teoría se convirtió en la práctica diaria de todos los que llamamos comúnmente medios de comunicación de masas, desde el diario y la tele hasta Facebook o Twitter. La característica sobresaliente de estos es controlar e implantar líneas automáticas de asociación entre palabras e imágenes. Al final, hechos no vistos o ni siquiera existentes se vuelven parte orgánica de la realidad. Llamar a este tipo de experiencia “alucinación” no es una buena idea, porque desacredita todo el proceso. A la alucinación la consideramos dañina y lo contrario de la normalidad. Pero puede no ser así. Los medios masivos hegemónicos, advierte Burroughs, falsean, falsifican, tergiversan cualquier información, y logran desacreditar todo dato que ponga en duda justamente el status quo que fantaseamos como normalidad. Lo que normalmente referimos como realidad tranquilamente puede ser una ilusión o una alucinación. Y como decía Marshall McLuhan, solo una alucinación más potente que la normalidad podrá a desplazar a ésta.

Burroughs, entonces, nos propone que veamos lo que sucede si se considera al cuerpo humano y al sistema nervioso como dispositivos mediáticos. Él habla de “dispositivos decodificadores”: “los medios masivos podrían sensibilizar a millones de personas para recibir versiones codificadas del mismo tipo de información. Cuando el sistema nervioso humano decodifica un mensaje cifrado, al sujeto le parece que son ideas propias que se le acaban de ocurrir a él, lo que efectivamente es así” (2013: 47). Ni hablar si a este sistema nervioso central se lo extiende y amplifica con electricidad. No tiene importancia lo que denuncia el mensaje, su contenido, lo importante es su lógica de funcionamiento. Cada idea propia es una copia de una idea recibida desde el exterior por algún medio de comunicación, incluso si esa idea la tomamos de un amigo, pues el amigo también está bajo la influencia de los medios (bajo la influencia de la radio, la tele o un libro, lo mismo da). Finalmente, es como solía repetir Jorge Luis Borges: todas y cada una de mis ideas son robos descarados, incluida ésta.

Si se quiere destruir a un rival político es muy sencillo, escribe Burroughs: lo que hay que hacer es grabar en el grabador 1 discursos y conversaciones casuales del personaje en cuestión, e intercalarlos con frases mal pronunciadas o inútiles, ruidos guturales, toses, eructos, tartamudeos, etc. En el grabador 2 se graban escenas de amor de este político, y si no se consiguen, cualquier ruido de franeleo, sonidos de placer, suspiros o exclamaciones —a falta de documentos originales se puede recurrir al archivo de sonidos e imágenes. En el grabador 3 se ponen voces de odio y desaprobación. Luego se empalman los tres mensajes de manera intercalada y se reproducen todo el tiempo en cuanta pantalla se pueda. La vida de ese político quedará arruinada, vaticinaba Burroughs: “algo del poder de la palabra se libera por la simple reproducción” (2013: 34-35). Con la imagen el poder que se libera es incluso mayor. Burroughs se equivocó tan solo en el pronóstico: el político del futuro en vez de ver arruinada su carrera por el escándalo, necesita a éste hasta el grado de que no llegue a distinguirse la denuncia de la publicidad, el orgullo de la vergüenza. Cualquier parecido con la realidad no puede ser casualidad.

Burroughs creía que esta influencia mediática podía revertirse con tal de que los individuos se apropiaran de las maneras de producir la realidad que utilizaban los poderosos y la invirtieran o la aceleraran hasta que toda la alucinación que sostiene la normalidad fuera desplazada por otra alucinación o deseo más potente. A una de estas inversiones o aceleraciones hoy se la llama interacción. La tan deseada interactividad que los medios de masas tradicionales fundados en la lógica broadcasting no podían satisfacer se conquistó con Internet. Pero siempre que se cumple un deseo, se cumple exactamente tal como fue deseado (el mejor relato donde se comprueba esto no está en Freud sino en un textito corto: “La pata de mono”, de J.J. Jacob, recogido en la Antología de la literatura fantástica compilada por J.L. Borges, A. Bioy Casares y S. Ocampo). La interacción fue una de las principales consignas con las que se promocionó la realidad virtual, y de hecho, por un tiempo (unos segundos), funcionó. La lucha jurídica por el software libre fue el testimonio de su fin.

Lo que no cambió fue la lógica que descubrió Burroughs con sus Grabadores. Cada interacción virtual en un aparato inteligente encarna entonces una idea repetida que repetimos como si fuera original y recién inventada. Es todo nuestro cuerpo, incluido en primer lugar nuestro cerebro, el que se convierte en un medio masivo de difusión de ideas. Nuestro cuerpo en tanto medio de información tiene un mensaje que no es el que queremos nosotros transmitir y expresar, sino el que expresa él a pesar nuestro. Ese mensaje afecta a los que lo escuchan y lo ven tanto como al que lo expresa o exhibe, y por lo tanto también a todo el entorno de nuestra vida. Es solo jugando con estas variables existenciales como podremos rediseñarnos.

Ya no alcanza con (des)organizar nuestra existencia reproduciendo nuestros propios cut-ups o montando nuestra propia radio FM. Internet está plagado de virus. Algunos los llaman influencer. No es desalienándonos como se logrará revertir el proceso alucinatorio en el que estamos detenidos, entre otros motivos porque la misma idea de desalienación es una alucinación. Se trata, para Burroughs, de alienarnos aún más. O de dejar de desear. O deseamos a full y que se venga todo abajo, o dejamos de desear y que se venga todo abajo. Cuando decimos “desear más” o “dejar de desear” (siempre dentro de las posibilidades de cada uno), estamos diciendo que no es un problema de calidad sino de cantidad. No se puede desear otra cosa que lo que deseamos, se puede desear más o menos. No podemos desear deseos buenos y reprimir los malos. Si algo sostiene la alucinación colectiva en la que estamos inmersos son nuestros deseos. Son ellos lo que hay que poner en cortocircuito. Suspender esa lucha intestina entre lo que creemos que es bueno y lo que creemos que es malo. Pero es precisamente este tipo de enunciados lo que desde el más "pinche" de los noteros de la tele hasta el magnate en su yate no queremos o no podemos escuchar. Son estas prácticas de alienación consciente lo que desde el más postergado individuo de la clase popular hasta el filósofo cool de la academia no queremos o no podemos poner en marcha.