Carl Honoré: "Cuanto más avanza la tecnología, más necesitamos la lentitud"

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APU ENTREVISTAS

Carl Honoré: "Cuanto más avanza la tecnología, más necesitamos la lentitud"

10 Mayo 2026

El candiense Carl Honoré es referente mundial del movimiento slow, periodista, escritor y autor del best seller Elogio de la lentitud. Escribió además otros libros como Elogio de la experiencia y Bajo presión. Nació en Escocia, es ciudadano canadiense y vivió algunos años en la Argentina, donde fue corresponsal para varios medios extranjeros. En esta entrevista exclusiva con Agencia Paco Urondo, el autor reflexiona sobre el impacto de la velocidad en la vida contemporánea, la tecnología y la salud mental.

Por la profundidad de los temas abordados, la conversación se presenta en dos partes.

AGENCIA PACO URONDO: Hoy vivimos hiperconectados, con algoritmos que premian la velocidad y la reacción inmediata. ¿El movimiento slow sigue siendo una resistencia viable o se volvió una utopía difícil de sostener?

CARL HONORÉ: El movimiento slow nunca ha sido utópico; ha sido una respuesta sumamente pragmática al culto de la velocidad. En estos días de la inteligencia artificial y la explosión tecnológica, esa urgencia es aún mayor. Necesitamos reconectar con la tortuga interior porque estamos llegando a los límites que puede aguantar el ser humano —y el planeta— en términos de velocidad. Cuanto más avanza la tecnología, más necesitamos la lentitud, porque la tecnología es rápida y los seres humanos somos lentos. La misión es buscar el equilibrio.

APU: ¿La IA es una enemiga del tiempo humano o puede ser una aliada del enfoque slow?

CH: A mí me encanta la tecnología. En general es un arma de doble filo: podés optar por usarla para vivir mejor, vivir plenamente, para aprovechar mejor el tiempo, o podés esclavizarte a ella y caer en la vorágine. La opción está delante nuestro.

APU: ¿Por qué vivimos en una cultura de la prisa?

CH: Porque hay dos frentes: el externo, que nos empuja a una aceleración constante, y en muchos casos un impulso interno. Para mucha gente, a mi modo de ver, una vida de correcaminos es un mecanismo de negación: una huida de nosotros mismos, una manera de evitar lo que está ocurriendo por dentro. Esto lo podemos afrontar a nivel individual, mirando hacia adentro y reconectando con nosotros mismos para ir lidiando con las grandes preguntas de la vida: ¿quién soy? ¿cuál es mi propósito?

APU: Hablás de una huida de la condición humana. ¿Creés que hay un miedo a pasar tiempo a solas?

CH: Ese miedo al encuentro con uno mismo forma parte de la condición humana. Da miedo porque implica incomodidad, preguntas complejas; porque la vida no es perfecta y tenemos que lidiar con las imperfecciones, las dudas, las angustias. Es mucho más fácil entrar en modo avance rápido, llenarte la cabeza de distracciones y superficialidades; eso no exige ningún esfuerzo. Pero es muy vacío, no tiene riqueza. Sócrates nos dijo que el secreto de una vida digna es una vida examinada, una vida en la que lidiamos con esas grandes preguntas, y para lidiar con ellas tenés que bajar un cambio.

APU: En un contexto económico inestable, donde muchas personas tienen más de un trabajo o trabajan prácticamente todos los días, ¿cómo se puede "bajar el ritmo" sin que se vuelva un privilegio para unos pocos?

CH: Hay que admitir que todo es más fácil cuando se tiene estabilidad económica, pero eso no significa que sea imposible abrazar la lentitud sin ella. Desacelerar en momentos oportunos favorece que trabajes mejor. Sí, hay personas que hacen malabares con dos o tres trabajos y les costará mucho más. Pero si uno mira las estadísticas de uso de redes sociales —por ejemplo en Sudamérica, donde el argentino, el chileno o el uruguayo pasan en promedio horas al día mirando pantallas, scrolleando, viendo TikTok o Instagram— y luego se queja de que no tiene tiempo, ahí hay una palanca que todos tenemos a mano: usar mejor el tiempo, lo que implica usar mejor la tecnología y apagar el celular.

APU: Hoy la salud mental es uno de los temas centrales. ¿De qué manera el ritmo de la aceleración y el uso de tecnologías como las redes sociales contribuyen a problemas como la ansiedad y la depresión?

