fbpx ¿Para qué sirve la filosofía?: un análisis sobre el sistema de creencias | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 06.12.2020
¿Para qué sirve la filosofía?: un análisis sobre el sistema de creencias

El intelectual Dani Mundo, hace un recorrido por distintas corrientes e interpela la figura de Dios en la actualidad: "Los ateos pensamos que no creemos en nada, pero nos engañamos: creemos en que no creemos en nada".

Por Dani Mundo | Ilustración: Nora Patrich

 

 

El hombre, no cabe duda,

cada vez se está volviendo «mejor»

F.N.

Una década antes de morir, Heidegger le concedió a Der Spiegel, famosa revista alemana, una entrevista. La condición era que recién se publicaría cuando él hubiera muerto. Allí le preguntaron socarronamente qué o quién podría salvar a la humanidad, ya que era evidente que la humanidad iba directo hacia su aniquilación. Heidegger respondió que solo un Dios podría salvarla. Los especialistas todavía siguen debatiendo a qué se estaba refiriendo Heidegger con esa palabra. Para ese entonces Heidegger ya había dado un giro hacia el misticismo. A mí siempre me pareció una frase de compromiso, linda pero irresponsable. Hasta hace poco tiempo no me había dado cuenta la tragedia civilizatoria que implicaba haber matado a Dios. Desde que tengo uso de razón lo pensé como un acto muy liberador. Si en nombre de Dios se cometieron los peores crímenes de la humanidad, las mayores tropelías, los actos más infames, ¿por qué lamentaría su desaparición? Su indiferencia palmaria frente a nuestro destino absurdo justificaba su asesinato. ¿Por qué no ponerme contento de haberlo hecho? De hecho, hasta me resultaba indiferente si lo habíamos matado o no de verdad, porque para mí ya no tenía vida. Él estaba bien muerto cuando yo nací. Cuando crecí, me encontré con Nietzsche, el primer filósofo que transformó mi vida en la adolescencia. Aún le estoy muy agradecido. ¿Cómo Dios no iba a ser indiferente a nuestra suerte si no existe? Era una ilusión malsana. Y en nombre de esa ilusión los hombres cometieron crímenes y exigieron sacrificios imperdonables, injustos e injustificables. Pero como decía mi amigo Merleau-Ponty (una idea que le robó al alemán), una ilusión no se despeja con la verdad, una ilusión es reemplazada por otra ilusión. Vivimos en un mundo materialista, individualista, egoísta y abocado al placer. Ya no hay ilusiones. Muy temprano en la infancia nos aclararon que no nos hagamos ilusiones. Para eso estudiamos: para sopesar la ilusión sin perder equilibrio en la realidad. Hacete ilusiones, pero no seas idiota. La ilusión, la alienación, la fantasía: lo mejor es encuadrarlas en el dispositivo mediático, domesticarlas, a ver si terminás derrapando y escribiendo boludeces en Facebook. Hacete adicto a las series antes que a la cocaína. Es lógico que el placer sea el único objetivo válido cuando cualquier trascendencia se desmoronó. ¿Para qué viniste a esta vida, sino? ¡Disfrutá! ¡Gozá!, se desgañitaba el viejo Lacan. Lo único que refrena un poco nuestro afán egoísta de placer es el trabajo. Pero porque nos vemos obligados a trabajar para vivir. Trabajar es la única actividad por la que conseguimos lo que necesitamos para vivir (y para acceder a los placeres): el dinero. En verdad, el dinero, o para ser más precisos: el dólar, se convirtió en nuestro Dios redivivo. Es en lo único que creemos ciegamente. Cuando en la década de 1970 se abandonó el patrón oro, el dólar ya no necesitaba un referente real para valer. Valía por sí mismo. Algo de esto ya lo había vislumbrado Karl Marx. Dios es polimorfo. Dios sigue siendo omnipotente. A Dios no le interesa lo que cada uno haga, porque Él puede saber cuántos cabellos cubren la cabeza del más melenudo. Con Dios de tu lado, podés hacer lo que quieras. Incluso mandar a matar gente. Nuestra civilización no cree en Dios. Vos, él, ella, cada uno de nosotros puede creer en Dios, pero ningún noticiero de la tele se atrevería a decir que la pandemia es un castigo divino que nos merecemos por ultrajar a la naturaleza, por fornicar como fornicamos, por la avaricia atroz que profesamos o cualquier cosa por el estilo (y que ocultamos bajo nuestros de pseudos compromisos: siempre nos vamos a comprometer con las ideas y los actos que concuerden con lo que nosotros creemos). Mientras tanto, la mitad del país vive en la pobreza. Si la muerte es lo que es, es decir: el fin de todo, ¿con qué argumentos vamos a criticar a la gente que, dentro de sus posibilidades, le dedica su vida al placer? ¿Que dedica su vida al inútil esfuerzo de ser feliz? ¿Que dedica su vida a garantizar mejoras en la vida de los seres que aman? No hay argumentos, o no los encuentro. Los ateos pensamos que no creemos en nada, pero nos engañamos: creemos en que no creemos en nada. En realidad, creemos en un montón de cosas, empezando por nosotros mismos. ¿Quién no cree en sí mismo? Después del dinero (y de todo lo que el dinero posibilita), en lo que más creemos es en el yo-mismo. Yo y el Dinero son nuestros nuevos dioses. No es la primera vez que una civilización pasa por una creencia como ésta. Cuando le preguntaron a Antístenes, el fundador de la escuela cínica, qué ventaja obtenía de la filosofía, él contestó: "poder convivir conmigo mismo". Antístenes vivía en una época de decadencia griega. Cuando una civilización se desmorona, no lo hace como vemos en las películas, de una vez y toda junta. Se desmorona lentamente, intermitentemente y sobre cada uno de sus integrantes. Aprender a vivir con uno mismo en esa situación es muy complejo, porque ni siquiera se sabe bien qué o quién es “uno mismo”. Antístenes fue discípulo de Sócrates. Tuvo un alumno que se llamaba Diógenes de Sinope, el gran cínico. Es famosa la anécdota en la que éste andaba por las calles de Atenas con una lámpara encendida, y que cuando le preguntaban qué hacía a esa hora del mediodía con esa lámpara encendida, contestaba: estoy buscando un hombre. Un ser humano. Alguien que no pensara en el dólar ni en sí mismo. Alguien que no tuviera ambiciones individuales. Alguien para el que esta vida fuera un océano de preguntas que no se responden con electrodomésticos. Estos tres tipos fueron grandes pensadores, enormes, pero no seamos ilusos: lo que enseñaron fue el sutil arte de demoler todas las creencias, hasta que finalmente ya no solo no se sabe qué se cree (¿qué es la belleza? ¿Y la justicia? ¿Y la verdad?), sino que ni siquiera se sabe si se cree en algo o no. Hemos progresado muchísimo desde aquellos viejos buenos tiempos, pero no por nada las preguntas siguen siendo las mismas.