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Cultura //// 23.12.2017
Héroe de la clase trabajadora

Cuento basado en hechos reales. No se publica el apellido del protagonista para protegerlo de un gobierno que persigue y reprime la protesta.

Por José Cornejo

Juan es un tipo tranquilo. De esos morochos grandotes del Conurbano. Creo que es de Pilar. Del Pilar semicampesino de los 80, antes que se convirtiera mitad en un gran parque industrial, mitad territorio liberado para los barrios privados. 

Juan tiene un montón de anécdotas. Sabe mucho de construcción, pero la mayoría son desventuras de militante de base: camionetas destartaladas, enchastres de paredones pintados, asados infinitos y vino a granel. También es buen teórico. Tiene mucho diálogo con los barrios, esto lo provee de un olfato que a los militantes metropolitanos y de raigambre universitaria nos falta. Pero no es muy charleta. Sólo interviene cuando se le pregunta, o la observación se ajusta estrictamente a la temática del momento. Es redundante decir que Juan es un muchachón peronista y, por tanto, kirchnerista.

Total que el lunes pasado, la oligarquía hizo una de las suyas y recortó las jubilaciones. Hubo una gran marcha a Diputados y la policía pegó a mansalva. Juan estaba ahí medio paseando, porque su gremio no había movilizado masivamente. Entendía que era el lugar dónde tenía que estar.

Mientras tanto, los cabezas de tortuga rebotaban en la mitad de la plaza contra la resistencia organizada. Esto le dio tiempo a los ancianos, mujeres y niños para retirarse. No era tan fácil moverse en el gentío, afortunadamente la línea frontal impidió que cundiera el pánico y la estampida. Pero en la impotencia, la policía montada (en motocicletas) embistió contra las columnas que se retiraban por Avenida de Mayo. Y ahí estaba Juan, imposible no verlo al morocho.

Uno lo intentó detener, Juan lo revoleó como aquel que le perdona la vida a un mosquito. Cayeron dos más y se le prendieron los brazos. Un tercero le quiso tirar del pelo, pero en vano porque lo lleva muy corto. Lo golpearon con bastones en ambos hombros y entonces Juan extendió sus brazos para que lo esposaran con el precinto.

- Decime tu nombre y tu documento, hijo de putas. 

Mientras un cana le gritaba, dos lo sostenían de los brazos y un cuarto debía maniatarlo. El precinto no alcanzaba para las poderosas muñecas de Juan. El oficial empezó a transpirar y Juan se dio cuenta. Entonces ocurrió un evento cinematográfico. Levantó los brazos con un swing exacto, que dio en el mentón del transpirante. Y cual Sansón empujando las columnas, sus custodios fueron a dar de traste sobre el asfalto de la avenida.

Juan empezó a correr. Le costó al principio, es como una locomotora levantando velocidad. El cana gritón, y uno de los desparramados agarraron los fusiles que tenían a mano. Gatillaron y gatillaron, lo fusilaron por la espalda y Juan cayó sobre sus rodillas, pero pudo sostenerse con sus manos. Las escopetas eran de pintura, Dios le regaló otra vida a este negro hermoso.

Se paró y los miró. Ya habían cobrado suficiente: los canas lo putearon y rapidito, se rajaron.