Una mujer parada en la banquina
Cuando ella encaró hacia mi mesa el mozo se acercó con intenciones de echarla, pero le hice un gesto de que estaba todo bien.
Ella se sentó lentamente. Muy lentamente. El mozo se alejó masticando un improbable desquite.
Estábamos en el bar de un hotel de una pequeña ciudad de provincia, el hotel de la última ciudad donde yo me había hospedado después de realizar allí, y en otras ciudades vecinas, tareas para mi empresa. En breve viajaba a la capital, a casa.
La música de un parlante sobre la barra sonaba como el rumor de un mar muerto y la única mesa ocupada era la mía. Me había sentado frente a la vidriera para distraerme con el movimiento del mediodía en la calle. En eso estaba cuando ella entró.
Insisto: Ella, la cara pálida y cansada, el pelo más bien corto, pajizo y despeinado, se sentó lentamente, muy lentamente. El dolor se ubicaba mucho más allá de su cuerpo.
Le dije buenas tardes. Ella me respondió con una caída de ojos, agradecida. Luego miró la calle, bastante transitada, estallada de bocinazos. No decía nada. Yo tampoco. El mozo se acercó menos para registrar su pedido y más para analizarla como un perito forense.
–¿Desea tomar algo la señora?
–Agua. Fría.
–¿Con gas o sin gas, señora?
Ella enmudeció.
–Sin gas –dije.
El mozo se apartó, y ella, sin quitar los ojos de la vidriera, aunque no estuviera viendo nada en particular, dijo:
–Estuve encerrada.
–Perdón. ¿Estuvo presa?
–No en una cárcel.
–¿En dónde, entonces?
El mozo vino con el pedido, lo dejó y se fue.
A ella le costó retomar.
–Es difícil decirlo –dijo poniendo sus ojos grandes, negros, vidriosos, en los míos–. Volvía a casa después de las rondas por los cinco pisos, con los pies más hinchados que la noche anterior, es la edad, son los años, es el tiempo. El calor. La humedad. Trabajo en una empresa de limpieza, esta vez me tocó un banco, de noche.
Bebió y se quedó en silencio.
–Alguien salió de detrás de un árbol. Me apuntó. Un arma de verdad o un juguete. Me apuntó y era de noche y la cuadra demasiado oscura. No podía verle la cara porque la tenía cubierta con una máscara que más tarde comprobé que era de cuero o cuerina, mitad gris mitad roja. Pasó a mis espaldas y me puso un pañuelo en la nariz. Me desperté después sobre un piso de cemento. Me pareció que no había pasado mucho tiempo, pero no podía saberlo porque también me quitó el reloj. Era una sala enorme. De los tubos fluorescentes del techo solo dos estaban encendidos, muy lejos uno del otro.
Tragó saliva y volvió a mirar a la calle.
–Cuál es tu sueño, me preguntaba parado en las sombras. Me quisieras morder, decía, castigarme en todas las formas conocidas. Pero no podés castigarme. ¿Sabés como se llama eso? No, le dije. La vida, dijo él riendo.
El deslumbre rojo del sol realzaba el reflejo de nuestras caras por momentos inertes en el vidrio de la ventana.
–Yo pensaba o intentaba pensar de qué habla este hombre, qué quiere decirme. Antes de mí hubo otras, dijo. En otros lugares. Algunas partes desaparecieron y otras siguen flotando por ahí, flotan, flotan y flotan, es su manera de seguir vivas.
Le pedí al mozo otra botella de agua para ella y otro café para mí.
–Sólo hablaba, nunca me tocaba. Entraba siempre con el mismo mameluco negro, los guantes blancos y la máscara. A veces se quedaba bajo un tubo encendido, pero en general se retiraba a las sombras. Le pregunté por qué me hacía lo que me hacía. ¿Por qué no debería hacerlo?, dijo. Confiá en mí como yo confío en vos. Cuando él se iba y cerraba una puerta de metal yo me acostaba formando una cruz bajo uno de los tubos fluorescentes encendidos. Toda mi vida, pensaba, se estaba escapando de mí de alguna forma que era imposible detener. Rezaba como cuando era chica, susurrando las palabras, con los ojos cerrados.
Lloró y le di mi pañuelo. El mozo y quien sería su jefe nos observaban con los codos apoyados en la barra. Habría pagado una fortuna para saber qué pensaban esos dos engendros.
–Cuando en los ventanales altísimos se iluminaron con la claridad del día abrió la puerta, vino casi corriendo, me tiró la ropa y salió. Estuve desnuda sin poder moverme no sé cuánto tiempo. Sentada contra la pared. Volvió. Podés irte, me dijo, agarró la ropa del piso y me la tiró encima. El tiempo se había detenido. Su silencio mataba al tiempo y al revés, y yo me sentía morir como una feta de carne entre dos paredes que no permitían un solo movimiento. Se fue. Después de unos pocos minutos me vestí y di algunos pasos en círculos. Me cansé y me senté contra la misma pared. Recién entonces me di cuenta que no era mi ropa –se tocó la manga de la camisa escocesa, limpia, aunque con algunas viejas manchas–. Es como si lo llevara encima.
–Esa ropa no es de él –le dije–. En caso contrario, es una buena prueba para la policía.