CH: El mal uso de la tecnología mina la salud mental: te pone en un estado hiperestimulado, sobrecargado, sobredistraído, y el resultado es que somos incapaces de centrarnos o reflexionar. Vivimos abrumados en una vorágine que nos hace mal. Esa es una de las razones por las que vemos una epidemia de trastornos mentales en el mundo: vivimos tan acelerados que no estamos en sintonía con los tiempos naturales del ser humano. El vínculo entre el cuerpo y la mente se ve sistemáticamente anulado por esta cultura del apuro y el bombardeo electrónico. Tenemos que reconectar, a través de la lentitud, el cuerpo y la mente para poder vivir sanos, felices, productivos y conectados con los demás. Los humanos no somos máquinas ni algoritmos ni robots; no estamos hechos para correr las 24 horas, los 7 días de la semana.

APU: ¿Las relaciones sociales también se ven afectadas?

CH: Una de las primeras cosas que sacrificamos cuando vivimos apurados son las relaciones humanas, porque no se pueden acelerar. No podés hacer que alguien se enamore de vos más rápido porque querés casarte la semana que viene; estas cosas tienen su tiempo y su atención. Lo que tiramos por la ventana al caer en ese modo correcaminos es el contacto profundo con los demás, y eso nos hace muy mal. Los últimos estudios muestran que el aislamiento social y la soledad profunda son peores para la salud física que fumar 15 cigarrillos por día; un impacto enorme y negativo del que no nos damos cuenta hasta que el cuerpo te pasa factura.

APU: Está por un lado la soledad deseada y por el otro la no deseada. ¿De qué manera esto beneficia al sistema de consumo y control?

CH: El sistema turbocapitalista y turboconsumista necesita consumidores ciegos que no piensen ni reflexionen en lo que hacen. Cuando vivís una soledad negativa y no deseada, cargás con un vacío, y para llenarlo salís de compras, comprás en Amazon, etc. Ese vacío nunca se llena a través de las compras.

APU: Hay una presión creciente en el trabajo, en la familia e incluso en la infancia y en las escuelas para rendir más, y cuanto antes mejor. ¿Qué impacto tiene esta aceleración en la creatividad?

CH: Desde la última generación les hemos transmitido el virus de la prisa a los chicos; es algo que se aprende en todos lados. Pero todo esto les hace mal, porque los chicos necesitan la lentitud, los momentos de descanso, de calma e incluso de aburrimiento. Hoy le tenemos tanto miedo al aburrimiento. Lo que hay que hacer es desacelerar, dejar que florezca ese aburrimiento para que vuele la imaginación, porque lentitud y creatividad van de la mano. Los grandes pensadores de las artes y las ciencias siempre han entendido que para catalizar la creatividad hay que desacelerar. Esto es algo que sacrificamos en la educación y en la niñez en general: los chicos pasan volando por su infancia sin poder cultivar el hábito de detenerse. Terminan siendo muy capaces de sacar buenas notas en los exámenes, pero ¿para qué sirve eso? No sirve.

APU: ¿Qué herramientas puede incorporar el movimiento slow al ámbito educativo?

CH: Se está dando un cambio muy importante. Suecia, por ejemplo, fue uno de los primeros países en adoptar las tecnologías en los colegios y ahora está dando un giro de 180°: está sacando las pantallas del aula para abrir un espacio más lento, con lapiceras, papel, diálogo, colaboración y escucha activa; cosas tradicionales que siempre fueron el motor del aprendizaje y el desarrollo infantil, y que tiramos por la borda con esa locura tecnológica que nos agarró por el cuello hace treinta años. Los países con más visión de futuro están cambiando el chip: se están dando cuenta de que, en algunos casos, una pantalla puede ser útil, pero que en general conviene buscar un enfoque más lento para los chicos. Esto me llena de optimismo, porque demuestra que las placas tectónicas se están moviendo. El péndulo se fue a un extremo y ahora está volviendo al punto intermedio: hacer buen uso de la tecnología y, en otros casos, dar espacio y tiempo para que florezca la lentitud.

APU: Además del elogio de la lentitud, ¿tiene que haber también un elogio de la escucha? ¿Hablamos más de lo que escuchamos?

CH: La escucha lenta, profunda y activa va de la mano con la lentitud. La escucha genuina no se puede acelerar: por más prisa que tengas, nunca podrás escuchar a otra persona más rápidamente. No tenemos un botón para que alguien hable a 1.5x; hay que desacelerar, estar presente y dar atención para establecer esa conexión humana profunda. Cuando hablo de lentitud, no es algo de un solo sentido: tiene que ser un intercambio, un diálogo. Creo que con mucha frecuencia, cuando nos toca escuchar, escuchamos para responder en lugar de escuchar para entender. Ese es el cambio de chip que nos toca hacer para volver a algo más humano, más conectado, más feliz y más solidario.

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