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Cultura //// 13.01.2018
Mariano Taborda: “La literatura ya no es rebelde”

Mariano Taborda es un escritor marplatense de 33 años. Estudió Letras e Historia. Trabajó como editor y redactor en medios digitales y gráficos, y actualmente dicta talleres de narrativa y escribe sobre literatura en diversas publicaciones. En tiempos en que la pausa y la reflexión son prioridad de pocos, su palabra es un hallazgo.

Por Branco Troiano

APU: ¿Es posible establecer un lazo entre literatura argentina y los diferentes procesos políticos que se fueron dando desde el peronismo hasta el momento?

Mariano Taborda: La literatura argentina, en términos generales, fue opositora al peronismo. Un caso interesante para analizar es el de Leopoldo Marechal, escritor que hizo pública su adhesión al gobierno. En 1948 vio la luz Adán Buenosayres, una obra con guiños dantescos y homéricos que poco tenía que ver con el peronismo. Cortázar (confeso antiperonista por esos días) defendió la novela, su prosa virtuosa y la consideró nuestro Ulysses. No solo Marechal fue tildado de adicto al régimen, también Cortázar fue señalado por haber valorado la novela. El punto más álgido se dio durante la dictadura; muchos escritores fueron secuestrados, torturados y desaparecidos. Nunca fue tan peligroso escribir ficción. Haroldo Conti, por ejemplo, no tenía la importancia política que sí tenía Walsh en Montoneros. Antonio Di Benedetto escribía ficción (su novela más destacada transcurre en el siglo VXIII) y fue encarcelado y torturado. En esos años, sin el peronismo en el poder, los intelectuales que tildaban de fascista y dictatorial a Perón sintieron menos pruritos ante causas de izquierda. El tercer mundo en ebullición, los jóvenes lanzados a las calles, el Cordobazo eran referencias insoslayables para los escritores. La etapa que comenzó con el retorno a la democracia fue menos fructífera en términos literarios y políticos. Las épocas menos turbulentas suelen parir libros menos preocupados por el referente político. En el siglo XXI se perdió completamente el vínculo directo. Existen experiencias de poéticas asociadas al Conurbano bonaerense y al interior del país que buscan representar otro universo, pero ya no tiene la gravitación y la repercusión social que tenía 40 años atrás.

APU: ¿Qué influencia tuvieron en nuestra literatura las diversas crisis institucionales y políticas?

MT: La motivación no suele ser directa entre convulsión política y creación literaria. Haití generó una revolución independentista negra, hecho inédito, y no tuvo una literatura acorde. Las crisis puntuales o de coyuntura son latigazos cortos que muchas veces no tienen una repercusión directa en la creación literaria; pensemos que una novela lleva más de un año de trabajo. La segunda parte del siglo XIX fue un momento de grandes crisis: la pugna era a muerte por modelos de país contrapuestos. Ese clima hostil dio como resultado las dos obras más influyentes del siglo: el Martín Fierro y el Facundo. La primera es un fuerte manifiesto contra la opresión de los sectores populares y la segunda, una reacción a Rosas y a la barbarie. Si bien las obras literarias deben analizarse desde sus propias reglas, estas dos son inseparables de la condición política. En el siglo XX no podemos pensar la década infame sin Roberto Arlt. Probablemente su talento hubiera destacado en cualquier momento de nuestra historia, pero la inmigración y los años revueltos fueron un contexto ideal para su literatura.

APU: ¿Qué impacto tiene en el desarrollo de la escritura la asunción de un gobierno como el de Macri?

