Jorge Vilela: prender fuego al olvido

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Jorge Vilela: prender fuego al olvido

03 Diciembre 2017

Por Fermín Vilela

Hace frío. Mucho frío. Es una noche de julio del año dos mil quince. Estoy con Lucía, mi compañera, y estamos llegando a la parte del pueblo que limita con el río que lo atraviesa desde su fundación. Sostengo una cámara de fotos. También, por las dudas, tengo un cuaderno y una lapicera. Nos acercamos al portón de chapa. Puerta principal. Al lado hay una ventana con algunos calcos publicitarios pegados en la parte inferior. Perdieron el color: son calcos viejos. Toco con los nudillos y lo hago bien fuerte, sea cosa que se entienda. Esperamos unos minutos. No hay apuro. Fuera de la vorágine de la ciudad, no tener apuro es una sensación liberadora. Un respiro. Nos miramos con Lucía y sonreímos. Sabemos que estamos por visitar a Jorge Vilela, también que estamos en Salto, provincia de Buenos Aires. Escuchamos un par de pies arrastrándose sobre el suelo de cemento áspero. Jorge es un hombre ya mayor y se toma sus tiempos para hacer las cosas. “Siempre fue así”, había escuchado varias veces, siempre “se tomó su tiempo”, tanto para abrirnos la puerta esa tarde como para escribir, corregir y lograr publicar un misterio dentro de la literatura argentina de mitad de siglo XX. Jorge Vilela, entre todos los adjetivos que podrían llegar a pertenecerle, es un loco lindo pero abyectamente terco. Y esa es la imagen con la podríamos aproximarnos a lo que, con el paso del tiempo, fue considerado el enigma Vilela: un enigma terco, misterioso, un enigma perseverante y reflejado en una novela de ciento cuarenta y siete páginas titulada La mañana del diez de enero.

 Vilela murió meses antes de que su novela fuese editada por la editorial de la Biblioteca Nacional. No llegó a verla publicada: en parte por su propio reniegue pero también por cierta perversión proveniente de las editoriales. Lo que sí, vivió para escuchar sobre una posible publicación del único original que circulaba. Los últimos diez años se había ocupado de vivir recluido en su casa —vale decir: dormitorio único con cocina y taller metalúrgico— escribiendo y trabajando en sus propias invenciones, en sus propias artesanías. Porque Jorge, además de escribir, era joyero platero. Y en lo que respecta a la literatura, pirómano. Porque finalmente volvería a concretar lo que había hecho con todas sus producciones anteriores: quemarlo todo. Se habla de un libro de cuentos y de dos novelas tituladas Nohaytutía y Los impotentes. Todo está desaparecido; durante algunos años, La mañana del diez de enero fue candidata a seguir el mismo destino, pero la prudencia de sus allegados fue suficiente para salvar un manuscrito mugroso y tipeado a máquina.

La vida de Jorge Rubén Vilela responde, sin dudas, el porqué de su potencia literaria. Nacido en 1934 en Tandil, conoció —junto a un grupo de compañeros— al escritor polaco Witold Gombrowicz, con quien formó una peculiar amistad y un vínculo que estaría fundado por un mismo compromiso: la literatura.

Marlon (Jorge Vilela) era, entre esos jóvenes que conocí en Tandíl, posiblemente el más chilflado. Después comprobé con asombro que en su chifladura sabía escribir

 Estas palabras fueron dichas por Gombrowicz meses después de haberse topado con este bohemio rejunte de jóvenes intelectuales argentinos. En 1937, el escritor polaco había viajado a la Argentina después de los asedios que Polonia había recibido por parte de las tropas alemanas. Luego de aquella fructífera pero inquietante estadía en la Ciudad de Buenos Aires, Gombrowicz decidiría establecerse en Tandil, y todas y cada una de las experiencias que giraron en torno a él fueron contundentes en la vida de Vilela y en los fantasmas que lo ocuparían más adelante.

Primavera de 1957.

