Maniquíes y telarañas

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Maniquíes y telarañas

20 Julio 2026

Seldi me esperaba en la confitería frente a la Plaza San Martín, sentado a su mesa habitual en la vereda, fumando y jugando al tetris en el telefonito, inmune a los vahos calientes de la noche.

Cuando iba a cruzar hacia el bar una voz infantil sonó a mis espaldas:

–Hola.

Era una nena, pecosa, flaca o desnutrida, el pelo largo, sucio y castaño, ojos de cristal verde.
–Me llamo Casandra. ¿Vos?

Le dije cualquier nombre.

–¿Estás paseando?

Sonreía como una mujer, aunque le faltaba una década para serlo.

–No.
–¿Vas a trabajar?
–No.
–¿Y adónde vas?

No me gustaba esa nena. Su voz era premeditadamente insípida pero sus ojos parecían ver más allá de mí, o peor, verme por dentro.

–¿Por qué no me hablás?

Le dije:

–A esta hora vos tendrías que estar en tu casa.
–Dieciocho, tengo. Parezco más chica, ya sé.
–No parecés, sos más chica.
–Bueno –se agarró de mi mano–. Quince. No me dejes sola.
–No tenés quince, y aunque tuvieras cien tampoco me afectaría.

Me quité su mano.

–Catorce, te lo juro, de verdad. Hay un fantasma hace dos noches en el pasillo de mi casa.
–No existen los fantasmas.
–Hoy lo esquivé, pero me rozó con los dedos la espalda y la cola. Si te da miedo, busco a otro.
–¿Y para qué saliste si hay un fantasma?
–Para comer. A veces los vecinos se olvidan o no tienen, y salgo. En algunos restoranes me conocen y me dan un sándwich o un plato de fideos.
–¿Y tu mamá y tu papá?
–Mamá se fue, no vuelve más. Después papá se tiró debajo de un tren.
–¿Y quién te cuida?
–Me cuido sola. Nada más los fantasmas me dan miedo.

Miré la hora en el celular. Estaba retrasado.

–¿Es cerca tu casa?
–Acá a la vuelta. 
–Te acompaño.

Caminamos una cuadra, doblamos una esquina y a pocos metros nos detuvimos frente a la puerta negra de una casa vieja de una sola planta, en el frente dos balcones de hierro forjado, con las ventanas cerradas, sobresalían como escudos.

Casandra empujó la puerta y otra vez agarró mi mano.

–No me guste que me toquen –dije.
–Uf –protestó y me la soltó.

Entramos al pasillo, un pequeño túnel en el que sólo reinaba el olor a pis de gato, y luego salimos a un patio iluminado por una luna turbia.

–Hoy se escondió porque te vio a vos. Acompañame a la pieza y ya está. 

Había seis puertas y un pasillo lateral desde el que se veía otro patio. Desde ahí venía el sonido efervescente de un partido de futbol en una radio. 
A las puertas del patio las tapaban cortinas oscurecidas o postigos cerrados. 

Casandra abrió la única puerta sin postigos ni cortinas y entramos a la pieza. Tocó una llave en la pared y arriba de un armario sin puertas y vacío se encendió un aplique con una bombita medio consumida.

Sobre la cama de una plaza, detrás de una mesa redonda, demasiado grande para el espacio, descansaba un gato de felpa gris medio comido por las polillas. Había ropa tirada en el piso, en los rincones, todas de ellas, nada que perteneciese a un hombre o una mujer adultos, y restos de galletitas y de sus envoltorios.

Un pequeño estante servía para que descansaran vasos y cuchillos y tenedores sucios. En el borde del estante colgaba clavado en un manito un pierrot de pañolenci negro y amarillo, muerto y al mismo tiempo saludando a quien lo mirase.

Se subió a la mesa, se paró, se quitó la remera azul y luego la pollerita roja.

Me costaba apuntar la mirada a los pezones, dos manchitas rosas.

–Dame un cigarrillo –dijo, severa.
–No. Me voy.
–Adónde.
–No es tu problema.

Se bajó la bombachita negra, me la tiró a la cara y la esquivé.

–Si fuera tu padre te pegaba una paliza.
–Te mentí con mi papá. No se tiró debajo de un tren, se cortó las venas, se chupaba la sangre y la escupía mientras cagaba fuego. Me dijo que si llamaba a alguien me cortaba las venas a mí y me chupaba la sangre hasta matarme. A mí me gustaría morirme ahorcada por una cadena de flores.