Afuera se había aplacado el ruido del tránsito.
–Volvió, otra vez. ¿No querés irte?, me preguntó. Pensé que si le decía que sí me mataba al instante. Y que si le decía que no, lo mismo. Su voz era chillona, pero creo que la impostaba. Como un payaso idiota. Es hora de que aceptes que todas las cosas que nos contamos sobre lo que vivimos o creímos vivir no tienen otro fin que defendernos de nosotros mismos. Después todo fue rápido. La mano se abrió frente a mi cara y no recuerdo más. Desperté en el banco de la plaza. Caminé sin rumbo. Pregunté a alguien que pasaba dónde estaba. Ni me contestó. Otro, sí. No estoy tan lejos de mi ciudad. Cuarenta y pico de kilómetros. Al final entré acá a pedir un vaso de agua. Pero lo vi a usted. Me dije parece una buena persona. No me equivoqué.
–Muchas gracias. ¿Por qué no vamos a la policía? Yo la acompaño.
–Para qué.
–Para que lo busquen, lo encuentren y tenga el castigo que se merece.
–No lo van a encontrar.
–No sea pesimista.
Me miró hierática y desgraciada.
–Dígame entonces qué puedo hacer por usted.
–Sacarme de esta ciudad. No tengo un solo peso, pero cuando pueda se lo mando.
–No se preocupe por eso. Puedo llevarla a su ciudad.
–No. No. Ese hombre está cerca. No se habrá ido.
–Deberíamos ir a la policía.
–Me darían una custodia por unos días. ¿Y después? Tengo una hermana. Nos peleamos. Pavadas que ni me acuerdo. Vive en Esquel.
–Desde acá hay una distancia de más o menos mil kilómetros a Esquel, y yo estoy volviendo a Buenos Aires. Pero quédese tranquila.
Pagué las consumiciones en la barra, un rato antes había pagado la estadía. Ni me preocupé en preguntarle a los dos imbéciles de la barra el camino a la estación.
Salimos por una puerta interna a la playa de estacionamiento. Durante el trayecto me pidió un cigarrillo y le dije que no fumaba.
Llegamos a la estación casi vacía, ya era el calor era insoportable. Vi la palabra Esquel en el cartel de una boletería y le dije que se sentara, que yo me encargaba de todo. Compré el boleto. Un micro a Esquel salía en media hora. La invité a esperar en el café. Me dijo que no y me rogó que le comprara cigarrillos. Eso hice, además de un encendedor y una barra grande chocolate. Salimos al playón para que pudiera fumar. El aire olía a gasolina quemada.
Nos sentamos uno junto al otro. En algún momento apoyó su mano en la mía. Se la palmeé y le dije que todo saldría bien. No se me ocurrió decirle algo más específico.
El micro salió a horario. Le di un buen fajo de billetes antes de que subiera. Me preguntó adónde debería devolvérmelo y le dije que se despreocupara del tema. Me despidió con un beso en la mejilla.
Llegué a casa apenas un poco más tarde de lo que había calculado. Cenamos y después fuimos a sentarnos al jardín.
A pesar del calor, soplaba una brisa liviana que vendría del sur.
–Y no dijiste nada de los depósitos que viste –dijo mi esposa–. ¿Pensás que la empresa puede comprar algunos?
–Sí. Pero, como de costumbre, voy a proponer una rebaja grande. Si los compran, van a tener que gastar mucho en el reciclado y el culpable ya sabés quién va a ser.
–Estuviste hasta ahora muy callado. ¿Pasó algo por fuera de los depósitos?
Tardé, pero le dije:
–Vi una mujer parada en la banquina haciendo dedo y seguí de largo.
Mi esposa se inclinó en su silla.
–Y.
–Y no sé. No sé.
–Que no sabés qué.
–Pasé de largo. Quizás iba a trabajar, a cumplir con un trabajo. A atender a algún enfermo. Quién sabe, ¿no?
–Alguien la habrá levantado. Nunca se sabe con quién uno se cruza en una ruta.
–Es cierto. Sí.
Había aullidos entre las incontables galaxias, pero solo yo podía escucharlos. Me aturdían. En cambio, ajeno a todo, el hombre de la máscara mitad gris mitad roja caminaba por algún pasillo de quién sabe dónde. Alguien escuchaba los pasos de sus borceguíes y su voz filosofando sobre la vida y la muerte. O vaya uno a saber qué. Su respiración se excitaba adentro de esas cámaras de mataderos y frigoríficos terminados. Los rastros de antiguas sangres y grasas, los sonidos de los cortes y los martillazos. Ese caleidoscopio infernal no muere nunca. No debe morir nunca.
Ni vi cuando mi esposa se fue a dormir.
Aspiraba el aire de esos mataderos abandonados en el medio de falsos paraísos. El mismo aire que transportan los caños de la noche. El mismo aire que ocupa los cielos y la nostalgia de lo que nunca existió ni existirá. Y así me quedé hasta el amanecer viajando inmóvil entre las galaxias, pensando en los ojos de esa mujer, viéndolos como a sus manos gastadas y frágiles, preguntándome cómo serán los mataderos de otros mundos, cómo serán las máscaras.