Tandil no ha cambiado, tampoco la confitería, siempre las mismas caras; esto es desesperadamente pueblerino, pero no conocemos otra cosa. Desde hace tres tardes, está con nosotros un tipo en la mesa, que no tiene nada que ver con nada: se llama Witold Gombrowicz y es polaco”.

El párrafo pertenece a uno de las publicaciones de Vilela en Eco contemporáneo, revista sociocultural producida en Argentina entre 1961 y 1969. Haberse topado con aquel polaco fue lo que Vilela necesitó para repensar sobre el oficio: las experiencias, entre las personas, son intransferibles. Sin vida ni escucha, qué queda por contar. Sin vida ni lectura, no hay escritura posible.

En el Borges de Adolfo Bioy Casares sale a luz una pista. En uno de los párrafos ubicados entre las páginas 1249 y 1250, Bioy escribe que un día se presentó en su casa un señor petiso, rubio y con barba de dos días. “Su apellido puede ser `Videla´, o `Dibella´, o `Didella´”. Este hombre, luego de presentarse, le comenta que en editorial Galerna le habían dicho que él, Bioy Casares, tenía la única copia de su novela. El objetivo íntimo: destruirla o esconderla. Luego de comunicarse con Alberto Manguel —quien dirigía en ese momento la editorial— Bioy Casares tuvo que decirle que no, que él no la tenía consigo. Las palabras de Manguel fueron contundentes: “nosotros tenemos el ejemplar ese de El verano del 67´. Tratamos de no dárselo al autor porque pensamos que es un libro excelente. Él ha buscado todos los ejemplares que había distribuido entre sus amigos y los ha quemado. Ahora quiere quemar el último”. Días después, Bioy refiere la anécdota a Borges. “Debe de haber algo bueno en esa novela” fue la respuesta que recibió.

Si nos preguntamos por el corazón de la novela, Marcela Domine y Emilio Bernini establecen, en el prólogo de esta misma edición, un posible argumento: la vida cotidiana de un escritor en La Plata desde 1967 hasta 1971 que busca desesperadamente entre despojos memoriales, ausencias y encierros. Testimonio de un joven que hace lo que puede para servirse un plato decente de comida y rodearse de gente fogosa. Si pensamos en el modelo estructural de la novela y específicamente en la fecha que fue escrita, se nos abre un nuevo camino. Un posible policial argentino surgido antes del policial argentino. Una búsqueda intensa de aquellos manuscritos perdidos en estanterías olvidadas y conversaciones desperdigadas. Un desafío a la atención misma del lector. Un paréntesis.

La puerta de chapa se cierra por detrás nuestro. Con Lucía nos damos la mano, todavía un poco mareados. A Jorge lo dejamos hablando solo; por las noches suele tomarse un vaso de vino blanco, prender el grabador de voz y hablar, hablar y hablar. El último proyecto en el que estaba trabajando giraba en torno a una figura en acero fundido que imitase la forma de una neurona humana.  Cuando se está ante Jorge, basta hablar sobre Kafka, Gombrowicz o Brasil para que empiece a desembuchar. Y todavía sigo pensando en él, en su predisposición al autoboicot, al no conseguir que lo suyo se empiece a tejer. Siempre a punto de y sin lograrlo. Pero en La mañana del diez de enero el Éxito recibe manso gancho en plena mandíbula. Su primo Reconocimiento, mientras tanto, mira desde lejos. Es el gestor definitivo. Maneja los hilos del mercado del Miedo al Fracaso con habilidad gatuna. Porque qué es lo que divide al escritor supuestamente exitoso del supuestamente fracasado, se pregunta Jorge Vilela. Y la respuesta no tarda en aparecer: solo se necesita publicar.*

*Respecto a la última reflexión de la nota, quisiera adjudicarle la autoría a Marcela Domine y Emilio Bernini, quienes realizaron una fuerte investigación en relación con la obra y vida del autor.

Artículo cortesía de mundoconlibros.com.ar/