"Niebla", un relato de Gabriela Canteros
Caminaba hacia el subte, hacia el trabajo, respiraba agitada, sin aire, asfixiada, agobiada. Por encima de la espalda me sentía observada. La calle húmeda. Mi hijo se quedó en casa, haciendo aviones de papel. Antes cruzaba miradas con otros transeúntes, ahora estaba inmersa en miradas esquivas.
En la oficina y en las salas del museo la misma indiferencia, era una pesadilla aislada de todos. En la sala roja con las obras del 1600, todas escenas de oscuridad y muerte. Recordé las conversaciones que había tenido con Sofía, una antigua compañera, y cómo había visto el miedo en los ojos de mis amigos despedidos, persecuciones de otros tiempos que volvían a oscurecer la democracia.
La niebla de la memoria se disipó, y me enfrenté a la realidad.
La vida había cambiado.
Una llovizna cubría la ciudad.
Sofía me enseñó a ver el gobierno con ojos críticos, a cuestionar las decisiones absurdas, las persecuciones, los ajustes. Ese día había algo en la mirada de los guardias que registraban las salas.
Al salir, con Florencia, caminamos por la ciudad, velozmente, pasando por el Obelisco. Recordé como Sofía me llevó donde se reunían los manifestantes todos los miércoles, estábamos en las afueras del Congreso. Siendo observadas.
De camino a casa tomamos el colectivo nocturno, vimos mucha gente durmiendo en la calle, gente sin ningún bien, ni recursos, ni trabajo, simplemente tratando de sobrevivir en alguna esquina. Cuando los veía sentía ganas de llorar. Sus voces eran susurros que parecían venir de todas partes y de ninguna a la vez. Los transeúntes en general los ignoraban, eran fantasmas, en esta ciudad donde todos corren para salvar su propia vida. Todo era huidizo, como si temieran que sus ojos dijeran demasiado. Como si una parte esencial de la historia se hubiera evaporado entre la niebla.
La ciudad parecía dormida, o drogada, o ambas cosas. Florencia lloró en silencio. Yo también. Pero sólo un poco. No podíamos darnos el lujo de quebrarnos.
Al rato, entramos a un bar de San Telmo. Uno de esos antiguos, con las paredes llenas de historia y moho. Pedimos café sin azúcar, y hablamos de política. Era como hablar del clima en medio de la tormenta.
— ¿Viste el nuevo decreto? —dijo Florencia, quitando su cortado sin tomarlo.
—Sí —respondí— Lo llaman ajuste, pero es otra forma de persecución.
—¿Y qué hacemos? ¿Seguimos marchando?
—No lo sé. A veces siento que estamos luchando contra molinos de viento... y que encima, los molinos vienen ganando.
Nos reímos, pero fue una risa rota, más bien un reflejo de la desesperación.
"Último momento: un gendarme disparó a la cabeza a un fotoperiodista que cubría la marcha. El joven llamado Pablo Grillo se encuentra en estado crítico..."
De fondo, la televisión del bar mostraba imágenes de la manifestación. El volumen estaba bajo, pero alguien subió el sonido. Un conductor con rostro de urgencia leía desde una hoja mal ordenada:
"Último momento: un gendarme disparó a la cabeza a un fotoperiodista que cubría la marcha. El joven llamado Pablo Grillo se encuentra en estado crítico. Testigos aseguran que el disparo fue intencional..."
Florencia dejó enfriar su café. Se quedó inmóvil, con los ojos clavados en la pantalla.
—Mmm —dijo. Su voz se quebró.
Yo sentí una punzada en el estómago. No por sorpresa. Sino por reconocimiento.
Ya habíamos estado ahí antes. En otras épocas. En otras calles. Con otros nombres.
Salimos del bar. Volvió la niebla, espesa, densa, como si la ciudad respirara miedo. En la esquina, nos cruzamos otra vez con la policía. Nos miraron fijamente. Uno de ellos gritaba. Nos pidieron documentos. Otra vez esa sonrisa. No era una amenaza. Era peor, indiferencia.
Florencia me abrazó.
—Nos vemos mañana —me dijo.
Camine hacia mi casa. Calles resbaladizas y oscuras, rostros cansados, silencio. Llegué, me saqué las zapatillas, me tiré en la cama sin cenar. La ciudad seguía vibrando dentro de mi cabeza. Cerré los ojos. El sueño me arrastró sin aviso.
Soñe con el museo, las obras desfiguradas. Las pinturas lloraban. Las esculturas se derrumban. Caminaba por los pasillos, y todas las puertas estaban cerradas con cadenas. Escuchaba pasos, ladridos, gritos de personas y animales salvajes. Sofía me llamaba, pero no la veía. Buscaba una salida. Golpeaba las paredes. El suelo temblaba.
Y en medio de esa oscuridad, apareció una figura: una versión de mí misma, más joven, con los ojos tapados. Dijo algo que no entendí.
Me desperté empapada en sudor, con la respiración agitada.
Afuera seguía la niebla. La pesadilla comenzaba de nuevo.