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Cultura //// 29.07.2018
La revolución electrónica de la generación invisible

Rodrigo Lugones realiza un breve repaso de la influencia de William Burroughs en la cultura rock y una crítica del análisis de las sociedades de control que el escritor realizó e inspiraron al filósofo francés Gilles Deleuze, ¿en qué revolución que involucra a lxs jóvenes creía el autor de El almuerzo desnudo?

Por Rodrigo Lugones

 

"El Pibe Subliminal" llegó y se encargó de todos los bares y cafés y tocadiscos automáticos de las ciudades de la tierra e instaló transmisores de radio y micrófonos en cada bar de manera que la música y la conversación de cada bar podían oírse en todos sus bares y tenía en cada bar grabadores que registraban y funcionaban a intervalos arbitrarios y sus agentes iban y venían con grabadores portátiles…

Expreso Nova - William S. Burroughs

El siglo XXI es el siglo de William S. Burroughs. El del espionaje y la minería masiva de datos. El de la interceptación de las comunicaciones y la alteración de la realidad a partir de las técnicas de edición de la imagen (fija o en movimiento), el sonido y la palabra, así como el de la intervención en guerras silenciosas de nano-armas biológicas o de agentes de inteligencia que se mueven en las tramas oscuras de la tierra sin espejos que habitamos. La era de Assange y Snowden. La era que va desde el Jardín del Edén hasta Watergate.

El hombre que prefiguró sucesos como el que involucró a Facebook y Cambridge Analytica a partir del escándalo en que se vio implicada la administración Nixon y el potencial que sospechó, contenían los medios de comunicación masiva, así como la manipulación que podía ejercerse a través de la utilización de diversas técnicas de edición, es una de las mentes creativas más brillantes de la literatura experimental del siglo pasado. El propio Norman Mailer supuso que estaba habitado por el genio.

Burroughs, rápidamente, puede pensarse en el conjunto “Joyce con Marx”; ilegible por algunos momentos, revolucionario por otros. Optó por una obra pornográfica, de excitación. Una obra que buscaba ir “más allá del texto”, como toda gran obra política, desde luego. La obra burroughsiana es una invitación a la acción.

En la sentencia: “El lenguaje es un virus” está contenido no sólo el problema en que la cultura nos sumerge, sino su potencial solución; las vacunas son virus atenuados. El problema del lenguaje, el virus de la palabra se cura interviniendo (con) la palabra, curando por medio de la palabra; la enfermedad a la que nos someten encuentra resolución en el desarrollo de su intervención.

Burroughs fue un personaje activo de la contracultura, alimentó las mentes de bandas de rock como U2 (hasta participó en el videoclip de “The Last Night On Earth”: 

o Los Redondos, así como las de solistas como Frank Zappa, Patti Smith o Kurt Cobain. Fue el cerebro tras la generación beat que se montó por encima de una época y logró ir más allá. Los sucesos de 1968 en la convención demócrata en Chicago marcan a fuego los libros de Bill; las revoluciones del siglo XX y los movimientos contestatarios juveniles iluminaron sus páginas.

En la década de los sesenta, Burroughs, que venía del descarnado Almuerzo desnudo (como lo dijo Kerouac, un instante helado en que todos ven lo que tienen en la punta de sus tenedores, es decir, que se están comiendo cualquiera), logra sintetizar, en una serie de ensayos paranoicos, ciertas teorías sobre una potencial guerrilla urbana de provocación, agitación y alteración del orden existente: una patrulla política de jóvenes insurgentes que podían organizarse alrededor de las novedosas técnicas de edición de la imagen, el sonido y la palabra.

Sin pensar las técnicas de Cut Up y Fold In (dos métodos de edición de texto que imitan el collage de las artes plásticas en el que colaboraron el artista Brion Gysin y el matemático Ian Sommervielle) bajo las cuáles fueron escritas las novelas de la Trilogía Nova (La máquina blanda, Expreso Nova y El tiquet que explotó), es imposible entender al Burroughs especulativo, paranoico y cuasi cypher-punk que vino después.

La era nuclear denunciada por Joe Strummer en “London Calling”, el avance del punk contra la reina de Inglaterra que preanunciaron los Sex Pistols, los “Cut up films” y los experimentos planteados tanto en el “Manual revisado del Boy Scout” y “La revolución electrónica”, como en el texto breve “La generación invisible” (que cierra la edición de Minotauro de El tiquet...), muestran al Burroughs militante que expone su crítica precisa del sistema-mundo contemporáneo; el de los medios masivos de comunicación y el de la manipulación de las creencias de las masas.

Los chicos salvajes, inspirados en el punk, que se lanzan a las calles armados con micrófonos ocultos, cámaras de video o de fotos y también (¿por qué no?) “armas convencionales” como puñales, un revólver Colt, una AK-47, o una dosis de cierto virus mortal que puede ser liberado para causar estragos en complejas barricadas callejeras, desfilan en las páginas del tío Bill; son “La generación invisible” que, como “El Pibe Subliminal”, alteran y modifican gracias a la edición de la palabra el sonido y la imagen el estudio de la realidad para volver a filmar el mundo.

Sus personajes son combatientes contra-culturales, hordas de jóvenes de Urano que viajan a través de las galaxias heridas y no buscan más que pelear contra la Policía de Nova. A pesar de Times, Life y Fortune, a pesar del FBI o la NSA. Agentes juveniles que militan el proyecto radical de la transformación cultural. Como gustaría decir el Míster, la apuesta de esta generación invisible es “infectar la cultura”. Lejos de los Máuser el juego de Burroughs (o el del Míster) es el de infectar la cultura, dejar “un par de sienes ardientes”; avivar giles, avivadxs por otrxs giles que avivarán a otrxs giles para que no se coman lo primero que les venden… para que se detengan a ver qué hay en la punta de sus tenedores.

Burroughs diagnostica el mundo de las imágenes, las palabras y los sonidos alterados por el Poder, lo denuncia y da una guía práctica de acción artística que intenta contrarrestarlo. Para Burroughs el control nunca puede ser total, algo que inspiró al filósofo Gilles Deleuze para estudiar a las llamadas “sociedades de control”. Si el control es total, señalaba Bill, perdería su sentido ya que no tendría nada que controlar. Esto es lo que denominó “las paradojas de los límites del control”. A esos límites dedicó su obra.

Lo aprendí del tío Bill, les voy a soltar una perla: Armas que cambian la conciencia pueden cuestionar la guerra.