Pero que me ahorque otro, yo no me animo. ¿A vos cómo te gustaría? ¿O te gustaría ser inmortal?

Abrí la puerta de la pieza y salí.

***
Se tocaba las puntas de la chalina de seda roja, exhalaba el humo de un cien milímetros ensartado en una boquilla también roja, como el actor más decadente de Fassbinder. En su rostro eternamente tostado se movían las circunvalaciones de arrugas nevadas, caminos a ninguna parte.

Consejero y condenado, Seldi había conocido a casi todas las estrellas de la televisión y del teatro de revistas, y casi todas, decía comprensivo si había tomado los sedantes, o furioso si no los había tomado, lo olvidaron como a un perro sidoso. Nunca decía por qué, solamente insinuaba conspiraciones y brujería, nada concreto. Yo me solidarizaba, pobre, vos que fuiste leal con ellos, qué injusticia, etcétera. No me interesaba. Me interesaba comer todos los días, pagarme el altillo y el cable, y usar ropa que jamás antes había usado.

No le diría el motivo de la demora. Ni a mí me resultaba creíble.

–Por unos minutos pensé que no venías. A Telma no le gustan las impuntualidades.

Esa noche había tomado más sedantes que de costumbre, porque hablaba pausadamente, reforzando las pausas los dos o tres whiskies que ya le corrían en la sangre. 

Había hecho varias visitas a sus amigas leales, como los llamaba él, todas divorciadas o viudas, algunas cerca de los cien kilos, otras con los muslos modelados en el gimnasio y las tetas de silicona. Conversábamos sobre cualquier cosa, tomábamos bastante alcohol, luego Seldi saludaba y se iba discretamente, como el punto terminal de un programa de complicidades implícitas. Después nos íbamos a un dormitorio en penumbras, limpio, perfumado, con espejos en las paredes, a veces en el techo. Pagaban bien, además de regalarme una botella de whisky carísimo o una camisa de sus ex comprada en Nueva York o París.

A Seldi le fascinaban los detalles sexuales de los encuentros. Escuchaba y se excitaba parpadeando como una muñeca de porcelana gringa.

Tomamos un taxi que llamó con la mano desvaída, casi de aire, esa mano de dedos cortos y ensortijados. Platinas de oro y con gemas, según él, sagradas.

–Telma es mi mejor amiga, la más fiel. Llegó hace unos días de Europa. Manejaba vedettes y actrices, las más populares, a todas las tenía cortitas.
Telma pudo ser vedette, pero prefirió el látigo al conchero.

El taxista nos miraba discretamente por el espejo retrovisor.

–El látigo es otro vicio. Como el dolor. El dolor es un vicio hermoso. ¿Cómo podríamos vivir sin dolor? Estás a punto de cogerte a alguien a quien quiero más que a mi madre.

Los ojos del taxista eran enormes.

–En otra vida –dijo Seldi, risueño– me habrán sacrificado en altares como un corderito guacho, una puta romana dispuesta a todos los agradecimientos de los centuriones, una ginecóloga lesbiana y ninfómana.

El taxi se detuvo en una esquina de Recoleta. Seldi le pagó, el taxista suspiró aliviado y bajamos frente a la puerta de roble lustrado de doble hoja.

Apretó un timbre del portero eléctrico. Una voz de mujer preguntó dijo:

–¿Sí?
–Tu rey –respondió Seldi.

El chirrido vibró en la cerradura de una de las puertas y entramos a un hall de piso ajedrezado y columnas de mármoles, la antesala de un mausoleo de pequeñas fortunas, de viejos héroes de la explotación retirados, en sillas de ruedas, de viudas sin más preocupaciones que sus menopausias, todos mirando el ocaso con la sonrisita cínica de haber disfrutado la vida.

Subimos en el ascensor perfumado a lavanda. Telma abrió la puerta del semipiso y, complacida en su teatro, más joven que Seldi, muy alta para mí, el pelo rubio apagado con las raíces oscuras y apretada en un pantalón violeta y una blusa blanca, dijo:

–Pasen, chicos, pasen.

