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Cultura //// 07.06.2020
Los soles del 25: a diez años de los festejos del bicentenario

El 25 de mayo de 2010, en medio de un clima de efusividad, se realizaron los festejos del bicentenario. A diez años del acontecimiento, estas líneas evocan ese pasado no tan lejano. Por Gito Minore.

 

Ilustración: Silvia Lucero

Fotos: Gito Minore y Gregorio Basualdo respectivamente

Por Gito Minore

El 25 de mayo es mi fecha patria favorita. Los motivos son variados y seguro hunden sus raíces en la infancia. Quizás porque, en ese entonces, era la primera del año. Todavía no se conmemoraba el 2 de abril y cuando se empezó a hacer estaba teñido de tristeza. Lo de “Día de la Memoria” era sencillamente impensable. Sí se recordaba el 1° de Mayo, pero no se le daba demasiada importancia. Bandera de ceremonia, himno, una seño al azar leyendo dos carillas de discurso, salida de la bandera y listo. Después del actito, todos al aula y se acabó lo que se daba.

Pero el 25 de mayo era distinto. Era tan importante que hasta se daba el gusto de empezar unos cuantos días antes. La previa del cumpleaños de la patria arrancaba la segunda quincena del mes, con los ensayos en los que cada grado se abocaba. Había que preparar vestuarios, escenografías, aprenderse versos, coplas, recitados, cánticos. A toda esta adrenalina colaboraban los “especiales” que las revistas Billiken y Anteojito lanzaban para la fecha. La que no traía láminas para recortar, se despachaba con cabildos para armar paso a paso, escarapelas, banderas o cintitas de regalo.

Entonces llegaba el 25 y la escuela era una fiesta. El acto empezaba temprano y duraba toda la jornada. Luego de la entrada de la bandera de ceremonias, del himno y las palabras alusivas continuaba una avalancha de representaciones. Y cada cuadro precisaba de la presencia colectiva. La vida colonial, el cabildo abierto, el reparto de escarapelas de French y Berutti, el baile del pericón. Cualquiera sea la performance, necesitaba la participación de muchas personas. De quienes se disfrazaban de próceres, de quienes lo hacían de políticos, o sacerdotes, pero también de los que andaban de a pie y conformaban la ciudad virreinal: de vendedores de velas, mazamorras, faroleros, aguateros, o simples ciudadanos que recibían una escarapela en plena calle. Era una celebración emocionante que, por lo general, culminaba con alguna delicia culinaria compartida: chocolate con churros, pastelitos, o empanadas.

En algún momento posterior a esos años primeros, la fecha se fue aguando entre tanto neoliberalismo. No pasaron en vano los 90. A la muerte de las ideologías, que venía importada de Europa y a precio de ganga con el uno al uno, se le sumaron un par de  jinetes locales: la farandulización de la política, la tinellización de la cultura, la pauperización del trabajo. Demonios propios y ajenos que arrinconaron a la nación, la saquearon, la torturaron. Actualizaron el viejo dilema de irse o quedarse, generaron el anticuerpo de la apatía.

Pero el recuerdo, de esa de patria de Billiken y actos escolares, de alguna manera permanecía intacto. Oculto en algún lugar en la memoria, al resguardo de tanto daño. Incluso, cuando tras culminar su labor de destrucción, el estallido se llevó puestos gobierno y gobernantes, y hubo que empezar de cero. Con la camiseta manchada de sangre por las balas de goma y plomo del 19 y 20. Con los ojos picantes de tanto gas y tanto llanto. Con los bolsillos del alma agujereados. Pero arrancar. No se reconstruyó de un día para el otro, claro que no. Hizo falta mucho coraje, pero sobre todo, voluntad política.

Entonces el sol del 25 volvió a asomar, en el 2003, con un Néstor recién llegado que, como toda promesa venía a proponer un sueño. Y se puso en marcha para hacerlo real. Siete años después se cumplían doscientos años de la revolución de Mayo. El bicentenario nos encontraba mucho mejor parados que la década anterior. El festejo no sólo era necesario, sino inevitable.

Tienen razón los que opinan que somos incorregibles. Teníamos todo para tirar la casa por la ventana, y lo hicimos. Durante cuatro, cinco, seis días ¿cuántos fueron?, el país se vistió de fiesta. La 9 de Julio fue una pasarela donde no faltó nada: ferias, expoauto, tecnología, ciencia, desfile de carrozas, de granaderos, de colectividades, de lo que quieras. Tocó Spinetta, Fito, La Sole, León Gieco, el Chaqueño, Jaime Ross, Litto Nebbia, Los Jaivas y Los Palmeras. Escenarios por todos lados. Baile, pogo y chacarera. Empanadas, choripanes y pastelitos. Salieron las murgas y Fuerza Bruta. Se abrió el Colón y se presentó Tecnópolis. Los presidentes de Latinoamérica caminaron por las calles con la gente. Hubo de todo y para todos. La 9 de Julio parecía la prolongación de aquel antiguo patio escolar donde se celebraba el 25 de mayo. Mi fiesta favorita. Y, por lo visto, de unos cuantos más.

Pero fuera de las grandes figuras, de lo apoteósico de la infraestructura, o de lo monumental de la apuesta, lo mejor (por lo menos, lo que más disfruto de conservar en mis recuerdos de aquellos días) fue anécdota particular. Una tarde se estrenó la bandera más larga del mundo. Una de más de veinte mil metros que, durante varios años, se estuvo confeccionando en Rosario con aportes de voluntarios, y que cariñosamente la bautizaron “Alta en el cielo”.

Al cobijo de semejante insignia, agarrados a todxs y a ningunx, paseamos por la avenida cantando los grandes himnos que aprendimos en el colegio: “Aurora”, “Mi bandera” y la inmortal “Marcha de San Lorenzo”. Fue espontáneo, como todo lo maravilloso. En un momento dado, todxs poseídos de un particular fervor patriótico, comenzamos a repetir la parte de “Cabral soldado heroico”. Se habrá cantado al menos 20 veces esas estrofas. Embriagados de emoción, riendo, llorando, el soldadito emblema de la fidelidad nos hermanaba con su mantra en loop.

Reitero, la fiesta fue inolvidable. De más está decir, que en octubre de ese mismo año, con la muerte de Néstor, aquello revistió otra significación. Se convirtió en despedida. Pero esa es otra historia.

Tiempo después, ya con el macrismo instalado en el poder, el sitio de Radio Mitre, consultando como fuente a La Nación, confirmó que entre cachets, técnica, compra de pasajes, y todo el piripipí, nos patinamos 36 palos en la jarana. Los números, obviamente, estaban en contraposición a los menos de 6 millones que la nueva gestión había gastado para la celebración del bicentenario del 9 de Julio. Aquel de “deberían tener angustia, querido rey, de separarse de España”. Si fue excesivo no lo sé, ni me importa. Valieron la pena. Nos lo merecíamos.

Este 25 se cumplen diez años de ese festejo, tan diferente a tantos otros, pero tan parecido en esencia a aquello que disfrutábamos de chicxs, cuando con galeritas o con el rostro pintado con corcho entonábamos emocionados: “Oíd mortales, el grito sagrado, libertad, libertad, libertad”

Hoy, que es menester estar alejados, no tocarnos, no abrazarnos, ni mirarnos, si es posible; el recuerdo de semejante bacanal, es un souvenir de los laureles que supimos conseguir. Y de los que seguramente podremos volver a alcanzar.

 

*La nota contiene lenguaje inclusivo por decisión del autor.