El canto del Salmón: Andrés Calamaro y las costumbres argentinas de resistir a la intemperie
“Gracias le doy a la Virgen,
Gracias le doy al Señor,
Porque entre tanto rigor
Y habiendo perdido tanto,
No perdí mi amor al canto
Ni mi voz como cantor”
(José Hernández, Martin Fierro)
¿Qué se busca cuando se va a ver a un tipo que ya escribió todas las canciones que explican nuestros dolores, nuestros naufragios y nuestras pocas victorias colectivas? El rock nacional es, ante todo, una pedagogía sentimental de la patria. No es el mero consumo de un ticket de entretenimiento en una noche porteña; es el ritual pagano de encontrarse frente a un espejo que insiste en devolvernos una imagen digna. En mayo de 2026, con la llegada de su gira nacional "Como Cantor" al microestadio de Villa Crespo, Andrés Calamaro no solo agotó una seguidilla histórica de estadios; volvió a clavar una bandera de soberanía cultural en medio de un páramo donde se intenta rematar hasta la última hectárea de la sensibilidad popular.
El título del tour no es inocente. "Como Cantor" evoca la matriz gaucha, el mandato del Martín Fierro que entiende el canto no como un pasatiempo, sino como un destino ineludible y un acto de testimonio social. Andrés se sube a las tablas despojado de los excesos ornamentales del show business, arropado por una banda de una solidez granítica que funciona como una maquinaria de precisión emocional. Ya desde los acordes iniciales, queda claro que este repertorio es patrimonio compartido, una cartografía que une las esquinas rotas de los años ochenta con este presente que duele en las billeteras y en el alma.
En la primera de sus noches en el Movistar Arena, los clásicos ineludibles como “Flaca”, “Crímenes perfectos” y “Alta suciedad” funcionaron como el combustible necesario para encender una mecha comunitaria. Sin embargo, el verdadero nudo político y poético del concierto se desató cuando el cancionero popular se fundió con la memoria viva de las luchas de nuestro pueblo. Con Santiago Motorizado como único invitado de la noche, Calamaro transformó el escenario en una tribuna de estricta lealtad histórica.
El regreso
“Que cante todo viviente
Otorgó el Eterno Padre,
Cante todo el que le cuadre
Como lo hacemos los dos,
Pues sólo no tiene voz
El ser que no tiene sangre”
(José Hernández, “La vuelta del Martin Fierro”)
Repasar la discografía del Salmón es una invitación a entender el culturicidio desarrollado brutalmente en nuestra historia reciente: desde el siniestro Proceso, pero legitimado e institucionalizado con el regreso de la democracia en 1983, se buscó domesticar al Pueblo, quitarle sus luchas, su esencialidad y categoría histórica. Se pueden encontrar en las letras sentidas de nuestro “poeta fértil” en aquellas canciones virtuosas desplegadas junto a Los Abuelos de la Nada, así como también vislumbrar la primera trilogía de Andres antes de su partida a España para constituirse en un auténtico ciudadano iberoamericano. Hay que recordar que su primera experiencia solista quedó trunca ante los embates de la hiperinflación. Aquellas heridas de traiciones y desilusiones signadas durante el alfonsinismo se pueden apreciar en “Señal que te he perdido” (un clásico recuperado para este nuevo regreso de nuestro hijo de Fierro):
“Sera que aquello era falsa alarma/ no era el camino,/ y vos eras el hacha, y yo el árbol caído./
“La casa estaba en orden”/y no encontré motivo,/me equivoque de ruta: señal que te he perdido”.
Llegaría con aquella partida hacia nuestra Madre Patria la constitución de un exitoso conjunto iberoamericano llamado “Los Rodriguez” comandado junto a Ariel Rot. Escucharlos es regresar a los tempranos 90, la era no solo de la pizza con champan sino también de la burbuja neoliberal que se desarrollaba no sólo en nuestro país sino también en España y en todo Occidente. Es que, en definitiva, era el “Fin de la Historia”: no había más conflictos ideológicos, tras el fin de la URSS triunfaba el liberalismo. El Salmón nos volvía a regalar en este reencuentro esas canciones inolvidables como “Sin documentos” y “A los ojos”, pero también otras gloriosas y poco revisitadas como “La puerta de al lado”, “Una forma de vida” y el furioso punk “Palabras más, palabras menos”.
La consigna de su gira “Calamaro, como cantor”, es una invitación a repasar su trayectoria y en cada canción hay un estigma del poeta. Así como Walter Lescano abordó en su libro “Días distintos” (2018) magistralmente la trilogía más inolvidable de la carrera solista de Andres (Alta suciedad, Honestidad brutal y El Salmon) haciendo un paralelismo también con el fin del sueño neoliberal desatado en la crisis socioeconómica en 2001, que coincidía a su vez con el discurso hegemonico yanqui a partir de la caída de las torres gemelas, Andres luego de dejarlo todo en aquellos trabajos tuvo que recluirse (guardarse durante un tiempo) donde aquel parate le posibilitó recrear maravillosas canciones como “Estadio Azteca” junto a las guitarras flamencas de Javier Limón. En 2005, gracias al acompañamiento de Bersuit Vergarabat, Calamaro vuelve al ruedo. Así como Fierro, el Salmón volvía del desierto asistiendo a la primavera kirchnerista. Aquella época signada por la esperanza, también coincidía con el encuentro con el amor. Calamaro conocía a Julieta Cardinali con la cual se desarrollaría un cambio radical en la vida de Salmón signado por los excesos. Con ese amor se daba cuenta la última trilogía de nuestro querido Salmón.