Sobre el parqué, los muebles y los vidrios de las dos grandes ventanas del living relucían como llagas rojizas la luminosidad que traspasaba a la pantalla tornasolada con pie de bronce. El aire acondicionado convertía a ese living en un paraíso del que difícilmente yo quisiera salir antes de que se acabara el verano y, de alguna forma, me entristecía que fuese un paraíso transitorio, otro capítulo, aunque ella exhibiera una buena silueta a pesar de la edad, de sexo mecánico con la cabeza lejos de mi propia carne.

Nos sentamos. Telma y Seldi en el sillón de tres asientos que debería valer más que el altillo y yo en un puff cuadrado. 

No le prestaba atención a la conversación, asentía o negaba como un oportuno convidado de piedra. Telma había estado en Berlín, Viena, Venecia, etcétera. Seldi, para no quedarse atrás, recordaba también sus viajes, especialmente uno a Marruecos donde, dijo, había creído toparse con el amor de su vida.

Nos mirábamos, ella y yo, sonrientes, testigos tolerantes de las características del ángel marroquí. En cierto momento, Seldi y ella fueron a la cocina y los oí cuchichear y reírse. Trajeron tres vasos de vodka helado.

Antes del primer sorbo Seldi se tragó otra pastilla y Telma le recriminó que por qué mierda no se cuidaba de mezclarlas con el alcohol; y así, luego, tras algunos rezongos más cariñosos de ella, Seldi se levantó medio tambaleante, me besó la cabeza y se fue. Enseguida Telma me hizo una seña para que la siguiera al dormitorio.

–Nunca me trajo uno tan pendejo como vos –dijo emocionada mientras me bajaba el cierre de la bragueta.

Después me pidió que le pegara un bife.

–Bien fuerte.
–No me gusta pegar.
–Uno solo.

Cumplí, me empujó contra la cama y seguí cumpliendo.

***
Antes de la madrugada me secaba frente al ventilador en el altillo. Me había dado una ducha fría de casi una hora. El calor permanecía en el altillo como una vieja maldición.

¿Adónde iría a parar viviendo así? Podría volver a mi pueblo, pero había roto allí cosas ya imposibles de arreglar.

Cambiaba los canales de la tele de puro aburrimiento. El ventilador amenazaba con irse a pique contra mis pies.

En un mismo segundo pasé el cartel rojo con letras blancas y retrocedí.

ÚLTIMO MOMENTO.
SE SUICIDÓ PELUQUERO DE ESTRELLAS.

Cambié inmediatamente de un canal a otro para cambiar la realidad. En otro noticiero afirmaban que el cuerpo deshecho en la vereda no sería movido antes de la llegada del juez. Se había cortado las venas y después se había tirado del balcón de un séptimo piso a la calle. Ahí donde me cantaba fados viejos y yo le imitaba a Sandro.

Me acosté en el colchón duro.

Se oía, interminable, el chirrido de un grillo asesinado por una avispa.

***
Una semana anduve sonámbulo visitando terraplenes y puentes, viajando en subte de un extremo a otro de las líneas, reptando bajo la sombra de los lúgubres edificios de Avenida de Mayo. 

Leía los títulos de las películas en el nicho de las boleterías del cine pornográfico que ya creía derrumbado, contraseñas de una poesía para iniciados que jamás podría olvidar. En las escaleras, solo reservadas para los tipos, yo había trabajado dos años y medio y no podía quejarme. A las travestis las destinaban a los baños. 

Seldi, de confiterías y restoranes de mozos con saco blanco y moño negro, de recuerdos de la Chiqui y de la Su, de galas de premios y estrenos, se hubiera ahogado en la oscuridad de esa sala con la pantalla tan sucia que apenas se podían ver las escenas lúbricas con caras de muertos en vida.

