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Cultura //// 03.01.2021
Lo inútil en tiempos de festejos programados

El doctor en Ciencias Sociales Dani Mundo plantea preguntas respecto a cómo se configura el ser útil en distintas sociedades y bajo algunos paradigmas culturales. A su vez, indaga sobre la relación de poder que lucha incluso en las maneras de organizar nuestros festejos.

Por Dani Mundo

Dios es empleado en un mostrador,

da para recibir (ni más ni menos)

Charly García

Las fiestas y lo inútil

Lo inútil. Qué experiencia rara la de lo inútil. De hecho, es muy posible que nos la hayan expropiado. Que ya ni siquiera sepamos qué significa lo inútil. ¿Hace cuánto tiempo que no tenemos una experiencia auténticamente inútil, una experiencia que no le agregue nada positivo a una sociedad injusta, detestable y explotadora como la que supimos construir? ¿Que no le agregue nada positivo tampoco a nuestra propia vida, al fin de cuentas una vida descartable como tantas otras? Al principio de la cuarentena, allá por marzo 2020, pensé que estábamos frente a una posibilidad histórica para revertir el orden que nos gobernaba: luego de días y días de no salir de nuestro monoambiente mental, de aburrirnos hasta morir mirando cualquier cosa en la tele, tal vez tomáramos consciencia de los modos en que nos explotan, y nos propusiéramos revertirlo. O apagar el smartphone, o meter la cabeza adentro de la pantalla y dejarnos de joder con nuestra idea de libertad y control remoto. Abandonar la realidad y sumergirnos en la alucinación virtual. Acabar con las “genialidades” que le regalamos a Facebook, y que nos hacen creer que somos personas geniales, avispadas y mordaces, cuando en verdad solo somos funcionales al poder, es decir, somos productivos, somos "útiles". Ni el gobierno ni los medios ni la sociedad quisieron o pudieron entablar esa discusión sobre nuestra forma de vida, ni mucho menos embarcarse en su derrocamiento —el derrocamiento del capitalismo tal como lo conocemos hasta ahora, donde cada uno tiene asignada una función, incluso la función de ser lo socialmente execrable, el ejército de reserva de lo que la sociedad no puede asimilar. En lugar de decisiones y acciones que creen otras formas de vida, lo que hicimos fue entablar una discusión en las antípodas de eso: vida vs mercado. No importaba qué vida deseamos, no importaba qué impone el mercado, lo importante era garantizar la reproducción de nuestra sociedad híper utilitarista, quejosa y conformista.

Hace un tiempo criticaba a los que dedican su vida a armar su curriculum vitae, porque piensan que en ahí se atesora lo más valioso de su vida: un cargo, un doctorado, un puesto gerencial, un auto de lujo. Son personas que calculan todo, y que el cálculo les sale bien: primero una pareja, después una casa, después un hijo, después otro… y así, hasta que mueren. En ese entonces pensaba que había otros individuos que no le dedican su vida a construir un buen CV para presentar en la próxima entrevista laboral o el próximo concurso docente, que hacen actos gratuitos e insignificantes, que viven en cierto exceso. Estaba equivocado. Incluso los que renegamos del currículo estamos abocados a “construir” nuestra vida, a publicitar nuestras acciones, a sumar amigos en Instagram. La sociedad nos forma para querernos a nosotros mismos. Para pensar que somos valiosos —debemos serlo, no sé. Nos hace creer que somos muy importantes (salvo en los momentos de bajón o depresión, o en las “fiestas”: ahí nos metamorfoseamos en trapos de piso o insectos kafkianos). Nos queremos tanto, que incluso lo que damos desinteresadamente, lo damos para nuestro propio beneficio. En una sociedad individualista, mercantil, consumista y narcisista, volverse inútil es sumamente difícil. Todo lo que hacemos, incluso el gasto más idiota, aporta algún tipo de información, suma conocimientos, contribuye a crear la propia identidad y el propio perfil. Pero, por otro lado, ser inútil es muy fácil, lo más fácil del mundo: te quedás sin trabajo y pasan los días y no conseguís trabajo, y pasan los años, hasta que al final te convertís en un ser inútil (y peligroso). Ya no podés gastar. No sabés si vas a comer a la noche. Tal vez creas que tu fracaso es culpa tuya. Los/as trabajadores, es decir, los que tienen todavía algún poder de gasto, piensan que esas personas empobrecidas que sobreviven en la fluctuante línea de pobreza, en realidad están fuera de la realidad, en el borde de la sociedad. Casi la mitad de nuestro país vive en esa línea tan inestable en la que un día sos un ser social y al otro día dejaste de serlo, y sos otra cosa (enemigo, escoria, insecto, “chorro”). Como sea, esta inutilidad es como por default, no hay ninguna decisión individual en ella, es el destino o los préstamos del FMI los que deciden sobre nuestra condición: sos pobre, sos inútil, te mantenemos con vida a base de planes sociales y créditos. Sos deudor eterno. En tu existencia todo se desintegra en el mismo momento en que lo tocás. Lo que construís es tan sólido como la casita de los tres chanchitos, que el lobo destruye de un soplido. Vivís, y listo. Incluso hasta podés darle una forma a esa vida, pero esa forma está en el límite de la formación social. Pareciera que no hay otra inutilidad que ésta en nuestra sociedad.