“La lengua popular” de 2007 es, por sobre todas las cosas, una declaración de amor. Asistimos al poeta enamorado que reflexiona desde esa nueva sensación, ya no atravesada por el desencanto amoroso como en el desgarrador “Honestidad brutal”. En “Como cantor”, nos compartió además del himno “Los chicos”, aquel hit “Carnaval de Brasil” pero también “Mi gin tonic”, una canción donde las malas lenguas dicen que fue dedicada al cantante de los Piojos. Esto es porque antes de entablar la relación con Calamaro, Cardinali estaba en pareja con Andres Ciro Martinez y que este, desengañado le dedicaría al Salmón la canción “Pollo viejo” a lo que Calamaro le responde en “Mi gin tonic”: “No me digas que voy a tener que ir a ver a tu grupo del siglo pasado/ En la bombonera…” refiriéndose a los shows del conjunto del Palomar en el barrio de la Boca que habían desarrollado por entonces.
Fruto de ese amor, nacería Charo. Fruto de esa reluciente paternidad, nacería “Tres Marías” revisitada nuevamente y fusionada con, quizás, una de las canciones más versionadas del rock nacional: “Mil horas”.
Pero, anteriormente, nos referimos a la última trilogía. Esto es porque, si “La lengua popular” es una declaración de amor, su contracara es “Bohemio” donde el Salmón se resigna. No puede ser algo que su naturaleza se lo impide.
“Buen día, dormir cuando se me dé la gana/ Buen día, ser el único habitante del planeta/ Buen día y adiós para siempre a intentar ser distinto/ El tiempo viene envuelto en plástico fino”
“Buen día, voy a seguir escribiendo canciones/ Buen día, primeras luces de un día celeste/ Prefiero la mañana cuando no he dormido/ El tiempo viene envuelto en plástico fino”.
Mientras que en “Tantas veces”, asume su identidad bárbara, desértica de nuestra raza criolla cuando dice:
“Dicen que primero hay que saber sufrir/ Para después amar, para después partir/ Dicen que en su destino inconstante/ Solo el gaucho vive errante donde la/ Suerte lo lleva”.
De aquel disco que resultaba ser la “antítesis” de “La lengua popular”, Andres nos regalaba “Bohemio” donde hace una reafirmación de principios, asumiendo:
“Bohemio es en la sombra encontrarle el sentido a las cosas,/ Bohemio es el deseo y al destiempo también es necesidad./ Te quiero porqué a pesar de todo me vas a seguir queriendo,/Un poco más./ Permite que me saque el sombrero para saludarte, libertad”
Finalmente, el cierre de esta última trilogía se encuentra en “Cargar la suerte”, editado hace 8 de años. En aquel disco se expone el adiós del compositor, aquella aparente “sequía” de crear canciones resume un nuevo orden de prioridades en la vida del Salmón: hoy se autodefine más que un cantor, un trovador. En “Cargar la suerte” se presenta a un poeta que ya no mira la realidad desde el amor o el desengaño. Ya lo vivió y lo padeció. Es un disco donde plasma la experiencia y aprecia la realidad, la vida desde una mirada atenta.
“Alguna vez me quise ir,/ allí dejé lo que perdí./Apenas pude rescatar algunos discos viejos/ y los reflejos del lugar de donde soy.
“Necesidad, pertenecer,/ es un lugar sin dirección./Hay que poder, hay que saber,/hay que querer conseguir porqué vivir”.
En cada regreso de Calamaro a los escenarios argentinos hay un acto de comunión, una vuelta del gaucho errante que busca regalarnos consejos y reflexiones tal como hiciera nuestro mayor varón en aquellos versos de Hernández.
De este modo, en “Calamaro, como cantor” no hay ni hubo espacio para la neutralidad ni para la amnesia programada. Mientras sonaba una sobrecogedora versión de “Los Chicos”, las pantallas devolvieron las imágenes de los combatientes de Malvinas y el pañuelo blanco de las Abuelas de Plaza de Mayo. Lo importante: los “chicos” de Malvinas no estaban representados como victimas sino como héroes, defensores de nuestra soberanía; mientras que las Madres (con un primer plano de nuestra inolvidable Hebe de Bonafini) representaban la defensa de la ética, de los sueños que no nos podían ser ultrajados: “porque para mí vivir, es una forma de vida”. En épocas de desguace simbólico y discursos oficiales que pretenden sepultar el pacto democrático de Memoria, Verdad y Justicia, que un ícono de las masas populares reivindique esa herencia ante un estadio colmado es un acto de legítima defensa identitaria. Calamaro, el eterno habitante del margen que nada contra la corriente, nos recuerda que la memoria es un músculo que se ejercita cantando.
La comunión se selló bajo un pogo intergeneracional, donde convivían los sobrevivientes de las noches eternas del rock de los noventa con pibes que recién empiezan a descifrar el mundo, confirmando que las canciones del Salmón no envejecen porque se alimentan de nuestra propia persistencia. Andrés Calamaro cantó en Buenos Aires con la urgencia del que sabe que la intemperie actual es feroz, pero también con la certeza del cantor popular que reconoce en su gente la única barricada inexpugnable. El rock no vino a salvarnos, pero nos sigue recordando quiénes somos cuando todo lo demás parece tambalear.