Yo nadaba como un delfín en ese océano nutricio, lleno de fosas e islas inexploradas. Pocas chicas permitidas, sólo para atender en las tres últimas filas. Ley universal: todas me saludaban excepto la que me gustaba. Que me gusta, aún. Sé que está internada, muy enferma. Abril es su nombre, tan falso como el mío. Acá se cuidaba, no sé afuera, dijeron Deborah y Luda, las gemelas cubanas, cuando las crucé en un bar de San Telmo. No quise saber más. Quise imaginar más. Imaginar que iría a besarles las manos, a lavarles los pies con agua bendita, a llorar mirándoles los relumbrones azabaches de los rulos. Pero no la encontraría o encontraría a una agonizante. Mejor imaginar la felicidad burbujeando en sus pestañas postizas, sus medias de red, sus dientes de nieve, olvidar la oposición del amor real y un acuario viscoso de orgasmos nacidos muertos y oponerle la decepción eterna de lo cursi, la mortalidad que nos alumbra las células del alma. Dejé de ir al cine cuando encontré caminando por la plaza San Martín a alguien que también, a su modo, agonizaba. Seldi, un dandy zombi a la caza de un cuerpo joven infestado de vacíos cargado de un deseo tan real como el que sentía por Abril: llegar cómodo a fin de mes.

***
En los últimos dos días, a tres semanas del suicidio de Seldi, había comido sólo dos huevos fritos y un yogur. ¿No habría más opción que comer de mi carne y beber de mi sangre? 

Había una y fui por ella.

–Adelante –dijo Telma atándose la cinta dorada la bata azul.

Nos rozamos las mejillas. La luz del atardecer se apagaba afuera entre amarillos y naranjas deslumbrantes. Adentro el fresco reparador y las luces de las pantallas provocaban la alucinación de haberme sumergido en el acuario correcto.

–Qué desgracia, la puta madre. Sentate, por favor.

Me senté en el puff de la primera vez. Ella se sentó en el centro del sillón, en diagonal a mí.

–Me encargué de todo –dijo mientras una máscara de neutralidad alerta le cubría instantáneamente la cara–. No te vi ni en el velatorio ni en el entierro.
–No podía soportarlo.
–Claro –la máscara resaltaba sus ojos impasibles que se enfriaban a la velocidad de la luz–. Nos pasa a todos.

Nos mirábamos esperando a que el otro abriera la boca. Ella esperó menos.

–Nunca pudo recuperarse –se apoyó la palma de la mano en un lado de la máscara, con el leve hastío de esas viejas actrices de teleteatro por decir durante años las mismas estupideces–. Aquello lo mató.
–¿Aquello?

La máscara se mantenía, impune y dura, manejando el silencio y mi ansiedad ya no sabía si por mí o por Seldi. 

Al final dijo:

–Era jefe de peluqueros en el canal y un día lo descubrieron en un camarín con un pibito de once, doce años, el hijo de una actriz.
–Nunca me lo había dicho.
–Lo hicieron renunciar. Se salvó de ir preso porque el canal no quería escándalos. Nosotros tampoco. Logramos que lo despidieron con buena plata –la máscara rió con tristeza y después, medio pícara, siendo más ella que nunca, preguntó–: ¿Te contó tu amigo cómo lo conocí?
–No.
–Una mañana, hace mil años, se paró junto a mí en Corrientes y Florida. Lo vi rubiecito, limpio, los ojitos azules. Le pedí fuego, me había propuesto levantármelo. Él, tímido, me encendió el cigarrillo. Abrió la boca y supe que las mujeres no eran lo suyo, y por eso también, o sobre todo por eso, le di refugio. Córdoba y Ayacucho. Yo vivía con mamá. Él había venido de Entre Ríos a peinar famosas, era su sueño. Mamá estaba chocha con él. Lo saqué de esa pensión con una letrina para veinte tipos. Le compré ropa, le enseñé a maquillarme y pintarme las uñas, lo mandé a un curso de peluquería en una academia. Nos peinaba a las dos. Cuando murió mamá, lloró más que yo. Me casé con mi amante y me mudé acá. Me peinaba los viernes o los sábados. Mi marido, medio en broma, medio en serio, me decía vos te acostás con ese marica. Conoció a mucha gente gracias a nosotros, lo ayudamos a poner las dos peluquerías, peinaba para nuestros programas. Tenía talento. Pero hay gente que no se puede reprimir. ¿De qué son culpables entonces?

–¿Quiénes?
–Los que no se pueden reprimir.
–Entiendo.
–Todavía más imposible es reprimir la telaraña. Yo se la armé, con mi marido, que en paz descanse, producíamos seis programas semanales, más los especiales del y el teatro de revistas. Armamos telarañas, vamos de una a otra, nos perdemos, el centro se mueve de un lado a otro. El valor de la telaraña no lo conoce nadie porque no depende de una la cantidad de moscas atrapadas.
–De qué depende.
–De la resistencia. De cuánto puede durar.
–¿Yo vendría a ser una mosca más?
–Vos deberías saberlo.