Un televisor inútil, eléctrica compañía

En el seminario de grado que doy en la universidad, dedico una clase a lo inútil. Lo inútil en la interpretación que hace el famoso Georges Bataille en un ensayo que se llama “La noción de gasto”. Bataille parte del descubrimiento que hizo el antropólogo Marcel Mauss del ritual de unos indios del noroeste norteamericano: el potlach, un tipo de intercambio originario, anterior incluso a lo que el sentido común considera un intercambio, en donde uno da una cosa (una vaca, una bolsa de trigo, dinero, un cheque), por otra cosa (dos cerdos, una docena de figazas, dinero, mercancías): das algo y a cambio recibís otra cosa, como hace ese dios que atiende la barra al que le cantaban Charly García y Nito Mestre en sus “Confesiones de invierno”. Bueno, Mauss descubrió que cualquier intercambio de cosas, cualquier trueque, está antecedido por otro tipo de intercambio, donde no se intercambian cosas, sino que se intercambian pérdidas, donaciones, sacrificios, no-cosas. La pérdida no como un fracaso, sino el fracaso como una victoria. Así actúa la naturaleza, para la que la muerte individual constituye una forma de regeneración social. El carácter positivo de la pérdida. Un gasto que no colabora en la reproducción social, sino que hace que la sociedad implosione, estalle, se renueve.

Jacques Derrida radicalizó esta hipótesis, afirmando que el que da eso, el que fracasa de este modo y da algo que no es una cosa, en realidad no es alguien, no es un yo, un yo que da, sino que el yo, en ese acto, deja de ser yo, porque en cuanto aparece el yo, aparece el interés y el intercambio, el dar y el recibir a cambio. El acto inútil interrumpe el intercambio, lo que nuestra sociedad ni siquiera entiende, menos puede fomentar. En el ideal del amor esto es muy claro. Cuando uno se enamora, el universo parece salirse de quicio, se descubren cosas de sí mismo que no se conocían y que solo se conocen por el otro, por aquél o aquélla por el/la que uno se enamoró. En el amor uno da sin esperar devolución. Es cierto que no hay estado de ánimo más inútil (e idiotizante) que estar enamorado, donde lo único que importa es el otro, “eso” de lo que estás enamorado y por lo cual darías tu vida, incluso más que tu vida, si pudieras. Pero ese estado de ánimo no debería concentrarse en un único objeto, el objeto de nuestro amor. Para lograr esto habría que cambiar nuestra manera de formarnos, nuestra manera de ser.

Arte o industria cultural

Algo similar ocurre con la creación. Crear una obra de arte, una canción, un poema, ensayar una idea, son actos gratuitos, despilfarros inútiles. O mejor aún: son una prueba, un reto. En realidad, hay dos maneras de crear, y nunca esto se evidenció tanto como en la actualidad, en donde todos somos artistas, poetas, músicos, directores de cine, filósofos o youtubers: un tipo de creación en el que primero se piensa el efecto y luego la causa, en donde lo que se busca es el “Me Gusta” y el aplauso: se pinta, se escribe, se filma para agradar al interlocutor imaginario con el que se dialoga, la audiencia o el amigo virtual. Es lo mismo que hace la industria, a la que solo le interesa la ganancia. Pero hay otro tipo de creación o pensamiento en el que precisamente lo que se busca es confundir el efecto, atentar contra los gustos del lector o espectador, exigirle un esfuerzo para entender lo que está escuchando, mirando o leyendo. Esto también lo sostiene Bataille en su famoso ensayo de 1933: si no se corre el riesgo de no-ser-entendido, lo que busca la obra es complacer al otro, agasajarlo, en un diálogo narcisista y autocomplaciente por todas partes. Hay que tener en cuenta que, si no se es entendido, todo el esfuerzo de creación invertido será realmente un gasto inútil, porque todo el esfuerzo y sacrificio que implicó esa obra, ese poema o esa canción, no tendrá devolución, habrá sido gratuito, se consumará en su propia realización. Me parece que cuando Franz Kafka le entregó a Max Brod su obra para que éste la destruyera, estaba poniendo en juego este dilema. Kafka se salvó de conocer a Kafka, diría Maurice Blanchot. Tan solo conoció las noches sin dormir, la búsqueda infructuosa de esa palabra que se le sustraía, la tortura de creer que su obra no servía. Al comienzo de la cuarentena, por unas horas, por unos días, pensé que iba a ser posible la creación de otras maneras de ser menos egoístas y autocentradas, de otro tipo de capitalismo. Prontamente los representantes políticos y mediáticos eligieron promover el deseo de restablecer la vieja normalidad lo más de prisa posible —lo que, obviamente, no es posible realizar, pero sí es posible desear. Y es lo que deseamos…

