Adrián Appiolaza: cuando la moda se convierte en manifiesto
“Yo solo vestí a una reina: Eva Perón”, dijo alguna vez Christian Dior. La frase tiene algo de sentencia tallada en mármol. Porque vestir no es cubrir un cuerpo. Es envolver una idea. Y este año, en la Semana de la Moda de Milán, Adrián Appiolaza nuevo director de la marca Moschino tomó esa idea y la convirtió en manifiesto sobre la pasarela de Milán.
En un escenario político donde, para algunos, el peronismo está perdido, el rostro de Eva Perón llegó pixelado a las pasarelas de Milán para que el mundo recuerde. No como nostalgia sino como archivo vivo. Una imagen intervenida, digital, casi glitch, que parecía decir que las identidades no se borran: mutan, como lo hará el peronismo a su debido tiempo nuevamente.
La relación entre Eva y Dior fue una de las más emblemáticas del siglo XX. Evita adoptó el revolucionario New Look (post segunda guerra mundial) poco después de su lanzamiento en 1947, ayudando a introducir esa silueta en Sudamérica. En el atelier de París, Dior tenía un maniquí con las medidas exactas de la primera dama argentina para confeccionar sus pedidos a distancia. No era solo clienta. Era una presencia anticipada.
La alta costura fue para ella una estrategia de poder y sofisticación. Asistía a galas con piezas icónicas y lo decía sin rodeos: “Las voy a derrotar en su propio campo: la guerra de los trapos…”. La frase no era frivolidad. Era táctica. Comprendía que el vestido también es discurso. Que la elegancia puede ser diplomacia. Que la imagen es una forma de autoridad.
En su viaje a Europa en 1947, la moda funcionó como herramienta de comunicación no verbal. Suiza acuñó "un arcoíris entre dos mundos, el antiquísimo símbolo de la paz después de las revueltas tempestades" para simbolizar la esperanza, la paz y la unión de Argentina con un continente devastado por la posguerra. Buscaba tender lazos de solidaridad, proveyendo alimentos y ayuda económica, presentándose como una “embajadora de paz” en medio de las tensiones. Cada silueta hablaba antes que ella. Cada guante, cada sombrero, cada taco era parte de una gramática calculada.
En el Museo Evita puede verse uno de esos vestidos junto a otros atuendos que marcaron momentos clave en la historia del país y del peronismo. Tela convertida en documento.
Salvatore Ferragamo la calificó como una de las mujeres más inteligentes que conoció y aseguró que los zapatos que diseñó para ella fueron los más extraordinarios de su vida. Norman Hartnell, diseñador de cabecera de Isabel II y la princesa Margarita, contaba que la presencia de Eva en uno de sus desfiles “aniquiló su exhibición”: nadie miró los vestidos, todos tenían los ojos puestos en la primera dama argentina. El fenómeno era político, pero también escénico.
En el libro Evita frente al espejo: ensayos sobre moda, estilo y política en Eva Perón (Marcelo Marino) se señala que fue plenamente consciente de la creación de su estilo, primero como modelo, luego como artista y finalmente como agente político. Fue artífice de su imagen y de su presencia. Se diseñó a sí misma como símbolo.
Aquí aparece otra dimensión imprescindible: la moda como fenómeno sociológico. No es solo industria ni estética, es un sistema de signos que organiza jerarquías, pertenencias, aspiraciones y rupturas. La moda traduce tensiones sociales en formas visibles. Registra cambios culturales antes de que se vuelvan teoría. Es termómetro y altavoz. Cuando una pasarela decide imprimir el rostro de una líder política o bordar símbolos populares, no está eligiendo solo una gráfica, está leyendo una época.
En las prendas de Moschino aparecieron Eva, Mafalda con la inscripción “Basta”, el Obelisco de Buenos Aires, churros con chocolate convertidos en cartera, tiras de boletos viejos, fileteado porteño como si la ciudad misma hubiera decidido desfilar, referencias al gaucho y al campo. Argentina no como souvenir. Argentina como declaración.
El pañuelo es apenas un accesorio en el diccionario de la moda. Pero en la historia argentina es otra cosa. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo los intervinieron y transformaron en bandera. Lo usaron para encabezar una de las luchas más legítimas y humanitarias del mundo. Un trozo de tela puede ser ternura, puede ser duelo, puede ser resistencia. La moda es cultural. Y es política.
La ropa es un traje. En el teatro lo saben mejor que nadie. El vestuario no solo viste al personaje: lo escribe. Lo anticipa. Lo traiciona o lo potencia. En la vida cotidiana sucede lo mismo. Cada prenda comunica, incluso cuando pretende ser neutra. No existe tela inocente.
Los grandes movimientos culturales dejan huella en la vestimenta antes de que los libros de historia los nombren. Quien sabe mirar una colección sabe leer el clima de una época. Un estilo no nace del capricho. Es un caldo espeso donde hierven calles, discusiones, música, deseo, crisis. La pasarela es apenas el escenario donde eso se vuelve visible.
Appiolaza ya venía bordando su país en el mapa global. Su colección presentada en el Victoria and Albert Museum, inspirada en la cultura gauchesca argentina, lo llevó a ganar el Premio a la Mejor Colección de Mujer. Ahora, en Milán, esa raíz volvió a asomar pero con la ironía lúdica que define a Moschino.
La colección se llamó “Moschino - X anni di Kaos! 1983-1993”. Fue realizada en apenas tres semanas. Un torbellino creativo. Un acto casi punk. La marca, fundada por Franco Moschino, siempre tuvo espíritu rebelde y contestatario. Pop Art, surrealismo, guiños al dadaísmo. La moda como sátira del propio sistema que la sostiene.
Appiolaza estudió diseño gráfico en la FADU, en la Universidad de Buenos Aires. Era habitué de la Galería Bond Street y, sobre todo, de la Galería Jardín en la peatonal Florida. Allí intercambiaban recortes, fotos, discos. La música y la moda son amantes empedernidos. Ambas construyen identidad, tribu, pertenencia. Ambas pueden decir “basta” sin levantar la voz.
En Milán, este año, no desfiló solo una colección. Desfiló una memoria afectiva. Un archivo cultural convertido en siluetas. Porque cuando la moda mira hacia la calle y no solo hacia el espejo, deja de ser ornamento y se vuelve lenguaje. Y el lenguaje, como está vivo, siempre incomoda un poco.