Tragué la poca saliva que tenía y le dije:

–Necesito plata.

Desvió los ojos a las ventanas, casi en ese momento negras.

–¿Y? –dijo–. Yo ya te di lo tuyo.
–No te reclamo nada. Estoy sin un peso. En unos días te la devuelvo.
–¿Vos? –la máscara, ahora incandescente, le retornó a la cara–. ¿Qué vas a devolver vos? Soy una dama pero no de caridad.

Se levantó del sillón para abrir la puerta, y saqué del bolsillo la manopla y me la calcé entre los dedos de la mano. Ella ni se inmutó.

–No seas ridículo. Haceme caso, andate.
–Me das la plata y no vuelvo más por acá.

Ella, suave y serena, habló hacia el pasillo de los dormitorios:

–Adri.

El tipo apareció desde el pasillo de los dormitorios, desnudo, sólo con una cadenita de oro en su cuello de bulldog. Se plantó como un álamo de pelo enrulado color mandarina, brazos y muslos globulares, puños cerrados y, como el resto de su piel, bronceado, el miembro largo y grueso que oscilaba en cada exhalación de sus pulmones de zinc.

Petrificado, mi mínima oportunidad era clavarle una punta de la manopla en donde pudiera; pero mientras calculaba cómo hacerlo, él se adelantó, me dobló primero la mano de la manopla mientras su otra mano me levantaba agarrándome de los pelos como a un copo de algodón.

–Tratá de no mancharme la alfombra –le dijo ella.

El oso australiano me echó al piso y puso una rodilla en el centro de mi espalda. Yo le gritaba que me soltara y me mordió una oreja. Grité más y me dijo que si seguía gritando me la arrancaría. Le creí y callé. En cuestión de segundos, ella le puso el profiláctico, el oso australiano me bajó los pantalones arrastrando con ellos el slip y el pie de Tema me oprimió la cabeza contra el parqué. Él pujaba respirando regularmente, era otro profesional, y cuando acabó, gimió a punto de llorar, y Telma quitó su pie de mi cabeza.

***
Desperté en una esquina oscura del cementerio. Me había pegado suficientes trompadas hasta desmayarme. Sólo mi bragueta estaba abierta. Caminé apoyándome en los muros hasta llegar a Pueyrredón. Me palpé la billetera y estaba casi tan vacía como antes de entrar al departamento.

Después me sequé la sangre de la cara con un pañuelo. Lo único que me había quitado era la manopla. 

El tercer taxista al que le alcé la mano se apiadó, y cuando pasábamos por el parque, ya cerca del altillo, le dije que me bajaba. Después de pagarle me dijo que no había que pelearse, que la gente estaba muy loca. Le dije que tenía toda la razón del mundo.

Subí por una loma. A esa hora quería el desamparo del aire libre. Rondé la estatua de Ceres y me senté en uno de los bancos del largo sendero de baldosas. Esperaría el amanecer sin dormir. No faltaba tanto. Unos pocos minutos estuve, en cierta calma, en ese banco más blando que mi colchón. 

Casandra brotó de la oscuridad, con el mismo vestidito y la misma sonrisa indescifrable. 

Aunque había una decena de bancos vacíos, se sentó a mi lado.

–Hola –dijo.
–Hola.
–Tenés la cara como si te la hubiera pisado un camión. ¿Te peleaste por una mujer? ¿Me estás engañando con otra?
–No estoy para chistes.
–No es un chiste.
–No se nota.

Meneó la cabeza, disconforme, mientras abría desmesuradamente los ojos para mirarse los pies descalzos y sucios.

–Me echaron de la pieza. Por el gato. Maullaba mucho cuando yo me dormía. No me animé a matarlo, lo dejé solito, pobre. Me tendré que acostumbrar a vivir en la calle. ¿A vos también te echaron de tu casa?
–No.
–Qué suerte.

Ella quería algo de mí y yo empezaba a querer algo de ella.