Bataille asegura que el potlach extremo, ése que no tiene devolución y que por lo tanto gana sí o sí en este tipo de intercambio atrofiado que comentamos, es el suicidio, el dar la propia vida como ofrenda. ¡Es una idea hermosa! Esto no significa que haga una apología del suicidio ni mucho menos. Hay que constatar, igual, que la prohibición del suicidio fue una de las primeras medidas políticas que tomaron los Estados modernos, y que fue también uno de los primeros temas que investigó la ciencia sociológica. El suicidio. Sin duda, la idea del suicidio perturba el orden moderno, porque en él el individuo se hace cargo de su vida hasta el extremo de que puede quitársela. Ya no es el Estado el garante de tu existencia, que como un Papá (bueno o malo) se preocupa por tu vida, y por lo tanto le infunde una forma, crea un deseo, organiza un vínculo: sos vos, vos solo frente a decisiones irreversibles. No tomar decisiones es una forma de decisión.

Poder o no poder

Bataille muestra que otras sociedades organizaron la vida y la muerte de otros modos. Otras sociedades premodernas fueron más generosas con sus seres inútiles, por lo menos les daban ciertos días al año para invertir todos los roles, violar todos los órdenes, destruir toda norma u organización. La sociedad azteca, por ejemplo. O la época del Renacimiento. Eran sus días de fiesta, de desquicio. Eso desapareció: hoy los poderosos solo gastan al interior de su propia clase —los poderosos son no solo los más poderosos de todos, los que deberían pagar el impuesto extraordinario a las grandes fortunas, sino todos aquellos que tienen algún tipo de poder, por mínimo que sea. ¿Tenés un poder, incluso ese poder inútil de decidir no hacer nada? OK. Entonces sos un poderoso. Si sos poderoso, si tenés un poder de dar, lo darás solo al interior de tu clan, de tu familia, de tu grupo social, de tu clase, en tu beneficio. Ésa es nuestra sociedad.

Los ejemplos que da Bataille de lo que es el gasto inútil o improductivo son tomados de una lectura temprana de los textos freudianos: el deporte, la guerra, los sacrificios, las joyas. Hoy encontrar ejemplos es más difícil. Tal vez una “fiesta de 15” podría considerarse un gasto desmesurado e inútil. Pero en verdad es solo un rito de pasaje, una “copia” de aquello que ya no puede practicarse. Los famosos, por su parte, muestran sus gastos suntuarios en la pantalla de la tele o en las revistas de chimentos: hasta el papel del semanario brilla, la piel de los televisados parece de oro, nadie tiene arrugas, el tiempo no pasa, todos son presuntamente millonarios (sino no estarían ahí) —en verdad, los ricos auténticos ni siquiera aparecen en esas imágenes, gastan en secreto, viven en otra realidad. A esas fiestas desorbitantes que publicitan los medios (cada vez menos) no le está permitido ingresar al pobre. ¿Dónde se vio un pobre mientras entregan los Martín Fierro? La clase media, por su parte, vive todo por intermediación, por sublimación, como si lo que le ocurre, le ocurriera entre comillas: se conforma con lo que tiene, porque por lo menos tiene algo. Si bien muy rara vez ve a alguien que realmente no tiene nada, nada de nada, nada que ganar, nada que perder, sabe que éste existe (se lo mostraron en el noticiero), y que ella está mejor: “por lo menos tiene algo”.

Las “fiestas” hoy nos recuerdan estas cosas desalmadas que son tan difíciles de desarmar.