MT: Es un proceso muy reciente para lograr entender su influencia en la escritura. Los resortes analíticos del siglo XX están caducos. Además, la literatura ya no es rebelde, ni en sus planteos políticos ni en sus búsquedas estéticas. Una crítica seria debería tener en cuenta el fenómeno de Internet, las redes sociales; cambiaron las condiciones de producción de los textos. Creo que un gobierno liberal en economía y conservador en política, sobre todo con solo dos años en el poder, no logra cambiar las inquietudes de una generación de escritores y escritoras. Tal vez sí influya más notoriamente en la crónica narrativa, un género hibrido, pero que consideramos dentro del campo de lo literario. La crónica busca el reverso, la historia que no es noticia, y en épocas en que se profundizan las contradicciones de clase esas historias se multiplican.

APU: ¿Cuál considera que fue el mejor período de la literatura argentina? ¿Tuvo que ver con la realidad política?

MT: La literatura argentina es un conjunto heterogéneo que goza de gran prestigio a nivel mundial. Creo que las décadas del 40, 50 y 60 del siglo pasado pueden ser el cénit de su corta vida; algo más de un siglo y medio, muy poco comparado con las europeas. Si pensamos que en ese período llegaron a su punto máximo o comenzaron sus obras Borges, Cortázar, Walsh, Saer, Di Benedetto, Conti, Marechal, Puig y Piglia, sin dudas hablamos de unas décadas de gran fertilidad. Fueron años muy politizados: peronismo, proscripción, Onganía, el comienzo de la guerrilla. Y hubo literatura política, pero no panfletos que se enfrentaron a un gobierno en particular. Podemos afirmar que la literatura de Puig es política porque discute el machismo, la opresión que reina en los pueblos del interior a contramano de la imagen bucólica de las vacas pastoreando, también introduce la homosexualidad. Haroldo Conti (exceptuando Mascaró) escribía novelas y cuentos que representaban dolores individuales, solitarios, en ambientes despoblados. No son literaturas estrictamente políticas pero pueden leerse, tranquilamente, en esa clave.

APU: ¿Es capaz la literatura de ser un real y concreto contrincante de gobiernos conservadores?

MT: Creo que no, principalmente porque no es su propósito. En forma individual esa puede ser la motivación de alguno pero no está en la esencia de la literatura como no lo está en la esencia del teatro o de la pintura. Hubo extraordinarios escritores de derecha, admiradores del nazismo, como Céline o Pound. Lugones o Borges (que es un caso más complejo) para hablar de ejemplos más cercanos. Walsh escribía cuentos sobre internados de descendientes de irlandeses, cuentos policiales clásicos, también textos joyceanos ambientados en la pampa. Cuando quería enfrentarse directamente a una política concreta se salía de la ficción y buscaba en el periodismo la respuesta. La imagen sartreana del escritor comprometido perdió fuerza en los últimos tiempos. La literatura que vende libros y hace funcionar la industria está orientada al entretenimiento. La literatura de vanguardia (que es muy difícil de identificar en estos días) no es necesariamente política. Creo que la literatura puede interesarse en una coyuntura de ambiente opresivo pero está lejos de ser un contrincante claro de gobiernos conservadores.

APU: ¿Cómo se explica la postura política y social de Borges?

MT: Los manuales dicen que Borges nació en 1899, alguien debería rastrear la partida de nacimiento. No sería descabellado, dentro del universo borgeano, que haya inventado un mito de origen decimonónico, como si considerara ordinario pertenecer al siglo XX. Para Borges, Rosas y Perón eran dictadores nefastos. Era contemporáneo del segundo pero en su obra mencionaba al primero. La postura de Borges ante la política creo que era más desconocimiento infantil que odio. Eso no lo exime de haber recibido la condecoración de Pinochet o haber legitimado a Videla. Son actos tan repudiables como extraliterarios. Borges es la referencia e influencia mayor tanto para escritores de derecha como de izquierda o indecisos. Su escritura es un prodigio, la más estimulante de nuestro idioma en siglos. Eso resume un poco esta charla. La literatura muchas veces no está del lado de los oprimidos. Haroldo Conti, uno de los arquetipos de la literatura política que pagó con su vida la osadía, decía que el verdadero trabajo del escritor comprometido era hacer las cosas más bellas que el enemigo.