Le pregunté:

–¿Me estás persiguiendo?
–¿Yo? No. ¿Vos no creés en las casualidades?
–Yo no creo en nada.
–Creés que no creés en nada.
–Desaparecé, viví donde quieras, la ciudad es grande.
–Ya me voy. Estoy esperando a un amigo.
–Mejor. Andate con él.
–Él tampoco tiene casa.
–Viví con él en la calle.
–No pensamos justamente en esa posibilidad. Tenemos otros planes. Ahí viene.

Un perro grande, grisáceo y cabezón, se acercó a olisquearles los pies. Ella lo acarició durante unos instantes, le besó varias veces el hocico, y luego, con el mismo semblante tierno, le pegó con los nudillos en la cabeza, que sonó a lata hueca. El perro se alejó chillando.

–No está bien pegarle a un perro –dije.
–¿Por qué no querés ser mi amigo? Los amigos son necesarios. Vos tuviste buenos amigos.
–Nunca tuve amigos.
–Sí, tuviste –la mueca de su boca, un retorcimiento de risita y desprecio, me estremeció–: ¿No te acordás del coleccionista de estampillas de Palermo o del profesor de matemáticas de Flores? ¿Era Flores o Floresta? No, Flores era. Hay más, pero con los que te nombré basta para que te den entre diez y veinte años. ¿Para qué recordar a los amigos muertos?

Encendí un cigarrillo. Pensé en ahorcarla en ese momento, pero algo me dijo que ella podría ahorcarme a mí.

–Yo no les hice nada malo, fue gente que se aprovechó de mí.
–Fuiste un anzuelo, tan necesario como un amigo –se sonó la nariz con los dedos y arrojó los mocos a un costado–. ¿Me das un cigarrillo?

Se lo di, lo tomó entre dos dedos, sopló la punta y se encendió. Pitó y largó el humo por la nariz.

–Qué rico. Papá fumaba negro, son horribles.

El perro reapareció a olisquearle otra vez los pies. Ella lo agarró cariñosamente del cuello y lo abrazó contra sus piernas.

–No recuerda que le pegué. Borro la memoria de los perros. Si querés probarlas, tengo otras habilidades.
–No me interesa conocerlas.

Bajé a la calle. Ella y el perro me seguían. El cielo se había tensado como una lámina de oro a punto de estallar. Hombres y mujeres y sus sombras se habían estancado en las paradas de los colectivos, apresando sus bolsos, mochilas y carteras, espejándose unos en otros los gestos resignados, las ropas arrugadas, las ojeras violáceas, las uñas sucias de los dedos con las mismas huellas digitales.
Cruzamos la avenida, llegamos a la otra vereda, con los últimos billetes, compré en un kiosco cigarrillos y cerveza, y caminamos hacia el sur.

Los ojos dopados del perro eran iguales los de Abril.

–Por qué mirás así a mi perrito –preguntó ella.
–No es tu perrito.
–No me contestaste –dijo con la voz frágil de Seldi.
–Por qué hablás con otra voz.
–Porque quiero –dijo con la voz de Telma.

Podría ayudarme para sobrevivir, fue mi pensamiento y mi rendición.

A pocas cuadras de llegar al altillo vi por primera vez la vidriera vetusta y biselada detrás de la que, sobre cubos de madera, se elevaban tres maniquíes masculinos, reclusos de la artificialidad siniestra de sus creadores. Me clavé frente a ellos. El desamparo de esas criaturas me caía como un diluvio; ese desamparo era el mío, el de Seldi, el de sus amigas, y la tosquedad de las terminaciones de esas figuras escondía la trituración de la vida real y negaba cualquier posible descanso en la eternidad para todos.

–No me gusta ver maniquíes desnudos –dijeron Casandra o Seldi a mi terror.
–A mí tampoco.

Veía mi reflejo inmóvil en la vidriera como una réplica indefinida de ellos. Lo veía conteniendo las lágrimas. Habían sido creados para que los malos pensamientos continuaran en mi cabeza y en mi sangre hasta el fin de los tiempos, que yo nunca viviría. Ampliaban, asimismo, un horizonte de sucesos. Probaría la próxima vez establecer una conversación real con alguno de ellos, intentar, incluso, verificar si tenían la piel fría o cálida. No me importaba romper la vidriera y cortarme las manos.

–¿Y por qué si no te gustan los mirás como un bobo?
–Seré un bobo.
–Lo sos, pero no tanto.

Me tiró del brazo y recién entonces me di cuenta de que esta vez había hablado con la voz de Abril.